Cuando arribamos al Pangong-Tso, el viento rizaba las vivas aguas de este lago turquesa custodiado por una empalizada de picos de más de 6.500 metros de altitud. Pero estos centinelas no son carceleros y dejan deslizarse sin fronteras a sus fulgurantes aguas, como si éstas siguieran hipnotizadas bajo la persistente llamada de una voz lejana pero persuasiva que las conduce hasta el corazón del mismísimo Tíbet. Con sus 4.343 metros es lago más alto de Asia pero este enclave va mucho más allá de un simple número, por muy espectacular que éste sea, nos hallamos ante un pedazo de cielo acunado por las montañas. Cuando metemos la mano en el Pangong-Tso y tratamos de retener este gélido cielo en la palma de la mano, el sol genera un baile de brillantes estrellas que juguetean y se escabullen, como si fuese el mismísimo firmamento lo que se estuviese escurriendo entre los dedos.