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Cuenta
una leyenda padaung que una mujer dragón de extraordinaria belleza fue
poseída por el viento y como fruto de esa sorprendente unión se
extendieron por la tierra sus descendientes que fueron llamados padaung. Y
como homenaje a sus ancestros las mujeres portan los anillos del cuello.
Estamos hablando de las "mujeres jirafas" o de "cuello
largo". Tras dejar Soppong el camino zigzagueante de las montañas
nos llevó hasta Mae Hong Son, en sus alrededores se ubican los tres
asentamientos de esta etnia originaria de Birmania. En el país tailandés
han encontrado un refugio más pacífico y tranquilo que al otro lado de
la frontera. De los 7.000 padaung censados en Myanmar, 300 se encuentran
refugiados en Tailandia.
Pero una polémica
bastante confrontada se cierne en torno a dicha etnia. Cuando llegamos al
mayor de los poblados de estos asentamientos, Nai Soi (a 30 kilómetros de
Mae Hong Son), una pista deteriorada se paró ante una barrera de control.
Para entrar al poblado es necesario pagar una entrada y aquí surge la
controversia. Muchos piensan que el poblado se ha convertido en "zoo"
humano en el que sus habitantes siguen con su vida pero observados por
todos aquellos que pagan una entrada. Por otro lado, al pagar una entrada
se permite sacar de la miseria a una minoría nada representativa (sólo
son trescientos en Tailandia) y una vez que estás dentro nadie va a
importunarte pidiéndote dinero o persiguiéndote para venderte alguna
chupinada.
La primera hora de
paseo por el pueblo nos sentíamos muy violentos y no nos atrevíamos ni a
sacar las cámaras. La gente seguía con sus quehaceres de forma natural
pero nos resultaba muy violento, si un extranjero quería una foto posaban
sonrientes como se desease y tantas veces como se quisiese y acto seguida,
sin pedir nada, regresaba a sus quehaceres o a su tienda de recuerdos. La
vida seguía para ellos como si estuviesen solos: construyen una nueva
vivienda entre hombres, mujeres y niños, todos arrimaban el hombro; una
mamá dando de comer a un bebé bastante reacio a meterse la cuchara en la
boca; unas chicas hilando, otras acarreando agua, una anciana charlando
con una amiga en el porche de la cabaña mientras se come un trozo de sandía,
otras niñas jugando al tres en raya.
Los puestos de
recuerdos no faltan y las chicas con sus mejores sonrisas nos presentan
los objetos que desean vender. Obviamente, el pueblo está orientado
totalmente al turismo y está acostumbrado a que el visitante llegue a
toda pastilla, sacar una fotos estupendas por aquí y por allá y se vaya
rápidamente por donde ha venido. El sabor de boca que pueden dejar no es
precisamente muy dulce.
Hora y media y
todavía nos sentimos violentos ante esta reserva natural de seres
humanos. No hemos sacado ni una foto y mi trípode para grabar está todavía
en su funda. Optamos por dedicar más tiempo a la visita, confiando que la
incomodidad desaparezca. Entablamos conversación con algunas de las
chicas que resultaron poseer una dulzura y simpatía sobresaliente. Savena
es una chica de 17 años que ya habla inglés con bastante fluidez, además
de birmano y tai. Me cuenta que a los cinco años ya empezó a usar los
anillos que llevan tradicionalmente las mujeres de su tribu en el cuello y
en las rodillas. Que a medida que crecen les van añadiendo nuevas
argollas y que hacia los 25 años dejan de usarlo continuamente porque
"es dañino para la columna". El rostro de Savena es realmente
bonito. Un tono de piel tostado precioso, ojos rasgados y largas pestañas,
pómulos salientes y labios gruesos. Y encima me sorprende diciendo que le
gustaría ser tan blanca como somos las extranjeras. Yo pienso en la
cantidad de dinero y tiempo que gastan los occidentales (sin contar las
enfermedades que provoca el exceso de sol) tirados como lagartos en las
playas para precisamente conseguir el precioso color natural que ella luce
desde su nacimiento. No me corto diciéndole que yo en cambio pagaría por
tener su preciosa piel, se ríe un montón y me dice que estoy loca. Se
había maquillado los labios y eso aumentaba el aspecto carnoso de su boca
y el tradicional tocado de la cabeza de pañoleta le cubría parte del
pelo que no llegaba a cubrir el flequillo de un pelo intensamente negro.
Pero todavía otra
preciosa chica "jirafa" consigue sorprendernos aún más cuando
se dirige a nosotros hablando en español, con giros que cotidianamente
utilizamos los españoles. Se presentó como "Mª José" (para
los españoles), que según nos confesó es mucho más fácil de recordar
que su nombre real: "Maso". Desde luego, lo que más recuerdo es
su preciosa sonrisa adornada con un rosario de perfectos dientes blancos.
Una sonrisa que nunca se desdibujó de sus cara durante el largo rato que
estuvimos conversando. Iba vestida de fucsia -conjuntando tocado y larga
falda- con el típico collar de anillas doradas. Maso sólo tenía 18 años,
nunca había salido de la zona pero el trato con los extranjeros le había
conferido una naturalidad y espontaneidad que sabía utilizar muy bien
para embelesar al interlocutor que tenía la suerte de conversar con ella.
La historia de su
llegada a Tailandia estuvo condicionada por la situación casi esclavista
a la que están confinados en su país de origen, Birmania, donde les
obligan a trabajar en los campos de arroz por una miseria y sus derechos
no son respetados. En Tailandia al menos le dan la opción de elegir. Y no
se siente en absoluto ofendida porque diariamente su pueblo sea invadido
por extranjeros que nunca más volverá a ver. "Seguimos viviendo
como siempre pero como si estuviéramos todo el rato en la TV", nos
dice. Es curiosa esa frase, ¿acaso no es eso lo que ahora gusta tanto en
Occidente, ser fisgones y mirones de la vida de los demás? Tan risueña
como cuando se paró a charlar con nosotros partió hacia su casa donde le
esperaban sus hermanos pequeños para ser atendidos. "Me encanta
hablar con los extranjeros porque aprendo mucho más rápido que con un
libro y me divierto mucho más, además a los españoles les gustan mucho
las bromas". Maso vive en una de las muchas modestas cabañas de
palma y hojas secas que componen el poblado de Nai Soi y bien orgullosa
que se siente de pertenecer a una de las etnias más originales y
ancestrales que existen en el mundo.
Ya estábamos a
gusto entre ellos, sabíamos quienes eran, no estábamos en un zoo, era un
pueblo encantador que se muestra tal y como es cuando el visitante también
se muestra tal y como es. Comenzamos a disfrutar la visita, Vicente saca
por fin la cámara y yo monto el trípode para grabar porque al otro lado
del visor ya vemos algo más que un escaparate, hay sentimientos, vidas,
tradiciones, personas reales con vida privada. Cada padaung es un mundo y
ese mundo sólo se descubre con tiempo.
Lo que al principio nos resultaba
violento (entrada al "zoo") ahora nos daba sosiego ante la
naturalidad de los habitantes. La sensación que tuvimos en la primera
hora y media nos hizo hasta considerar desafortunada esta visita pero al
final fue una delicia, mucho más agradable que la visita a otros pueblos.
En algunos poblados akha o karen se te abalanzan encima pidiendo de todo y
nunca se comportan naturales para no perder tajada por si hay regalos o
reparto de algo, como les malacostumbran muchos turistas, convirtiéndoles
en pedigüeños y haciéndoles perder su identidad. Un sincero interés
por las costumbres y modo de vivir de las etnias devuelve la dignidad a
los pueblos porque ven que a los "ricos" les queda mucho que
aprender y comprender. La humildad y el tiempo creemos que son el mejor
regalo.
Mientras ascendemos por un sinuoso
camino para conocer los vericuetos del poblado nos topamos con otras
mujeres no menos singulares que sus vecinas de "cuello largo".
Aunque al principio nos atrajo sus largos y abundantes collares de monedas
que colgaban como un reclamo de sus cuellos, en realidad su verdadera
marca distintiva la descubrimos en sus orejas. Si las "mujeres
jirafas" han querido adornar sus cuellos con aros dorados sus vecinas
no han sido menos adornando sus orejas con unos enormes pendientes que
incrustan en el lóbulo de la oreja dilatando considerablemente esa parte
de su anatomía, así se han ganado el sobrenombre de las mujeres de
"orejas largas". El colofón final en un poblado tan asombroso
lo puso la imagen del "Sagrado Corazón de Jesús" que
engalanaba la fachada de una iglesia de hoja de palma. Los karen
convertidos al catolicismo no han querido ser menos que los insólitos
vecinos con lo que comparten vecindad y han aportado su punto de
originalidad. En un extremo del poblado están los mástiles con los
fetiches y en el otro una iglesia de hojas de palma trenzada. Realmente
Nai Soi no tiene desperdicio con su originales habitantes.
El sol se va a poner, los
extranjeros han de salir del poblado. Nos despedimos de Savena, Maso y
otras muchachas con las que hablamos. Cuando traspasamos la puerta no
puedo evitar que una horrible idea me pase por la cabeza - sin esa entrada
- ¿quizás alguna de esas hermosas y jovencísimas padaung estarían
ahora con minifalda y escote en algún bar de Chiang Mai o Bangkok para
salir de su hoyo? Seamos positivos, nosotros las vimos felices con el modo
de "vida abierta" (y que no debemos confundir con un show
artificial) que han elegido voluntariamente. Al final es lo que importa.
Ante la pobreza tomaron libremente una decisión, una decisión que no
hace daño a nadie y que a ellos les ayuda a vivir. Nosotros la respetamos
y guardaremos un buen recuerdo de la visita.
EL AMANECER DE LA FELICIDAD
Desde la colina
donde se ubica el templo budista Phra That Doi Kong Mu a 1.500 metros se
contempla la pequeña localidad Mae Hong Son, anidando apaciblemente en el
regazo de los montes que la envuelve. Aunque su placidez se ha visto
alterada por el aeropuerto que han encajado en la ciudad (con muy pocos
vuelos afortunadamente) y que pone a prueba la destreza de sus pilotos con
una aproximación complicada y una pista realmente corta.
Desde la colina
distinguimos el wat Jon Khlang y el wat Jong Kham, de estilo birmano, que
esta mañana visitamos. Su capilla central con las pinturas sobre de las
vidrieras, las esculturas en madera y sus estatuas lo dejan sobradamente
de manifiesto.
Las espigadas cañas de bambú con
sus crestas arqueadas y balanceantes, que pueblan las laderas de la
colina, fueron las últimas en darnos el adiós a nuestra estancia por Mae
Hong Son. Ahora nos dirigimos a su más antigua capital real: Sukkotai.
Si en Laos fue imposible ver un
elefante, en Tailandia nos regocijamos compartiendo camino con una familia
al completo cuando abandonamos las montañas del norte. Los pequeños
elefantes no se separan de sus fondonas y orondas madres mientras sus
experimentados tutores se dejan balancear por el paso rotundo pero lento
de los voluminosos paquidermos sobre los que se desplazan. Un conductor
para y les obsequia con varios racimos de plátanos de los que dan buena
cuenta al instante. Sus pequeños ojillos arrugados de reminiscencias
antediluvianas no nos pierden de vista mientras les adelantamos con el
Montero lentamente para no asustarles.
Desde que el Pimai
anunció la llegada del nuevo año y con él las lluvias, los monzones no
han querido ser irreverentes y han acudido fiel a su cita anual. La verdad
es que bien podía haber esperado unos días más porque una crecida
intempestiva del río Mae Nam Ping se llevó por delante un puente y nos
corta de cuajo el avance. Las impetuosas aguas arrastran lo que encuentran
a su paso, es como una inmensa marea de chocolate donde tropezones de árboles
y ramas se baten inútilmente por escapar a su furiosa corriente, siendo
tragados y escupidos en un maremagnum vertiginoso de lodo. A un lado y
otro de la franja desaparecida de asfalto nos miramos los conductores,
sorprendidos por el incidente mientras un vacío rotundo se abre entre
nosotros. Imposible vadearlo, ni siquiera con el cabrestante, incluso
enganchados a un árbol de la otra rivera la corriente nos volcaría.
Hemos de dar marcha atrás, desconcertados por la inesperada eventualidad,
y rehacer 70 kilómetros para buscar una ruta alternativa que nos llevará
el resto de la tarde.
La llegada a
Sukkotai fue un bautizo a lo grande de tormenta monzónica. ¡Qué manera
de llover tan angustiosa! Los limpiaparabrisas no daban abasto con la
intensidad y cantidad de lluvia que golpea los cristales. Por fin, cuando
se empezó a vislumbrar algo con más claridad comenzamos a reconocer las
estupas de Sukkotai, empapadas una vez más como lo han sido secularmente
durante ochocientos años.
Sus primeras
torres, para aproximarse al hogar de sus héroes caídos, se levantaron en
el s. XII cuando la ciudad fue gobernada por el Imperio Khemer de Angkor.
Pero pronto, el loto -símbolo de Sukkotai- irrumpió en la ciudad y con
él la Edad de Oro del Imperio Tai. En los cinco kilómetros a la redonda
donde se hallan dispersas las ruinas de la primera capital tailandesa, sus
Budas se coronan con la flor que simbolizaba la sabiduría y así "el
amanecer de la felicidad" significado de "Sukkotai"- sería
el faro que alumbrase la Edad de Oro de la genuina civilización tai. Fue
con el segundo rey Sukkotai, Ram Khamheng, con el que se estableció un
sistema de escritura que se convirtió en la base del tai moderno.
El wat Mahathat
edificado en el siglo XIII es su estancia más espectacular y extensa. Las
198 columnas que aun se izan entre sus muros, unas más esbeltas, otras más
marchitas por la carga pesada del paso de su larga vida, recuerdan en sus
capiteles el emblema de la ciudad, la flor de loto. Pero por encima de
todas ellas se alza la serena figura de su imponente Buda sentado
meditando sin distracción ocho siglos después de que fuera moldeado. Sus
estupas en forma de capullo de loto continúan estigmatizando el vetusto
centro espiritual del Imperio Tai. El pequeño wat Trapang Thong permite a
través de una pasarela acceder a él en medio de uno de los lagos que
recogen este tranquilo lugar. El gigantesco Buda sentado de 15 metros de
altura del wat Si Chum sigue arrancando la admiración de todo aquel que
se sitúa frente a su voluminosa imagen. Aun estando muy ajardinada y
restaurada, es un placer deleitarse con los orígenes del pueblo tai entre
árboles, canales y estanques.
ASALTO A BANGKOK
Son todavía 450
kilómetros los que nos separan de Bangkok y la tranquila noche que
pasamos en una preciosa guest house de madera muy cerca de las ruinas nos permiten acometer la carretera con determinación, a pesar de que no nos
apetece para nada zambullirnos en la capital. El paso por la ciudad de
Phitsanuluk nos vuelve a recordar la furia con la que los ríos están
recibiendo las lluvias de este año. El río Mae Nam Nan se ha desbordado
ya por varios puntos, algunas calles de la ciudad están inundadas y los
trabajos esforzados de las fuerzas municipales no tienen ni un segundo de
respiro. Intentan desatascar lo poco que emerge de los arcos de los
puentes, donde todo tipo de inmundicias que el río arrastra podrían
obstruir los pasos de agua y la violenta e imparable corriente
derribar el puente que haría efecto de valla.
Pernoctamos a 60
kilómetros de Bangkok, en Ayuthaya. El plan que trazamos para acometer la
capital de la nación tai consiste prácticamente en un asalto por
sorpresa seguido de una rápida retirada: entrar a primerísima hora en la
ciudad, visitar lo más importante y marcharnos. Bangkok nos causó
rechazo la primera vez que estuvimos y no queremos entretenernos en una
gran megápolis, bulliciosa, caótica y atestada de largas colas de
turistas más tiempo del imprescindible. Hemos elegido un domingo para
entrar, el tráfico que nos volvió loco hace casi seis meses estará
mucho más descongestionado.
La entrada a la
ciudad ha sido realmente fácil, el tráfico de un domingo a las 8 de la
mañana es muy fluido. Nos vamos directos al Palacio Real y, aquello
era una riada interminable de turistas de todas las nacionales, colores y
credos. La belleza arquitectónica es sublime pero la visita un infierno.
Que si no se puede entrar en tirantes, otra cola para que te den una
camisa para cubrirte los hombros, que si ya no hay camisas y te dirigen de
nuevo fuera a alquilarla a los oportunistas de turno que no pierden ni una
ocasión para sacarle los cuartos a los turistas. Regreso al coche para
cambiarme de ropa porque si me pongo una camisa encima de la camiseta me
asfixio. Otra vez la cola para entrar, otra vez a comprobar que la
indumentaria sea correcta, otra vez a esperar que no se cruce nadie en el
punto de mira de las cámaras, cien veces nos paran para no cruzarnos a
nuestra vez en las fotos de los demás. Esto es una locura y el sol
achicharrando de lo lindo.
Cuando conseguimos
salir de la locura del bello complejo palaciego nos acercamos a los
templos de Pho del siglo XVIII, el más grande y antiguo de Bangkok con un
enorme Buda reclinado de 46 metros de largo y 15 metros de alto en la
posición de ascensión al Nirvana. Y en el wat Traimit otra cola de
turistas para admirar su Buda de oro macizo de 3 metros de alto y 5,5
toneladas de peso siguiendo el estilo de Sukkotai.
En las calles,
cientos de tuk-tuk a la caza de turistas a los que desplumar con sus técnicas
de engaño, comercios que duplican y triplican los precios en cuanto ven
occidentales, mil ojos con los carteristas, dos mil persecuciones de
buscavidas para intentar colocar horrorosos cachibaches de recuerdo, tres
mil "¿de dónde eres? ven a mi tienda", cuatro mil "hello!"
con intenciones ocultas tras el saludo, cinco mil decepciones.
Sinceramente, Bangkok no es nuestro destino favorito a pesar de sus
bellezas y obras de arte. De nuevo nos encontramos un lugar donde lo mejor
es venir en tour para pasar por encima de todos los inconvenientes, su
belleza merece con creces la visita pero agota al viajero individual.
Por fin en
carretera, no nos duele en absoluto mirar hacia atrás cuando Bangkok se
va alejando cada vez más y más y el cuentakilómetros del Montero da
buena cuenta de la distancia que nos separa. Lo mejor de todo ha sido el
precioso cielo azul con las intermitentes nubes de algodón blanco y
reluciente que hacía demasiadas semanas que no contemplábamos.
DIEZ AÑOS EN
CASCADA
En menos de 48
horas nos encontramos cruzando la frontera tai-malaya entre Tac Bai
(Tailandia) y Tumpat (Malasia). El sur ya lo recorrimos y conocimos cuando
hace meses entramos por primera vez en Tailandia así que el primer día
nos recorrimos 900 kilómetros para llegar a Malasia cuando antes.
Logramos nuestro objetivo al día siguiente y entramos a bordo de un nuevo
barco, un transbordador que en 20 minutos cruza el río Kolok en su
desembocadura en el mar del Sur de China.
En Kota Bharu las
mujeres vuelven a cubrirse la cabeza con largos pañuelos y la ligereza de
ropa de Tailandia ha desaparecido por completo, el Islam está de nuevo
presente. Pero no son prendas tétricas, hay una explosión de color en
las telas. Visitamos el mercado central, con un exterior ingrato y un
interior fascinante. Los tonos vivos de la ropa de las vendedoras se
mimetizan con sus atractivas mercancías agropecuarias, aumentando el
atractivo del mercado. Hay de todo, desde restaurantes-chiringuitos hasta
gadgets de misteriosas funciones pasando por frutas y verduras inverosímiles.
Nos paseamos por
las playas para intentar ver agitándose triunfantes en el cielo las
famosas cometas malayas que pueden llegar alcanzar hasta 2 metros de
envergadura. Nuestro gozo en un pozo, tan sólo alcanzamos ver una
solitaria y discreta cometa que un chavalín alzaba ayudado de la tenue
brisa marina.
No hay nada más
que hacer en Khota Bharu y nuestra mente está ya en los montes Cámeron y
en el ambiente de viajeros y temperatura de ensueño en la colina de la
Fathers Guest House. Cada vez que nos quitamos el sudor de la frente (o
sea, casi todo el rato) o la camiseta se vuelve a pegar en nuestros
cuerpos, pensamos: "ya no queda nada". ¡Igual hasta nos
encontramos con Nacho allí! Teresa ya regresó a España desde Bangkok y
el plan de Nacho es ir a la India desde Kuala Lumpur pero quizás todavía
esté todavía en la Fathers. Sería estupendo volverse a encontrar, ya
sin prisas de ningún tipo por ambas partes.
Era imposible
llegar a las Cámeron hoy pero de todos modos abandonamos Khota Bharu e
iniciamos el salto de la costa este a la costa oeste. En el mapa se ven
montañas, quizás haga mejor temperatura y podamos acampar. Pero el cielo
se vuelve a romper y se inicia un nuevo fin del mundo acuático, casi no
se ve, Vicente engrana la tracción integral y disminuye la velocidad. El
termómetro baja en picado con el Apocalipsis de agua.
-Mira eso -me
dice Vicente señalando el margen de la carretera. Intento ver a través
de la lluvia.
-¿Qué es? No lo veo bien.
-Es una pequeña cascada, y delante hay una esplanada. Vamos a verlo.
Cuando comencé a
distinguir algo ya estábamos al lado. El sitio era de ensueño. Cerca de
la carretera pero prácticamente invisibles y el termómetro del Montero
marca 24ºC de temperatura exterior a pesar de estar tan solo a 300 metros
de altitud. "Si parase de llover "sería el lugar
perfecto", pensé en voz alta. "Esperemos", me contesta
Vicente. Para el motor, cada uno nos ponemos a hacer nuestras cosas:
Vicente saca su libreta de fotos y va ordenando y apuntando las últimas
fotos sacadas en Khota Bharu. Yo abro el diario y comienzo a escribir
sobre nuestra llegada a Bangkok (¡tengo un retraso de tres días!).
Diez minutos y la
tormenta se suaviza, veinte minutos y el único agua que caía provenía
de las hojas de los árboles. Salimos del coche, todo huele a humedad
entremezclado con esa fragancia de frescor, naturaleza y hierba. Llenamos
los pulmones. Nos encanta el lugar, nos encanta la temperatura y me
encanta que no haya insectos ni mosquitos, la tormenta ha limpiado todo.
Es realmente perfecto.
Cuando la oscuridad
es total nos metemos en el río y avanzamos hasta la pequeña cascada. Allí
mismo nos duchamos y nos quitamos el día pegajoso que habíamos pasado.
El agua caía por mi cabeza mientras pensaba: "Diez años, día a día
han pasado diez años". Por eso me encantó también hacer la
acampada de hoy en este lugar. Exactamente el día de hoy han pasado diez
años, día a día, desde que abrí una cajita en el restaurante del
impresionante castillo de Sigüenza. Vicente me llevó allí con la
disculpa de otra celebración y una vez encargada la cena me entregó la
cajita cuidadosamente envuelta. "¿Para mí?, pregunté incrédula
porque no recordaba nada tan especial para un día como hoy. "Ábrelo",
me contestó con una sonrisa. No me gusta romper los papeles de regalo
pero a la vez mi naturaleza impaciente lo desgarraría sin piedad. Siempre
tengo esa lucha interna con los regalos.
"¿Por qué?",
le interrogo con los ojos. El sigue sonriendo y hace el gesto para que
siga desenvolviendo. Bajo los arcos medievales de piedra concluyo la labor
quirúrgica de no romper el papel y abro la cajita. Hay una nota. La leo.
Me entra la risa. "¿Lo dices en serio?, ¿no es una broma?", le
pregunto entre risas porque me puedo esperar cualquier cosa de Vicente.
"Es en serio", contesta sin dejar de sonreír. No me lo podía
creer, me pilló totalmente de sorpresa. En la nota me pedía que me
casase con él, bajo la nota estaba el collar, pendientes y anillo de
lapislázuli engarzados en plata provenientes de un viaje a Chile al que
no pude ir (y dicho sea de paso, mientras lo compraba le estaban
desvalijando el coche dejándole con lo puesto). En la nota ponía que
para el "sí" había que ponerse el anillo. Le doy un beso con
el anillo puesto, el resto lo estrenaría el día de la boda.
El agua sigue
fluyendo de las alturas y yo sigo recibiéndola sobre la cabeza. Quien iba
a pensar que ese "sí", un sencillo monosílabo en un castillo
medieval español me llevarían a esta ducha en una cascada de la jungla
malaya, exactamente diez años después.
Aquel lejano día
cenamos sopa castellana, liebre cazadora con espárragos trigueros (y
perdigones) y copa de helado. Hoy nos hemos preparado una crema de espárragos
con picatostes, fabada (de la reserva espiritual gastronómica de la Ruta
de los Imperios para grandes ocasiones) y rambutanes malayos de postre.
Una pequeña botella de vino que adquirimos hace seis meses sirvió de
acompañamiento. No puedo imaginar una mejor velada para la ocasión.
Hasta el cielo se ha abierto y podemos ver las estrellas entre las copas
de los árboles de la foresta malaya de Temengor.
LA TORRE DE MÁRFIL
"Tanah Rata 62
kilómetros", reza un cartel que nos saca de la carretera nacional e
indica una estrecha carretera comarcal ascendente. A partir de este
momento en vez de mirar el velocímetro o cualquier otro indicador del
cuadro de mandos, la vista no se separa del termómetro. Treinta y seis
grados señalaba en la llanura, justo antes de comenzar la ascensión.
Cada grado que baja es una fiesta. "¡Treinta y cinco, uno
menos!", es la primera alegría que doy a Vicente. Siguen los treinta
y cuatro, treinta y tres, treinta y dos. Estamos pletóricos. El altímetro
sube a su vez: cien metros sobre el nivel del mar, doscientos, quinientos,
mil. Cuando llegamos a Tanah Rata el altímetro señala 1.450 metros de
altura y el termómetro 24ºC. Era el anhelo tan deseado, la guest house
esta a la vuelta de la esquina.
-Ya la veo,
hemos llegado.
-Mira, es Gerard el que nos hace aspavientos en ese coche -le señalo
a Vicente.
-Hello!! Hello!! -nos grita Gerard con medio cuerpo fuera.
Hemos llegado
realmente, estamos a quinientos metros de la Fathers Guest House y nos
hemos cruzado con el director de nuestro "refugio" por pura
casualidad. Los dos detenemos el coche, el acaba de adquirir una
impresionante y resplandeciente pick up amarilla que no puede pasar
desapercibida. Nos damos un fuerte abrazo en la carretera, es una persona
genial y recordamos el lugar, la temperatura y los trece días que pasamos
aquí como un sueño al que queríamos regresar. "Vuestro amigo está
aquí", nos dice todo contento, "fue él quien me dijo que vendríais
en estas fechas. Hemos hecho muchos cambios, os va a gustar". Le
felicitamos por el coche que tiene ahora (¡y que luce una de las
pegatinas de la expedición que le regalamos!) y enseguida constatamos
todos los cambios. Las habitaciones siguen siendo tan sencillas y
espartanas como antes pero la recepción, sala de internet, biblioteca y
los jardines han mejorado enormemente. Tienen un cocinero nuevo, Dany, y
Bob sigue tan alegre e hiperactivo como siempre, él es que arrastra a los
huéspedes a jugar los partidos de voleibol, organiza las excursiones,
traslados, etc., nunca está quieto. Saludamos eufóricamente a Jay cuando
la vemos, es la mujer de Gerard, ella también estaba muy distinta, lo que
en enero llevaba dentro, ahora lo luce en una cunita, la familia ha
aumentado en un miembro. La explanada donde acampamos está igual, siempre
con esas vistas impresionantes. Los básicos barracones semicilíndricos,
el salón para los pases de películas, los desgastados sofás para
descansar, las soberbias y enormes flores que cuidan con mimo, las mesas
para tomarse el té de media tarde en el jardín, la terraza para las
puestas de sol, todo sigue igual. Estamos en casa de nuevo.
Y encontramos a
Nacho, leyendo una novela. Otra serie de abrazos para homenajear el
reencuentro. Tras las buenas críticas y recomendaciones que le dimos
sobre la Fathers meses atrás, no se lo pensó dos veces en convertirla
en su cuartel general mientras preparaba su salto hacia la India. Nos
esperaba con una buena botella de vino de Rioja -que le trajo Teresa- para
brindar por este nuevo cruce en nuestros respectivos destinos y acompañar
a los mejillones y calamares en su tinta con arroz (también de la reserva
espiritual gastronómica de la Ruta de los Imperios) que nos preparamos
para tal ocasión.
Fueron cuatro días
de relajo, tranquilidad, largas charlas y muchas risas compartidas con
Nacho que concluyeron con una deliciosa paella que cociné en la víspera
de su partida a la India.
Aquí celebramos el
cambio de milenio y consideramos los Montes Cámeron como el verdadero
inicio del descubrimiento del mundo de sensaciones y nuevas experiencias
que el Sudeste Asiático nos tenía reservadas. Ahora, después de casi
seis meses recorriéndolo a fondo volvemos al punto de partida pero mucho
más enriquecidos de lo que salimos aquella tarde de primeros de enero del
2.001 cuando la humanidad comenzaba a dar sus primeros pasos por el nuevo
milenio.
Tras los días de
asueto, los días de trabajo. Tengo más de 20 horas de vídeo por minutar
detalladamente mientras Vicente ordena las miles de fotografías digitales
tomadas las últimas semanas. Contestamos todos los correos pendientes.
Una vez más, la grabadora HP va salvaguardando en CD,s todas las fotos,
ya agrupadas por países y temas. Remodelamos todo el equipaje. El Montero
se merece una exhaustiva limpieza a fondo y las notas del diario escrito a
mano necesitan una puesta al día en el ordenador. La crónica con sus
anotaciones temporales y esporádicas va tomando cuerpo. Por las noches
nos entretenemos con alguna película en la sala de TV de la Fathers,
donde pudimos ver hasta películas todavía sin estrenar en Europa. El
pirateo en el Sudeste Asiático es increíble.
Los desayunos con
"paratha" (torta frita típica de India y Pakistán) mojados en
el dhal (sopa de lentejas) y té con leche en el restaurante indo-pakistaní
del simpático Savian nos llenan de energía cada día para seguir con la
tarea diaria.
La visita de un
matrimonio octogenario nos desvela el origen de los barracones semicilíndricos,
creíamos que los habían levantado así por un tema de construir una
guest house rápida y barata. Pero no, estábamos sin saberlo en un pedazo
de historia de Malasia. Resulta que Gerard no nos lo había dicho porque
nunca salió a colación el origen de los barracones pero resulta que
fueron construidos por los británicos durante la segunda guerra mundial.
A medida que se iba expulsando a los japoneses, los ingleses iban dejando
destacamentos de soldados. Para los soldados de Tanah Rata levantaron los
barracones en esta estratégica colina. Cuando la guerra terminó, los
barracones no se demolieron y tras varios usos, el dueño decidió hace
muchísimos años convertirlo en guest house para viajeros con poco
presupuesto. Alojamiento sencillo pero emplazamiento de lujo, no son nadie
los militares para elegir las mejores "vistas" cuando hay
guerra. Y ahora Duncan -con su mujer Mary- se emociona cuando ve que todo
está idéntico a como lo dejó cuando se fue con su petate de soldado
inglés ¡¡hace 59 años!! Vemos las fotos que trae en blanco y negro y
los barracones, el caminito de entrada y la explanada donde acampamos está
igual. Que cosa tan increíble. Duncan se saca una foto en el mismo lugar
donde se la sacó hace casi 60 años, cuando apenas pasaba la veintena y
soplaban vientos de guerra.
Ahora los vientos
son de otra índole, cada dos o tres días cae una poderosa tormenta
torrencial pero no nos importa nada el intenso olor a tierra mojada de las
Cámeron mientras sacudimos sin piedad las teclas de nuestros ordenadores.
Poder levantar la vista de las teclas para inhalar el aire perfumado de té,
con las colinas circundantes repletas de vegetación lujuriante y mientras
las preciosas mariposas se posan en las flores, es un placer impagable.
También durante
estos días hemos tomado una decisión respecto a la visita de Birmania
(actual Myanmar). Hace dos años que partimos de España (gracias a los
que se han acordado de felicitarnos el "cumple" de nuestra
"niña") y la verdad es que al diseñar la ruta teníamos la
secreta esperanza que en todo este tiempo el gobierno birmano se hubiese
relajado (democratizado hubiese sido pedir demasiado). Confiábamos que
para cuando llegásemos a esta zona la entrada por tierra estuviera
abierta. Por lo menos desde Tailandia, que hay carretera y puente y el único
impedimento es la prohibición del gobierno birmano. Pero ¡nuestro gozo
en un pozo! Tampoco sirvió de nada el aislamiento que ha sufrido los últimos
años por el hecho que la Junta Militar tomase el poder anulando las
elecciones democráticas de mayo de 1.990 mediante una terrible y
desmedida represión y el encarcelamiento y la "limpieza" de los
miembros del partido ganador NLP (incluida la premio Nobel de la Paz Suu
Kyi, que todavía sigue con arresto domiciliario). Ninguna sanción tiene
efecto sobre Birmania porque China sigue la política de "lo que
necesites te lo doy yo".
La frontera
terrestre sigue cerrada a cal y canto y ahora que hemos estado en la zona
y hemos estudiado más a fondo la situación birmana tiene pinta que va a
durar. Si se pudiese entrar con el coche iríamos porque con nuestra
montura vamos al fin del mundo. El no poder llevarla implica buscar
aviones a Yangon, analizar posibilidades de hoteles, tramitar un visado
muy burocrático, igual hasta tendríamos que movernos en avión en
determinadas etapas porque la red viaria es muy, muy deficiente. Tampoco
hay posibilidad de alquilar un coche sin conductor (llevar conductor viene
a ser como tener un controlador (al que encima estás pagando), el
alquiler de vehículo con conductor es realmente caro y el transporte público
es muy "duro". Organizarlo requeriría un gasto de energía que
ahora mismo no tenemos, hemos llegado a los Montes Cámeron agotados tras
casi seis meses sudando. Es una pena suprimir esta etapa pero no podemos
hacerla, estamos realmente cansados para organizar un tinglado como este.
Escribimos a Catai
Tours, uno de los principales patrocinadores, y les explicamos que no
vamos a Birmania porque la frontera terrestre sigue cerrada y estamos
extenuados tras todos los avatares de los últimos meses. La sorpresa
viene al día siguiente, cuando Antonio y Oscar, siempre pendientes de los
avances de la Ruta de los Imperios, nos contestan sería una pena irse sin
entrar en Birmania. Que lo han consultado con Matilde Torres -la directora
general- y que ellos como agencia Catai Tours podrían encargarse de la
parte más pesada del trabajo, hasta del visado. Nosotros tan solo tendríamos
que encontrar el vuelo que nos dejase en Yangon y llegar a tiempo a
Singapur. Eso es viable y ¡lanzamos la operación "Objetivo
Birmania"!
OBJETIVO BIRMANIA
Mandamos rápidamente
un e-mail a Miguel e Irstel en Singapur, es el mejor lugar para conseguir
tarifas interesantes y además el Montero se podría quedar en la
estupenda plaza de garaje de Béatrice. Les explicamos que busquen
billetes de ida a vuelta a Yangon desde Singapur. Al mismo tiempo mandamos
otro a Béatrice para decirle que llegaríamos con unos días de antelación
pues al final vamos a Birmania. A la par vamos mandando los datos de los
pasaportes a Catai Tours para que tramiten el visado exprés. También
entramos en contacto con la agencia birmana que trabaja con Catai (Taw Win
Travel) para que nos vayamos informando mutuamente.
La Fathers Guest
House se convierte en la encrucijada del "Objetivo Birmania"
entre Madrid, Singapur y Yangon. Miguel e Irstel nos contestan rápido,
han encontrado unos billetes interesantes pero el avión sale en 5 días.
Correos a Catai y a Yangon para ver si se pueden hacer los trámites de
reservas, vuelos internos que pudiésemos necesitar y visado en ese plazo
tan corto de tiempo. "Lucharemos a muerte", nos contestan ambos
al día siguiente y se podría conseguir. Una zancadilla, hubo un error de
fechas en la solicitud del visado y tuvimos que empezar de nuevo. El teléfono
satélite Inmarsat Ibérica está todo el rato encendido y apuntando a su
lejano satélite, siempre listo para recibir llamadas de España y para
hacerlas a cualquier punto de este triángulo de comunicaciones. ¡Y
nosotros que queríamos recuperarnos tranquilamente en los Montes Cámeron!
Habíamos planeado estar por lo menos otros diez o doce días en la Fathers
y al final ya estamos metidos en otra historia: Birmania.
El avión despega
en cuatro días, nos queda un día de conducción para llegar a Singapur,
eso nos da un margen de tres días antes del despegue. ¡Pero es que hay
un fin de semana por el medio así que todo se reduce a la mañana del sábado!
Mañana viernes partimos disparados hacia Singapur, la reserva del vuelo sólo
la guardan hasta el viernes a las 6 de la tarde, o sea que no nos da
tiempo a comprar el billete. Confiemos que el sábado por la mañana sigan
esas dos plazas libres porque la reserva se habrá perdido. Confiemos que
no ocurra nada en la carretera. Confiemos que tengan el visado a tiempo.
Confiemos que en los vuelos internos en Birmania encuentren plazas para
nosotros. Confiemos, confiemos, confiemos. Cuantas cosas en el aire y todo
a contrarreloj. Han sido tres días agobiantes, estresantes, durmiendo mal
por los nervios de tantas decisiones de "lo necesito para ayer"
y mañana nos toca conducir 700 kilómetros hasta Singapur. Ya veremos cómo
acaba todo esto.

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Ruta por
Tailandia y llegada a los montes Cámeron de Malasia. Detalle de la ruta
tailandesa en link.
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Si en Laos fue
imposible ver un elefante, en Tailandia nos regocijamos compartiendo
camino con una familia al completo cuando nos movemos por las montañas
del norte. Los pequeños elefantes no se separan de sus fondonas y orondas
madres mientras sus experimentados tutores se dejan balancear por el paso
rotundo pero lento de los voluminosos paquidermos sobre los que se
desplazan.
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Encuentro con las
mujeres-jirafa en el pueblo de Nai Soi, que si bien al principio nos sentíamos
muy, muy incómodos (por el sistema de visita a su poblado tipo "zoo"
o "reserva natural de seres humanos") luego se convirtió en una
experiencia entrañable.(Más fotos en link).
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Savena me cuenta que
ha medida que crecen les van añadiendo nuevas argollas y que hacia los 25
años dejan de usarlo continuamente porque "es dañino para la
columna". El rostro de Savena es realmente bonito. Un tono de piel
tostado precioso, ojos rasgados y largas pestañas, pómulos salientes y
labios gruesos. Y encima me sorprende diciendo que le gustaría ser tan
blanca como somos las extranjeras. Yo pienso en la cantidad de dinero y
tiempo que gastan los occidentales tirados como lagartos en las playas
para precisamente conseguir el precioso color natural que ella luce desde
su nacimiento. No me corto diciéndole que yo en cambio pagaría por tener
su preciosa piel, se ríe un montón y me dice que estoy loca. ¡Y qué
decir de la belleza de Maso! (a la izquierda). (Ampliación en link).
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Panorámica de pueblo
padaung, encajado en una hondonada del terreno. (Más fotos en link)
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Y una sorpresa en la
visita de Nai Soi, junto a las mujeres de "largo cuello" ... las
mujeres de "largas orejas", si las primeras consiguen su
diferenciación étnica con anillas, las segundas con enormes pendientes
circulares en las orejas (completando su indumentaria con collares de
cuentas de vivos colores y monedas de plata).
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La
llegada a Sukkotai fue un bautizo a lo grande de tormenta monzónica. ¡Qué
manera de llover tan angustiosa! Los limpiaparabrisas no daban abasto con
la intensidad y cantidad de lluvia que golpea los cristales. Por fin,
cuando se empezó a vislumbrar algo con más claridad comenzamos a
reconocer las estupas de Sukkotai, empapadas una vez más como lo han sido
secularmente durante ochocientos años. (Más fotos en link)
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Desde que el Pimai
anunció la llegada del nuevo año y con él las lluvias, los monzones no
han querido ser irreverentes y han acudido fiel a su cita anual. El paso
por la ciudad de Phitsanuluk nos vuelve a recordar la furia con la que los
ríos están recibiendo las lluvias de este año. El río Mae Nam Nan se
ha desbordado ya por varios puntos, algunas calles de la ciudad están
inundadas y los trabajos esforzados de las fuerzas municipales no tienen
ni un segundo de respiro. Intentan desatascar lo poco que emerge de los
arcos de los puentes, donde todo tipo de inmundicias que el río arrastra
podrían obstruir los pasos de agua ... y la violenta e imparable
corriente derribar el puente que haría efecto de valla.
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Son todavía 450 kilómetros
los que nos separan de Bangkok y todo a lo largo del camino siguen
apareciendo los templos budistas tailandeses. Casi todos son modernos pero
no podemos evitar detenernos en algunos de ellos por el preciosismo y
esmerado trabajo de su arquitectura y decoración. (Detalles en link).
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De nuevo en Bangkok.
El plan que trazamos para acometer la capital de la nación tai consiste
prácticamente en un asalto por sorpresa seguido de una rápida retirada:
entrar un domingo a primerísima hora en la ciudad (no hay tráfico),
visitar lo más importante y marcharnos. Bangkok nos causó rechazo la
primera vez que estuvimos y no queremos entretenernos en una gran megápolis,
bulliciosa, caótica y atestada de largas colas de turistas más tiempo
del imprescindible. Nos vamos directos al Palacio Real y su gran templo
(en la foto) ... aquello era una riada interminable de turistas de todas
las nacionales, colores y credos. La belleza arquitectónica es sublime
pero la visita un infierno. (Más fotos de Bangkok en link)
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El Bangkok budista, de
nuevo nos encontramos en un mundo de paz azafrán. Si los vendedores de
recuerdos no nos persiguen hasta dentro, encontraremos la tranquilidad que
tanto se añora en el resto de la capital.
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El Bangkok fluvial,
otro de los grandes atractivos de la megápolis.
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Por fin en carretera,
no nos duele en absoluto mirar hacia atrás cuando Bangkok se va alejando
cada vez más y más y el cuentakilómetros del Montero da buena cuenta de
la distancia que nos separa de Malasia. Volvemos a movernos en los
espacios abiertos de la vida rural.
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En Kota Bharu
(Malasia) las mujeres vuelven a cubrirse la cabeza con largos pañuelos y
la ligereza de ropa de Tailandia ha desaparecido por completo, el Islam
está de nuevo presente. Pero no son prendas tétricas, hay una explosión
de color en las telas. Visitamos el mercado central, con un exterior
ingrato y un interior fascinante. Los tonos vivos de la ropa de las
vendedoras se mimetizan con sus atractivas mercancías agropecuarias,
aumentando el atractivo del mercado. Hay de todo, desde
restaurantes-chiringuitos hasta gadgets de misteriosas funciones pasando
por frutas y verduras inverosímiles.(Más fotos en link).
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Ducha nocturna de Marián
en la cascada de la ruta hacia los Montes Cámeron ... ¡Anda, no ha
salido! Ya decía yo que estaba demasiado oscuro. ¡Qué pena!.
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Y por fin llegamos a
Tanah Rata. Entramos en la Father's ... los básicos barracones semicilíndricos,
el campo de voleibol para huéspedes frente a los mismos, las vistas sobre
las montañas, el salón para los pases de películas, los desgastados sofás
para descansar, las soberbias y enormes flores que cuidan con mimo, las
mesas para tomarse el té de media tarde en el jardín, la terraza para
las puestas de sol, ... Estamos en casa de nuevo.
Pero no todo sigue igual, lo que Jay -mujer de Gerard- llevaba dentro en
enero ... ahora lo luce en una cunita. ¡Como pasa el tiempo! ... pero no
tanto como los que tardó Duncan en regresar ... ¡59 años! Le conocimos
aquí y nos cuenta que el se alojó en estos mismos barracones cuando era
soldado británico en la guerra contra los japoneses durante la Segunda
Guerra Mundial. Esos barracones que tanto nos chocaron la primera vez que
los vimos ... resulta que son un pedazo de la historia de Malasia.. (Más
fotos en link).
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