"Fenomenal, muy buena idea. Estos monasterios budistas y el afecto de sus monjes me sacan de este mundo. Es justo lo que necesito, salir un rato de este mundo", me dice Marián. Y era cierto, la prensa que leímos era para deprimir a cualquiera. Dicho y hecho. Volvimos a deslizarnos por los hogares terrenales que Buda ha conseguido diseminar por su feudo montañoso. Y de nuevo los riscos nos mostraban recintos sagrados como el de Phyang (en la foto), encajado en lo más profundo de un pequeño valle de las cercanías de Leh.
Admirando desde el gompa de Phyang las vistas con Tundup, el guardián de la sala sagrada que nos daba animada conversación.
Panorámica del monasterio budista de Phyang.