-Es
muy tarde, se nos ha ido casi toda la mañana -me comenta Vicente contrariado.
-No importa, dormiremos en el camino y llegaremos mañana a Srinagar en vez de hoy. Lo
importante es que salimos con el trabajo al día, hacía tiempo que no teníamos ...
¡electricidad! Había que aprovecharla -le digo para animarle. La verdad es que
salíamos bastante más tarde de lo previsto y era una faena porque la noche nos iba a
pillar en plena zona militar "caliente"; aún así, preferíamos eso a quedarnos
una noche más en Kargil. El motivo del retraso es que ayer el pueblo no tenía
electricidad así que no pudimos hacer gran cosa pero al levantarnos esta mañana nos
encontramos que había vuelto la luz. Teníamos pendientes el volcado al disco duro de las
fotos digitales de nuestra Olympus así como el remate de la crónica y un montón de
e-mails. Creíamos que serían un par de horas y al final fueron cinco. Y eso que ahora
trabajamos cada uno con un ordenador.
LLUVIA MORTAL
Nos encontramos con el primer control al poco de dejar atrás la última casa de Kargil.
Un militar nos da el alto.
-No se puede pasar, tienen que esperar a la
noche para avanzar por esta carretera - nos dice muy amablemente uno de los centinelas que
custodia la barrera blanca y roja que nos corta el paso. Era el momento de la verdad,
sabíamos que la circulación diurna de los vehículos civiles estaba prohibida pero si el
comandante Noronha había cumplido lo prometido ... se nos abrirían todas las barreras
desde aquí a Sonamarg.
-El comandante Noronha del puesto de Gumari nos ha dado autorización, tiene que
habérselo dicho al oficial de guardia -le explicamos.
-¿Pueden mostrarme sus pasaportes? -Un suboficial es ahora el que se ha adelantado y
comprueba tranquila y afablemente nuestra documentación. Estamos con el alma en vilo en
espera de saber si nos van a dejar pasar o no. -No hay problema, pueden pasar, el mayor me
lo dijo personalmente -concluye mientras nos devuelve los pasaportes, nos sonríe y da la
orden de levantar la barrera. Que peso se nos quitó de encima al oír esas palabras.
-Muchas gracias y buen servicio -le decimos a él y a sus dos soldados.
-Buen viaje y tengan cuidado. No se entretengan, vayan rápido, no es una zona segura -nos
dice cuando pasamos a su lado.
Efectivamente,
su "Be carefull!" -"tener cuidado"- quedó reforzado cuando al poco de
reiniciar la ruta nos encontramos con un inquietante cartel que con enormes letras rojas
avisa de una manera brutalmente sincera por dónde nos estamos adentrando: "CAUTION. You are passing through enemy effective
fire zone. Keep space and drive carefully". Un mensaje terrible: "PRECAUCIÓN. Se adentra usted en una zona batida por fuego
enemigo. Mantenga las distancias y conduzca con precaución". Realmente no se puede ser más claro. No es que
seamos unos locos que desafiamos al destino tomando esta ruta es que es la única vía de
comunicación entre el alto y el bajo Cachemira.
Debido a su condición estratégica, el
año pasado, unos iluminados con afanes bélicos decidieron apoderarse de los altos de
Kargil e iniciar una particular cruzada para salir en los diarios y poner en jaque a la
India durante meses a base de ataques y bombardeos. El final fue el previsible y como
siempre, todos cantaron victoria: la India recuperó las posiciones y cantó victoria, los
mujaidines atacantes consiguieron su propósito de colapsar temporalmente Cachemira y
mostrar su fuerza y reivindicaciones separatistas, ellos también cantaron victoria. Pero
en realidad fue una nueva derrota para el género humano, que usa la violencia y la muerte
como forma habitual de diálogo. Pero esos disparos no se iniciaron en el verano de 1.999,
suenan desde ... desde hace demasiado, de cuando el Imperio Británico desaparece y se
propone crear dos nuevas naciones, de cuando la India y Pakistán se constituyen como
estados independientes, de cuando el maharajá de Cachemira -Hari Singh- no se decide por
qué país inclinarse. Un gobernante hinduista con súbditos de mayoría musulmana desata
el conflicto más antiguo que tienen en su cartera las Naciones Unidas. Los pakistaníes
dieron por hecho que esa abrumadora mayoría musulmana haría que Cachemira se uniese al
nuevo estado de Pakistán pero "por si acaso" comenzaron a enviar más
habitantes a esta zona y finalmente lo invadieron antes del pronunciamiento oficial. El
maharajá se asustó sobremanera ante esa acción -una auténtica "jihad"- y
pidió automáticamente la anexión a la India. La India contraataca y se inicia la
guerra, una cruel guerra, una interminable guerra que luego degeneraría en terrorismo
indiscriminado en suelo indio, un doloroso y violento conflicto que más de 50 años
después sigue enfrentando a dos países hermanos y los desangra en la sinrazón de la
guerra y salvajes atentados terroristas.
Nuestra montura rebasa el cartel y sigue
avanzando por una estrecha carretera que se halla encajada entre una montaña que se
desmorona y el río Dras. A nuestra derecha, a unos cinco kilómetros, los picos que
configuran la línea de "alto el fuego". A nuestra izquierda, a unos veinte
metros, líneas de baterías de artillería que sabemos que no son sólo disuasorias sino
que son usadas con regularidad. A veces para responder un bombardeo pakistaní del otro
lado de las montañas y otras veces sin ningún tipo de razón, simplemente para
"recordar" a sus vecinos que están ahí. Los ataques son imprevisibles, cuando
uno menos se lo espera empiezan a caer obuses del otro lado de la frontera, de ahí la
decisión de poner carteles recordatorios de la posibilidad de "lluvia mortal",
bien sea en forma de metralla o bien en forma de avalancha de rocas provocada por una
explosión.
Un nuevo cartel aparece ante nosotros, letras rojas sobre fondo blanco: "RELAX. Now you are out of danger",
"RELÁJESE. Ahora está fuera de peligro". Por lo visto esos tramos no pueden ser alcanzados desde el otro lado de
la frontera, estamos a resguardo de las bombas pero no de la locura de esta situación.
Los carteles que anuncian una nueva entrada en zona de posibles bombardeos se suceden uno
tras otro, siempre intercalados con los de "relájese". También los controles
se suceden. Primero un "¡Alto, no se puede pasar!" y al igual que Alí Babá
usaba su "Abracadabra" para abrir la montaña, nosotros usamos las palabras
mágicas "Mayor Noronha" para que se vayan levantando todas las barreras
metálicas. Algunas veces nos inscriben en un libro, otras tan solo nos saludan y desean
buen viaje. No nos cruzamos con ningún vehículo civil pero sí con centenares de
vehículos militares que se mueven en su coto privado de la franja horaria asignada. Los
centinelas están en todos los emplazamientos estratégicos.
NOCHE DE BRUJAS
La oscuridad nos envuelve totalmente cuando alcanzamos el más importante de los
controles, el que marca el inicio de la ascensión al histórico paso de Zoji-La. Un
puente altamente custodiado es el cuello de botella de este nuevo valle. Los militares
intentan que este punto sea el final de viaje para el día de hoy. Nos sugieren que
durmamos ahí y que nos unamos a las tres de la mañana al convoy civil que parte hacia
Srinagar. Lo de parar de conducir era una buena idea pero lo de unirnos al convoy a las
tres de la mañana ya no nos hacía tanta gracia. Y menos aún dormir en la inmensa
explanada con decenas y decenas de camiones que deben esperar turno para reiniciar el
camino cuando comience el ciclo asignado. El panorama de pernoctar en este lugar no era
muy prometedor: ronroneo de motores, entrada y salida constante de camiones, música india
a todo volumen, parloteo incontrolado a base de gritos, apertura y cierre de puertas
constantes ... y yo soy la única mujer entre centenares de hombres. No, no era mi idea
del "descanso". Preferíamos seguir avanzando un poco más y salirnos de la
pista para acampar en un lugar discreto y silencioso. También nuestro protector había
dejado instrucciones para dejarnos pasar pero al ser ya de noche y adentrarnos en
solitario por las montañas llamaron al acuartelamiento de Gumari. Tras treinta minutos
llegó el visto bueno y tras inscribirnos en un nuevo libro, nos dejaron pasar. La luz
plata del firmamento nos revela a los pocos kilómetros un lugar perfecto para montar el
campamento a nuestro aire, sin ruidos ni intromisiones molestas.
Abandonamos la pista
principal y tras 200 metros alcanzamos el río Dras, que discurría a buen ritmo por la
senda que con el paso de los siglos ha hendido a conciencia. Durante la larga espera del
último control nos habíamos comido los emparedados que cumplían la función de cena de
hoy así que no había motivo para retrasar nuestro ansiado descanso.
Los sacos de dormir nos envuelven con su cálido abrazo, nos dejamos llevar por esa
placentera sensación que precede al sueño. Fueron diez minutos muy agradables, tan solo
diez minutos porque pasado ese tiempo desde que nos encerramos en nuestro hogar nómada
... unos tremendos gritos nos sobresaltan. Alguien grita al lado del todo terreno y al
poco comienza a golpear la tienda. No sabemos que hacer, son uno de esos momentos en lo
que uno piensa en que si se ignora lo que pasa ... igual la situación desaparece sola.
Quizás me fuera a despertar en ese mismo momento envuelta en sudor porque se trataba
simplemente de un mal sueño. Pero la situación no desaparece al ignorarla, tampoco es un
sueño; los gritos continúan y los golpes en la tienda se suceden con más violencia,
Vicente abre la cremallera y se asoma por la puerta. Yo ni me muevo, no digo ni una
palabra, ni el más mínimo sonido, mi obsesión es que no sepan que hay una mujer dentro.
Imposible entender lo que dice ese hombre pero resulta muy fácil distinguir que los
destellos de las estrellas perfilan un fusil de asalto en sus manos. La situación se
relaja un poco cuando descubren que la cabeza que se asoma es la de un occidental. El
hombre sigue hablando, pero ya no se dirige a Vicente. Otras voces parten del suelo y le
contestan, cinco oscuras siluetas con los mismos destellos entre sus manos se yerguen
alrededor del vehículo, estaban parapetados rodeando el vehículo. Dos se acercan, tres
permanecen en sus posiciones. Ni idea de quiénes son, su indumentaria tampoco les define
claramente porque cada uno lleva calzado y prendas de abrigo distintas, uno con botas
negras de cordones y su compañero con botas blancas de agua (sin comentario), uno lleva
una especie de tabardo oscuro y otro se envuelve con una manta (también sin comentario).
Parecen las tropas de Pancho Villa. Pueden ser tanto soldados indios con una uniformidad
muy "relajada" o bien mujaidines infiltrados del otro lado de la frontera. Si
son mujaidines tenemos un problema gordo encima pero si son soldados no es aparentemente
tan grave, ya hemos pasado ese "momento crítico", cuando los soldados disparan
primero y preguntan después si eres o no un terrorista infiltrado. Nosotros ya estamos
identificados como extranjeros, ahora sólo nos resta saber quienes son ellos. Realmente
es poco probable que sean mujaidines por los gritos que dieron al principio, no es lógico
armar ese escándalo en territorio enemigo ... a menos que buscasen rehenes para usarles
de escudo en su regreso a la base. Pero eso tampoco es muy inteligente porque los indios
están tan hartos del terrorismo cachemiro que no tenemos muy claro que dejen escapar a
nadie que esté a mano, aunque tengan rehenes.
Todas las dudas se disiparon cuando aparece el jefe, luce un turbante sij y un uniforme de
verdad. Son indios. La situación se relaja pero no hay modo de entenderles porque no
hablan inglés. Medio entendemos que debemos marcharnos de aquel lugar porque es
peligroso, por lo visto es línea de fuego y debemos desplazarnos unos cientos de metros.
También nos preguntan si tenemos algo de whisky o tabaco pero no tenemos nada de eso.
Pero quieren algo más y no hay modo de saberlo, un soldado quiere conducir el coche para
sacarlo de ahí pero Vicente le deja bien claro que ese vehículo sólo lo conduce él,
¡no es nadie Vicente con el tema del coche! Al final se sube un soldado al asiento del
copiloto -yo sigo arriba sin moverme, no me gusta cuando un soldado pide whisky estando de
patrulla- y va dirigiendo a Vicente. Su fusil se queda cruzado hacia la izquierda y el
cañón se queda delante de la cara de Vicente, le dice que así no puede conducir, que de
la vuelta al fusil y que saque el cañón por la ventanilla. El soldado se da cuenta de la
situación y tras un "sorry, sorry", lo gira y saca por la ventana. "Stop,
stop!", se le oye decir nada más hacer esa acción. Vicente tiene que parar porque
al apoyar el arma en el marco de la ventana ... se le desengancha el cargador y se cae por
la parte de fuera del coche. La situación comienza a tener un tinte surrealista. Se baja
del todo terreno, corre hacia atrás, recoge el cargador del suelo, lo monta, se sube de
nuevo. "Go!, Go!", exclama señalando un roquedal.
uego le indica que se pare, que gire hacia un lado, luego hacia el otro, que vaya a otro
lugar, que alumbre allí, ahora aquí, ... Sus compañeros avanzan a la vez que el Montero
pero amparados por la oscuridad. Por fin Vicente entiende lo que intentaban decirle hace
quince minutos. Cuando nos identificaron como "inofensivos" se les ocurrió la
brillante idea de ... ¡usar nuestro vehículo y sus faros para rastrear una zona donde
habían visto algo raro! ¡Estamos de patrulla con ese pelotón! Con la tienda desplegada
en el techo y yo dentro aguantando todos los bamboleos. Ya es lo único que nos hace falta
para terminar el día. La situación no puede ser más disparatada.
Cuando Vicente se da cuenta de lo que pasa, y aprovechando que quieren que pasemos por un
tremendo pedregal, le dice al suboficial que nuestro todo terreno no es una tanque y que
debemos volver a la pista. Comprende que no nos podemos meter por ahí pero nos ruega
mantener un momento las luces encendidas en esa dirección. Dos de los soldados salen
corriendo hacia el terreno alumbrado y desaparecen en una zanja. Pasados un par de minutos
vuelven e indican que todo está bien.
Yo ya no aguantaba más. Le digo a Vicente que me ponga la escalera, que voy a bajar y que
tenemos que plegar la tienda para largarnos de allí. "My wife" -"Mi
mujer"-, les dice Vicente de un modo natural cuando aparezco en escena. En esos
momentos son ellos los sorprendidos. Mientras recogemos insisten para que nos quedemos
acampando con ellos, que estaremos más protegidos y que si llevamos unas cervezas para
entrar en calor, que la noche es muy fría. Les echo una mirada asesina y le digo a
Vicente "hay que largarse de aquí YA mismo, esto podría desmandarse por muy buenas
intenciones que puedan tener". Demasiado hemos tentado a la suerte. Les dejamos caer
que el comandante Noronha nos espera en Gumari e intentamos hacer entender que nos había
dado un bajón de sueño y habíamos decidido dormir un poco antes de seguir, por eso
acampamos... y que como ya estamos "despejados" vamos a seguir hasta el cuartel
de Gumari. Aquí se acabaron las tonterías y nos pudimos ir tranquilamente.
Es imposible llegar a Gumari porque la pista es complicada para hacerla de noche y no nos
hace gracia ir tan lentos con los faros encendidos ... tan cerca de la frontera. Volvemos
a encontrar una discreta explanada pero tras el incidente ocurrido nos metemos dentro de
un volantazo y apagamos las luces casi al instante. Abrimos las puertas y escuchamos
durante un largo minuto. Nada, ni un ruido ni una luz, nada que se mueva. El lugar es
perfecto y parece que nadie nos ha visto, levantamos de nuevo la tienda y por fin podemos
dormir unas horas sin ninguna visita sorpresa e inoportuna. Tan solo de vez en cuando oía
relinchar unos caballos y ladrar perros pero el cansancio consiguió vencernos y los
ruidos que emitían los animales comenzaron a formar parte de nuestros más profundos
sueños.
EL VALLE DE LA
FELICIDAD
Como siempre, la luz diáfana y revitalizante del amanecer espanta todos los fantasmas y
pesadillas. Lo ocurrido la pasada noche se nos aparecía como un mal sueño surrealista.
Divisamos, no muy lejos, un pequeño refugio de piedras amontonadas y un gran rebaño de
ovejas. Un hombre se aleja a caballo mientras una mujer y unos niños rodeados de perros
se sientan al sol. Los animales de esos pastores fueron los últimos sonidos que anoche
conseguimos distinguir y los primeros en oír hoy.
Gumari no resultó ni siquiera un pueblo, era un gran acuartelamiento de tiendas militares
y edificios prefabricados a orillas del río. Una nueva barrera nos corta el paso, un
sargento perfectamente uniformado y acompañado de dos soldados nos dan el alto.
-¿Cómo han llegado hasta aquí a estas
horas? No se puede circular de día, tendrán que esperar a la noche para proseguir -nos
dice el sargento con cara de sorpresa y perfecto inglés.
-Hemos venido a ver al mayor Noronha, tenemos permiso para circular durante el día.
-Un momento. -El sargento se dirige a la caseta y llama por radio. Regresa al poco.
-Lo siento, el mayor está de patrulla. No está en la base.
Fue una decepción, nos
apetecía el reencuentro y darle las gracias por abrirnos las puertas diurnas de la ruta a
Srinagar. El problema añadido es que el sargento no sabe nada de nuestro paso y sus
oficiales superiores tampoco. Sin la orden del comandante en jefe del acuartelamiento
nadie puede dejarnos proseguir la ruta. Supusimos que el comandante no dijo nada en su
propia base porque contaría con vernos de nuevo, tomar algo juntos y dar la orden en el
momento de nuestra partida definitiva. Sea como fuere, el hecho es que está fuera y
nosotros bloqueados. El propio sargento se encuentra también contrariado porque sabe que
la historia del permiso diurno es cierta pero no puede dejarnos pasar sin la debida
comprobación. "Un momento, igual puedo contactarle por radio", nos dice con
ánimo de ayudar en todo lo que esté en su mano. Regresa al cabo de 15 minutos.
-He logrado contactar con el comandante. No
hay problema, pueden pasar. Les desea buen viaje y lamenta no haber estado en la base.
La última
barrera de acceso al paso de Zoji-La se acaba de abrir, Gumari es el último control, el
centro de operaciones de este lado del valle, el centinela de este vital paso que une la
Cachemira septentrional con la meridional. Le damos las gracias al sargento y le rogamos
que entregue una breve carta de agradecimiento al mayor Noronha. Gracias a él pudimos
viajar con la protectora seguridad que genera el resplandor del astro rey a la par que
disfrutar de los bellos paisajes que suelen estar vetados a los viajeros de la noche.
La ruta fue muy dura, la pista estaba hecha trizas debido a desprendimientos de rocas,
grietas provocadas por la erosión de las fuertes lluvias y una tierra que difícilmente
se mantiene en equilibrio. Había pelotones de soldados de ingenieros haciendo
reparaciones en los tramos más dañados pero la labor de mantenimiento es un obra sin
fin. El trazado estará siempre a merced de los caprichos de la montaña y la
climatología, alcanzando su culmen de poder durante el invierno, cuando haga lo que haga
el hombre ... Cachemira queda cortada en dos al confabularse los altos riscos y la nieve.
El paso de Zoji-La con sus 3.529 metros de altura nos marca el punto donde la naturaleza
comienza a transfigurarse. Su faz de estratos desnudos y desgarrados, sus fuertes y
poderosas murallas pétreas comienzan a ceder paso a laderas plagadas de pinos y abetos y
a copiosas terrazas de cultivos de maíz, tabaco y arroz.
Nos sumergimos en "El valle de la felicidad", como conocen en Cachemira a esta
rica y fértil tierra que el río Jhelum fecunda. También los lugareños son totalmente
distintos a los de Ladakh, ya todos visten chaluar camis, sus rostros están por lo
general poblados de espesas barbas al tiempo que coronan su cabeza con abultados turbantes
diestramente enrollados. Por un momento nos da la sensación de haber cruzado la frontera
sin darnos cuenta y hallarnos en el vecino país Pakistán. Es un día tranquilo, con una
temperatura agradable y una suave brisa. Por su lado, las montañas ya nos van acercando
de nuevo a la tierra. El cielo que casi rozamos con los dedos en Ladakh comenzaba a
alejarse. Bajamos a 1.900 metros de altitud, a 1.500 metros, a 1.000 metros, ... La tierra
cada vez estaba más colmada de frutos y flores. La intensa luz solar reaviva todos los
matices de la lozana flora que nos rodea y consigue arrancarle al río miles de brillos
irisados, nada hace sospechar que en este paisaje, de donde parece que va a salir Heidi
retozando, sigue palpitando un ambiente tenso y desconfiado.
Reincorporados a la carretera y acercándonos a la capital de Cachemira, la realidad se
hace patente en cada kilómetro. Los soldados con cascos y chalecos antibalas se prodigan
por los márgenes de la calzada e irrumpen en el idílico entorno. Cuando alcanzamos
Srinagar un férreo control militar dirigía el abigarrado tráfico y los sacos terreros,
nidos de ametralladoras, vehículos blindados y soldados con el dedo en el gatillo cada
pocos metros ... nos devuelve a la tragedia de Cachemira.
UN MUNDO DE AGUA
La vieja fortaleza afgana, Hari Parbhat, corona la mayor colina y siluetea perfectamente
sus contornos para que todos la contemplen como la reina del lugar. El casco antiguo nos
cautiva con su particular arquitectura de madera, su estado de conservación deja mucho
que desear pero con un poco de buena voluntad es fácil vislumbrar el encanto y exotismo
de antaño. En su corazón, la mezquita Sha Hamadani, la más hermosa e histórica de la
capital, sí que conserva el fausto de otros tiempos y perpetua el recuerdo del santo
sufí Sayyid Ali Hamadani, héroe centroasiático que en 1.372 creó un gran movimiento
para la conversión al Islam de la población del valle de Cachemira. Nuestra incursión
por la ciudad continua y en ningún lugar se relaja la presencia militar, camiones caquis
con torretas dotadas de ametralladoras vigilan los cruces, los chalecos antibalas y cascos
generan un robocop cada 10 metros, las puertas de todos los edificios oficiales están
protegidas por alambradas y soldados parapetados tras barricadas, ... Nos cachean cuando
entramos en correos a echar una carta, pasamos por un arco de seguridad cuando entramos en
las mezquitas, en la coqueta mezquita Nabi nos vacían las bolsas de vídeo y fotografía
para chequearlo todo, se comprueba lo que llevan visitantes y feligreses obligándoles a
depositar en la entrada hasta las cerillas y mecheros, ... No es un ambiente que se
disfrute, la tensión se palpa.
Las escenas en las que nos vemos inmersos en los mercados, en las calles, con la gente,
son una evocación constante al caos de las grandes ciudades. Mujeres cubiertas con mantos
negros y rostros ocultos, hombres con chaluar camis, pobladas barbas, abultados turbantes
cruzando despistadamente la carretera aluden al otro lado de la frontera y se unen a los
pitidos continuos de los vehículos, niños vendiendo trozos de coco en los semáforos,
roces entre rickshaws suicidas, ... pero todo se desvanece cuando por fin alcanzamos el
lago de reflejos dorados. El lago Dal, la joya de la corona, el alma de la ciudad.
Srinagar fue fundada por el gran emperador Ashoka (s.III a.C.) y el budismo fue la esencia
de la urbe. Los Hunos entraron en escena varios siglos después (s.V-VII d.C.) y emplearon
una sádica tozudez en destruir los templos budistas y masacrar a los monjes. Un odio que
el rey Mihirakula (s.VI d.C.) llevó a sus últimas consecuencias con un cruel
ensañamiento basado en su firme deseo de extirparlo de esta zona de la tierra. Esta
persecución contra los budistas favoreció la instauración del hinduismo (concretamente
el shivaismo) en los siglos siguientes. Pero en el siglo XIV el gran visir musulmán Amir
Shah asesinó al rey hindú Udiana Deva y se instauró una dinastía musulmana. Mogoles,
afganos, sijs e ingleses se hicieron con la ciudad sucesivamente. Hasta que los últimos
vencedores, los británicos, reconocieron a Gulab Singh como marajá de Jammu y Cachemira,
extendiendo su autoridad hasta Gilgit y Ladakh (s.XIX). Los marajás gobernaron esta zona
durante el Imperio Británico hasta que se produjo la partición en 1947. Por entonces
gobernaba Hari Singh, cuya determinación de último momento desencadenó la situación
que ha sumergido a este territorio en una pesadilla.
Los mogoles, admiradores del arte y la naturaleza, se encargaron de embellecer la ciudad
con fastuosos jardines invadidos de mil fragancias y colores: el Shalimar Bagh (El Jardín
del Amor) fue creado por el enamorado emperador Jahangir para su bella e inteligente
esposa Nur Jahan (La Luz del Mundo). El otro Edén es el parque Nishat Bagh, con infinidad
de cedros y cipreses bajo los cuales florecen bellísimas plantas entre danzantes
surtidores y juguetonas caídas de agua. Y al otro lado del camino ... el lago Dal con su
intrincada red de canales, jardines de nenúfares y flores de loto, islas-huertos, granjas
acuáticas, palafitos, ... una auténtica ciudad flotante, una Venecia de Oriente.
El lago está repleto de las célebres casas flotantes que son las que finalmente han
glorificado al lago. En tiempos del Imperio Británico, el marajá prohibió a los
ingleses construir o comprar viviendas en Srinagar. Pero el temple y la flema británica
no se vio perturbado para buscar una solución que les permitiera disfrutar de la idílica
situación y las temperaturas benignas veraniegas de las que gozaba la tranquila ciudad.
"Pues viviremos en el agua", se dirían. Ni cortos ni perezosos comenzaron a
fletar barcos y en su interior reprodujeron fielmente un trozo de su venerada Inglaterra
que hoy en día todavía es posible percibir en cada recoveco de estos reductos
victorianos. Una shikara, la singular góndola del lago Dal, nos permite de nuevo sentir
ese suave mecer de las aguas tranquilas cuando nos deslizamos por el enmarañado laberinto
de canales acuíferos. A este microcosmos flotante no le falta un detalle: desde
vendedores de ropa a domicilio, barqueros que no paran de remar voceando que tienen
helados, una insólita shikara con un fuego en su interior porque ... ofrece maíces y
pinchitos a la brasa recién hechos, barcazas de doble cuerpo con todo tipo de comestibles
y bebidas, ... y es que cuando se vive en una barca, no es tan sencillo hacer las compras.
Tampoco faltan las lanchas con soldados armados que patrullan por la Srinagar flotante,
nos saludan agitando la mano y con su mejor sonrisa. Debemos de ser los únicos
extranjeros en este infinito lago.
Donde hay un poco de tierra firme de levantan palafitos con embarcaderos para que los
clientes puedan amarrar sus barcas e ir haciendo la cesta de la compra. Desde el canal se
ve su mercancía, unos exponen en sus escaparates chales y ropitas de niños, otros
cuelgan de ganchos la carne del día, las cajas de fruta y verdura se inclinan casi
verticalmente para mostrar su stock, aparecen cabañas que anuncian que son laboratorios y
que hacen fotos de carnet y retratos, librerías y quioscos, mercerías y sastres, es
realmente un mundo acuático.
Salimos de la acua-ciudad y nos introducimos en el acua-campo. Nos movemos por estrechos
pasillos entre profusos juncos, las bandadas de patos se apartan acompasadamente cuando la
imparable proa de nuestra shikara llega a su altura. El verde de los nenúfares, el
amarillo de los lirios y los rosas de las flores de loto tapizan las aguas creando
jardines paradisíacos, en ocasiones forman una aglomeración tan compacta que da la
sensación de que sería posible andar sobre ellas. Pequeños terruños que emergen de
entre las aguas nos muestran cultivos de maíz, tomates, pepinos, calabazas y mil
productos hortifrutícolas. Las mujeres recolectan todo tipo de plantas acuáticas para
alimentar a sus animales. Se respira tanta paz que resulta difícil de creer lo que ocurre
en el "mundo exterior". Nos recorre una amarga conmoción en lo más hondo.
Srinagar no se merece este ostracismo al que los acontecimientos históricos y políticos
le han condenado. ¿Cuánto tiempo deberá pasar para alcanzar la alegría y prosperidad
de antaño? "Green Paradise", "Paraíso Verde". Dos palabras que
definen este lugar y con el que certeramente han bautizado a una de las espectaculares
casas-flotantes victorianas que se han convertido en mini-hotel. Desde afuera tiene un
aspecto impecable y su nombre evoca lo que acabamos de ver desde la shikara. Un hombre de
unos cuarenta años, enjuto, de corta estatura pero espigado nos hace amables señas desde
la baranda y enfilamos la proa hacia la embarcación, atracando nuestra shikara en las
escaleras de madera que mueren en el agua.
Hassan nos recibe muy afectuosamente mientras
nos tiende su huesuda y madura mano para que desembarquemos y subamos por la escalinata.
Nuestro anfitrión nos va explicando la historia de las casas-bote y nos introduce por la
puerta de este balanceante hogar colonial. De la baranda al aire libre pasamos al salón,
luego al comedor y vemos sus dos habitaciones. Es una maravilla, la han conservado
magníficamente desde la época colonial, su mobiliario alterna la artesanía cachemira
con lo inglés de época, los suelos están recubiertos de alfombras, los techos lucen la
filigrana de madera original y el templado balanceo sobre el lago nos da la sensación de
estar flotando ... en el pasado. Antaño, alojarse en estas casas-barco era un lujo pero
con el hundimiento del turismo hace 11 años, casi todas están cerradas, añorando
nostálgicamente esos tiempos llenos de esplendor y concurrencia. Otras casas-barco, como
el romántico "Green Paradise", no se rinden y siguen manteniendo sus puertas
abiertas, su estilo no admite el cartel de "cerrado". Sus propietarios aman esta
tierra y saben que un día regresará la paz, hacen ofertas increíbles a los casi
inexistentes viajeros para que su puntual presencia en la baranda, tomando un té al
cardamomo, hagan sentir al espíritu del lago Dal que no está solo ni olvidado.
El especiado té cachemiro que nos ofrece Hassan dispersa su fragancia a nuestro
alrededor. Se oye un chapoteo, las mujeres se apremian hundiendo sus remos con sobrada
energía en las reposadas aguas para alcanzar sus viviendas flotantes. Llega la noche y no
es bueno navegar en la oscuridad. Una mamá pato con siete pequeños avanzan en formación
y se pierden entre los juncos. Las últimas imágenes que se desarrollan frente al porche
de la casa acuática son las que nos ofrece un martín pescador de preciosas alas de un
azulón eléctrico. Se empeña en pescar la cena del día y como un rayo se zambulle en el
agua una y otra vez, con la determinación que su especie le ha conferido. Mala suerte,
todas las piezas se le han escapado. Se marcha raudo a probar suerte en otro lugar de las
pobladas aguas. Los mosquitos nos exilan al interior. Bajo la ventana con visillos del
salón, una cómoda chaisselonge es perfecta para leer un rato. ¿Hace cuánto tiempo que
no disfrutamos de unos momentos tan tranquilos? Ya ni nos acordamos, es increíble la paz
que puede transmitir un lugar que realmente está en el ojo del huracán, el lago Dal es
una isla intemporal, un rayo de sol que traspasa la negrura de las nubes de la tormenta y
crea un arco iris de esperanza. La cerámica abandona la alacena del comedor para
desplegarse sobre la mesa y mostrarnos aquello que Hassan ha cocinado para la cena. Los
platos quedan vacíos, nuestros pasos hacen rechinar la madera que pisamos mientras
avanzamos por el pasillo. El apacible movimiento giratorio del ventilador colonial colgado
del techo neutraliza el soporífero calor del dormitorio. Nos dejamos caer sobre la cama.
El imperceptible balanceo de nuestra fluctuante morada nos hace naufragar en apacibles
sueños tras las excitantes y agotadoras etapas acaecidas por las montañas cachemiras.

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Ruta por Cachemira. (Detalle de la ruta en link)

Efectivamente, el "Be carefull!" -"tener cuidado"- del control de
salida de Kargil quedó reforzado cuando al poco nos encontramos con un inquietante cartel
que con enormes letras rojas avisaba de una manera brutalmente sincera por dónde nos
estábamos adentrando: "CAUTION. You
are passing through enemy effective fire zone. Keep space and drive carefully".
Un mensaje terrible: "PRECAUCIÓN. Se adentra usted en una zona batida por fuego
enemigo. Mantenga las distancias y conduzca con precaución". Realmente no se puede ser más claro. No es que
seamos unos locos que desafiamos al destino tomando esta ruta es que es la única vía de
comunicación entre el alto y el bajo Cachemira. Debido a su condición estratégica, el
año pasado, unos iluminados con afanes bélicos decidieron apoderarse de los altos de
Kargil e iniciar una particular cruzada para salir en los diarios y poner en jaque a la
India durante meses a base de ataques y bombardeos. El final fue el previsible y, como
siempre, todos cantaron victoria: la India recuperó las posiciones y cantó victoria, los
mujaidines atacantes consiguieron su propósito de colapsar temporalmente Cachemira y
mostrar su fuerza y reivindicaciones separatistas, ellos también cantaron victoria. Pero
en realidad fue una nueva derrota para el género humano, que usa la violencia y la muerte
como forma habitual de diálogo. (Detalle en Link)

Un nuevo cartel aparece ante nosotros, letras rojas sobre fondo blanco:
"RELAX. Now you are out of danger",
"RELÁJESE. Ahora está fuera de peligro". Por lo visto esos tramos no pueden ser
alcanzados desde el otro lado de la frontera, estamos a resguardo de las bombas pero no de
la locura de esta situación. Los carteles que anuncian una nueva entrada en zona de
posibles bombardeos se suceden uno tras otro, siempre intercalados con los de
"relájese". Nuestra montura sigue rebasando carteles y avanza por una estrecha
carretera que se halla encajada entre una montaña que se desmorona y el río Dras. A
nuestra derecha, a unos cinco kilómetros, los picos que configuran la línea de
"alto el fuego". A nuestra izquierda, a unos veinte metros, líneas de baterías
de artillería que sabemos que no son sólo disuasorias sino que son usadas con
regularidad. A veces para responder un bombardeo pakistaní del otro lado de las montañas
y otras veces sin ningún tipo de razón, simplemente para "recordar" a sus
vecinos que están ahí. Los ataques son imprevisibles, cuando uno menos se lo espera
empiezan a caer obuses del otro lado de la frontera, de ahí la decisión de poner
carteles recordatorios de la posibilidad de "lluvia mortal", bien sea en forma
de metralla o bien en forma de avalancha de rocas provocada por una explosión.

También los controles se suceden. Primero un "¡Alto, no se puede pasar!" y al
igual que Alí Babá usaba su "Abracadabra" para abrir la montaña, nosotros
usamos las palabras mágicas "Mayor Noronha" para que se vayan levantando todas
las barreras metálicas. Algunas veces nos inscriben en un libro, otras tan solo nos
saludan y desean buen viaje. No nos cruzamos con ningún vehículo civil pero sí con
centenares de vehículos militares que se mueven en su coto privado de la franja horaria
asignada. Los centinelas están en todos los emplazamientos estratégicos.

El paso de Zoji-La con sus 3.529 metros de altura nos marca el punto donde la naturaleza
comienza a transfigurarse. Su faz de estratos desnudos y desgarrados, sus fuertes y
poderosas murallas pétreas comienzan a ceder paso a laderas plagadas de pinos y abetos y
a copiosas terrazas de cultivos de maíz, tabaco y arroz. Nos sumergimos en "El valle
de la felicidad", como conocen en Cachemira a esta rica y fértil tierra que el río
Jhelum fecunda. La ruta fue muy dura, la pista estaba hecha trizas debido a
desprendimientos de rocas, grietas provocadas por la erosión de las fuertes lluvias y una
tierra que difícilmente se mantiene en equilibrio. El trazado estará siempre a merced de
los caprichos de la montaña y la climatología, alcanzando su culmen de poder durante el
invierno, cuando haga lo que haga el hombre ... Cachemira queda cortada en dos al
confabularse los altos riscos y la nieve. Cuando desde nuestro Mitsubishi Montero, al
borde del precipicio, vemos la pista de bajada del Zoji-La ... no podemos evitar un
estremecimiento. (La pista se ve a la izquierda de nuestro Montero). Todo parece que se va
a venir debajo de un momento a otro.

También los lugareños son totalmente distintos a los de Ladakh, ya todos visten chaluar
camis, sus rostros están por lo general poblados de espesas barbas al tiempo que coronan
su cabeza con turbantes diestramente enrollados. Por un momento nos da la sensación de
haber cruzado la frontera sin darnos cuenta y hallarnos en el vecino país Pakistán.
(Gentes de las montañas de Cachemira en link)

Y finalmente llegamos a Srinagar. La vieja fortaleza afgana, Hari Parbhat, corona la mayor
colina y siluetea perfectamente sus contornos para que todos la contemplen como la reina
del lugar.

A los pies del fuerte, el casco antiguo de Srinagar nos cautiva con su particular
arquitectura de madera. Su estado de conservación deja mucho que desear pero con un poco
de buena voluntad es fácil vislumbrar el encanto y exotismo de antaño.

Y en el corazón del casco antiguo de Srinagar hallamos la mezquita Sha Hamadani, la más
hermosa e histórica de la capital cachemira. Conserva el fausto de otros tiempos y
perpetua el recuerdo del santo sufí Sayyid Ali Hamadani, héroe centroasiático que en
1.372 creó un gran movimiento para la conversión al Islam de la población del valle de
Cachemira.

Pero la coqueta mezquita Sha Hamadani no es sólo un lugar de rezo, es también un lugar
de reunión, tertulia o descanso para los musulmanes y visitantes que quieren relajarse al
amparo de su sombra y del silencio de su recinto. (Más fotos en link)

Las mezquitas de Srinagar van alternando variados estilos arquitectónicos, desde el
característico cachemiro de la histórica Sha Hamadani hasta hermosas curiosidades
modernas que recrean el estilo mogol en mármol blanco, como la bonita mezquita Nabi. Todo
parece idílico pero hasta para entrar a esta seductora mezquita hemos de pasar un arco de
seguridad bajo la atenta mirada de un retén de soldados.

La esencia humana de esta urbe se encuentra en los mercados, en las populosas calles, con
la gente. Las mujeres cubriéndose el pelo con llamativas telas o totalmente ocultas bajo
mantos negros, hombres con chaluar camis, pobladas barbas, abultados turbantes cruzando
despistadamente la carretera aluden al otro lado de la frontera y se unen a los pitidos
continuos de los vehículos, niños vendiendo trozos de coco en los semáforos, roces
entre rickshaws suicidas, ... (Más fotos en link)

Todo el caos e irritantes ruidos típicos de las grandes ciudades se desvanece cuando por
fin alcanzamos el lago de reflejos dorados. El lago Dal, la joya de la corona, el alma de
la ciudad. Una shikara, la singular góndola de este paradisíaco lago, nos permite de
nuevo sentir ese suave mecer de las aguas tranquilas cuando nos deslizamos por el
enmarañado laberinto de lagunas y canales acuíferos. De repente todo es silencio y paz.

Es el Srinagar de los poetas. El lago Dal con su intrincada red de canales, jardines de
nenúfares y flores de loto, islas-huertos, granjas acuáticas, palafitos, silenciosas
shikaras, casas-barca que se mecen lánguidamente, ... una auténtica ciudad flotante, una
Venecia de Oriente. (Más fotos en link)

Aunque muy pocas, tampoco faltan las lanchas con soldados armados que patrullan por la
Srinagar flotante, nos saludan agitando la mano y con su mejor sonrisa. Debemos de ser los
únicos extranjeros en este infinito lago. Nos recorre una amarga conmoción en lo más
hondo. Srinagar no se merece este ostracismo al que los acontecimientos históricos y
políticos le han condenado. ¿Cuánto tiempo deberá pasar para alcanzar la alegría y
prosperidad de antaño?

El lago Dal de Srinagar está repleto de las célebres casas flotantes que son las que
finalmente han glorificado al lago. En tiempos del Imperio Británico, el marajá
prohibió a los ingleses construir o comprar viviendas en Srinagar. Pero el temple y la
flema británica no se vio perturbado para buscar una solución que les permitiera
disfrutar de la idílica situación y las temperaturas benignas veraniegas de las que
gozaba la tranquila ciudad. "Pues viviremos en el agua", se dirían. Ni cortos
ni perezosos comenzaron a fletar barcos y en su interior reprodujeron fielmente un trozo
de su venerada Inglaterra que hoy en día todavía es posible percibir en cada recoveco de
estos reductos victorianos. "Green Paradise", "Paraíso Verde". Dos
palabras que definen al lago Dal y con el que certeramente han bautizado a una de las
espectaculares casas-flotantes victorianas que han convertido en mini-hotel. Desde afuera
tiene un aspecto impecable y su interior es una maravilla. El templado balanceo sobre el
lago nos da la sensación de estar flotando ... en el pasado. (Recorrido por la casa-barco
GREEN PARADISE en el link, un sueño flotante)

Salimos de la acua-ciudad y nos introducimos en el acua-campo. Nos movemos por estrechos
pasillos entre profusos juncos, las bandadas de patos se apartan acompasadamente cuando la
imparable proa de nuestra shikara llega a su altura. El verde de los nenúfares, el
amarillo de los lirios y los rosas de las flores de loto tapizan las aguas creando
jardines paradisíacos, en ocasiones forman una aglomeración tan compacta que da la
sensación de que sería posible andar sobre ellas. Pequeños terruños que emergen de
entre las aguas nos muestran cultivos de maíz, tomates, pepinos, calabazas y mil
productos hortifrutícolas. (Más fotos del acua-campo en el link)

El final de la estancia en Srinagar será en el flotante Green Paradise, montamos el
ordenador portátil en su magnífica baranda. A la vez que trabajamos disfrutamos de un
magnífico mirador para observar como transcurre la vida en esta Venecia de Oriente:
lugareños que reman para ir de un lugar a otro, vendedores ambulantes que acercan sus
barcas ofreciendo su mercancía, peces que saltan, patos con sus pequeños que pasan
desfilando, martines pescadores en plena faena de picado al agua y buceo para coger
pececillos, ... El lago Dal se une a nuestro personal bagaje de recuerdos imborrables.
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