Todo el caos e irritantes ruidos típicos de las grandes ciudades se desvanece cuando por fin alcanzamos el lago de reflejos dorados. El lago Dal, la joya de la corona, el alma de la ciudad. Una shikara, la singular góndola de este paradisíaco lago, nos permite de nuevo sentir ese suave mecer de las aguas tranquilas cuando nos deslizamos por el enmarañado laberinto de lagunas y canales acuíferos. De repente todo es silencio y paz.