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La
parabólica del Inmarsat Ibérica apunta hacia el satélite IOR, el enlace
es óptimo y nuestros e-mails salen rápidos. A continuación, la lista de
mensajes del servidor nos señala que tenemos cuatro correos entrando. Uno
de ellos es la respuesta de Vietnam a nuestra petición de entrada. Cuando
entraron todos los mensajes, desconectamos y guardamos el teléfono. El
primer mensaje que leemos es el de Vietnamtourism.
-No les vale el
programa aproximado -le digo a Marián con clara decepción al leer las
primeras líneas.
-¡Lo que nos temíamos!
-Lo quieren exacto, cerrado, día a día y con las reservas hechas.
Me reclino hacia
atrás apoyándome completamente en el respaldo del coche, estamos al
final de un callejón ... que no tiene salida. Ya les habíamos explicado
con todo lujo de detalles que era imposible fijar nada en una ruta
terrestre de estas características. Había factores imponderables como el
estado de las carreteras, la meteorología y la salud. También nos resistíamos
a perder la propia sensación de libertad de poder quedarnos más días si
encontrábamos algún lugar especial. Así de atados estábamos cuando
cruzamos China en el 99, no nos gustó y no queremos repetirlo. Los nómadas
improvisamos, necesitamos la sensación de ser libres para disfrutar de la
ruta. Y finalmente tampoco podemos esperar de "una semana a un
mes", como nos pusieron en el anterior correo, para obtener el
permiso. El visado de Camboya se acaba en unos días.
Tengo la cabeza
llena de nubarrones negros, a estas alturas de la expedición no puedo dar
crédito a lo que nos está ocurriendo. Marián está en silencio también.
Vietnam, con su intransigente y cambiante burocracia, nos ha cerrado las
puertas. Los dos sabemos que es imposible cumplir las condiciones que nos
exigen así que tendremos que dar media vuelta, la primera de la Ruta de
los Imperios. Durante un año y nueve meses hemos cruzado 23 países a
través de tres continentes y tras todos los obstáculos superados hasta
ahora ... la burocracia nos hace dar marcha atrás. ¡Qué faena! ¡Y en
qué lugar! Con la frontera de Vietnam cerrada, Camboya es un callejón
sin salida, no hay otra opción que volver a cruzar la pesadilla de camino
hasta Tailandia.
Y como colofón,
esta retirada también suponía no encontrarnos con Marjolaine y David,
hoy mismo les mandaremos un e-mail transmitiéndoles nuestra frustración
ante la imposibilidad del reencuentro. ¡A menos de 300 kilómetros los
unos de los otros! Ellos en Saigón y nosotros en Phnom Penh. Ellos entrarán
en Camboya cuando a nosotros nos caduque el visado de este país, es decir
que tendremos que estar ese día en la otra punta del país, en la
frontera de Tailandia. Ellos, tras Camboya seguirán hasta Bangkok y luego
más al sur; nosotros vamos hacia el norte, hacia Laos. Ya es imposible
que nuestras rutas se vuelvan a cruzar. ¡Qué pena! No era un buen día,
no.
Pero Vietnam no
solo está en nuestra mente estos días, también está en la prensa. El
"Daily Cambodia" notifica que en la zona central de Vietnam
(alrededores de Dalat) se ha producido un levantamiento civil de las
tribus de la montaña que ha puesto en jaque al ejército vietnamita. Los
enfrentamientos con la policía y los soldados han sido tan violentos que
se habla de "insurrección" y el ejército ha acordonado y
aislado las montañas de Dac Lac. Lo que son las cosas, de haber entrado
en Vietnam sin problemas ... seguramente estaríamos por ahí. Nadie puede
entrar ahora en una de las zonas más bellas del centro-sur de Vietnam,
está clausurada a cal y canto. No dejan entrar ni a la prensa, dice el
portavoz del gobierno vietnamita que es debido a que "the
provincial authorities are not "ready" to receive them",
o sea que "las
autoridades provinciales no están "listas" para recibirles".
Es decir, que quieren poner "orden" sin testigos.
Vamos empaquetando
nuestras cosas, otro periódico que guardamos con la documentación de
Camboya nos arranca una sonrisa, será otro de los recuerdos de nuestro
paso por Camboya: la contraportada está dedicada a "dos españoles
que hacen un ciber-viaje en directo alrededor del mundo". Es la
entrevista que nos hizo un periodista francés del periódico "Cambodge
Soir", se enteró por casualidad de que estábamos en Phnom Penh y
nos localizó para hacer un reportaje.
LA
"ULTIMA PALABRA"
Todo está de nuevo en nuestro Mitsubishi Montero. Es hora de partir
... hacia atrás, hay que ver lo que nos cuesta decirlo. Iniciamos la
retirada, de nuevo la textura lunar de las pistas, de nuevo los decrépitos
puentes a punto de desmoronarse; pero esta vez es más duro, la moral no
es alta. No sólo tragamos el polvo que levantamos, también tenemos que
tragar bastante bilis. Nuestros cuerpos no paran de dar botes, las ideas
en la cabeza también van dando tumbos de un lado para otro. Llegamos a
Angkor y decidimos permanecer allí un día, lo justo para que los huesos
se recoloquen en su sitio original y podamos hacer el último tramo de cráteres
algo más recompuestos. Nos damos un paseo por el exterior de la capital
imperial khemer para despejarnos.
-Diga lo que diga el aduanero de Moc Bai igual deberíamos intentar la
entrada a Vietnam por otro lado. Aunque nos hayan afirmado en la frontera
y en la embajada de Vietnam que con la nueva legislación ya no pueden
entrar los vehículos extranjeros sin una importación en toda regla ...
¡me resisto a rendirme de este modo sabiendo que Marjolainne y David
entraron hace casi un mes! -le digo a Marián.
-Ya lo había pensado. Las otras dos únicas fronteras
terrestres de Vietnam parten de Laos y están muy alejadas de Moc Bai.
Podríamos intentarlo, lo malo es que la primera frontera supone unos
1.400 kilómetros desde Phnom Penh, con unos 600 kilómetros muy, muy
malos porque los últimos 200 en Laos son también tremendos. -me dice
Marián, siempre con todo estudiado.
-Y si nos echan para atrás, de nuevo el palizón de
los 200 kilómetros de pista triturada por Laos ... ¿y cuantos kilómetros
más luego?
-En el mapa no están marcadas las distancias kilométricas
pero así a ojo serían otros 350 kilómetros, que con los 200 de esta
segunda marcha atrás serían 550 kilómetros extras.
-Otros 550 kilómetros extras como tampoco nos dejen
entrar por Lao Bao... -repito en voz alta, dubitativo.
-No. Serían más -me interrumpe-. Eso es hasta la frontera vietnamita,
luego hay que sumar toda la parte de Vietnam hasta llegar a Dong Ha en el
sur, más o menos a la altura de donde apareceríamos entrando por Lao
Bao.
-¿Cuántos más, entonces? ¿En total cuantos serían?
-Unos 280 kilómetros más. Sumando todo, el segundo
rodeo nos supondría otros 730 kilómetros que habría que sumar a los
1.400 que ya habríamos hecho con el primer rodeo.
-¡Qué barbaridad! ¿Qué hacemos? ¿Nos la jugamos
con esta "puerta falsa" en Lao Bao? -así llamamos nosotros a
una segunda frontera cuando en la principal hay problemas de dudosa
legalidad. Cuando no sabemos a ciencia cierta si una medida que nos
aplican es "legal" y "real" o si obedece a una decisión
arbitraria de un jefecillo déspota que se siente el amo del mundo en
"su" frontera. Siempre que buscamos una "puerta falsa"
intentamos que esté muy alejada de la principal y a ser posible desde
otro país. Aquí no tenemos muchas elecciones, hay tres fronteras
terrestres, una desde Camboya -donde no nos dejan entrar- y dos desde
Laos, en el quinto pino unas de otras. Precisamente el problema es ese,
que están demasiado alejadas y por unas carreteras y pistas de agárrate
y no te menees.
-Yo lo intentaría pero eres tu el que conduce el coche
en estos países, tu te llevas la mayor paliza. La última palabra te
corresponde a ti -me dice Marián, que quiere intentarlo pero no quiere
forzar mi desgaste de todas estas semanas por Camboya.
Si la "ultima
palabra" es "renunciamos" porque vemos mucho riesgo
y no merece la pena tanto esfuerzo ... abandonamos la idea de la entrada a
Vietnam y nos centramos en Laos y Tailandia. Si la "última
palabra" es "adelante" suponen miles de kilómetros,
algunos tramos muy duros. Quizás para encontrarnos la "ley de
importación" en todas las aduanas y toparnos con todas las puertas
cerradas y no quedar más remedio que tener que ir marcha atrás dos
veces. Mucho combustible, muchos días, una paliza para nosotros y para
nuestra montura. Puede que nos paren en seco pero ... ¿y si cuela? ... ¿y
si nos dejan entrar por otro lado? Todos estos países absolutistas
presumen del "todo controlado" pero al final hay mucho
desbarajuste y lagunas legales (que son las que usa el gobierno y los
caciques de turno para estar por encima de la ley escrita y hacer lo que más
le conviene en ese momento) ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Hay una remota
posibilidad de entrar en Vietnam desde la "puerta falsa" de
Laos; es un riesgo, es difícil ... pero la verdad es que existe esa
posibilidad. Estoy recostado sobre la espalda, las copas de los árboles
de Angkor nos hacen sombra, noto la brisa en la cara pero mantengo los
ojos cerrados, buscando quizás ese aislamiento del mundo para concentrar
la atención en el dilema que tenemos encima. Estoy harto de dar vueltas
al tema. Hay que decidirse ya.
-¡Venga, vamos a intentarlo! -exclamo a la vez que abro los ojos, veo las
ramas que se mueven sobre nuestras cabezas y la cara sonriente de Marián-
¡Que pase lo que Dios quiera! Si no entramos en un país que no sea
porque no hemos luchado hasta el final. La duda de haber podido entrar y
no haberlo intentado "todo" antes de rendirnos ... nos rondaría
la cabeza durante demasiado tiempo.
-Si entramos, fenomenal, el esfuerzo habrá merecido la
pena y descansaremos en Vietnam. Si no entramos ... tendremos la
conciencia tranquila, ya encontraremos un lugar donde descansar en Laos.
-me confirma Marián con alegría.
La decisión está
tomada, vamos a intentarlo. ¡No nos rendiremos tan fácilmente! Otro
"cabo suelto" es que nuestro visado de Laos es de una sola
entrada y cuando salgamos de ese país en Lao Bao nos invalidarán el
visado de ese país. Si los vietnamitas no nos dejan entrar ... estaremos
atascados en tierra de nadie. Tal y como les pasó a Úrsula y Michael.
Pero bueno, ya saldremos del apuro como sea, igual con un permiso temporal
laosiano o igual los aduaneros de Laos pueden anular la salida y seguir
con el mismo visado. Ni idea de lo que puede pasar. Ya veremos. Seamos
positivos. Vamos a enfrentarnos a los problemas uno a uno, primero vamos a
por Vietnam. Luego ya veremos lo que pasa si no nos dejan. La aventura es
así, repleta de imprevistos y cada decisión genera una cadena de hechos
previsibles ... y otros muchos imprevisibles. Por hoy ya basta de hacer
trabajar a la cabeza con tantas posibilidades. Las cartas ya están en el
tapete, terminemos el día con un paseo tranquilo, mañana emprendemos el
"segundo asalto", las segunda batalla de nuestra particular
guerra del Vietnam.
LA DAMA DE LOS SEIS AMANTES
Tras el duro tramo de Siem Reap hasta Aranya Prathet, Tailandia nos
hace recuperar el pulso con sus impecables carreteras y señalización.
Los 600 kilómetros por este país fueron fáciles, un paseo con buena música
sonando en el radio cassette hasta que llegamos a Mukdahan y nos
encontramos cara a cara con el monarca de todos los ríos del sudeste asiático
... cortándonos el paso.
El poderoso río
Mekong es el que marca la mayor parte de la frontera natural que separa
Tailandia del pequeño y empobrecido Laos. El cauce está tranquilo pero
su caudal y anchura impresiona. En unos meses esta desmesurada pero
adormecida serpiente de agua se tornará en una infinita anaconda
destructora, alcanzando hasta ... ¡14 kilómetros de ancho! en Si Phan
Don (Laos). Sus desbordamientos, la corriente de velocidad imparable y su
desembocadura en tromba en el sur de Vietnam provocará un año más una
galería de los horrores con campos devastados, casas arrasadas y vidas
perdidas. El río Mekong rasga la tierra en el sudeste asiático, es el
sustento de 50 millones de personas a lo largo de seis países, 4.350 kilómetros
de felicidad durante tres estaciones y 4.350 kilómetros de miedo durante
los monzones. Acaricia y da bofetadas, besa tan pronto como muerde, ama
unas veces pero tortura otras. Su pasión desmedida hace gozar y padecer,
arranca lágrimas de júbilo y llantos de dolor. Tan dulce como cruel y
capaz de satisfacer a sus seis amantes.
Durante casi 900
kilómetros mima y araña simultáneamente a dos de sus amantes: Tailandia
y Laos, cada uno a un lado. No son celosos el uno del otro, hasta llegan a
estrecharse la mano ... pero tan solo una vez, en Vientiane, en el Puente
de la Amistad. No hay ningún otro puente en esa inagotable distancia,
como si al Mekong no le bastasen sus seis vigorosos adoradores y quisiese
tontear con coquetería con los simples mortales. Como muchas miles de
personas al día, somos sencillos transeúntes que no nos queda más
remedio que adentrarnos en sus aguas para llegar a la otra orilla,
dejarnos mecer por los sensuales movimientos del vaivén de su estilizado
cuerpo.
Una barcaza de
metal con dudosa capacidad de flotación nos da la bienvenida tras sellar
en 10 minutos la salida de Tailandia. Una rampa metálica une la tierra
firme a la plataforma flotante, somos el segundo vehículo que entra en la
gabarra, nos seguirán luego cinco camiones, unos modernos, otros salidos
de algún museo. Cuando llegamos al final de la balsa de hierro ya notábamos
los arrumacos balanceantes de la dama de agua. Nada más entrar el último
camión desenganchan la chalupa de Tailandia y empezamos a navegar.
Nuestro destino: Laos.
Me apoyo en la
barandilla, unas gotas salpican mi camisa. ¿Será verdad que estas aguas
son tan zalameras con los transeúntes? ¿Me están llamando? Me inclino más
en la barandilla, nuevas gotas llegan a mi ropa pero no me muevo. Fijo la
vista en las ondulaciones que genera el avance del "patito feo"
sobre el que nos hallamos. Veo unos ojos entre las salpicaduras, ¿serán
los míos o me está observando el río?
-Hola viajero -parecen decirme las aguas-, no te veo bien, ¿eres chino?
Si es así llámame "Lancang Jiang", tus compatriotas me han
bautizado en su lengua nativa como "aguas turbulentas".
-No, no soy chino, dama de las "aguas
turbulentas" -le contesto mentalmente.
-¿Quizás seas camboyano? Entonces te habrán hablado
de mi como "Tonle Thom", soy las "grandes aguas" de tu
tierra.
-No, tampoco soy camboyano, dama de las "grandes
aguas".
-¿Tal vez naciste en Tailandia, Birmania o Laos?
Si es así, llámame "Mae Nam Khong", se me reverencia como la
"madre de las aguas".
-Te reverencio "madre de las aguas" pero
tampoco soy de allí.
-¿Acaso de Vietnam? -me susurra mencionando el último
de sus esposos-. Tu familia te habrá dicho que me llames "Cuu Long",
¿me reconoces como "nueve dragones"?
-Tampoco soy de Vietnam, dama de los "nueve
dragones". Vengo de un país muy lejano, de España, donde te
llamamos Mekong.
-¿Me conoces?
-Todos te conocemos, tienes muchos nombres pero siempre
serás la reina de las aguas de esta parte del mundo. Eres muy famosa.
-Gracias extranjero, eres muy amable. Es verdad, ahora
te veo ahora mejor, no tienes los ojos rasgados, no eres de aquí. Un
consejo, no me visites durante el verano, el carácter se me agria y me
vuelvo muy violenta por momentos. Yo soy así.
-Estaremos lejos entonces y ...
El bote que
arrastra la plataforma da un golpe seco con la quilla, las aguas se
revuelven contra la maniobra de amarre en Laos. Una pequeña ola me
alcanza de lleno, doy un brinco instintivo hacia atrás y separo la vista
de las aguas. Cuando las miro de nuevo sólo veo un remolino pero todavía
me parece oír "Buen viaje forastero". ¿Hablo solo? ¿Imaginaciones
mías? Seguramente, ... ¿o no? No importa, es estupendo sentir que la
naturaleza se comunica con los que la amamos. Sonrío, ¿me habrá dado un
abrazo de despedida a su modo? Gracias "Lancang Jiang", no
corras "Mae Nam Khong", pórtate bien este año "Tonle Thom",
recuerdos al mar del Sur de China "Cuu Long" ... hasta la vista
Reina Mekong, nos volveremos a encontrar en nuestro largo camino.
El portón de metal
cae violentamente en medio de un estruendo de chapa y de un vocerío que
indica que hay que desembarcar. Todo son prisas ahora, los camioneros
quieren salir ya y nosotros estamos en medio. Arrancamos el Montero,
salimos raudos de la plataforma y subimos la rampa de tierra que nos lleva
directo a una bandera. Es la bandera de Laos, un letrero en la caseta que
la sostiene pone "Customs".
LA
SEGUNDA OPORTUNIDAD
La frontera estaba a punto de cerrar y el aduanero laosiano se apremia
en atendernos y comprueba que el visado está en regla. Habla poco, sella
rápido y sonríe fácil. Tampoco aparece la pregunta "¿Algo que
declarar?", el coche ni lo miran, el Carnet de Passage ni lo tocan.
"Welcome to Laos" nos dice el policía de inmigración cuando
nos devuelve los pasaportes. ¿Cómo es posible que en unos lugares sea
tan fácil y en otros te vuelvan loco? Recordamos lo que nos contaron Úrsula
y Michael sobre el comportamiento de los funcionarios vietnamitas en la
frontera de Moc Bai: altivos, prepotentes y despreciativos con todos. Aquí
nos encontramos todo lo opuesto, que bien se siente uno con una entrada así.
A los pocos minutos de llegar ya estábamos botando por las calles de la
capital del sur de Laos: Savannakhet.
Rápidamente
constatamos que la capital del sur de Laos no es una ciudad, es un pueblo
de casas pequeñas cuyas calles desechas nos ponen rápidamente en
antecedentes de lo que nos encontraríamos por la carretera 9 hacia la
población fronteriza de Lao Bao. Sus calzadas se encuentran en un estado
de deterioro sin igual. En el "downtown" se concentran vetustos
edificios coloniales de dos pisos que se esfuerzan por reflejar un antiguo
esplendor perdido. Laos formaba junto con Camboya y Vietnam la colonia
francesa que los galos denominaron Indochina. Su vieja catedral todavía
mantiene los oficios religiosos para la porción de población católica.
En los templos
budistas de la ciudad también se desarrolla una dinámica labor religiosa
con monjes y jóvenes novicios yendo y viniendo por todos los rincones. En
el más antiguo de los monasterios, Lattanalangsi, descansa un Buda
tumbado de 16 metros, uno de los monjes era el portador de las llaves que
nos abrió las puertas de los "aposentos" del gigantesco Buda
durmiente. Le rodeaban muchas pinturas, todas bastante elocuentes sobre el
castigo que los pecadores sufrirán si no llevan una moral correcta.
Arriba estaba el pecado y debajo el condena. Son imágenes un tanto
infantiles pero muestran escenas del infierno budista con una crudeza
incuestionable.
Una risueña
vendedora ambulante nos ofrece una especie de buñuelos a la puerta del
templo de Sainyaphum. Le compramos una bolsa, será la última comida
antes de lanzarnos a recorrer la horrible carretera que nos separaba de la
espinosa e incierta frontera vietnamita.
Los primeros 50 kilómetros
rumbo este nos permiten avanzar sin contratiempos por un asfalto decente
pero poco después de la encrucijada donde partía la carretera hacia
Pakxe -en el sur- el asfalto mutó su faz para deleitarnos con un letanía
de nuevos boquetazos, baches y polvareda a discreción. Lo único
tranquilizante de la pista fueron sus puentes, mucho más fiables y
firmemente asentados que sus homólogos camboyanos. La explicación es
sencilla, en Camboya los khemeres rojos volaron todos los puentes cuando
se convirtieron en guerrilla y cuando se reconstruyeron fueron puentes
temporales que pronto se convirtieron en definitivos ... y no aguantando
los embistes del tiempo y del tráfico pesado ... desmoronándose uno a
uno ... todos ellos. En Laos no hay mantenimiento de puentes pero como son
grandes obras aguantan sin problemas el paso del tiempo, son puentes de
verdad.
Las aldeas y
granjas siguen presentando su semblante en palafitos rodeados de una
jungla bastante deforestada y marchita. La población infantil se prodiga
jugueteando entre las columnas que sostienen sus precarias viviendas
mientras pilas de lechones corretean prestos a las henchidas y fecundas
ubres de su descomunales madres. El camino sigue siendo agotador y
exhausto con su interminables zarandeos y sacudidas.
Llegamos a Sepón,
origen de la mítica "pista de Ho Chi Minh". De aquí partía
una pista fantasma que surcaba la jungla de Laos en paralelo a la frontera
de Vietnam hasta llegar a la altura de Saigón. Construida por el ejército
de Vietnam del Norte en territorio laosiano e imposible detectar desde el
aire, sirvió para que el Estado Mayor de Vietnam del Norte enviase
material de guerra y cientos de miles de soldados como apoyo a los
vietcong (la guerrilla comunista de Vietnam del Sur). De este modo, el ejército
regular del norte se infiltraba en el sur para luchar como vietcongs,
mucho mejor vistos internacionalmente porque se hacían pasar por población
sublevada contra el corrupto gobierno del sur y los Estados Unidos. Eso
sin contar con el efecto de desgaste moral para Estados Unidos y el sur
porque la guerrilla vietcong era inagotable, por muchos que cayesen ...
eran repuestos por soldados del norte que se convertían en vietcongs del
sur. Por la pista de Ho Chi Min en Laos entraron 600.000 soldados del ejército
regular del norte, 100 toneladas de provisiones y 500.000 toneladas de
material bélico. Protegida por 25.000 soldados del norte no se podía
"conquistar" por tierra, la jungla era aliada de los vietnamitas
y la mayor pesadilla de los americanos. La bombardearon
ininterrumpidamente, la intentaron incendiar, la bañaron de herbicidas y
defoliantes, hasta tiraron toneladas de detergente para que la humedad de
la jungla convirtiese la ruta en una pista de patinaje intransitable.
Cuentan que hasta soltaban en paracaídas conteiners repletos de latas de
cerveza para "emborrachar" a las tropas vietnamitas. De todo.
Durante la guerra cayeron en esta parte de la jungla ... ¡1,1 millones de
toneladas de bombas! En 1969, los B-52 americanos llegaban a realizar
hasta 900 salidas por día para intentar acabar con la ruta. Pero la pista
nunca se cerró, por grande que fuese el daño se reparaba en cuestión de
días porque todo a lo largo de ella había hangares escondidos, soldados
de ingenieros, talleres subterráneos y lo más importante de todo: la
resolución vietnamita de ganar la guerra a cualquier precio.
Sería fascinante
recorrerla pero necesitaríamos una mayor logística, seguimiento desde
fuera por seguridad, un buen guía para no meterse en campos minados y ser
varios todo terrenos para poder ayudarnos mutuamente. No es nada prudente
que un todo terreno aislado se adentre en esta jungla olvidada. Esta vez
nos conformaremos con conocer su historia.
Seguimos avanzando
hacia Vietnam y acampamos en una pequeña aldea del camino. Tras
presentarnos a la casa más cercana, cenamos rápido y mal de provisiones
que tenemos en el coche, estamos más cansados que hambrientos. Al poco,
la tienda se despliega en el techo del Montero y nuestras cabezas se
apoyan en las almohadas. Cuando amanezca reemprendemos esta ruta de enigmático
resultado. Tras el alba nos esperan dos horas más de angustioso camino
hasta la frontera. La hora de la de verdad está cada vez más próxima.
Habremos hecho 1.400 kilómetros a través de tres países para llegar a
esta "puerta falsa" e intentar entrar de nuevo en Vietnam.
Esperamos encontrarla abierta, de lo contrario podemos quedarnos atrapados
en tierra de nadie. Que el alma del Mekong y los espíritus de la jungla
nos ayuden tras la aurora. No hay marcha atrás. Hasta mañana.
|

Circunvalación para intentar entrar a Vietnam por otra
frontera. Detalle de la ruta en link.

Los
últimos días en Phnom Penh. El tiempo transcurre lento mientras
esperamos la respuesta de Vietnam pero aprovechamos los días recorriendo
Phnom Penh. Los escasos edificios coloniales de la era francesa que
sobrevivieron al período khemer rojo se mantienen en pie como pueden
mientras los ciclo-rickshaw (bici-taxi) buscan clientes por todos lados.
(Más fotos de Phnom Penh en link)

Tenemos la cabeza llena de nubarrones negros, a estas alturas de la
expedición no podemos dar crédito a lo que nos está ocurriendo con la
imposibilidad de entrada en Vietnam. Pero Vietnam no solo está en nuestra
mente estos días, también está en la prensa. El "Daily Cambodia"
notifica que en la zona central de Vietnam (alrededores de Dalat) se ha
producido un levantamiento civil de las tribus de la montaña que ha
puesto en jaque al ejército vietnamita. Los enfrentamientos con la policía
y los soldados han sido tan violentos que se habla de "insurrección"
y el ejército ha acordonado y aislado las montañas de Dac Lac. Lo que
son las cosas, de haber entrado en Vietnam sin problemas ... seguramente
estaríamos por ahí. Nadie puede entrar ahora en una de las zonas más
bellas del centro-sur de Vietnam, está clausurada a cal y canto. No dejan
entrar ni a la prensa, dice el portavoz del gobierno vietnamita que es
debido a que "the provincial authorities are not "ready"
to receive them", o sea que "las autoridades provinciales
no están "listas" para recibirles". Es decir, que
quieren poner "orden" sin testigos.

Vamos empaquetando nuestras cosas, otro periódico que guardamos con la
documentación de Camboya nos arranca una sonrisa, será otro de los
recuerdos de nuestro paso por Camboya: la contraportada está dedicada a
"dos españoles que hacen un ciber-viaje en directo alrededor del
mundo". Es la entrevista que nos hizo un periodista francés del periódico
"Cambodge Soir", se enteró por casualidad de que estábamos en
Phnom Penh y nos localizó para hacer un reportaje.

Todo
está de nuevo en nuestro Mitsubishi Montero. Es hora de partir ... hacia
atrás, hay que ver lo que nos cuesta decirlo. Iniciamos la retirada, de
nuevo la textura lunar de las pistas, de nuevo los decrépitos puentes a
punto de desmoronarse; pero esta vez es más duro, la moral no es alta. No
sólo tragamos el polvo que levantamos, también tenemos que tragar
bastante bilis. Nuestros cuerpos no paran de dar botes en la pista y de
ver el vacío en los inestables puentes.

También los Khemeres Rojos convirtieron a Camboya en un gigantesco campo
de minas, el mayor del mundo. La ONU y el MAG intentar "limpiar"
Camboya ... ¡casi diez millones de minas ocultas y sin desactivar! Listas
para matar o mutilar a todo aquél que las pise. Muchos folletos y
carteles repiten hasta la saciedad "jamás salirse de los senderos y
pistas transitadas". A veces salta un búfalo, otras un agricultor, ...
otras un niño. La primera lección del colegio es "ir a casa
siempre por el mismo camino, jugar en los lugares habituales y jamás
tocar nada extraño". La gran cantidad de personas mutiladas en
brazos y piernas dan fe de que es una advertencia muy seria. Uno de cada
263 camboyanos tiene algún miembro amputado como consecuencia de las
minas. Carteles como éste jalonan las pistas de Camboya advirtiendo de la
presencia de minas y explicando los comportamientos a seguir. Unas veces
dirigidos a agricultores, otras a madereros o a viajeros, las más ... a
los niños. En la foto es un cartel dirigido a los niños: a la izquierda,
todos los objetos que se pueden encontrar ... y explotar al tocarlos; a la
izquierda, las señales que se dejan cuando se encuentran objetos
explosivos. En el centro, lo que jamás hay que hacer: jugar con lo que se
encuentra, si un grupo de niños juega con ellos ... los niños sensatos
(los dos de arriba) tienen que alejarse rápidamente y advertir a algún
adulto porque el "tesoro" mata y amputa, como refleja el
pensamiento del niño que corre. (Detalles en link)

Llegamos a Angkor y decidimos permanecer allí un día, lo justo para que
los huesos se recoloquen en su sitio original y podamos hacer el último
tramo de cráteres algo más recompuestos. En los alrededores de Siem Reap
... señales de tráfico indicando lo que puede saltar "de
repente" a la carretera: ¡un elefante! (Detalle en link)

Tras
el duro tramo de Siem Reap hasta Aranya Prathet, Tailandia nos hace
recuperar el pulso con sus impecables carreteras y señalización. Los
siguientes 600 kilómetros por este país fueron fáciles y muchas veces
amenizados con los llamativos templos budistas tailandeses.

Incluso este retorno forzoso nos permite adentrarnos por unas pistas de la
zona de Phanong Rum y alcanzar algunos pequeños templos khemeres
escondidos en la jungla.

Al
final del camino tailandés llegamos a Mukdahan y nos encontramos cara a
cara con el monarca de todos los ríos del sudeste asiático ... cortándonos
el paso.
El poderoso río Mekong es el que marca la mayor parte de la frontera
natural que separa Tailandia del pequeño y empobrecido Laos. El cauce está
tranquilo pero su caudal y anchura impresiona. En unos meses esta
desmesurada pero adormecida serpiente de agua se tornará en una infinita
anaconda destructora, alcanzando hasta ... ¡14 kilómetros de ancho! en
Si Phan Don (Laos). Sus desbordamientos, la corriente de velocidad
imparable y su desembocadura en tromba en el sur de Vietnam provocará un
año más una galería de los horrores con campos devastados, casas
arrasadas y vidas perdidas. El río Mekong rasga la tierra en el sudeste
asiático, es el sustento de 50 millones de personas a lo largo de seis países,
4.350 kilómetros de felicidad durante tres estaciones y 4.350 kilómetros
de miedo durante los monzones. Acaricia y da bofetadas, besa tan pronto
como muerde, ama unas veces pero tortura otras. Su pasión desmedida hace
gozar y padecer, arranca lágrimas de júbilo y llantos de dolor. Tan
dulce como cruel y capaz de satisfacer a sus seis amantes.

Durante casi 900 kilómetros, el río Mekong mima y araña simultáneamente
a dos de sus amantes: Tailandia y Laos, cada uno a un lado. No son celosos
el uno del otro, hasta llegan a estrecharse la mano ... pero tan
solo una vez, en Vientiane, en el Puente de la Amistad. No hay ningún
otro puente en esa inagotable distancia, como si al Mekong no le bastasen
sus seis vigorosos adoradores y quisiese tontear con coquetería con los
simples mortales. Como muchas miles de personas al día, somos sencillos
transeúntes que no nos queda más remedio que adentrarnos en sus aguas
para llegar al otro lado, dejarnos mecer por los sensuales movimientos del
vaivén de su estilizado cuerpo.
Una barcaza de metal con dudosa capacidad de flotación nos da la
bienvenida tras sellar en 10 minutos la salida de Tailandia. Una rampa metálica
une la tierra firme a la plataforma flotante, somos el segundo vehículo
que entra en la gabarra, nos seguirán luego cinco camiones, unos
modernos, otros salidos de algún museo. Cuando llegamos al final de la
balsa de hierro ya notábamos los arrumacos balanceantes de la dama de
agua. Nada más entrar el último camión desenganchan la chalupa de
Tailandia y empezamos a navegar. Nuestro destino: Laos.

A
los pocos minutos de desembarcar en Savannakhet constatamos que la capital
del sur de Laos no es una ciudad, es un pueblo de casas pequeñas cuyas
calles desechas nos ponen rápidamente en antecedentes de lo que nos
encontraríamos por la carretera 9 hacia la población fronteriza de Lao
Bao. Sus calzadas se encuentran en un estado de deterioro sin igual. En el
"downtown" (en la foto) se concentran vetustos edificios
coloniales de dos pisos que se esfuerzan por reflejar un antiguo esplendor
perdido. Laos formaba junto con Camboya y Vietnam la colonia francesa que
los galos denominaron Indochina. (Más fotos en link)

En
los templos budistas de la ciudad también se desarrolla una dinámica
labor religiosa con jóvenes novicios yendo y viniendo por todos los
rincones.

Lattanalangsi es el más antiguo de los monasterios de Savannakhet, sus
edificios y templos, siempre hermosamente decorados, trasmiten esa paz y
quietud tan característica de los budistas. (Más fotos en link)

Una
risueña vendedora ambulante nos ofrece una especie de buñuelos a la
puerta del templo de Sainyaphum. Le compramos una bolsa, será la última
comida antes de lanzarnos a recorrer la horrible carretera que nos
separaba de la espinosa e incierta frontera vietnamita.

Tras los primeros 50 kilómetros de asfalto rumbo este nos encontramos con
el mismo panorama que en Camboya, el asfalto mutó su faz para deleitarnos
con un letanía de nuevos boquetazos, baches y polvareda a discreción.

Las
aldeas y granjas siguen presentando su semblante en palafitos rodeados de
una jungla bastante deforestada y marchita. La población infantil se
prodiga jugueteando entre las columnas que sostienen sus precarias
viviendas mientras pilas de lechones corretean prestos a las henchidas y
fecundas ubres de su descomunales madres.
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