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Pero de pronto un estruendoso trueno invade el sendero pedregoso y comienzan a descender gruesas gotas de lluvia de las nubes grises que nos arropan. Fue tan repentino y rápido el aguacero, que apenas nos da tiempo a llegar al arco de la estupa de la entrada. Todo ocurre en cinco minutos: primero el trueno, luego el diluvio y finalmente la desaparición del agua entre las rocas. ¡No había ni charcos!, llegamos al todo terreno secos y contentos por haber divisado aquel recóndito monasterio apartado.