-Welcome!
-Nos dijo sonriendo el militar del control. -¡Salama! -Le contestamos, devolviéndole la sonrisa.
-Tengo que anotar vuestros datos y los del
permiso en el registro. Lamento las molestias.
-Prosiguió con una amabilidad sin igual.
-Aquí están los pasaportes y ésta es la
autorización para ir al Oasis de Bahariyya. -Le dije, entregándole todos los documentos.
-¿Queréis tomar un té con nosotros? -Nos
propone otro soldado mientras el suboficial se aleja a la caseta con una gran antena. -
Igual tarda un poco, es el primer control y tiene que comprobar todos los datos con Siwa y
comunicar por radio vuestra presencia al siguiente control. -Prosigue.
-Muchas gracias. -Le contesto, aceptando su
cordial invitación.
Miramos a nuestro alrededor ... ¡la nada!. Miramos el puesto de
control ... dos casetas destartaladas y en un estado deplorable. Pura desolación. La
barrera está formada por tubos de hierro y grandes bidones metálicos pintados con los
colores de la bandera egipcia. Una ironía poner barreras al infinito pero hay que
aceptarlo.
Estamos en mitad del
desierto, en el primer control que hay en la carretera de 425 km. que une los oasis de
Siwa y Bahariyya. El permiso para cruzar esta zona lo conseguimos en Siwa (pagando la
correspondiente tasa, por supuesto) y no se autoriza a nadie a salirse de la carretera. Es
un área infinita y si alguien se perdiese sería muy complicado encontrarle, se
necesitarían los helicópteros del ejército. Para evitar eso ... cortan por lo sano y
prohiben su tránsito. Se suponía que era una carretera nueva (en el 93 no existía) pero
debieron de construirla al poco y abandonarla al día siguiente porque el asfalto estaba
en muy mal estado, en algunos tramos era mejor ir en paralelo, había unos sectores de
pista (el asfalto desapareció) e incluso en ciertos lugares había que pasar por encima
de las dunas que habían ocupado la carretera.
Nos traen el té y nos
invitan a sentarnos en la caseta donde duermen, hace 45ºC y todas las puertas y las tres
ventanas (sin cristales pero con contraventanas) están abiertas de par en par para que
circule un poco el aire. Charlamos con los soldados, son cinco muchachos de ventipocos
años, muertos de aburrimiento y desidia. Es una carretera nada frecuentada y cada vez que
llega alguien es una fiesta porque tienen que estar 30 días seguidos en su puesto, luego
les dan 10 días de permiso ... y de nuevo otros 30 días a su caseta en el desierto. La
mitad eran estudiantes universitarios que habían acabado la carrera (encontramos
abogados, licenciados en arte) y tenían un año de mili por delante... en el desierto
(Dos años si no se tienen estudios). Con los que conversamos eran de Alejandría y Port
Said, junto al mar, con lo cual, este destino era una auténtica condena.
-Finish! -Nos dice el suboficial que acaba de entrar y nos da los pasaportes y el
salvoconducto.- Los siguientes controles ya están avisados.- Concluye.
Damos las gracias por el té y nos despedimos de todos. Nos entregan
tabaco y revistas para que se las llevemos al siguiente control. Con los escasos
vehículos que pasan se van mandando cosas así porque no disponen ni de vehículo, tan
solo la radio les une al mundo exterior, o mejor dicho, a su puesto de mando. Todos salen
a despedirnos y nos saludan efusivamente con la mano.
Llegamos a otro control y
otro y otro ... hasta completar los seis. Las escenas se repiten, nos están esperando
pero después del tercer control ya tenemos que rechazar las invitaciones de té porque no
podíamos más.
Hicimos los 425 km. sin
cruzarnos con nadie, la única vida que encontramos fueron los seis controles. Por fin
Bahariyya, con sus 260 manantiales de aguas sulfurosas o minerales, donde también se
combinan las fuentes agua templada con las de agua caliente que pueden alcanzar los 55º.
En sus alrededores sus vestigios históricos, con más carga histórica que esplendor
artístico, datan de la época faraónica, durante la cual el oasis enviaba numerosos
tributos al faraón. Y de la época medieval existía una especie de obispado donde
hacían alto las caravanas procedentes de Sudan y que se dirigían a La Meca.
LAS ESCULTURAS DEL VIENTO
El trayecto de Bahariyya a
Farafra está perfectamente asfaltado pero como para vengarnos de la rigidez del anterior
tramo hacíamos salidas constantes cada vez que veíamos algo "curioso" en el
horizonte, a veces con excursiones de hasta 50 km. En ocasiones aparecían auténticos
espejismos que nos hacían creer la existencia de extensos lagos en la lejanía, vana
ilusión. Realmente el camino nos comenzaba a ofrecer la antítesis del emplazamiento que
realmente queríamos alcanzar, el del Desierto Blanco. Esta antítesis la constituía el
Desierto Negro con sus colinas en forma piramidal recubiertas de basalto fragmentado en
mil pedazos fruto de erupciones muy lejanas, combinadas con el espeso y traicionero
fech-fech (arena de textura similar a la harina, que se concentra en enormes cantidades y
son unas terribles trampas para los todo terreno).
Pero poco a poco, a medida
que nos acercábamos a Farafra las extrañas formaciones de tiza blanca moldeadas por la
erosión del viento empiezan a otearse. Por una pista a la izquierda del camino principal
nos vamos introduciendo por este parque natural de esculturas geológicas. La composición
calcárea de la zona es tan abundante que parece un paisaje nevado, pero los 40ºC del
mercurio contradicen las imágenes visuales en las que nos encontramos inmersos. Rocas en
forma de hongos, de agujas, pirámides, quillas de barcos... suelos duros y de un blanco
deslumbrante y cegador se alternan en ocasiones con pasillos de arena. Algunos brotes de
vegetación salpican el terreno pero se encuentran muy desecados. Conseguimos alcanzar un
pequeñísimo oasis con un manantial que ha generado un pozo. La sombra es providencial,
hacemos un alto y comemos un poco. Los tonos y las formas se realzan con la luz del
atardecer, limpia, clara y suave. Salimos del Desierto blanco y nos dirigimos a nuestro
siguiente objetivo.
El oasis de Farafra es el
más pequeño de todos, pero su riqueza vegetal con girasoles, arroz y trigo además de
frutas como naranjas, manzanas, higos, dátiles, albaricoques, guayabas, siendo el aceite
de oliva y las aceitunas su principal producción, le convierten en un auténtico vergel.
Lo que más nos sorprende, al acercarnos a algunos de sus más de 40 manantiales es el
olor tan desagradable que desprenden sus aguas. La explicación es bien sencilla, se
tratan de aguas sulfurosas aunque totalmente salubres, a la vista salta por sus
sorprendentes producciones incluso de ¡arroz en el desierto!... pero la impresión al
olfato es bastante desconcertante.
Los 315 km que tenemos que recorrer hasta Dakhla nos van revelar otro "cuerno de la
abundancia" del desierto, con sus más de 500 manantiales produce fruta, cereales,
olivas, aceite, dátiles, verduras, ... todavía no nos hemos sobrepuesto de ver trabajar
a los lugareños en los arrozales ... con agua hasta los tobillos, mientras a su alrededor
se extiende la desolación.
De los pueblecitos que
conforman el oasis de Dakhla el que más nos llama la atención es el de el-Qasr. Conserva
casi intacta su vieja medina medieval con sus casas de adobe, los dinteles de las puertas
en madera de acacia llevan escritos la fecha, el nombre del propietario y en ocasiones el
nombre del artesano. Ahí están la vieja mezquita del s. XII, la casa del califa, la
medersa, la prensa de aceite... todo en muy buen estado, como si la gente fuese a volver
de un momento a otro, pero no será así porque todo ha sido abandonado para instalarse en
la zona nueva, y ya tan sólo son reliquias del pasado.
Mout, la capital, los
pueblos como Balat, Bashandi con sus mausoleos de hombres santos venerados por toda la
población van recuperando la vida al atardecer cuando el sol se esconde y deja de
castigar. Las mujeres de negro, los niños jugando, los hombres volviendo de los campos,
se comienzan a cruzar por las callejuelas de estos pueblos.
La vida transcurre en todos los oasis de forma similar con pautas de conducta determinadas
por el ritmo de agua y los campos, aunque en Kharga (a 189 km) nos encontramos con un
paisaje más "urbanizado" de vehículos, edificios, semáforos... Su historia es
más sugerente que su presente. Parada obligada en la ruta de los 40 días de las
caravanas del S. XVIII cargadas de pimienta, marfil, goma pero sobre todo de esclavos para
ser vendidos en la Península Arábiga.
Ahí hallamos la antigua
Hibis, la reliquia de estilo faraónico más destacada de todo los oasis occidentales. Un
poco más al este la necrópolis cristiana de Bagawat, con 263 tumbas-mausoleos
diseminadas por una colina y que datan del s.III al VI, aunque la mayoría fueron
construidas hacia el 431 cuando llegó Nestorius, tras su condena y exilio a este oasis
por el concilio de Epheso. La diferencias de la iglesia egipcia con la iglesia de bizancio
iban siendo mayores hasta que se produjo el cisma, siguiendo los coptos su propio rumbo.
Debemos decir adiós (sólo
temporalmente) a este rosario de oasis que nos ha descubierto un tipo de vida, reliquias y
aspectos de un Egipto inédito para la mayoría. Pero todavía nos restan otros 300 km a
través del desierto para tomar contacto con el auténtico faraón de Egipto: el
Nilo.

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"Ruta por Egipto"

"Hay mares de agua y mares de arena. Avanzar a
través del fech-fecha da la misma sensación que navegar: salpica, se necesitan los
limpiaparabrisas para quitar esa "harina" de los cristales, hay olas, ¡se cuela
por todos sitios!, y no se ve lo que hay debajo. Es una trampa terrible si nos quedamos
atascados en él"

"Preparándonos para adentrarnos en el
"escultórico" desierto blanco"

"Las inmensas llanuras blancas anuncian la
cercanía del oasis de Farafra"

"Los inevitables repostados en el desierto"

"Una gran pared rocosa y camellos pastando en
verdes campos... El oasis de Dakhla está ya muy cerca"

"El pueblo de El Qasr, un legado del pasado
medieval que ha llegado casi intacto a nuestros días"

"El Qasr ofrece la más pura imagen de lo que es
un "pueblo de oasis" en medio del desierto"

"Inscripciones en el
templo de Hibis del oasis de Kharga"

"Qasr el-Ghueita, una
de las fortalezas que en la antigüedad vigilaban el paso de las caravanas"
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