|
La
frontera está abierta sin problemas, los enfrentamientos de los ejércitos
tailandés y birmano en la línea divisoria norte de sus respectivos países
tan solo cerraron este puesto fronterizo al principio de las hostilidades.
Fue una medida precautoria porque el epicentro del enfrentamiento está a
escasos kilómetros de Chiang Saeng (en Tailandia) y Huay Xai (al otro
lado del Mekong, en Laos), donde nos encontramos ahora. Cuando el ardor
guerrero de ambos bandos se sosegó lo reabrieron. El ejército tailandés
se ha limitado a cortar el acceso a las zonas calientes pero no ha cerrado
esa frontera con Laos, un alivio para nosotros, pero la cercanía de la
zona en conflicto Mae Sai- podría cerrarla repentinamente.
Lo importante para
nosotros es que hoy todo está tranquilo y que tenemos la barcaza que nos
cruzará el Mekong justo delante de nosotros. Los trámites laosianos de
aduana e inmigración se hacen en 10 minutos y avanzamos hasta pararnos
detrás de un camión que también espera para cruzar.-¡Pase, pase
primero! -nos dice enérgico el encargado de la barcaza que nos va a
cruzar el impresionante Mekong.
-No
tenemos prisa, si el camión estaba primero ya entramos nosotros tras
él -le contesta Vicente, en parte porque era verdad que el camión
había llegado antes que nosotros y en parte porque no nos gusta
entrar los primeros en una plataforma flotante de esas características.
-No importa. Suba, suba.
-No hay prisa, que embarque él.
-Primero ustedes.
-Primero él.
-¡Que entre, tenemos prisa!
-Pues entonces que entre él, está delante.
Pues ganó el
barquero a cabezota. No hubo nada que hacer. Arrancamos, adelantamos al
camión y una vez dentro seguimos las indicaciones y voces del barquero.
-Siga
... siga ... siga.
-Pero si ya cabe el camión.
-Siga, siga. -ratifica el barquero y Vicente sigue, sigue.
-Aquí ya está bien.
-No, más, más. -Y Vicente más y más adelante a velocidad de
tortuga ya que no hay barandilla que haga de tope al final de la
plataforma.
-¡Qué ya está aquí el agua, me va a tirar por la borda!
-No, queda un poco, siga, siga.
-Ya vale, me paro aquí, no sigo -le dice Vicente tras avanzar los últimos
treinta centímetros y girar la llave para cortar el contacto.
El barquero ve que
ya no hay nada que hacer y va corriendo a la otra punta de la barcaza para
indicar la maniobra al gran mastodonte que está esperando al borde mismo
de la rampa. Ahora lo entendemos todo, no era galantería eso de pasar los
primeros " ¡nos estaban usando de contrapeso para que entrase el camión
con mayor facilidad! Estaba cargado hasta arriba de madera y para evitar
que la rampa se hundiese demasiado al notar su peso " nos mandaron a la
otra punta, hasta casi tirarnos por la borda.
Cuando zarpamos,
Vicente arrancó el Montero y lo retrocedió un metro ya que realmente
nuestro todo terreno estaba demasiado al borde del agua. El suelo estaba
muy estriado y en principio los vehículos no se tienen por qué mover
pero por si viene una sacudida fuerte del agua, o se suelta el cable que
sujeta esa segunda rampa - hay una a cada lado- mejor no estar tan
cerca del líquido elemento.
La batalla que ganó
el barquero para hacernos subir primero nos salvó de una buena. Al
desembarcar salimos sin problemas pero el camión cuando bajó por la
rampa sufrió un deslizamiento de carga, se le cayeron las maderas hacia
atrás con un estruendo tremendo, se le levantó el eje delantero, su
morro apuntó al cielo y se quedó atascado con medio cuerpo en volandas
sobre la tierra y medio sobre la barcaza que danzaba al ritmo del Mekong.
Si llegamos a estar justo detrás todas las maderas nos hubiesen caído
encima atravesando el parabrisas. Menudo final más tonto. Realmente uno
nunca sabe donde está la fatalidad. Nosotros preocupados por el
enfrentamiento bélico y al final el peligro real estaba en la carga de un
camión. También nos libramos de ésta. Siendo positivos sin ser
aplastados- habríamos estado horas y horas atascados, que era la pinta
que tenía la situación, el procedimiento estaba claro: encontrar un
grupo de trabajo, descender todas las maderas a la plataforma flotante
para que el camión recuperase su centro de gravedad y entonces cargarlas
a pulso y llevarlas a tierra firme.
Eso sí, el
camionero no perdió "la cara" como dicen por aquí.
"Perder la cara" implica perder los papeles y si te irritas o
enfadas en público tu prestigio queda por los suelos. Así que te tragas
las bilis y sonríes como si no pasará nada. Me resulta tan difícil
imaginar esta actitud en nuestra querida España con lo temperamentales
que somos. Tras el conato de infarto contemplando la escena e imaginándonos
debajo salimos raudos para que nos sellen los pasaportes, la aduana
tailandesa siempre es un paseo pero en treinta minutos cierran inmigración
y no nos apetece dormir acampados en el minúsculo, húmedo y caluroso
muelle.
Las carreteras son
estupendas, es como un cambio de canal cuando se pulsa el mando a
distancia y aparece en la pantalla un programa que no tiene nada que ver
con el que estábamos viendo hace un segundo. Nos parece lejano lo vivido
hace tan solo unas horas, dando brincos, vadeando riachuelos y acelerando
en barrizales para no quedarnos atascados en las pistas de la empobrecida
pero encantadora Laos.
Llegamos por la
noche a Chiang Rai, el tráfico es reposado y nos orientamos muy bien
hasta llegar a la guest house que habíamos elegido: un viejo caserón no
muy lejos del río Kok. Dispone de un amplio jardín donde podemos dejar
reposar seguro a nuestro Montero. La casera nos recibe rodeada de más de
media docena de perros salchichas bastante escandalosos y juguetones que
van dando resbalones por el suelo, debido a sus largas uñas, cuando se
persiguen los unos a los otros.
Salimos a cenar al
mercado nocturno, siempre hay un mercado nocturno, es la temperatura más
suave del día, que no quiere decir que haga "fresco" sino
"menos calor". Los puestos de verduras y frutas se repiten idénticamente
unos junto a los otros, entre un bullicio dialéctico bastante animado
entre vendedores y compradores. En uno de los puestecillos ambulantes
vemos humear nuestra debilidad: pinchitos tostántose sobre brasas. No hay
nada más que pensar, allí mismo rendimos buena cuenta de ellos,
alternando el pollo y el cerdo del mismo modo que a veces eran naturales y
otras con salsa agridulce. También sirven sopas pero no nos apetece,
demasiado calor para variar. La vista se nos va hacia los manojos de patas
fritas de pollo que se dejan escurrir sobre la estraza el aceite donde las
han churruscado, otras patas fueron hervidas en un perolo y una de ellas
ahora flota en un tazón de sopa donde, como náufraga desesperada, se ha
agarrado a un trozo de nabo a la deriva. Un helado de postre nos permite
sofocar el bochorno mientras nos dirigimos a la guest house. Un buena
ducha fría antes de meternos en la cama es el toque definitivo, ni nos
secamos, nos dejamos caer bajo el ventilador de techo que apunta directo a
nuestros cuerpos.
La mañana amanece
potente con un sol de justicia pero los fieles no parecen muy
madrugadores. Sólo un par de monjes rezan ante la imagen de un Buda de
jade que alberga el templo más venerado de la ciudad, el Phra Kaew,
bautizado en su origen como Paa Yia ("Bosque de Bambú"). En
cambio, en el templo de madera Phra Sing -erigido allá por el s. XIV-
rebosa de actividad, los monjes están atareados componiendo un collage
con las fotos de las fiestas del último Pimai que tanta actividad (¡y
guerras de agua!) generó entre la comunidad budista. Desde Chiang Rai es
posible acercarse a las tribus del norte pero nos decantamos por Chiang
Mai como punto de partida. Esta última es un enclave más interesante
desde el punto de vista artístico e histórico con su emplazamiento
cuajado de artesanos, templos y estupas budistas.
CARAVANAS
DE ORIENTE
Chiang Mai fue
rodeada por las murallas que el rey tai Mengrai, su fundador, levantara a
finales del siglo XIII. Siglos después concretamente en 1.800 el rey
Kavila erigiría las murallas de ladrillos interiores que rodean al casco
antiguo. Los birmanos arrebataron la ciudad a los tais en el siglo XVI
pero ya en el siglo XV su sólida fortificación comenzó a ser
frecuentada por las caravanas de los chinos musulmanes procedentes de la
provincia china de Yunnan, transportando sus productos hacia el puerto de
Mawlamyine en Birmania (actual Myanmar). Ponies y mulas pululaban por la
ciudad cargadas de los objetos más deseados y preciados: hacia el sur
iban cargados de oro, plata, seda, opio, té, objetos lacados y frutos
secos. Hacia el norte cobre, algodón, betel, tabaco, marfil y nidos
comestibles de pájaros. El uso de los ponies y las mulas en lugar de
emplear los elefantes, búfalos y bueyes, como era lo usual en el Sudeste
Asiático, fue debido a la tradición heredada de las invasiones mongolas.
Fue a finales del
siglo XIX cuando muchos de los artesanos de China, del norte de Birmania y
de Laos se establecieron en la región para producir los objetos que tanto
se solicitaban y de esta forma participar regularmente en el comercio
regional, menguando el trasiego caravanero de los cuatro siglos
precedentes. Hoy en día, a tan solo unos pocos kilómetros de Chiang Mai,
es posible adentrarse en pueblos de artesanos que han heredado la técnica
de antaño. Vamos a Baw Sang, donde los artesanos confeccionan las
sombrillas de papel y algodón pintadas con una variedad de colores y tamaños
extraordinario. Callejeamos por San Kamphaeng, entre soberbias
manufacturas de seda, plata y los objetos lacados con un resultado tan
logrado como en la época de las caravanas. En Ban Wan, Hang Dong y Ban
Thawai prefirieron especializarse en el exquisito moldeaje de la madera,
haciendo brotar de los troncos figuras y formas excepcionales.
El mercado de noche
de Chiang Mai está al lado del antiguo bazar. Desde luego que en animación
no le envidiará mucho a su vetusto predecesor. Pero en realidad se ha
convertido en un mercado destinado al turismo. Atractivos no les falta
porque realmente tiene una variedad y cantidad de productos increíbles
mezclados -¡cómo no!- con los típicos recuerdos horteras y kirsh que
nunca faltan en los mercadillos. Sin duda alguna la mezcla de rostros y
procedencias seguro que también es tan diversa y ecléctica como lo fue
antaño. Ahora no son los ponies y mulas los que aguardan en los aledaños
sino los inconfundibles tuk-tuk (motocarro-taxi de tres ruedas) que
esperan transportar a los turistas cargados a sus hoteles con figuras de
Budas esculpidos en madera o en cobre, faldas de algodón, sombrillas de
papel pintado o productos provenientes de las diversas etnias tribales que
pueblan sus montañas cercanas.
Chiang Mai es la
ciudad preferida de los tailandeses por su rica historia, su floreciente
comercio y sus bellos y numerosos templos. Emprendimos el descubrimiento
de la ciudad diurna con un ánimo que se fue empapando de sudor a medida
que avanzaban las horas. Los templos se sucedían sin cesar así como el
trasiego de los fieles con sus ofrendas a su idolatrado Buda y sus
incondicionales guardianes: las serpientes-dragón Nagas y los monjes. En
las tiendas y supermercados se habilitan unos cubos de color azafrán para
donar a los templos donde encontrará el kit del perfecto "donante
devoto": una linterna, un repuesto de pilas (en su versión modesta
velas y cerillas), un paquete de arroz, un bote de leche condensada, un
bote de Nescafé, un par de paquetes de noodles, jabón, cepillos de
dientes y pasta dentífrica entre otras cosas de primera necesidad.
Todo ello en un barreño o cubo a juego con el color azafrán que visten
los monjes. La sobria vida monacal sabrá sacarle partido a la práctica
donación. La sonrisa nunca les falta en los rostros a fieles y monjes
siempre que te diriges a ellos. Los feligreses depositan sus donaciones en
una tarima dispuesta en un rincón del santuario y luego se postran ante
la figura imponente de su líder espiritual al que habrán obsequiado con
flores de loto y frutas. Y siempre la imagen de Buda que todos y cada uno
de sus templos guardan como el mejor tesoro.
El recinto
amurallado el wat Phra Singh contiene una estatua de Buda idéntica a
otras dos figuras que descansan en Bangkok y en Nakhon Si Thammarat. Dicha
figura se supone venida de Sri Lanka y al haber viajado tanto de un templo
a otro por todo el país ya no sabe si es la auténtica o la copia. En el
wat Chian Man otra polémica se cierne en torno a la figura de Buda que
dicen tener 2.500 años pero es que no existe una imagen de Buda más
antigua a los dos mil años. En la primera época budista estaba prohibida
la representación de su imagen y siempre se realizaba a través de
motivos alegóricos. Otras figuras se albergan en este templo, como un
bajorrelieve de Buda de pié, un Buda sentado de cristal con 1.800 años
de edad y otro Buda de plata forman parte de la vetusta congregación de
estos sagrados inquilinos.
Los impresionantes
wat de Chedi Luang y Phan Tao encierran no menos tesoros que sus compañeros.
El primero de ellos contiene una gran estupa del siglo XV que ha sido
restaurada entre la UNESCO y el gobierno japonés. Y en el wat Phan Tao
posee el más antiguo y grande "wihaan" (capilla central) en
madera que forma parte de los tesoros sagrados de Chiang Mai, una ciudad
moderna con un pasado recordado en sus templos y animados bazares.
También es una
ciudad de desmesurados contrastes. En el centro de la ciudad bares y
discotecas con un clara corriente decadente frívola de diversiones,
alcohol y chicas jóvenes que no dejan muchas dudas sobre su modo de
ganarse la vida. A las afueras de la ciudad los centros de meditación
para acercarse al Nirvana y que no sólo atrae a los tailandeses. Los
extranjeros de las procedencias más variadas también han encontrado en
lugares como el wat Ram Poeng (conocido también como Tapotaram) el lugar
perfecto para estudiar el "vipassana" (meditación budista). Los
musulmanes, hindúes y sikhs también tienen sus lugares de culto en
Chiang Mai para adorar a sus dioses. Sin lugar a dudas, se le podría
denominar la ciudad de los mil y un templos.
Así es Chiang Mai,
una ciudad que tiene cabida para todos, tanto los que buscan su perdición
terrenal como los que buscan su salvación espiritual. Centro de
decadencia y lujuria, hogar de artesanos y meca de muchas almas en búsqueda
de la paz y felicidad.
LA NOCHE DE
LAS SOMBRAS
Los 200 kilómetros
de curvas y jungla frondosa que al noroeste de Chiang Mai nos escoltan
durante el camino, nos acercan hasta la minúscula localidad de Soppong.
Esta ascensión permite menguar un poco, aunque no todo lo que hubiésemos
deseado, el sopor calorífico de la ciudad de los mil y un templos y
Budas.
Soppong es una
tranquila población, lindando con Birmania es el corazón de las montañas
donde residen muchas minorías étnicas del norte de Tailandia. Llegamos a
las 9 de la noche y el pueblo ya está aletargado por la ausencia de
claridad. Comemos de nuestras provisiones y decidimos elegir como lugar de
acampada el patio de un solitario y enorme monasterio budista que se
muestra sosegado y sin ninguna actividad. Aparcamos en un discreto rincón,
a los pies de la estupa y junto al muro que lo rodea. Todo muy rápido
para no molestar en caso que hubiese monjes: llegar, localizar el lugar,
silenciar el motor, apagar las luces y levantar la tienda sobre el techo.
Diez minutos después Vicente ya dormía como un tronco (se había
merendado doscientos kilómetros de curvas cerradas) y yo me quedé en esa
duermevela previo al sueño..
-Vicente,
despierta. Hay un coche que ha entrado.
-¿Qué pasa? ¿Qué dices? -contesta somnoliento sin haber entendido
lo que decía.
-Hay un coche que se ha parado delante de nosotros y nos alumbra.
-Pues serán los monjes que han regresado y al ver el coche se han
parado con el coche que les haya traído.
-Es que tienen las largas puestas sobre nosotros y no se mueven.
-Será para vernos mejor, ahora se irán a dormir en cuanto sacien su
curiosidad.
-No se van. Se bajan y vienen hacia aquí -le digo preocupada al oír
claramente las puertas abrirse y cerrarse.
-Serán los monjes, ¿Quién va a ser a estas horas y en este
lugar? Si no nos asomamos se irán aburridos. Ya lo verás. Tranquila,
si no hacemos ruido se creerán que estamos dormidos y se irán. No
cuchicheemos más que nos van a oír. Ya les saludaremos mañana.
-Vicente, que nos están rodeando, no es broma. -Ya Vicente se
reincorpora porque ha oído tan bien como yo el corretear alrededor
del todo terreno ... y luego el silencio. Las luces siguen alumbrando
con toda su potencia nuestro campamento. Abro unos milímetros la tela
de una de las ventanas y asomo un ojo desde nuestra atalaya y no me lo
puedo creer. Me tumbo otra vez y me dirijo a la oreja de Vicente.
-¡Hay gente armada! ¡Están armados con fusiles, veo los cañones!
-le digo ya realmente preocupada.
-¡Déjate de tonterías! ¿Seguro? -Vicente empieza a abrir una
esquina de la ventana de su lado para mirar a su vez y decirme bajito
que el de su lado tiene un fusil de asalto. Casi ni respirábamos
cuando unos tremendos golpetazos en la chapa nos dan un sobresalto que
casi nos hace atravesar el techo de fibra del brinco que dimos.
Una voz enérgica
grita algo ininteligible para nosotros, lo suponemos tailandés. Nos
mantenemos en silencio. La voz vuelve a gritar, ésta vez más fuerte.
"Dile algo", increpo a Vicente.
-Hello!
Good night! -es lo primero que se le ocurre a Vicente poniendo voz de
dormido. Un saludo nunca hace daño.
-Somebody, somebody here? -replica la voz con un "alguien, ¿hay
alguien aquí?"
-Yes, hello.
-¡Police, police! Who are you? -respiro tranquila por un lado al oírles
identificarse como policía, ahora sólo hace falta que ... sea cierto
y que si tenemos la suerte que sea cierto ... que ni el gritón ni los
que nos rodean se pongan nerviosos.
-Spain, we are travellers! -le contesta Vicente a la vez que abre la
ventana para dejarse ver. Un tremendo haz de luz penetra en la tienda
rodeando la cabeza de Vicente. Todo se ilumina dentro.
-Tourist? -pregunta cuando ve su cara, bastante diferente de la de un
asiático.
-Yes, tourist.
-Where?
-From Spain. Tourist from Spain, Europe. Tourist. -Repite luego varias
veces "tourist" porque de toda la frase, igual es lo único
que entienden.
-Ok, ok. No problem. Police, police, no problem. Police.
Ahora la actitud
era realmente opuesta, el gritón utilizaba una voz inquieta, se le notaba
realmente preocupados por quitarnos de encima el susto. No paraban de
repetir que eran policías, que todo iba bien, que no había ningún
problema y que durmiésemos tranquilos que ellos vigilan toda la zona. Que
no había peligro de ningún tipo. Dice algo en tailandés. Las sombras
que nos rodeaban se levantan y la claridad de la luna perfila los fusiles
de asalto con largos cargadores curvos. Eran tres en total, más el gritón,
más un conductor que pasó las luces a menos potencia tras oír otra
frase ininteligible. El coche, un todo terreno pick up, avanza, se pone en
paralelo y las tres sombras silenciosas se suben a la parte trasera
mientras la sombra con voz se introduce en la cabina. Desde dentro nos
vuelve a repetir su "police, no problem". Menuda nochecita, dejo
caer mi cabeza sobre la almohada mientras oigo a Vicente que me dice con
sorna: "Ale, ale, a dormir. Ya les has oído, ellos "nos
cuidan", son la police". Y el muy gamberro se ríe.
En la Cachemira
india tuvimos una escena similar (crónica 51) pero mucho más preocupante
porque era una acampada libre en zona de conflicto y hasta bastante
avanzada la conversación no sabíamos quienes eran los que nos rodeaban
con armas y gritaban. Eso sin contar que en aquella ocasión nos hicieron
desmontar el campamento e irnos. En aquel momento era la guerra
indo-pakistaní y la búsqueda de terroristas cachemiros musulmanes y en
esta son los enfrentamientos armados entre el ejército birmano y tailandés
todo a lo largo de la frontera norte, a escasos kilómetros de donde está
enclavada Soppong. Por lo visto el ejército y la policía no cesan de
patrullar por toda la zona y nuestra furtiva entrada al recinto del
monasterio debió de provocar inquietud en algún aprensivo monje que avisó
a la policía.
EL TRIÁNGULO
DE ORO
A la mañana
siguiente había un monje pendiente de todos los movimientos que hacíamos
mientras plegábamos nuestra "habitación" al tiempo que tres
novicios de no más de nueve años no paraban de jugar y reírse a nuestro
alrededor. Menudo susto les debimos de dar anoche, aunque nosotros
también nos llevamos nuestra ración. Eso no fue óbice para que las demás
noches volviésemos al mismo sitio ya que nos conocíamos todos y tenían
en el patio una ducha cerrada a base de calderos.
También es cierto
que la policía y el ejército, aún sin enfrentamientos con sus vecinos,
está siempre vigilante en el triángulo formado por la frontera norte con
Laos y Birmania. Estamos cerca del famoso "Triángulo de Oro" y
las fuerzas armadas se encuentran expectantes ante todo lo que se mueve y
ocurre por la zona.
El llamado
"Triángulo de Oro" engloba un territorio encajado entre
Tailandia, Birmania y Laos, donde se cultiva y comercia lucrativamente con
el opio. Desde los comienzos del Imperio Griego el opio se comenzó a usar
con fines narcóticos. Los mercaderes árabes introdujeron su cultivo en
China durante el reinado mongol de Kublai Khan (1.279-1.294). Las laderas
en pendiente y los suelos escasos en nutrientes son la tierra favorita
para el cultivo de esta singular planta. Las tribus de montaña, cuando
huyeron de las persecuciones a las que eran sometidos en Birmania y China,
llegaron a Tailandia y Laos con sus maletas llenas de semillas de opio.
Pero fue durante los años 60 y 70, coincidiendo con la guerra del Vietnam
(la CIA lo utilizaba para financiar operaciones secretas en Indochina),
cuando el comercio del opio se volvió extremadamente lucrativo.
Comenzaron a nacer los "Señores del Opio" en los lugares de máxima
producción y acabó denominándose el "Triángulo de Oro", por
las fortunas locales amasadas por los Señores del Opio (los bandidos,
militares y hombres de negocios chinos y birmanos que controlaban el tráfico
a través de esas tres fronteras internacionales). A mediados de los años
90 Tailandia comenzó a sustituir los campos de opio por campos de té,
café y maíz para acabar con el negocio de la droga, no saben si esto va
a funcionar o no pero en Laos y Birmania el tráfico de opio es todavía
muy fructífero y extendido.
Como ya nos ocurrió
en las montañas de Laos, donde mejor pudimos disfrutar de la rica miscelánea
étnica fue en el mercado. A él llegaron las mujeres lahu con sus
vestidos negros sobre faldas estrechas, en la cabeza cualquier cosa era
buena para liarse si tenía bonitos colores: una toalla, un pañuelo, una
bufanda. Los hombres con sus anchos pantalones verdes o azulones quedaban
más deslucidos con las camisetas o cazadoras que rompían la armonía de
su vestimenta tradicional. Las muchachas lisus, por el contrario, iban con
largas túnicas de colores sobre pantalones y no muchas se adornaban la
cabeza con su tradicional turbante negro como un pompón. Los hombres, al
igual que sus vecinos lahus, solo era posible identificarles por los
pantalones bombachos estrechados en el tobillo de color azul o verde con
sus zurrones en bandolera. Ambas tribus proceden del Tíbet y pertrechados
en poblados a 1.000 metros de altitud cultivan maíz, arroz y por supuesto
opio. El consumo local de la legendaria droga es ancestral aunque
también les gusta consumir el típico cigarro birmano, el "cherut",
con esencias de tamarindo. Así nos lo confirma un paisano lahu del pueblo
de Mae La Na que nos encontramos compartiendo descanso y unas caladas de
dichos puros con un vecino tras un día improductivo de caza. El firme
rojizo y polvoriento de las montañas son las alfombra de gala que nos
dirigen a espectaculares y gigantescas cuevas, otro de los atractivos de
Soppong. De entre todas ellas destaca la gruta calcárea de Tham Lot. La
cueva presume de ser una de las más largas galerías subterráneas del
Sudeste Asiático. El curso del río se filtra por las entrañas de unas
rocas que cobijan las formas más caprichosas que la acción dilatada del
tiempo y el agua han querido perpetuar en sus paredes. Las estalactitas y
estalagmitas compiten desafiándose para modelar la figura más original e
imaginativa. Cientos de carpas a la entrada de la cueva se empujan
ansiosamente las unas a las otras para conseguir tragarse las bolitas de
pescado seco que los visitantes le tiran al agua. "Food for holy fish"
"comida para peces sagrados"- nos gritan unas niñas que
venden bolsitas con comida para las carpas sagradas. En el interior la luz
de un gigantesco candil de gas, que los lugareños alquilan, hacen danzar
dantescamente las formas labradas en el dúctil mineral por la estoica
naturaleza. Los hombres con sus balsas de bambú esperan en la sombría
orilla. Las barcazas están listas para dejarse deslizar por la osada
corriente de agua que se adentra por la recóndita cueva. La intensa luz
del exterior nos devuelve a la realidad, las extrañas formas titubeantes
del interior se disipan con la arrolladora vitalidad del arrogante astro
rey que le gana la partida, una vez más, a las lóbregas sombras ocultas.
Es hora de regresar
a nuestro monasterio, mañana emprendemos ruta hacia una de las etnias más
fascinantes del sudeste asiático.

|
.jpg)
Ruta por el
norte de Tailandia. Detalle de la ruta en link.
.jpg)
La batalla que ganó
el barquero para hacernos subir primero (que no queríamos) nos salvó de
una buena. Al desembarcar salimos sin problemas pero el camión cuando
bajó por la rampa sufrió un deslizamiento de carga, se le cayeron las
maderas hacia atrás con un estruendo tremendo, se le levantó el eje
delantero, su morro apuntó al cielo y se quedó atascado con medio cuerpo
en volandas sobre la tierra y medio sobre la barcaza que danzaba al ritmo
del Mekong. Si llegamos a estar justo detrás todas las maderas nos
hubiesen caído encima atravesando el parabrisas. Menudo final más tonto.
Realmente uno nunca sabe donde está la fatalidad. Nosotros preocupados
por el enfrentamiento bélico y al final el peligro real estaba en la
carga de un camión. También nos libramos de ésta.
.jpg)
Chiang Mai es la
ciudad preferida de los tailandeses por su rica historia, su floreciente
comercio y sus bellos y numerosos templos. Emprendimos el descubrimiento
de la ciudad diurna con un ánimo que se fue empapando de sudor a medida
que avanzaban las horas. Los templos se sucedían sin cesar así como el
trasiego de los fieles con sus ofrendas a su idolatrado Buda y sus
incondicionales guardianes: las serpientes-dragón Nagas y los monjes.

El recinto amurallado
el wat Phra Singh contiene una estatua de Buda idéntica a otras dos
figuras que descansan en Bangkok y en Nakhon Si Thammarat. Dicha figura se
supone venida de Sri Lanka y al haber viajado tanto de un templo a otro
por todo el país ya no se sabe si es la auténtica o la copia. Sea la auténtica
o no, la belleza del templo principal cautiva a los visitantes..
.jpg)
También es una ciudad
de desmesurados contrastes. En el centro de la ciudad bares y discotecas
con un clara corriente decadente frívola de diversiones, alcohol y chicas
jóvenes que no dejan muchas dudas sobre su modo de ganarse la vida. A las
afueras de la ciudad los centros de meditación para acercarse al Nirvana
y que no sólo atrae a los tailandeses. Los extranjeros de las
procedencias más variadas también han encontrado en lugares como el wat
Ram Poeng (en la foto) el lugar perfecto para estudiar el "vipassana"
(meditación budista).Más fotos en link.
.jpg)
Aunque la
predominancia de los templos budistas es casi absoluta, los musulmanes,
hindúes y sikhs también tienen sus lugares de culto en Chiang Mai para
adorar a sus dioses. Sin lugar a dudas, se le podría denominar la ciudad
de los mil y un templos. En la foto, la llegada a la estupa budista del
wat Chedi Si Liam en Wiang Kum Kam (en las afueras de Chiang Mai).
.jpg)
Fue a finales del
siglo XIX cuando muchos de los artesanos de China, del norte de Birmania y
de Laos se establecieron en la región para producir los objetos que tanto
se solicitaban y de esta forma participar regularmente en el comercio
regional, menguando el trasiego caravanero de los cuatro siglos
precedentes. Hoy en día, a tan solo unos pocos kilómetros de Chiang Mai,
es posible adentrarse en pueblos de artesanos que han heredado la técnica
de antaño. Vamos a Baw Sang, donde los artesanos confeccionan las
sombrillas de papel y algodón pintadas con una variedad de colores y tamaños
extraordinario.(Más fotos en link).

Los 200 kilómetros de
curvas y jungla frondosa que al noroeste de Chiang Mai nos escoltan
durante el camino, nos acercan hasta la minúscula localidad de Soppong.
Soppong es una tranquila población, lindando con Birmania es el corazón
de las montañas donde residen muchas minorías étnicas del norte de
Tailandia. Acampamos en el patio de un solitario y enorme monasterio
budista que se muestra sosegado y sin ninguna actividad. Nos instalamos en
un discreto rincón, a los pies de la estupa y junto al muro que lo rodea.
Por la mañana todo respira paz y nos preparamos el desayuno Resulta increíble
que en este mismo lugar fuésemos rodeados durante la noche por las
fuerzas de seguridad apuntando con fusiles de asalto, estaban en máxima
alerta ante la cercanía de la frontera birmana.

A la mañana siguiente
había un monje pendiente de todos los movimientos que hacíamos mientras
plegábamos nuestra "habitación" al tiempo que tres novicios de
no más de nueve años no paraban de jugar y reírse a nuestro alrededor.
Menudo susto les debimos de dar anoche ... aunque nosotros también nos
llevamos nuestra ración. Eso no fue óbice para que las demás noches
volviésemos al mismo sitio ya que nos conocíamos todos ... y tenían en
el patio una ducha cerrada a base de calderos.
.jpg)
Como ya nos ocurrió
en las montañas de Laos donde mejor pudimos disfrutar de la rica miscelánea
étnica fue en el mercado de Soppong. Pero lejos de contentarnos con
verlos "de compras" o como mercaderes, vamos recorriendo las
pistas montañosas de los alrededores en busca de sus poblados y poder
encontrarnos con ellos en su entorno natural boscoso. Así nos van
apareciendo los poblados lisus y lahu, que si bien sus moradores son muy
distintos, sus aldeas son prácticamente idénticas.
.jpg)
Los lahu son los más
numerosos y nos encontramos varias veces con cazadores luciendo curiosos
fusiles antiguos de cañón largo pero sin piezas para llevar a casa.
No era un buen día para la caza.
.jpg)
Joven Akha (izquierda)
y anciana Hmong (derecha), dos de las etnias en los alrededores de Soppong.
(Ampliación en link)
.jpg)
El firme rojizo y
polvoriento de las montañas son las alfombra de gala que nos dirigen a
espectaculares y gigantescas cuevas, otro de los atractivos de Soppong. De
entre todas ellas destaca la gruta calcárea de Tham Lot. La cueva presume
de ser una de las más largas galerías subterráneas del Sudeste Asiático.
El curso del río se filtra por las entrañas de unas rocas que cobijan
las formas más caprichosas que la acción dilatada del tiempo y el agua
ha querido perpetuar en sus paredes.

Siguiendo
el curso del río en Tham Lot por las entrañas de la montaña aparecemos
en auténticos "valles perdidos".
|