El descenso del Chang-La fue sublime, superó en magnificencia a la ascensión de ayer y a la de hoy. Era naturaleza en bruto. No hay granjas, no hay pueblos pero sí que hay vida, una vida muy especial. Los habitantes más enraizados en las cimas nos sorprenden en el camino, nos detenemos al instante. ¡Cuánto tiempo hacía que no les veíamos! Habían pasado 10 meses desde ese guiño que nos dimos en el lago Karakul en China. Ante nosotros teníamos de nuevo una de las imágenes más románticas de las tierras que rozan el cielo: yaks. Allí estaban, a escasos 50 metros de la pista, pastando a sus anchas en las orillas del riachuelo que discurría paralelo al camino. Eran enormes, con voluminosos cuernos y el pelo muy largo, mucho más hermosos y grandes que los del lago Karakul pero también de mirada y gestos más desconfiados y agresivos.
Los yaks eran enormes, con voluminosos cuernos y el pelo muy largo, algunos con mechones blancos que se abrían paso sobre el oscuro pelaje del espinazo o la frente, como queriendo dirigirnos la mirada hacia sus pitones.