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Al
minuto de partir de Chitral ya ni nos acordamos de esta pequeña urbe, la
cabeza está con otros pensamientos. Casi nos saltamos el pequeño desvío
que nos sacaría de la carretera principal y nos llevaría a un nuevo
puente colgante. Las tablas crujen bajo nosotros y claquetean entre sí;
el río Chitral, mucho más abajo, ruge con fuerza. Ya no hay asfalto, la
pista se estrecha cada vez más a medida que penetramos en el valle, el
camino labrado en la roca nos hace sentir la opresión de gigantescas
rocas sobre nuestras cabezas y el vacío a nuestros pies. Los primero
poblados están habitados por musulmanes, sus mujeres tapadas con sus
largos chales "purda" lo ponen de manifiesto pero sabemos que
todo cambiará de un momento a otro porque ya estamos muy cerca de nuestro
destino. Un hormigueo recorre nuestros cuerpos en espera del momento
definitivo, quisiéramos poder ver a través de las rocas para adelantar
el instante. "¡Mira, el primer pueblo! ¡Allí hay gente!", le
digo a Vicente entusiasmada. Y allí estaban en efecto. Nos hallamos en el
corazón del valle de Rumbur, le elegimos el primero porque es el más
pequeño y menos poblado, queríamos algo íntimo. Para nosotros es como
una ceremonia.
Detenemos el todo terreno, apagamos
el motor. Queríamos silencio total, eran las primeras mujeres kalash que
veíamos, muy fáciles de reconocer. Los hombres kalash usan el chaluar
camise como los musulmanes pero sus mujeres son únicas. Siguen vistiendo
a la antigua usanza, con sus largos y amplios vestidos negros con cenefas
de colores, recargadas de chillones collares y sus inconfundibles
sombreros de fuertes tonos naranjas, negros, rojos, amarillos, celestes y
blancos. Estamos embriagados por la sensación tan extraña que produce el
ser conscientes que nos hallamos en las tierras kalash, tres valles que
albergan a los escasos 3.000 kalash que a través de los milenios llegarán
en breve al siglo XXI, al tercer milenio de nuestra era.
Que increíble, estamos en Kafiristán,
la tierra de los "no creyentes" (kafir), nombre con el que los
musulmanes designan a estos tres valles de "infieles". ¡Kafiristán!,
creíamos que era un nombre inventado por Rudyar Kipling para su historia
"El hombre que pudo ser rey". La adaptación al cine que hizo
John Huston de esa novela supera al propio relato de Kipling (que no es
una novela sino un cuento) y la historia e imágenes de esa película de
aventuras y amistad sin límite siempre están presentes en nuestras
cabezas cuando nos movemos por el Himalaya: valles perdidos, una raza
distinta en un lugar que no le corresponde, partidas de polo, el legado de
Sikander (como se llama a Alejandro Magno en oriente) en el Himalaya,
puentes colgantes, religiones extrañas, pequeños reinos enfrentados, ...
Y ahora resulta que el Kafiristán existe y nos vamos encontrado con todos
esos elementos. Es como un sueño.
Por las laderas de las montañas o
al borde del río, sus pueblos se afanan por agarrarse en sus desniveladas
ubicaciones. ¿Pueblos he dicho? Bueno, en realidad se trata de pequeños
asentamientos con un reducido número de casas de madera con techo plano y
siempre cercanos a sus campos de cultivos.
Grum fue el lugar que elegimos para
instalarnos en el valle Rumbur. Nos hicimos amigos del tímido y
encantador Walicha, un chaval de 9 años que desde el primer momento se
mantenía atento a todo cuanto hacíamos ... hasta que se atrevió a
acercarse. La lluvia nos mantuvo cautivos durante dos días pero nada más
escampar decidimos darnos una vuelta a pie por el pueblo vecino, Balanguri,
a escasos kilómetros. En la pequeña plaza central las mujeres volvían
de hacer la colada en el río. Una niña se empleaba a fondo lavándola en
los canales que fluían por el pueblo y deseaba terminar cuanto antes para
reunirse con sus amigas ya ociosas. Estas se acercaron curiosas, tanto
como lo estábamos nosotros, para observarnos de cerca y ver lo que estábamos
haciendo. Se fueron familiarizando hasta que terminamos con una sesión de
peluquería. Mientras ellas me hacían trenzas en el pelo yo les exploraba
sus tocados. Llevan el pelo muy corto pero se dejan ciertos mechones muy,
muy largos para hacer largas trenzas, una de ellas siempre parte de la
frente. Sobre la cabeza, una especie de corona de conchas y cuentas de plástico
de vivos colores que se prolonga por la parte trasera como un largo faldón.
Las formas geométricas se entremezclan con elegancia, combinan
magistralmente los botones de diferentes formas y tamaños con pendientes,
cuentas y trozos de telas coloreadas hasta obtener el resultado deseado.
Por su forma relajada y natural de
dirigirse por igual a hombres y mujeres y por el hecho de no usar velo,
han tenido que sufrir el acoso mal intencionado de los musulmanes. Muchos
vienen a vender o curiosear por sus pueblos y confunden su actitud natural
con la promiscuidad. Son muchas veces molestadas pero son mujeres con carácter
que no se dejan amedrentar y se enfrentan a quién haga falta si se les
falta al respeto.
Pero no sólo su naturalidad y
simpatía nos llama la atención, es que al mirarlas a la cara dan la
impresión de que son de "otro sitio". Su piel es mucho más
clara que la de sus vecinos, hay muchos ojos claros y aunque la mayoría
son de pelo moreno, muchos de los que nos rodeaban tenían unos intensos
ojos azules y el pelo muy rubio. Son muchas las hipótesis que se barajan
sobre sus orígenes pero su tradición oral les asegura que descienden de
un valiente general de Alejandro Magno, Shalak Shah de Tsiam, al cual se
le entregó el valle de Chitral como recompensa a su heroica actuación en
la campaña asiática de Alejandro. Muchos etnólogos están también de
acuerdo con esa leyenda tras muchos estudios. Cierto o no, es una manera
de justificar la piel clara y los rasgos occidentales de muchos de ellos.
Poco después apareció nuestro
amigo Walicha que había salido del colegio y decidió acompañarnos. Las
casas del pueblo se disponen como un castillo de naipes alrededor de la
plaza principal pero en sus tejados vemos hoy una actividad inusitada.
Grandes concentraciones de hombres y mujeres charlando, la minúscula
panadería que no para de repartir pan recién horneado y una casa con
entradas y salidas constantes de gente. Walicha nos explica que se trata
de una boda y que los invitados están recibiendo los ágapes que los
novios ofrecen por su feliz enlace.
Las mujeres kalash son libres para
elegir al hombre con el que desean casarse y si este le infringe durante
el matrimonio malos tratos verbales o físicos ella puede abandonarle y
tomar nuevo esposo sin que nadie le pueda obligar a regresar al antiguo
hogar. En principio, el matrimonio es un matrimonio por amor y no
concertado. Walicha nos sirve de traductor cuando nos indica que nos
invitan a compartir con ellos la merienda. Subimos por una escalera de
madera al techo del primer piso y allí nos ofrecen unas banquetas para
sentarnos y una gran cesta con pan y queso de cabra. Lo que allí vivíamos
no podía desprender más sencillez pero todo estaba impregnado de una
autenticidad imposible de superar. Nos hicimos unas especies de rollitos
con el pan (chapati) y el queso desmenuzado en bolitas que nos supo a
gloria. Al caer la noche, cada uno se retiró a su hogar con el
correspondiente cargamento de pan y queso y nosotros nos despedimos
agradecidos por su generosidad.
A la mañana siguiente Walicha
apareció tras el desayuno y nos dijo que como le dolía un hombro no había
ido al colegio, se puso muy serio sin mirarnos directamente a los ojos.
Era obvio que había mentido para venirse con nosotros pero también es
cierto que juntos aprenderíamos muchas cosas y por un día que faltase al
cole no iba a pasar nada. Cogimos las mochilas y nos fuimos a visitar otro
pueblo. Subimos por un empinado escarpado, Walicha insistía en llevarme
el trípode pero no le dejé; le miré y le guiñé el ojo mientras le decía
que con el hombro dolido no podría. Se puso rojo, sonrío y siguió indicándonos
el camino sin volverme a preguntar si me ayudaba. Los hombres estaban
trabajando en el campo y algunas mujeres con bebés salían de sus casas y
nos invitaban para que nos detuviéramos un rato. Eran muy risueñas y de
nuevo Walicha intervino como traductor de las mujeres, que no paraban de
preguntarnos cosas. Nos dijeron que se encontraban solas pues sus maridos
estaban en el campo o recogiendo leña para el inminente invierno. Las
mujeres kalash trabajan en el campo al igual que sus maridos pero, a
diferencia de otras muchas culturas que tienen que ir al campo con el bebé
enganchado con un paño, éstas se quedan en casa cuidando del recién
nacido. Se nos vienen a la mente las escenas de nuestras rutas por el África
Negra, donde casi todas las mujeres en edad fértil -sobre todo las más jóvenes-
se desloman en el campo con bebés enganchados a ellas, a veces incluso
con dos: uno delante y otro detrás. Esa imagen generalizada por todo África
se quedó grabada a fuego en nuestra memoria.
En lo alto de la colina, en una
plataforma, tenían ubicado su altar sagrado. Aunque los musulmanes les
denominan "no creyentes" ellos creen en su dios "Khodai"
(palabra persa para Alá) o "Dezao", el creador. Y sus ídolos
vienen a ser como los santos para los cristianos, los intermediarios ante
el supremo. Para los kalash su mundo se divide en dos: el de los puros y
el de los impuros. Las mujeres pertenecemos al mundo de los impuros -¡qué
cruz, señor!- y como "impuras" no podemos acceder a los
recintos sagrados. Me instalé en la terraza que asignan a las mujeres
para esperar el regreso de sus maridos e hijos varones que acuden a
realizar los ritos y reverenciar a sus ídolos ... ellos, en cambio, si
son puros. Desde allí contemplo el panorama del pueblo a mis pies, las
mujeres lavando en el río, los niños en el patio del recreo, ... nada
tiene desperdicio.
Me cuenta Landam Bibi -la mujer de
Mounir, en cuyo jardín acampamos- que las mujeres son especialmente
"más impuras" durante el periodo y son separadas del resto del
poblado durante estos días. Nadie ni nada puede tocarlas, todo lo que
entre en contacto con ellas ha de ser lavado. Todo. Incluso si un médico
entra en el recinto para examinar a una enferma, cuando salga ha de
lavarse completamente, él, su ropa y todas sus pertenencias. Y cuando la
menstruación ha terminado, las mujeres deberán proceder a lavar toda la
ropa y enseres que se llevaron consigo durante esos días para
purificarlos. Me confiesa que durante esos días se aburre terriblemente
porque no pueden hacer nada ... aunque por otro lado son como unas pequeñas
vacaciones ya que al no tener que atender la familia están libres de
todas las obligaciones caseras y familiares.
También nos cuenta que el pollo y
sus derivados están prohibidos por su religión. Una leyenda afirma que
cuando los kalash comiencen a comer pollo y las mujeres no vayan a las
casas de las impuras cuando tengan el período ... los días de su pueblo
estarán contados. No sé si será cierto o no pero en algunos pueblos ya
comen este animal y sus huevos.
LOS KALASH
ROJOS
Los ojos de Walicha mientras nos marchábamos lo decían todo sobre la
conexión que se había establecido con este inquieto y formidable chaval
durante los días que estuvimos juntos. Pasamos por delante de una
carpintería donde un joven minusválido se empleaba a conciencia con la
figurilla de uno de sus ídolos que pronto formaría parte de uno de sus
altares sagrados. Nos bajamos del coche para curiosear y finalmente
acabamos adquiriendo una de las figuras, eso nos recordaría a Walicha y
el día que nos acercó a los altares sagrados.
El segundo valle es Bumburet, el
valle principal. Es evidente que se ha convertido en la ruta turística
kalash por excelencia, hay pensiones y campings por doquier, ¡hasta un
lujoso motel PTDC! Como cambian los tiempos. También hay muchas tiendas
bordeando la pista principal, todas ellas dedicadas a la venta de
recuerdos kalash, centrados principalmente en los tocados de las mujeres.
Pues a pesar de todo, una vez superada la faceta "interesada" de
la venta vuelven a ser encantadores y abandonan la faceta comercial para
charlar.
Nos acercamos andando hasta el
poblado de Shaikhanandeh, el día sigue dando muestras de inestabilidad
atmosférica y nos vemos inmersos en el Diluvio Universal cuando
alcanzamos las primeras casas. Allí conocimos a Ahmed, un kalash
convertido al Islam, que nos invitó a resguardarnos de la lluvia en su
casa. Al calor de la lumbre central del hogar se hallaban apiñados las
mujeres y los niños. Nos sentamos con él y toda la familia. Una niña
estaba pelando nueces y echándolas en un enorme cajón, nos miró, sonrió
y nos dio un puñado a cada uno (o sea, dos nueces a cada uno porque no
cabían más en esa manita). Mientras comíamos las nueces, Ahmed nos
explica el origen de la conversión al Islam de muchos kalash, entre los
que se encuentra su familia.
Hasta el año 1896 el Kafiristán
se extendía también por Afganistán. Los musulmanes invadieron la zona y
obligaron por la fuerza a la conversión. Así nacieron los "kalash
rojos", para distinguirlos de los "kalash negros", que son
los que siguieron con sus ancestrales tradiciones. Muchos se negaron y fue
entonces cuando comenzó su exilio a los lugares más recónditos e
inalcanzables de los valles, al tiempo que dio comienzo su marginación.
La zona afgana convertida al Islam es el Nuristán, "el país de la
luz", y ya tenía una frontera clara con el Kafiristán, "el país
de los infieles". Los no conversos fueron económicamente explotados
y atacados con frecuencia por sus vecinos musulmanes. Cuando los ingleses
establecieron las líneas de su imperio -tras la batalla de Chitral ganada
gracias a la intervención de Kelly-, los valles Kalash pasaron a formar
parte de la India Británica. Esta medida les protegió frente a la
violenta conversión a la que seguían sometidos por el rey afgano Abdur
Rahman así como por el propio mehtar de Chitral. A los refugiados se le
dieron tierras en las zonas altas de los valles kalash y aún hoy en día
siguen ahí, ... aquí mismo, donde estamos nosotros comiendo otro nuevo
puñado de nueces que nos ha regalado la pequeña kalash roja.
Con la independencia de Pakistán,
las presiones se reiniciaron y la conversión volvió a ser casi la única
opción de sobrevivir para muchas familias y salir de la marginación.
Hasta 1969, ¡hace realmente nada!, el reino de Chitral era independiente
y gobernado por los mehtars pero unas serie de revueltas internas
obligaron al estado de Pakistán a integrarlo como parte del territorio
pakistaní. Para los kalash supuso un gran alivio y el reconocimiento
oficial del derecho a practicar su religión libremente.
Ahmed nos explica que estuvo
estudiando en la Universidad de Kabul (Afganistán) pero con el gobierno
taliban abandonó todo para volver con su gente al otro lado de la
frontera. La crueldad manifiesta hacia los inconformistas, la violenta
represión hacia los musulmanes moderados y la sinrazón en todos los
actos de los talibanes no coincidía con su planteamiento del Islam ni de
la vida. Nos invitan a comer arroz y pollo en salsa con té verde. Cuando
la lluvia cesa y de nuevo luce el sol, nos acompaña en el recorrido que
hicimos por los alrededores. Nos cruzamos con un grupo de hombres que
saludaban de una forma extremadamente escandalosa y gesticulando en demasía,
nos dice que están fumando marihuana y que se encuentran algo eufóricos,
que no conviene acercarse en esos momentos. Durante nuestro paseo tuvimos
la ocasión de toparnos con plantas de marihuana que crecían salvajemente
por la zona y que evidentemente servían para el consumo local.
Acabamos el recorrido en un vivero
de truchas que han instalado detrás de la mezquita del pueblo. Vamos de
sorpresa en sorpresa. Aquí nos despedimos de nuestro amigo Ahmed, que
tantos relatos interesantes nos había narrado y nos había mostrado una
vez más la hospitalidad y generosidad del pueblo pakistaní, ya sea
musulmán, cristiano o kalash.
De nuevo el cielo se nubla, una
suave llovizna nos acompaña hasta el valle de Birir, el último de los
valles kalash. La pista es la más deteriorada de todas y los largos
tramos con barro nos provocan derrapes constantemente. En los sectores
deslizantes y estrechos -con caídas nada desdeñables- optamos por
pasarlos a la máxima velocidad que nos permitía la malograda pista.
Funcionó a la perfección, antes de entrar impresiona pero una vez
lanzados en ningún momento recibimos un susto ni la sensación de
"irnos para abajo", las ruedas agarraron de maravilla a esa
velocidad. Las pendientes eran otra historia, hacia arriba a punta de
acelerador y despacito; hacia abajo, en primera reductora para no tener
que tocar el freno, el motor retenía el todo terreno y le impedía coger
velocidad. Lo más irónico es que es una pista relativamente fácil ...
cuando está seca, pero la lluvia la ha convertido en un avance peligroso.
Y llegamos a Guru, la pista muere
en este pueblo kalash. Salimos de nuestro Montero y nos estiramos, la
lluvia ha desaparecido y apenas quedan un par de horas de luz. "Por
hoy se acabó, vamos a descansar de tanto trajín", me dice Vicente.
¿Descansar?, me temo que la llegada de un muchacho corriendo cambiaría
nuestros planes. El joven, Abdul, prácticamente nos asaltó nada más
vernos para decirnos que hoy era el último día del festival de la
vendimia y que se estaban celebrando bailes y cantos en el pueblo de Gri.
¡Menudo regalo sorpresa! Tan solo tres factores a tener en cuenta: se
termina con la puesta del sol, tan solo se puede ir andando y cuando nos
señala el pueblo con el dedo casi me da algo.
Era un nido de águila, un pueblo
encaramado en un pitón rocoso que se veía en la lontananza. "A paso
rapidito se podría llegar en 45 minutos o en una hora, os quedaría otra
hora de festival y podríais ver la clausura", nos dice Abdul al
quedarme perpleja con el lugar que señaló. El panorama era horroroso
dada mi incapacidad natural para remontar cuestas empinadas pero el premio
era soberbio: ¡presenciar un festival kalash en un poblado recóndito! No
había nada que pensar dos veces, había que intentarlo. Vicente cargó
con su equipo de fotografía y mi trípode y yo con el equipo de vídeo.
Abdul se animó al final a acompañarnos porque si cogíamos algún
sendero erróneo no llegaríamos a tiempo. Son realmente gente
encantadora, ¡y además se encargó del transporte del trípode! Lo
dicho, gente realmente admirable y hospitalaria.
El primer tramo era llano y lo llevé
muy bien pero en cuanto se inició la escalada -no hay otro término para
calificar ese maldito sendero de rocas- iba dejando parte de mi vida en
cada paso. Siempre pendientes de mi, no fueron pocas las veces que Vicente
y Abdul tuvieron que pararse para comprobar que seguía ranqueante detrás
de ellos. Cada vez que miraran me veían con una prenda menos: primero el
pañuelo, la siguiente vez la chaqueta, en el siguiente tramo me arremangué
la camisa, luego me solté otro botón del cuello y menos mal que por fin
llegamos porque ya no podía hacer nada más sin entrar en la indecencia.
Estábamos encendimos como teas y sudorosos pero todavía quedaban 45
minutos y la clausura.
El espectáculo fue perfecto,
sencillo pero genial. Las mujeres bailaban cogidas por los hombros y las
cinturas con sus mejores galas, girando alrededor de los hombres que
formaban un corrillo en el centro. Estos hablaban, cantaban, discutían y
reían hasta que se ponían a danzar también. Luego llegó la procesión
final, todo el mundo debía retirarse del camino y no se podía mirar al
grupo de mujeres que avanzaban muy, muy, pero que muy lentamente hasta que
llegaron al lugar común e iniciaron una nueva danza. De fondo, los picos
Gorimum Zom y Bachay Madir y pocos metros tras el recinto de baile, el
precipicio desgarrado. Lástima que ya fuese casi de noche. Nos invitaron
a tomar un trago del vino que producen, era el protagonista del festival.
Muy rosa, turbio y agridulce todavía tenía flotando las pepitas de las
uvas machacadas. Ni un solo somelier en el mundo lo consideraría vino de
verdad pero lo importante era el ambiente, la gente, la magia del entorno.
En el descenso ya me podía
permitir el gusto de ir al mismo paso que Vicente y Abdul. Los cantos y
las notas musicales de sus ritos todavía resonaban por el valle, ¿o eran
en mi cabeza? No importa, la música seguía, que importaba de donde
saliese si eso nos hacía sentir en una nube. Ya apenas distinguíamos el
camino, dábamos traspiés con las rocas y resbalones en la tierra húmeda
y el fango. En uno de esos resbalones Vicente se pegó un batacazo que
parecía salido de una comedia de cine mudo, primero su pie derecho llega
a la altura de su cabeza y luego su trasero aterriza allí de donde partió
el pie. Me reí a gusto cuando comprobé que no se había hecho nada.
Ahora me tocaba a mi reírme, ya se rió el lo suficiente con sus jocosas
bromas de mi "striptease" de la cuesta arriba. La última
claridad desapareció pero Vicente, siempre tan previsor él, se llevó
cautamente una linterna y con la luz de su foco llegamos al pueblo de Guru,
donde nos fundimos en un dulce y mágico abrazo con Morfeo.
Abandonar los valles kalash ha sido
como despertar de un sueño encantado. De algo casi irreal porque no tiene
nada que ver con todo lo que hemos vivido por Pakistán. Quizás por eso
nos seduzca tanto este país, vayas donde vayas ... siempre acabará
sorprendiéndote.
EL MÁS ALLÁ
Llegamos a Islamabad tras maravillarnos del
pequeño fuerte de Nagar, encajado en una isla en medio del cauce del río
Chitral, y tras escalar el último paso de la ruta: Lowari, relativamente
bajo para lo acostumbrado en el Himalaya (3.118 metros) pero realmente
duro. Era como trepar por un muro, tal y como tuvimos que hacer para
llegar al gompa de Lamayuru en Ladakh. El zigzag era casi vertical, nos lo
encontramos totalmente embarrado por las lluvias, el cruzarse o adelantar
algún otro vehículo era muy tenso y aunque tampoco había ventisca de
nieve en la cima ... un vendaval helado tan solo nos permitió tres
minutos fuera del todo terreno. Es otro paso histórico, la puerta al
estratégico Chitral puesto que el paso de Shandur -por el que hemos
accedido nosotros- es más bien una puerta "falsa" que está
abierta muy pocos meses al año. Pero lo increíble del Lowari es que a
pesar de no ser tan alto ... no se puede mantener abierto todo el año, el
invierno lo cierra durante meses y el enorme valle queda sellado hasta la
primavera (porque además, en cuanto comienza el mal tiempo ... ni los
aviones pueden llegar). Chitral todos los años organiza la fiesta de la
"apertura" al primer vehículo que logra llegar tras el invierno
... celebran el final de su encierro. El gobierno pakistaní lleva años
tras el proyecto de un túnel para evitar el aislamiento a este valle tan
importante pero si hemos de ser sinceros, no creo que lo veamos nosotros.
El tiempo que nos queda por Pakistán
comienza a estar contado, hacemos algunas salidas con Víctor y su nuevo
Montero pero ya debemos orientar nuestra brújula hacia nuevos horizontes,
el Sudeste Asiático. No obstante, los días que pasamos de nuevo en la
capital, Islamabad, los repartimos entre el trabajo y gratos y relajantes
momentos en la compañía de nuestros entrañables amigos. Cuando
finalmente llegue el momento de despedirnos ... esta vez será por mucho,
por muchísimo tiempo.
La salida hacia Karachi nos
presenta un panorama de 1.600 kilómetros de carretera pero en esta etapa
hay un gran cambio ... esta vez el copiloto no iba a ser yo, sino Víctor.
Nuestro querido amigo siempre tuvo especial ilusión en seguir el curso
del río Indo por tierra y esa era precisamente la ruta que teníamos que
seguir para llegar a Karachi. Los 1,95 metros de altura de Víctor le
imposibilitaban ir turnándose conmigo (1,60 de "bajura") en el
transportín de atrás. Si bajábamos los tres, sería yo la que tendría
que ir todo el viaje en el tercer asiento -bastante incómodo si realizas
largas etapas- que tenemos para emergencias.
La ruta iba a tener muy pocas
paradas y Vicente y yo ya conocíamos la ruta del Indo milimétricamente
gracias a la Ruta de Alejandro Magno del 92. Cedí los honores de copiloto
a Víctor y yo me quedé en Islamabad esperando su regreso... porque tenían
que regresar, nuestro vuelo de la British Airways partía de Islamabad.
Era la primera vez que Vicente y yo
nos separábamos después de ... después de casi dos años, desde que dejó
su trabajo a finales del 98. Está separación fue tan sólo de siete días
pero fue una sensación extraña, estaba sola pero sin darme cuenta,
cuando a veces me abstraía, me giraba en la silla para preguntarle algo.
Tras el gesto, me reía yo sola, es la fuerza de la costumbre. Apenas tenía
comunicación con "mis chicos" porque dejaron aquí el teléfono
satélite y el celular de Víctor se pasó casi todo el viaje sin
cobertura. Fueron jornadas muy tranquilas que aproveché para poner al día
un montón de asuntos pendientes, zambullirme en la lectura de nuestro
futuro destino: el Sudeste Asiático. La compañía la encontraba gracias
a la maravillosa técnica de los e-mails, que me permitía escribirme casi
a diario con José Enrique.
Víctor se convirtió de este modo
en la cuarta persona que ha realizado una etapa de la Ruta de los Imperios
a bordo de nuestro Mitsubishi Montero "Ceuta-2.000". Serán muy
pocos días y yo me quedo en tierra pero nos emplazamos a que la "próxima
vez", donde quiera que nos citemos en este ancho mundo, vayamos
todos, sea por más tiempo y con etapas más tranquilas.
A Karachi llegaron exhaustos después
de cuatro días de carretera, el viaje fue mucho más largo, cansado y
duro de lo previsto. Incluso llegaron a presenciar como un rickshaw -motocarro
taxi- embestía a una motocicleta y la derribaba, cayendo estrepitosamente
sus dos pasajeros junto a nuestro todo terreno, detenido en una rotonda.
Casi les lían en el accidente y un agente hasta les retuvo. El propio
motorista arrollado se presentó al instante donde el policía les había
retenido, con la pierna sangrando le explicó al agente que los
"extranjeros" no tenían nada que ver con el siniestro. Es la
honradez pakistaní, su sentido de la hospitalidad y protección hacia los
"huéspedes" en su país a veces supera todo lo imaginable. Y
cuando se iba, el herido les dio la mano y les repitió dos veces a cada
uno "sorry, sorry", "perdonen, perdonen". Hay cosas
que tan solo pueden ocurrir en Pakistán, en cualquier otro país
tercermundista el accidentado hubiese intentado por todos los medios
culpar al extranjero blanco para intentar sacar el máximo dinero. Pero
aquí, la propia víctima, herida y todo, les pide "disculpas"
por haberlos implicado involuntariamente. Vicente y Víctor se quedaron atónitos.
Acto seguido se dirigió al lugar de la colisión para entenderse con el
verdadero culpable del accidente.
Y Karachi, qué decir de Karachi.
Vicente me confirma que sigue caótica, contaminada, ruidosa, siempre
atascada, con su típico calor pegajoso, ... Pero no han ido de visita, Víctor
tiene un montón de citas que atender como Agregado Comercial de la
Embajada de España y Vicente tiene que embarcar nuestro Mitsubishi
Montero. Un conteiner de la Ocean Air International le estaba esperando en
el puerto, nuestra montura es introducida en las negras fauces de una caja
metálica. La puerta se cierra con un chirrido estridente, un candado
bloquea las poderosas barras de cierre, un precinto lo sella
definitivamente. ¡Hasta pronto, compañero de fatigas y alegrías! ¡Cuídate!
Cuando ese precinto salte en pedazos nos encontraremos en otro lugar a
miles de kilómetros de aquí y nos sumergiremos durante meses en unos países
y una cultura con la que jamás antes hemos tenido ningún contacto.
Habremos rebasado una frontera jamás traspasada hasta esos momentos en
nuestras vidas, todo será absolutamente nuevo, estaremos en el Lejano
Oriente ... nuestro "Más Allá".

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Ruta por el Himalaya de Pakistán. Ampliación en link.

Al minuto de partir de Chitral ya ni nos acordamos de esta
pequeña urbe, la cabeza está con otros pensamientos. Casi nos saltamos
el pequeño desvío que nos sacaría de la carretera principal y nos
llevaría a un nuevo puente colgante. Las tablas crujen bajo nosotros y
claquetean entre sí; el río Chitral, mucho más abajo, ruge con fuerza.
Al otro lado ... una enjuta grieta nos está esperando.

Ya no hay asfalto, la pista se estrecha cada vez más a medida
que penetramos en el valle, el camino labrado en la roca nos hace sentir
la opresión de gigantescas rocas sobre nuestras cabezas y el vacío a
nuestros pies. Preferimos no mirar el modo de sujeción de la pista en
determinados tramos: piedras amontonadas creando un frágil muro de
contención y recubierto de tierra para alisarlo. Pero los kalash tienen
que estar cerca. Un hormigueo recorre nuestros cuerpos en espera del
momento definitivo, quisiéramos poder ver a través de las rocas para
adelantar el momento.

"¡Mira, el primer pueblo! ¡Allí hay gente!", le digo a Vicente entusiasmada. Y allí estaban
en efecto. Nos hallamos en el
corazón del valle de Rumbur, le elegimos el primero porque es el más
pequeño y menos poblado, queríamos algo íntimo. eran las primeras
mujeres kalash que veíamos, muy fáciles de reconocer. Los hombres kalash
usan el chaluar camise como los musulmanes pero sus mujeres son únicas.
Siguen vistiendo a la antigua usanza, con sus largos y amplios vestidos
negros con cenefas de colores, recargadas de chillones collares y sus
inconfundibles sombreros de fuertes tonos naranjas, negros, rojos,
blancos, amarillos y celestes. Estamos embriagados por la sensación tan
extraña que produce el ser conscientes que nos hallamos en tierras kalash,
tres valles que albergan a los escasos 3.000 kalash que a través de los
milenios llegarán en breve al siglo XXI, al tercer milenio de nuestra
era. (Detalle en link)

Que increíble, estamos en Kafiristán, la tierra de los
"no creyentes" (kafir), nombre con el que los musulmanes
designan a estos tres valles de "infieles". ¡Kafiristán!, creíamos
que era un nombre inventado por Rudyar Kipling para su relato "El
hombre que pudo ser rey". Describe valles perdidos, una raza distinta
en un lugar que no le corresponde, el legado de Sikander (como se llama a
Alejandro Magno en oriente) en el Himalaya, puentes colgantes, religiones
extrañas, pequeños reinos enfrentados, ... Y ahora resulta que el
Kafiristán existe y nos vamos encontrado con todos esos elementos. Por
las laderas de las montañas o al borde del río, sus pueblos se afanan
por agarrarse en sus desniveladas ubicaciones.

Grum fue el lugar que elegimos para asentarnos en el valle
Rumbur. Nos hicimos amigos del tímido y encantador Walicha (centro), un
chaval de 9 años que desde el primer momento se mantenía atento a todo
cuanto hacíamos ... hasta que se atrevió a acercarse. Más adelante nos
presentaría a su hermana Sabigul (derecha) y a sus amigos.

Nunca antes habíamos visto una cultura así, desde su
ropa, peinados o sus increíbles tocados sobre sus cabezas. Las mujeres
llevan el pelo muy corto pero se dejan ciertos mechones muy, muy largos
para hacer largas trenzas, una de ellas siempre parte de la frente. Sobre
la cabeza, una especie de corona de conchas y cuentas de plástico de
vivos colores que se prolonga por la parte trasera como un largo faldón.
Las formas geométricas se entremezclan con elegancia, combinan
magistralmente los botones de diferentes formas y tamaños con conchas,
pendientes, cuentas y trozos de telas coloreadas hasta obtener el
resultado deseado.

La lluvia nos mantuvo cautivos durante dos días pero nada más
escampar decidimos darnos una vuelta a pie por el pueblo vecino, Balanguri,
a escasos kilómetros. En la pequeña plaza central las mujeres volvían
de hacer la colada en el río. Las niñas se acercaron curiosas, tanto
como lo estábamos nosotros por ellas, para observarnos de cerca y ver lo
que estábamos haciendo.

Junto a la guapa Sabigul, que luce orgullosa su trenza
frontal, una puerta de madera decorada con los motivos geométricos kalash.
El trabajo en madera es otra de sus habilidades.

Algunas mujeres con bebés salen de sus casas y nos invitan
para que nos detengamos un rato. Son muy risueñas y de nuevo Walicha
interviene como traductor de las mujeres, que no paran de preguntarnos
cosas. Nos dicen que se encuentran solas pues sus maridos están en el
campo o recogiendo leña para el inminente invierno. Las mujeres kalash
trabajan en el campo al igual que sus maridos pero, a diferencia de otras
muchas culturas que tienen que ir al campo con el bebé enganchado con un
paño, éstas se quedan en casa cuidando del recién nacido.

Hogar kalash, muy sencillo y todo pensado para los largos
meses de invierno: fogón en el centro para cocinar y dar calor y total
ausencia de ventanas.

Niña kalash con un pájaro en el hombro y su abuela. Un
gran salto generacional.

En lo alto de la colina, en una plataforma, tenían ubicado su
altar sagrado. Aunque los musulmanes les denominan "no
creyentes" ellos creen en su dios "Khodai" (palabra persa
para Alá) o "Dezao", el creador. Y sus ídolos vienen a ser
como los santos para los cristianos, los intermediarios ante el supremo.
Para los kalash su mundo se divide en dos: el de los puros y el de los
impuros. Las mujeres pertenecemos al mundo de los impuros, ¡qué cruz, señor!
Y como "impuras" no podemos acceder a los recintos sagrados.

También sus cementerios lucen curiosos ídolos de madera
aunque desgraciadamente están desapareciendo todos ellos, los musulmanes
no aceptan las imágenes o esculturas humanas así como ídolos que
representes santidades, dioses o poderes. Cuando tienen ocasión las
retiran y las destruyen. Muchos siguen con la idea que su
"destino" es islamizarles para encauzarles en el "buen
camino". (Detalle en link)

Me cuenta Landam Bibi -la mujer de Mounir-, en cuyo jardín
acampamos- que las mujeres son especialmente "más impuras"
durante el periodo y son separadas del resto del poblado durante estos días.
Nadie ni nada puede tocarlas, todo lo que entre en contacto con ellas ha
de ser lavado. Todo. Incluso si un médico entra en el recinto para
examinar a una enferma, cuando salga ha de lavarse completamente, él, su
ropa y todas sus pertenencias. Y cuando la menstruación ha terminado, las
mujeres deberán proceder a lavar toda la ropa y enseres que se llevaron
consigo durante esos días para purificarlos. Me confiesa que durante esos
días se aburre terriblemente porque no pueden hacer nada ... aunque por
otro lado son como unas pequeñas vacaciones ya que al no tener que
atender la familia están libres de todas las obligaciones caseras y
familiares.

La mezquita del pueblo Shaikhanandeh. En este pueblo del valle
de Bumburet también es kalash ... pero de "kalash rojos", los
convertidos al Islam y que han adquirido ese nombre para distinguirse de
sus hermanos los "kalash negros", auténticos perpetuadores del
espíritu kalash. La simpatía, la cuna y la raza es la misma pero las
largas barbas de los hombres y el comportamiento esquivo de las mujeres y
los purdas que las cubren nos dejan bien claro que ya no queda nada del
componente cultural de sus antepasados.

El valle de Birir nos hizo un regalo sorpresa: se celebraba el
festival de la vendimia en el pueblo de Gri. Hora y cuarto trepando para
alcanzar este nido de águilas, llegamos encendimos como teas y sudorosos
pero todavía quedaban 45 minutos y la clausura. El espectáculo fue
perfecto, sencillo pero genial. Las mujeres bailaban cogidas por los
hombros y las cinturas con sus mejores galas, girando alrededor de los
hombres que formaban un corrillo en el centro. Estos hablaban, cantaban,
discutían, reían hasta que se ponían a danzar también.

Abandonar los valles kalash ha sido como despertar de un sueño
encantado. De algo casi irreal porque no tiene nada que ver con todo lo
que hemos vivido por Pakistán. En el camino de regreso otro pequeño
broche del valle de Chitral: el pequeño fuerte de Nagar, encajado en una
isla en medio del cauce del río Chitral y habiendo perdido ya su ardor
guerrero es ahora un romántico albergue en otro lugar de ensueño.

Víctor, como buen copiloto, una vez concluida la visita y la
entrevista con la cámara de comercio de Multan mira la ruta a seguir
antes de partir y proseguir nuestro camino por el Indo para llegar al mar
de Arabia.

Un conteiner de la Ocean Air International nos estaba
esperando en el puerto de Karachi, nuestro Mitsubishi Montero es
introducido en las negras fauces de una caja metálica. La puerta se
cierra con un chirrido estridente, un candado bloquea las poderosas barras
de cierre, un precinto lo sella definitivamente. ¡Hasta pronto, compañero
de fatigas y alegrías! ¡Cuídate! Cuando ese precinto salte en pedazos
nos encontraremos en otro lugar a miles de kilómetros de aquí y nos
sumergiremos durante meses en unos países y una cultura con la que jamás
antes hemos tenido ningún contacto. Habremos rebasado una frontera jamás
traspasada hasta esos momentos en nuestras vidas, todo será absolutamente
nuevo, estaremos en el Lejano Oriente ... nuestro "Más Allá".
(Más fotos en link)
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