Poco después, su gompa se eleva sobre un montículo del lecho del río Suru, ahora casi seco. La ausencia de agua lo convierte en una isla sobre un reguero de cantos rodados, un arrecife de arquitectura entre una naturaleza salvaje, cuarenta monjes y novicios simbolizando un brote de vida allí donde la soledad purifica las almas. "Julai", decimos mientras agitamos las manos para saludar a cuatro de ellos que están metiendo leña en el interior del pequeño monasterio. Nos hacen señas para que nos detengamos a tomar un te con ellos pero les explicamos que no puede ser, hemos de seguir. Cuando proseguimos nos devuelven el adiós con la mejor de sus sonrisas y sin parar de agitar la mano durante un largo rato. Que buena gente.