Pero la estampa no sería completa sin las naves de las arenas. Y efectivamente, allí estaban los jorobados rumiantes, camellos bactrianos que merodeaban entre los rastrojos, paseando sus dos gibas y dándose un buen banquete. La mirada es la misma que vimos en Xin-Jiang, esa soberbia que les caracteriza al observarte con sus grandes ojos bajo las largas y rizadas pestañas que los protegen. Pero su aspecto no es tan apuesto como el de sus hermanos chinos que vimos en el invierno del 99, las estaciones marcan la diferencia entre la apariencia señorial de los abrigos de piel que lucen durante el invierno y el desaliñado garbo de hippie despeluchado a jirones de la época de muda durante el estío. A alguno de ellos les cuelgan de la cabeza largos restos de pelambrera, que a modo de melena de rizos deshilachados les hace parecer músicos fugados de un grupo de heavy metal.