Cuatro mil quince metros de altitud y no encontramos un sitio medianamente llano hasta las cercanías del minúsculo pueblo de Rangdum. La noche fue muy fría pero por la mañana un radiante día nos saluda de nuevo. Al igual que las marmotas que vemos aparecer a nuestro alrededor, no nos hemos movido de nuestra madriguera hasta que el sol diese de lleno en nuestro hogar nómada. Recogemos el campamento, un rápido desayuno y de nuevo en ruta, el paisaje es soberbio. Unas marmotas juegan, otras se pegan carrerones en los que parecían no poder con su trasero y al detenerse se levantan sobre las dos patas para vigilar lo que pasa a su alrededor. El valle se despereza.