Hemos llegado a lo más alto del monasterio budista de Karsha, recuperamos el aliento aliviados por una suave brisa mientras contemplamos a nuestros pies el espectacular panorama que nos ofrece tan privilegiado emplazamiento: el valle de Zanskar, unas tierras estriadas por el río y arropadas por los altos picos que le confinan a un forzado cautiverio durante las tres cuartas partes del año.