Es el Srinagar de los poetas. El lago Dal con su intrincada red de canales, jardines de nenúfares y flores de loto, islas-huertos, granjas acuáticas, palafitos, silenciosas shikaras, casas-barca que se mecen lánguidamente, una auténtica ciudad flotante, una Venecia de Oriente.
A este microcosmos flotante no le falta un detalle: desde vendedores de ropa a domicilio, barqueros que no paran de remar voceando que tienen helados, una insólita shikara con un fuego en su interior porque ofrece maíces y pinchitos a la brasa recién hechos, barcazas de doble cuerpo con todo tipo de comestibles y bebidas, y es que cuando se vive en una barca, no es tan sencillo hacer las compras.
Donde hay un poco de tierra firme se levantan palafitos con embarcaderos para que los clientes puedan amarrar sus barcas e ir haciendo la cesta de la compra. Desde el canal se ve su mercancía, unos exponen en sus escaparates chales y ropitas de niños (en la foto), otros cuelgan de ganchos la carne del día, las cajas de fruta y verdura se inclinan casi verticalmente para mostrar su stock, aparecen cabañas que anuncian que son laboratorios y hacen fotos de carnet y retratos, librerías y quioscos, mercerías y sastres, es realmente una acua-ciudad.