Tiene que ser el de Belur -me dice Marián mientras me señala un templo bajo entre la vegetación. Estaba en lo cierto, era el templo Chennakeshava de Belur. Esta joya de piedra, enorme pero esculpida como si se tratase de una delicada caja de marfil, es un santuario envuelto por cintas interminables de procesiones inmovilizadas por algún extraño encantamiento. Hay desfiles de ofrendas y todo un palco de héroes de epopeyas hindúes, reyes y dioses ... como esperando que se reanuden las apasionadas danzas de las voluptuosas bailarinas que fueron congeladas en su momento álgido. Tenemos ante nosotros una de las obras cumbre de la escenografía hindú.
Templo Chennakeshava de Belur. Saris ante una de las obras cumbres de la escenografía hindú.
Templo Chennakeshava de Belur. Un despliegue de paladines y de voluptuosas bailarinas en apasionadas danzas que parecen haber sido petrificadas en su momento álgido.
Templo Chennakeshava de Belur. Un santuario envuelto por cintas interminables de procesiones inmovilizadas por algún extraño encantamiento.