Pero la noticia sigue. Los terroristas huyen del lugar a pie a través de las montañas -Zanskar es una ratonera, una entrada, ninguna salida-, un alemán solitario, Rolf Harfurth, que se mueve por la zona es testigo de lo que ha ocurrido y le cogen de rehén para cubrir su huida. Tras el secuestro del alemán, Cachemira se militariza todavía más y el lago Dal ...donde unos días antes navegábamos nosotros- está más repleto de lanchas patrulleras militares. A medida que pasan los días la noticia se va cerrando sobre sí misma: primero se la da por muerto por el tipo de célula terrorista que es, luego esa hipótesis se confirma al encontrar su cuerpo, otro día la embajada alemana identifica el cuerpo y se inicia la expatriación. Una historia cercana realmente terrible.
Los días pasan y Cachemira, un sangrante conflicto casi desconocido para occidente, está todos los días en los diarios: enfrentamientos en Cachemira dejan 13 muertos; la siguiente mañana, un coche bomba deja 12 muertos en Srinagar; al día siguiente, dos extranjeros –alemanes de nuevo- entre los cuatro heridos por la explosión de una bomba en Srinagar; así día tras día. Pobre Cachemira, pobre mundo.