-¡Despegue inmediato! -le digo a Marián, emulando el aviso del
comandante en el momento del inicio de la carrera de despegue del avión, una voz que oía
varias veces al día durante mi época de auxiliar de vuelo. Ahora regresaba a las nubes
... pero sin despegar los pies de la tierra.
-¡Tripulación en sus puestos! -me replica.
Riendo y siguiendo la broma. Se conoce el procedimiento, muchas veces me acompañó como
pasajera y tiene unos cuantos despegues y aterrizajes en la cabina de los pilotos. Coge el
mapa y se lo pone en sus rodilla. Empuja el cassette y comienza a sonar la melódica
música de Chris Rea.
Nuestro Mitsubishi Montero está hasta
arriba de provisiones, hemos llenado todos los bidones de agua, acabamos de adquirir fruta
-plátanos y nísperos- para unos cuantos días y hemos comprado seis litros de leche en
tetrabrik, un golpe de suerte porque en la India es muy difícil encontrarla, así
descansaremos un poco de la leche en polvo. Tan solo hemos suprimido la reserva de
emergencia de combustible, los cinco bidones auxiliares van vacíos y la verdad es que no
me hace ni pizca de gracia, pero teníamos que aligerar el coche y bajar el centro de
gravedad (la fila de bidones auxiliares van en la parte superior del coche) en previsión
de tener que inclinar mucho el todo terreno al bordear precipicios. Nos han asegurado que
se puede repostar en el camino, confiemos que sea cierto. Con el peso que llevamos encima
y con la pérdida de aerodinamismo debido a la baca y los bidones, nuestro depósito tiene
una autonomía de 500 a 600 kilómetros, según sea el terreno. En teoría tenemos
suficiente para llegar a Leh pero nunca antes hemos hecho cientos de kilómetros a más de
4.500 metros de altura ni rebasado la cota de los 5.000. Esta ruta es un misterio para
nosotros.
La carrera de despegue de nuestro Montero ya
se ha iniciado. Paso a tercera, a cuarta y nos estabilizamos en la quinta marcha. Hemos
alcanzado la velocidad de crucero, todo va como la seda y todavía tenemos asfalto bajo
nuestras ruedas y avanzamos rápido. La música sigue sonando. Estamos en plena forma, los
días pasados en el castillo de Naggar nos han dejado nuevos, ¡hasta hemos lavado el
coche para que todo fuese perfecto!, aún a sabiendas de que en unas pocas horas estará
otra vez cubierto de polvo. Pero la verdad es que casi hemos hecho una ceremonia con
nuestra salida hacia Ladakh, es todo un evento para nosotros, algo ansiado desde hace
años. Termina la canción "Giverni" y comienza "Lucky Day"
-"día de suerte"-, la verdad es que no podía sonar en mejor momento.
Ni siquiera entramos en Manali, la carretera
transcurre por la ribera este del río Beas y Manali está al oeste, con ignorar el puente
que cruza el río se evita la entrada en esta pequeña pero compacta y turística
población. Este será el punto donde nos iremos alejando de las aglomeraciones urbanas
para comenzar a escalar hacia los cielos, hacia esos lugares donde miraremos cara a cara
montañas de más de 7.000 metros.
NIEVE DE VERANO
Rumbo al paso de Rothang-La, sus 3.978
metros de altitud no nos podían amedrentar, era el paso más sencillo, un aperitivo para
las etapas posteriores.
El paisaje comenzó a transfigurarse. Las
colinas que nos habían obsequiado con un variado matiz de verdes comenzaron a despojarse
de su cabellera de vegetación para mostrarnos su aspecto más desolador. La temperatura
también comenzó a alterarse, cuanto más rápido subíamos más se aceleraba el
termómetro en su frenética carrera descendente. El viento arreciaba y en nuestro costado
izquierdo teníamos muros de hielo más altos que el coche.
En dirección contraria, se nos cruzaban
peligrosamente los jeeps que transportaban a familias de turistas indios que habían
visitado el puerto. La cercanía del Rothang-La a la ciudad de Manali lo convierte en la
excursión más popular. Regresaban a toda velocidad a Manali, antes de que la noche se
les echará encima. Por el camino se habían montado chiringuitos que alquilaban abrigos,
guantes y botas de agua para visitar los frígidos alrededores del puerto. El sol estaba a
punto de irse, los comerciantes comenzaban a plegar sus bártulos, el gélido viento los
tenía a todos encogidos. El panorama no era muy halagüeño: las cajas de los
chiringuitos en el borde de la calzada, firme mojado con tierra y gravilla, curvas
cerradas e indios impacientes a bordo de vehículos que venían en dirección contraria. A
pesar de las adversas circunstancias no estábamos muy preocupados porque sabíamos que
los turistas indios no pasan del Rothang-La, van a tocar la nieve "de verano" y
regresan corriendo a la ciudad. También sabemos que a partir de ahí estaremos solos, en
ese punto comenzaba la verdadera ruta.
Llegamos a los casi 4.000 metros del
Rothang-La cuando el crepúsculo ya estaba comiéndose los colores y las formas pero,
afortunadamente, su apetito no era tan voraz y nos invitó al postre: contemplar en
soledad aquel paraje que se iba desvaneciendo. Un postre delicioso pero ... ¡un postre
helado! Ya teníamos los polartec puestos pero el gélido viento se colada por todos
sitios. Marián temblaba como un pajarito, se encogía de tal modo que creía que se iba a
desencajar los omoplatos. Finalmente se tuvo que meter en el coche y me esperó hasta que
terminé de hacer las fotos.
-¿Acampar aquí, decías? -me aborda
riéndose en cuanto entro y cierro la portezuela.
-No, no, tranquila. Era solo una idea, no
podía adivinar que iba a hacer tanto frío. Con este viento no se puede estar aquí, hay
que bajar a un sitio más resguardado -le contesto, aunque en realidad no era una
pregunta. Cuando se ríe de ese modo es que ... sólo hay una respuesta.
La bajada era tremenda, un zigzag con una
pendiente desmedida, se veían desde arriba infinitas zetas que no paraban hasta llegar al
valle. No teníamos más opción que conducir de noche e intentar alcanzar la población
de Khoksar, al otro lado del paso y encajada al pie de las montañas. Eso nos permitiría
bajar a los 3.000 metros, tener temperaturas más benévolas y estar al resguardo de los
secuaces de Eolo.
La noche estaba totalmente cerrada, las
nubes cegaron el cielo y esos miles de ojillos que nos miran casi todas las noches hoy no
estaban ahí ni podían ayudarnos con sus tenues brillos. El pueblo al que llegamos
resultó ser un triste asentamiento con un puesto de control del ejército, chiringuitos
de comida y una serie de barracas con agrupaciones de camastros de soga a las que llamaban
curiosamente "hotel".
Paramos en el primero, tenía una explanada
delante donde podríamos montar el campamento y si el chiringuito tenía algo apetecible
hasta nos ahorraríamos cocinar esa noche. El chico encargado era encantador, el lugar
tenía las sillas y las mesas desechas pero ... estaba limpio, ordenado y el olor de los
pucheros era bueno. Tomamos un par de platos, tan típicos como sencillos y repetitivos
por toda la India: dhal (lentejas estofadas) y mix vegetable (coliflor, col, ...o lo que
tengan a mano, cocinado en salsa muy picante) con un par de rottis calentitos (pan fino
con forma de torta circular) y unos tés. Yo hasta repetí un plato de dhal.
Dormimos tranquilos y profundamente. Nos
hallábamos en la "base" de la ruta, estábamos a "tan solo" 3.200
metros, a partir de mañana nos estaríamos moviendo durante varios días a 4.500 metros y
sobrepasaremos en dos ocasiones los 5.000 metros. Sólo pensar en esos números daban
mareos.
UN GENERAL
INVENCIBLE
Desde el Rothang-La el paisaje que nos rodea
es mucho más espectacular, salvaje, agreste, abrupto, imponente... nos estremece el
silencio, la soledad, los cielos azules usurpados por mullidas nubes inmaculadas.
-¡Pero qué es esto! ¡Qué susto me ha
dado!- exclama Marián sobresaltada por la aparición inesperada de un mastodonte de acero
pardo tras una curva cerrada. Y le sigue otro, y otro, y otro, y otro ... es un convoy de
vehículos militares intercalado con camiones y autobuses civiles que tienen colgado un
gran cartel: "On army duty", "en misión militar".
El paisaje nos había embelesado de tal
manera que ni nos acordábamos de la zona en la que nos encontrábamos. Estamos abandonado
el estado de Himachal Pradesh para adentrarnos en la conflictiva y militarizada Cachemira,
pero en el territorio más pacífico de este estado y uno de los más fascinantes del
mundo: Ladakh.
No se trata de un reino independiente como
lo es Nepal o Bhutan, forma parte de uno de los 22 estados que conforman la India. En
realidad, esta zona es, geográfica y culturalmente hablando, una prolongación del
Tíbet, aunque los ladakhis y tibetanos se consideran mutuamente como extranjeros pues
ambas zonas siguieron una evolución histórica y política muy diferente. Con la
invasión del Tíbet (por entonces una monarquía) por parte de los mogoles en el siglo
XIII, estos instauraron un gobierno teocrático, es decir, los lamas gobernaban el Tíbet
... pero bajo supervisión mogola. Mientras tanto, en Ladakh continuaba el gobierno real,
es decir, la monarquía dominaba la región y no estuvieron sometidos a nadie. Tíbet
siguió siendo un estado vasallo de los mogoles hasta 1.642, cuando estos cedieron el
gobierno completo de todo el Tíbet al Dalai Lama. El poder monástico sustituyó
definitivamente al poder monárquico en el Tíbet y fue un estado soberano hasta los
tristes y vergonzosos acontecimientos de la década de los 50, cuando los Chinos
decidieron invadir y anexionarse el Tíbet.
En cambio, Ladakh fue siempre un estado
monárquico independiente, incluso durante el Imperio Británico era tan solo un
protectorado, no una colonia. Llegamos al siglo XX, concretamente a 1.947, cuando se
produce la independencia y partición de las posesiones del imperio británico en esta
parte del mundo y Ladakh se incorpora al estado indio de Jammu y Cachemira. En ese momento
perdió su independencia pero la verdad es que Ladakh está en un lugar tan apartado y
casi inaccesible que goza de una gran autonomía y si somos prácticos ... vista la
ambición irrefrenable de su vecina, es casi mejor estar bajo la protección de la India.
Al menos se trata de un gobierno que respeta credos, tradiciones y culturas de sus
ciudadanos.
La polvareda se está disipando, habíamos
cerrado todas las entradas de aire del exterior y las luces largas están encendidas para
señalar nuestra inmóvil posición.
-Bueno, ya pasó el último. ¡He contado
treinta y uno! ¡Qué barbaridad! -me dice Marián con los ojos tan abiertos como le daban
de sí las órbitas. Fue fácil contarlos, todos ellos le habían pasado rozando el
retrovisor de su lado. Cada vez que un gigantesco parachoques parecía que nos iba a
aplastar ... ella daba un brinco hacia atrás y añadía uno a su cuenta ... veintinueve,
treinta y ... ¡treinta y uno!
-Pues nada, se acabó. Reiniciamos la marcha
- y meto primera para partir de esa posición tan embarazosa como peligrosa. La pista es
estrecha y no se pueden cruzar dos vehículos, ¡menos aún si uno de ellos es un camión!
Y como el pez grande se come al pez chico, nada más surgir el primer vehículo militar
subí las dos ruedas izquierdas del todo terreno sobre la escarpada ladera que teníamos a
mi vera. Con ese espacio extra ya pasaban los camiones ... pero ¡demasiado rápido! Si
uno de esos dinosaurios de metal nos llega a enganchar nos abre el todo terreno como una
lata de sardinas.
Ladakh, a pesar de estar en Cachemira, es
una zona tranquila pero está saturada de militares, es zona de paso para llegar al frente
de batalla. Desde Manali a Leh nos encontraríamos con decenas de convoyes, centenares de
vehículos militares, miles de tropas. Esta es una importantísima vía de
aprovisionamiento del ejército, de hecho, esta nueva y fascinante ruta de acceso a Leh
por el reino de las nubes es una obra de los ingenieros militares porque se necesitaba una
segunda vía de entrada a Ladakh. El acceso que parte de Srinagar está cerca de la línea
del "alto el fuego" (qué ironía llamar así a una línea desde la cual se
bombardean constantemente la India y Pakistán), tan cerca de la frágil frontera que los
convoyes pueden ser alcanzados por fuego artillero enemigo desde el otro lado de las
montañas, caer en emboscadas o ... si se produjese una invasión exitosa de los
pakistaníes, éstos podrían cortar en dos el estado de Cachemira y aislar la parte
norte. Es la locura del hombre por la guerra, tiene que ser cierto que el gen de la
destrucción es innato a la humanidad y tan solo espera una disculpa para entrar en
activo.
El movimiento de tropas es continúo y
serán casi los únicos vehículos que nos encontraremos por la reciente carretera.
Afortunadamente, se permite el tránsito de vehículos civiles pero ... un ejército
sobrenatural, más poderoso que cualquier gobierno de la tierra o que cualquier Estado
Mayor creado por simples mortales, es el verdadero dueño de estos 500 kilómetros de
encopetada ruta de blancas testas: las huestes del general invierno, que siempre delega el
principio y el final de su batalla a los duros coroneles otoño y primavera. Siempre
puntuales, siempre implacables, siempre fieles los unos con los otros. Nadie puede con
ellos. Se ríen de las luchas humanas y cuando atacan las alturas todos se retiran. Con
sus uniformes albinos caen del cielo, primero apagan el sol y devastan la zona con sus
cañones de gélido viento, los primeros rastreadores del coronel otoño descienden en
forma de fina nevisca, luego llegan las legiones con sus enormes copos y al poco la alta
oficialía con sus infinitas capas de hielo nacarado. Se hacen fuertes en terreno
conquistado y avanzan con la arrogancia de saberse invencibles, que nada puede detenerles.
Campan a sus anchas durante meses y meses. Tan solo son sensibles a una cosa, soportan mal
el calor y el astro rey se fortalece durante esos largos meses. Cuando regresa de su
exilio, los invasores se retiran sin lucha, no merece la pena resistirse. Cuando el
general invierno ordena recoger las capas blancas es para que sus oficiales vuelvan a
vestir esas galas en breve. El coronel primavera se hace cargo de todo, una retirada
organizada pero muy, muy lenta. No importa, en unos pocos meses todo esto volverá a ser
suyo. Él lo sabe, su caudillo lo sabe, los ladakhis lo saben, nosotros lo sabemos.
Los hombres, que tan sólo hacen acto de
presencia cuando el Rey de nuestras estrellas les ofrece su calurosa hospitalidad, han
creado una prodigiosa vía de comunicación ... que tan solo parece un tímido hilillo
imperceptible ante la majestuosidad que nos rodea. Muchas vidas se perdieron en su
construcción, se tardó años en hacerla operativa, se invirtió lo inimaginable, su
mantenimiento es un esfuerzo titánico, ... para que tan solo esté abierta durante los
meses de verano. En cuanto las cumbres comienzan a lucir sus primeras canas ... los
humanos, ínfimas motas de vida en estas tierras, comenzamos a temblar y a pensar que hay
que emigrar. Pero es verano y notamos el cálido lecho de la madre tierra y los templados
soplidos del cielo, el cielo protector del estío. Nos lanzamos hacia los dominios de los
Ángeles, nos subiremos a lomos de unos colosos de piedra e intentaremos verlos.
UN NUEVO HIMALAYA
Atrás hemos dejados pueblecitos que se
sitúan cerca del río que les da la vida, de donde recogen piedras y arena para construir
sus casas. Las pequeñas estupas con piedras grabadas con oraciones presiden la entrada o
salida de cada población. La presencia humana es menor a medida que nos elevamos.
El paso de Baralacha-La a 4.883 metros es el
primero de estos solitarios colosos, acabamos de batir nuestro récord de altura, en estos
instantes hemos sobrepasado los 4.732 metros del paso de Khunjerab, frontera entre
Pakistán y la China. El cielo está totalmente encapotado con desagradables nubes grises
y el frío es de nuevo intenso, el viento se ocupa de ello. Estamos sitiados por lenguas
de nieve, parece que se mueven para intentar acorralarnos pero no, están inmóviles, tan
solo nos observan, tienen la mirada fija en nosotros, intrusos en su morada. Un triste
cartel amarillo, viejo centinela repleto de arrugas y con cicatrices de mil batallas con
los vientos, indica el punto geográfico en el cual nos encontramos.
El crepúsculo se acerca sigiloso,
intentando sorprendernos porque el sabe que estamos abstraídos, nos hallamos fuera de
este mundo y parece que el tiempo no pasa en esta burbuja ... pero sí que transcurre. Las
lóbregas nubes se alían al crepúsculo y en secreta complicidad están provocando que
las tinieblas lleguen prematuramente. Se escapa una ráfaga de aire helado del saco de las
ventiscas que se reservan para la noche y se nos clava como una daga. Nos da un
escalofrío y rompe el trance.
-¿Has visto qué hora es? En menos de una
hora es de noche, tenemos que buscar un lugar de acampada -me advierte Marián. Los
elementos parecen desatarse al verse descubiertos y nos vemos envueltos en una especie
conspiración meteorológica: se desatan los vientos más enfurecidos, la temperatura baja
repentinamente y comienza a chispear.
-¿Pero qué es esto? -interrogo a las
llorosas nubes-, vámonos de aquí, esto se pone feo.
Hay que proseguir, pero tampoco una
distancia larga porque no queremos perdernos ni un ápice del fantástico espectáculo de
esta ruta, no queremos avanzar de noche y queda poco para la oscuridad total. Hoy tenemos
suerte, bajamos a 4.500 metros en poco más de media hora y nos encontramos con un
fantástico altiplano. ¿Cómo puede crearse una llanura tan perfecta entre un bosque de
estiletes de piedra que intentan herir el cielo? Hasta las cumbres que nos rodean parecen
haber sido lijadas para dar más ductilidad al paisaje. Acampamos entre estas sólidas y
robustas montañas que nos rodean como fieles custodios.
El mal de altura ya nos está afectando. En
cierto modo somos unos privilegiados puesto que, dependiendo de las constituciones, puede
aparecer a partir de los 2.500 metros pero a nosotros ha comenzado a afectarnos a partir
de los 4.000 metros. Tenemos fuertes síntomas de agotamiento ante cualquier esfuerzo, a
veces nos cuesta respirar y una intensa y permanente jaqueca nos mantiene la cabeza con
palpitaciones. Cenamos ligeros, nos metemos en la tienda y nos cuesta dormirnos. Incluso
cuando el agotamiento vence a la migraña y caemos en un profundo sueño, éste es
interrumpido constantemente porque el cuerpo se siente extraño y se defiende llamando la
atención. Es como un bebé que intentase comunicar algo que no entiende.
También con los síntomas podemos sentirnos
muy afortunados porque estos son los desórdenes más leves, en muchísimos casos se
producen desmayos, vómitos, toses profundas, falta de coordinación y equilibrio,
síntomas de asfixia, conducta irracional, ... Bueno, un poco de conducta irracional sí
que tenemos por estar aquí pero no es debida a la altura, ya partimos así desde España.
Amanece un día radiante con un cielo azul
que casi daña la vista. Lo que admiramos ayer entre penumbras ha renacido con una
explosión de brillos, colores y contrastes. El entorno es increíblemente bello
precisamente por su sobriedad. Al fondo, abruptos picos nevados. Alrededor de nosotros,
una serie de montañas desnudas estratificadas que nos muestran una gama de tonos
marrones, grises y morados que ya las quisiera para si la paleta de un pintor. El río
Lingti Chu, por su parte, ha ido hendiendo su curso en las entrañas de estas montañas
para dejar su huella insaciable e indómita. El noctámbulo y gélido viento ha
desaparecido para dejar paso a los reconfortantes rayos del sol que engrandecen el
panorama en el cual nos hayamos inmersos. Creíamos que el Himalaya no podría
sorprendernos después de lo vivido en Pakistán pero debemos reconocer que ha conseguido
impresionarnos nuevamente.
Todo a nuestro alrededor resulta asombroso
por su imponente grandiosidad, que abrigada por el silencio y la soledad le hacen, si
cabe, más inhóspita y recóndita. Si el desierto nos fascinó con su agreste esterilidad
la montaña nos ha conquistado con su magnificencia y supremacía. Ambos espacios nos
seducen por una salvaje inmensidad que nos reencuentra con nuestros orígenes más
primitivos y resucita los recuerdos grabados en nuestros genes desde la más lejana
prehistoria. Sin duda alguna son lugares que despiertan las más ardientes y remotas
pasiones.
Ladakh está a la vuelta de la esquina,
Sarchu es la frontera. Los poblados propiamente dichos han desaparecido hace mucho, el
propio Sarchu -que uno se cree que es un pueblo cuando lo ve en el mapa- no es más que
una sucesión de campamentos que aparecen diseminados durante quince kilómetros. El mayor
de ellos es militar pero la gran mayoría son agrupaciones de tiendas que hacen de parada
y fonda a los escasos viajeros que toman esta ruta entre Manali y Leh. No hay ni un solo
edificio de piedra o adobe, ni un chamizo que se pueda llamar "pensión", ni un
solo hombre que se considere "mecánico", ni una simple agrupación de bidones
que haga la función de gasolinera, ni una sola casa, ¡nada!... tan solo tiendas de
campaña donde se pueden alojar los ocasionales viajeros de paso para resguardarse del
cortante viento nocturno y donde también pueden preparar el "original" menu de
dahl, "mixed vegetables", huevo y rotti.
Pero hoy no hay nadie en los campamentos, ni
un solo viajero, tan solo los chicos que se encargan de su custodia y funcionamiento. El
control de Sarchu es un mero trámite pero dio guerra. No tiene barrera, no lo vimos y nos
lo saltamos sin saber que había que pararse en esa caseta cutre al borde de la carretera.
Unos soldados con una gigantesca radio-mochila nos paran quinientos metros más adelante,
avisados por el control, y con su poco inglés y muy buenos modales nos comunican que hay
que inscribirse en la "caseta de allí". Se ríen porque seguramente entienden
que no hay modo humano de saber que hay que pararse ahí. No podemos dar media vuelta, la
pista es muy estrecha así que hacemos los quinientos metros marcha atrás. El oficial del
control no parecía molesto por no habernos parado y con mucha amabilidad nos pide los
pasaportes y nos inscribe en su registro. "Todo en regla, buen viaje", nos dice.
DERROTAS Y
VICTORIAS
¡Ya estamos en Ladakh! Un sueño hecho
realidad, las nubes se han retirado como cuando se abre el telón antes de una
representación, el sol es el foco divino de este grandioso teatro y los actores son
encarnados por la naturaleza en todas sus diversas formas.
A medida que avanza el día, seguimos
ascendiendo y se intensifica el dolor de cabeza. Lo curioso es que si a mi me está
matando a la altura de la nuca, a Marián le afecta dolorosamente en la frente, a la
altura del entrecejo. Y llegamos a Lachlung-La, hemos sobrepasado por primera vez una cota
superior a 5.000 metros ... pero no sería la última. Nos hallamos a 5.060 metros,
estamos pletóricos, ni sentíamos el dolor de cabeza. Acompañando al mojón que
atestigua la altitud se halla un cúmulo de piedras con dos improvisados y frágiles
mástiles con banderolas budistas. Las oriflamas me fascinan, palpo una de ellas,
"estas plegarias llegarán lejos", pienso mientras la noto que intenta liberarse
de mi mano por el violento azote del viento.
El ruido de un motor nos saca del trance, es
una moto. No pueden ser locales, estos sólo usan ese tipo de vehículo para moverse en
las ciudades o para realizar distancias cortas. Y efectivamente, los motoristas eran
extranjeros, se trataba de dos ingleses con problemas. Se habían quedado sin agua, se
recompusieron con la nuestra. Están agotados y con pocas ganas de hablar pero cuando
recuperan el aliento comienzan a relatarnos sus desventuras. Eran un grupo de tres motos,
el piloto de la primera de ellas sufrió un terrible mal de altura, con pérdida de
conciencia y constantes vómitos. Aguantó un día pero ni siquiera llegó al
Baralacha-La, decidió dar media vuelta y regresar a Manali. Siguieron las otras dos motos
pero una de ellas se averió, su piloto intentaba encontrar un camión que pudiese cargar
la moto y regresar a Manali. La tercera moto es la que estaba con nosotros.
-Gracias por el agua. ¿Vuestro todo terreno
no será de gasolina, verdad? -nos preguntan.
-No, es un motor diesel. ¿Estáis cortos de
combustible?
-Sí, andamos muy mal de gasolina. Nos
quedan dos gotas, no sabemos ni siquiera si llegaremos a Pong. ¿Creéis que en Pong
tendrán combustible?
-Supongo que sí porque Pong es el centro
neurálgico de esta zona pero después de ver Sarchu, ya me espero cualquier cosa.
-Bueno, en breve lo descubriremos. Estamos
destrozados por la altura, nos tenemos que ir e intentar reponernos en Pong. De nuevo
gracias por el agua. -Encajan en la motocicleta las dos cantimploras que les hemos llenado
y parten saludando con la mano. Les devolvemos el saludo.
Bajo el radiante sol, ponemos el Montero de
tal modo que nos pueda dar sombra y nos sentamos al borde del precipicio durante media
hora para contemplar el panorama. Da lo mismo donde se mire, todo nos cautiva, nos encanta
ese empequeñecimiento que nos produce esta ruta. Creemos que en lugares así el hombre
está donde le corresponde, la humanidad tan solo encuentra su verdadera escala en los
enclaves vírgenes, los que no han sido casi mancillados desde la Creación. Es un baño
de humildad, una cura para la soberbia, un balneario para el espíritu. Es la primera vez
que estamos agradecidos a los monzones, ellos nos expulsaron del sur y tras casi 7.000
kilómetros ... estamos aquí, abrazados, contemplando lo que debió de ser la tierra en
sus orígenes, cuando el hombre no era más que un ser como otro, luchando por su
supervivencia, buscando nuevas tierras en sus constantes migraciones, dando rienda suelta
a su afán de superación y siguiendo su instinto de exploración.
Es hora de partir, nuestra montura relincha
poderosa cuando giramos la llave. "Un momento, oigo un motor", me dice Marián.
Y en efecto, una nueva moto aparece -sin nada que ver con la anterior- y se para a nuestro
lado. Es una BMW con matrícula Australiana, la monta Faulner, un británico asentado en
Australia que ha decidido pasar las Navidades del 2.000 con la familia que tiene en
Inglaterra. "¡Y qué mejor que ir por tierra!", nos dice. Está cansado,
también con el dolor de cabeza bien asentado en su cráneo pero es muy parlanchín y
simpático. Charlamos diez minutos y luego reinicia la marcha. ¡Qué tránsito de motos
tenemos hoy!, ningún extranjero en dos días y ahora tres en el Lanchung-La.
La bajada fue otro espectáculo, a los
quince kilómetros nos metimos en un cañón de arenisca donde se nos apareció el aura de
la Capadocia, se notaba de nuevo la mano de nuestros escultores favoritos: el aire, el
agua, la arena y el fuego. Un tímido río de suave corriente transcurre a nuestros pies y
se hace el inocente pero no engaña a nadie, todos sabemos que es él quien había creado
esta profunda herida en la corteza terrestre. Levanto la cabeza, una punzada interna me
hace entornar los ojos y me recuerda la altura a la que nos hallamos. La ignoro totalmente
y mantengo la mirada hacia al cielo ... sobre nuestras cabezas, los cuatro elementos han
creado un enjambre de centenares de efigies impávidas y multiformes que escudriñan desde
las alturas a locales y foráneos. Cada recodo es una nueva sorpresa, la formas eran tan
fantásticas y diversas que podrían usarse para un psicoanálisis. "¿Qué ve usted
aquí?", nos preguntaría el psiquiatra. Y veríamos de todo, desde seres monstruosos
hasta esbeltas y sensuales diosas.
Nos hacen señas desde el margen de la
carretera. Son los dos ingleses que no sabían si iban a llegar a Pong ... que no
llegaron. Se quedaron sin combustible. Nos piden si podemos llevar a uno de ellos a Pong y
lo hacemos encantados. Pong está a tan solo cinco kilómetros, no han llegado por un
pelo. Pero la fatalidad se había cebado en ese grupo. "¿Esto es Pong?", nos
autointerrogamos los tres al llegar a un montón de tiendas dispuestas en círculo. ¡Y
era Pong! Esto era la "población" más importante de la zona: una agrupación
de tiendas que estaban allí tan solo los cuatro meses que duraba abierta la ruta. Aún
con todo, pensamos que igual había algún avispado comerciante que tendría petacas de
combustible para venderlas a precio de oro a gente en dificultades -ocurre muchas veces en
rutas desabastecidas- pero ... ¡nadie vendía combustible en Pong!, ni un solo litro
disponible. El viaje se había terminado para ellos, traen su moto hasta Pong a bordo de
un camión militar, la guarnición de Pong es gigantesca y en los alrededores hay un
trajín inimaginable. Hoy descansarían y mañana por la mañana intentarían encontrar un
camión que les lleve de regreso a Manali. Ya no quieren ir a Leh, están hartos de todo,
se sienten enfermos (uno de ellos tiene vómitos y el otro problemas estomacales),
cansados y deprimidos. Si llegasen a Leh y la carretera de Srinagar se corta por la
reactivación de la guerra ... tendrían que salir rehaciendo esta ruta, y no quieren
volver a pasar este suplicio. En su mente ya solo está la idea de comer un poco, beber
cerveza fría (¡eso sí que tienen en Pong!, aunque la nevera son las gélidas aguas del
río) y echarse en un camastro de los que hay en las tiendas. Ya no les importa nada, tan
solo quieren salir de ahí. No quieren ni hablar, tan solo estar con sus pensamientos. Nos
despedimos de ellos. Ya no les volvimos a ver.
Serían las cuatro de la tarde cuando
intentamos pasar el control de Pong pero ... ¡no se podía! Resulta que a la una de la
tarde se corta el tránsito de vehículos civiles para que sólo transiten los vehículos
militares. Teníamos que esperar a mañana para reiniciar la ruta. El altímetro del GPS
señala 4.587 metros y ahora que nos hemos relajado un poco y montón de cosas nos pasan
por la cabeza, el dolor de cabeza es demoledor.
Volvemos al campamento pero no vemos a los
motoristas, estarán ya descansando en alguna tienda. Nos acercamos al río a lavarnos y
refrescarnos, con las aguas glaciares nos quedamos un poco mejor. Descansamos allí mismo,
hacía más fresco aquí que en el campamento y estábamos más a gusto. Meditamos sobre
la suerte que tuvimos en los días pasados al ver esa gasolinera cochambrosa después de
Khoksar, el precio fue caro y me dio la impresión de que el surtidor estaba trucado
porque habíamos hecho tan solo 115 kilómetros y cupieron 25 litros. Nos pareció
excesivo, salía una media de 21,7 litros a los 100 kilómetros ¡Una barbaridad!
Controlamos todos los parámetros del coche y tan solo cuando surcábamos las dunas libias
habíamos llegado a cifras tan astronómicas. Reconocemos que desplazamos casi 3.000 kilos
-el todo terreno son 2.000 kilogramos, la carga siempre ronda los 850 kilos y hay que
sumar nuestros respectivos pesos- pero siempre nos hemos movido por un consumo de 13 a 15
litros a los 100. Sabíamos que consumiríamos más de lo normal, quizás 17, ó 18, todo
lo más 19 porque en las dunas llegamos a consumir 20 y se supone que es el medio donde un
todo terreno alcanza su máximo consumo. Por eso, cuando me apareció en la calculadora
21,7 consideré que el contador estaba trucado, algo que ocurre más de lo debido en la
India. Tampoco tenía pruebas así que lo dejé correr, lo importante es que volvía a
tener el depósito lleno y en esos momentos eso vale más que el dinero, estaba nervioso
por haber partido sin gasoil en los bidones y este llenado me tranquilizó. Al día
siguiente estuve muy atento al consumo y comprendí que no había nada raro en ese
contador engarzado en un montón de herrumbre, las empinadas cuestas confabuladas con la
altitud disparaban el consumo, suponemos que la falta de oxígeno sería un factor
decisivo, además de que por el tubo de escape salía un humo negro como el carbón. Menos
mal que no basé el aprovisionamiento de combustible en Sarchu o Pong porque sino ahora
estaríamos en un buen brete.
Al anochecer el frío hace acto de presencia
de nuevo y elegimos una tienda al azar para tomarnos unas sopas calentitas, que junto con
unos chapatis (torta de pan más fina que el rotti) nos permite irnos caliente a la cama.
Nos alejamos un poco del ajetreo del campamento y levantamos nuestra tienda. Cerca hay un
desfiladero por donde discurre el río cuyo tronar se ve aminorado por el soplo del viento
que compite con él. La noche se encargaría del resto.
EL ÚLTIMO PASO
La barrera del control militar se izó a las
siete de la mañana, todo el campamento volvió a la vida. Otro día que nos deleita con
un maravilloso cielo azul, es lo que más deseamos cuando estamos en el Himalaya, cada vez
que lo contemplamos hasta el aire que respiramos nos parece más puro.
Tras nuestro desayuno nos pusimos en marcha
para superar el siguiente paso de montaña que en nuestro camino a Leh se convierte en el
más alto de esta ruta. El Taglang-La nos eleva a un nuevo record: 5.328 metros, nuestro
segundo "cincomil". Miramos a nuestro alrededor, muchos picos superan los seis
mil metros y algunos los siete mil, estamos en el centro de una acrópolis de poderosas
columnas, las columnas del cielo.
Un nuevo santuario aparece en este
inhóspito lugar. Cristianos, hinduistas y budistas reúnen en un mismo recinto sus
inequívocos símbolos. Delante de estos santuarios se paraban todos los convoyes, los
soldados entraban y salían para rezar por la protección de sus vidas a los dioses que
veneraban. Vidas constantemente puestas en juego tanto por la confrontación con el país
vecino como por el desafío que era ascender y descender por pistas que bordeaban
precipicios. Y no es para tomárselo a la ligera, la víspera de partir de Manali, vimos
los titulares de la prensa india: 28 soldados y un suboficial muertos al despeñarse su
camión en la ruta hacia Leh. Nos recorrió un escalofrío.
Las oriflamas también hondean aquí,
azotadas por el poderoso viento, siempre puntual y disciplinado en las altas cumbres. El
sol sigue luciendo en todo su esplendor, algunos algodones en suspensión a veces le velan
pero tan solo por unos instantes, instantes en los que el viento se adueña del paso.
Aparece una moto, son Marcus y Cathy a bordo de una Guzzi. Hacía siglos que no veíamos
un vehículo extranjero y es la tercera moto que nos encontramos en dos días. La
magnificencia de esta ruta atrae a todos los que hacemos rutas transasiáticas, si es la
estación correcta la mayoría lo intentamos aunque tan solo la mitad logran cumplir su
propósito. Marcus y Cathy son de los que lo lograrán, son optimistas, están preparados
y su entusiasmo les hará llegar a Leh. De las cinco motos que partieron de Leh esta
semana, tan solo dos llegarán a Leh. El Himalaya ha vencido a las otras tres, un caro
tributo.
Llegar al pueblo de Rumtse fue como darnos
de bruces con la realidad más tangible del impactante Ladakh. La desnudez y desolación
que habían sido el escenario de los últimos días se rompió con un brusco golpe de
color. Todo ocurrió en un instante, avanzamos por una curva cerrada, una más de tantas,
no le vimos nada especial cuando súbitamente, como de la nada, surge Rumtse, con los
destellos del verdor brillante de sus campos de cultivo y sus resplandecientes casas
blancas con cerramientos de madera labrada. La naturaleza vuelve a permitir que el ser
humano pueda asentarse en su seno. Miramos el altímetro, ¡estamos a 4.230 metros! y por
lo visto estos ladakhis ya piensan que es una altura "decente" para vivir todo
el año.
Es como un shock. Paramos al instante. Nos
bajamos del todo terreno. Observamos con detenimiento estos curiosos hogares. Estas
construcciones son de dos pisos, techos planos, paredes encaladas de blanco y amplios
ventanales rectangulares de madera granate, no hay duda sobre la procedencia de sus
habitantes. Los techos recogen la leña seca de la que darán buena cuenta los fuegos del
hogar. Los rasgos tampoco dejan lugar a dudas de quién se trata. Con la piel tostada, los
ojos achinados y la sonrisa por montera, los ladakhis configuran unos rostros que
transmiten paz. Los niños son algo más tímidos que sus vecinos del resto del país. Un
anciano está hilando, sentado en el suelo frente a su casa, luce un gorro de copa alto y
con los picos inferiores hacia fuera, es el típico ladakhi. No paraba de decirnos
"julai, julai" mientras esbozaba una sonrisa que marcaba aun más las arrugas
que cubrían todo su rostro. "¡Julai!", le contestamos nosotros, un vocablo
ladakhi realmente socorrido; significa hola, gracias o adiós según la circunstancia,
resulta muy práctico en cualquier momento. Una mujer, no muy lejos, nos saluda con la
mano. Luce una larguísima trenza, un llamativo collar de pedrería, grandes pendientes y
un gorro similar pero en mucho mejor estado. Sentimos las palpitaciones de Ladakh en cada
brizna de hierba, en cada piedra, en cada persona que vemos. En este lugar nada ha
cambiado en los últimos siglos.
Reemprendemos el camino, la pista se sumerge
en un pasillo natural de altos muros de roca, nos acompaña el río que ha generado este
estrecho vergel de vida. Las granjas se suceden cada vez con más frecuencia y las estupas
brotan como champiñones, saludando y bendiciendo a los viajeros. El largo corredor se
termina y se abre en un sobrecogedor valle que se extiende hasta el infinito, hemos
llegado a Upshi y nos encontramos con un muy querido y viejo amigo: el río Indo. Que
alegría volver a verle tras ese nostálgico adiós que le dimos en Pakistán a finales
del 99. Se puede decir que la ruta ha terminado, Leh está todavía a 40 kilómetros pero
el avance ya no reviste ninguna dificultad. Miramos el altímetro, marca 3.500 metros, no
bajaremos de esta altura durante semanas. El dolor de cabeza se ha desvanecido y la meta
alcanzada nos ha revitalizado. ¡Lo hemos conseguido!
No queremos llegar a Leh, todavía no.
Deseamos saborear este momento suavemente, queremos hacerlo largo, disfrutarlo tanto como
podamos. Nos detenemos a los pocos kilómetros de pasar el control de Upshi para saborear
la puesta de sol, generosa en brillos y matices. Acampamos allí mismo, en la cima del
asombroso cañón que ha engendrado el río Indo en Ladakh. Cuando miramos por la ventana
posterior de la tienda daba la impresión de que estamos flotando.
Retrasamos un día la llegada a Leh porque
ahora solo deseamos fundirnos con el precioso espectáculo que la luna llena nos
proporciona en estos momentos. ¡La luna llena! Realmente los astros nos están mimando.
Los curtidos pies de estos gigantes de piedra se estremecen con las caricias del río
Indo. Pensamos en que quizás en unos días logremos alcanzar el Pangong-Tso, el lago más
alto de Asia con sus 4.343 metros sobre el nivel del mar. Incluso existe la posibilidad de
que consigamos ascender hasta el "Everest" de los automóviles, el Kardung-La,
que con sus 5.602 metros de altitud es la pista más alta del mundo. Nos abrazamos en
silencio para no romper la magia. Somos arrullados por el suave murmullo del viejo y
vigoroso río que nos acompañará mañana. Han sido días muy largos, complicados,
agotadores, ... maravillosos, inolvidables, únicos. Bajo la luna llena todas las
imágenes de lo visto y vivido se agolpan en la memoria. El largo y tortuoso camino que
hemos recorrido son las venas de Ladakh, mañana llegaremos a su corazón. El ya ha
llegado al nuestro.

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Ruta de entrada a Ladakh (Ampliación en link)

Rumbo al paso de Rothang-La, sus 3.978 metros de altitud no nos podían amedrentar, era el
paso más sencillo, un aperitivo para las etapas posteriores. El paisaje comenzó a
transfigurarse. Las colinas que nos habían obsequiado con un variado matiz de verdes
comenzaron a despojarse de su cabellera de vegetación para mostrarnos su aspecto más
desolador. La temperatura también comenzó a alterarse, cuanto más rápido subíamos
más se aceleraba el termómetro en su frenética carrera descendente. El viento arreciaba
y en nuestro costado izquierdo teníamos muros de hielo más altos que el coche.

Atrás vamos dejando pueblecitos que se sitúan cerca del río que les da la vida, de
donde recogen piedras y arena para construir sus casas. Las pequeñas estupas con piedras
grabadas con oraciones presiden la entrada o salida de cada población. Nos detenemos en
Jaspi, es el último pueblo -con hogares de piedra o adobe- que veremos durante cientos de
kilómetros. Es un paraje de ensueño, un oasis himalayo, damos una vuelta alrededor de la
estupa, como hacen todos los viajeros y peregrinos y examinamos con detenimiento una de
las piedras sagradas que algún devoto ha depositado ahí. (Detalle en link)

El paso de Baralacha-La a 4.883 metros es el primero de estos solitarios colosos, en breve
batiríamos nuestro record de altura, que hasta ahora estaba en los 4.732 metros del paso
de Khunjerab, frontera entre Pakistán y la China. La pista que nos conduce al
Baralacha-La pone los pelos de punta, ha sido labrada a media ladera de unas montañas de
estratos sueltos y desmenuzados. A nuestra derecha, la nieve. A nuestra izquierda, un
precipicio que preferimos no mirar. Si el peso del vehículo produce un corrimiento de
tierras ... no pararíamos de rodar hasta cientos de metros más abajo. Los camiones pasan
por ahí pero las condiciones del firme pueden cambiar por minutos: unas lluvias, una
nevada, una avalancha en niveles superiores, un pequeño terremoto (es zona sísmica), un
asentamiento de estratos, ... pueden provocar que una moto cause un desprendimiento allí
donde hace una hora ha pasado un camión de diez toneladas.

Hoy tenemos suerte, desde el Baralacha-La bajamos a 4.500 metros en poco más de media
hora y nos encontramos con un fantástico altiplano. ¿Cómo puede crearse una llanura tan
perfecta entre un bosque de estiletes de piedra que intentan herir el cielo? Hasta las
cumbres que nos rodean parecen haber sido lijadas para dar más ductilidad al paisaje.
Acampamos entre estas sólidas y robustas montañas que nos rodean como fieles custodios.
Cuando amanece, nos encontramos ante un día radiante con un cielo azul que casi daña la
vista. Lo que admiramos ayer entre penumbras ha renacido con una explosión de brillos,
colores y contrastes.

¿Quién tiene prisa en un lugar así? Normalmente desayunamos rápido y reemprendemos la
ruta pero aquí todo es especial. Nos da lo mismo tardar dos días que cinco. Hacemos todo
con calma, nos instalamos al borde del cañón, extendemos el mapa en el suelo, hablamos
de la ruta, disfrutamos de cada sorbo del café con leche y saboreamos esta belleza de
naturaleza virgen.

No somos animistas pero creo que una estancia prolongada podría convertirnos. No es
simple geografía lo que tenemos ante nosotros, todo está vivo, palpita y se mueve, no
son montañas, ni praderas ni ríos, son grandes seres vivos que nunca te permiten
sentirte solo. Miro fíjamente el río Lingti Chu, ha ido hendiendo su curso en las
entrañas de estas montañas para dejar su huella insaciable e indómita. Quiero que
Marián se una a mi y la llamo. "Mira Marián, los dientes del río". Y no estoy
mintiendo, este río tiene colmillos. Nadie me podría convencer de lo contrario.
(Panorámica en link)

Y llegamos a Lachlung-La, hemos sobrepasado por primera vez una cota superior a 5.000
metros ... pero no sería la última. Nos hallamos a 5.060 metros, estamos pletóricos, ni
sentíamos el dolor de cabeza. Acompañando al mojón que atestigua la altitud se halla un
cúmulo de piedras con dos improvisados y frágiles mástiles con banderolas budistas. Las
oriflamas me fascinan, palpo una de ellas, "estas plegarias llegarán lejos",
pienso mientras la noto que intenta liberarse de mi mano por el violento azote del viento.

La bajada fue otro espectáculo, a los quince kilómetros nos metimos en un cañón de
arenisca donde se nos apareció el aura de la Capadocia, se notaba de nuevo la mano de
nuestros escultores favoritos: el aire, el agua, la arena y el fuego. Un tímido río de
suave corriente transcurre a nuestros pies y se hace el inocente pero no engaña a nadie,
todos sabemos que es él quien había creado esta profunda herida en la corteza terrestre.
Levanto la cabeza, una punzada interna me hace entornar los ojos y me recuerda la altura a
la que nos hallamos. La ignoro totalmente y mantengo la mirada hacia al cielo ... sobre
nuestras cabezas, los cuatro elementos han creado un enjambre de centenares de efigies
impávidas y multiformes que escudriñan desde las alturas a locales y foráneos.

"¿Esto es Pong?", nos autointerrogamos al llegar a un montón de tiendas
dispuestas en círculo. ¡Y era Pong! Esto era la "población" más importante
de la zona: una agrupación de tiendas que estaban allí tan solo los cuatro meses que
duraba abierta la ruta. No podemos proseguir porque los civiles sólo podemos transitar
este tramo desde las siete de la mañana a la una de la tarde. Nos instalamos allí, nos
acercamos al río a lavarnos y refrescarnos, con las aguas glaciares nos quedamos un poco
mejor. Nos echamos a descansar en su ribera, hacía más fresco que en el campamento y
estábamos más a gusto. Al anochecer, el frío hace acto de presencia de nuevo y tras una
sopa caliente y un poco de chapati, acampamos junto a las tiendas nómadas. (Panorámica
de Pong en link)

Tras nuestro desayuno nos pusimos en marcha para superar el siguiente paso de montaña que
en nuestro camino a Leh se convierte en el más alto de esta ruta, el Tangla-La con sus
5.328 metros. La ruta tampoco fue excesivamente fácil, nos volvimos a encontrar tramos de
pista de piedra viva que bordeaban precipicios. Algunas de las rocas nos hacían temer por
los bajos del todo terreno así que ante la duda nos parábamos y las retirábamos
haciéndolas rodar por el precipicio. La pista prosigue desafiando la gravedad (señalado
como 1) hasta llegar al Tangla-La (señalado como 2).

El Taglang-La nos eleva a un nuevo record: 5.328 metros, nuestro segundo
"cincomil". Miramos a nuestro alrededor, muchos picos superan los seis mil
metros y algunos los siete mil, estamos en el centro de una acrópolis de poderosas
columnas, las columnas del cielo. Las oriflamas también hondean aquí, azotadas por el
poderoso viento, siempre puntual y disciplinado en las altas cumbres. El sol sigue
luciendo en todo su esplendor, algunos algodones en suspensión a veces le velan pero tan
solo por unos instantes, instantes en los que el viento se adueña del paso.

Llegar al pueblo de Rumtse fue como darnos de bruces con la realidad más tangible del
impactante Ladakh. La desnudez y desolación que habían sido el escenario de los últimos
días se rompió con un brusco golpe de color. Todo ocurrió en un instante, avanzamos por
una curva cerrada, una más de tantas, no la vimos especial cuando súbitamente, como de
la nada, surge Rumtse, con los destellos del verdor brillante de sus campos de cultivo y
sus resplandecientes casas blancas con cerramientos de madera labrada. (Detalle de casa en
link)

Con la piel tostada, los ojos achinados y la sonrisa por montera, los ladakhis configuran
unos rostros que transmiten paz. Un anciano está hilando, sentado en el suelo frente a su
casa luce un gorro de copa alto y con los picos inferiores hacia fuera, es el típico
ladakhi. No paraba de decirnos "julai, julai" mientras esbozaba una sonrisa que
marcaba aun más las arrugas que cubrían todo su rostro. "¡Julai!", le
contestamos nosotros, un vocablo ladakhi realmente socorrido; significa hola, gracias o
adiós según la circunstancia, resulta muy práctico en cualquier momento. Una mujer, no
muy lejos, nos saluda con la mano. Luce una larguísima trenza, un llamativo collar de
pedrería, grandes pendientes y un gorro similar pero en mucho mejor estado. Sentimos las
palpitaciones de Ladakh en cada brizna de hierba, en cada piedra, en cada persona que
vemos. En este lugar nada ha cambiado en los últimos siglos.

Reemprendemos el camino, la pista se sumerge en un pasillo natural de altos muros de roca,
nos acompaña el río que ha generado este estrecho vergel de vida. Las granjas se suceden
cada vez con más frecuencia y las estupas brotan como champiñones, saludando y
bendiciendo a los viajeros.

El largo corredor se termina y se abre en un sobrecogedor valle que se extiende hasta el
infinito, hemos llegado a Upshi y nos encontramos con un muy querido y viejo amigo: el
río Indo. Que alegría volver a verle tras ese nostálgico adiós que le dimos en
Pakistán a finales del 99. Se puede decir que la ruta ha terminado, Leh está todavía a
40 kilómetros pero el avance ya no reviste ninguna dificultad. ¡Lo hemos conseguido!
Unas rebaño de pequeñas cabras ladakhis nos dan la bienvenida al valle.

Pero no queremos llegar a Leh, todavía no. Deseamos saborear este momento suavemente,
queremos hacerlo largo, disfrutarlo tanto como podamos. Nos detenemos al poco de pasar el
control de Upshi para saborear la puesta de sol, generosa en brillos y matices. Acampamos
allí mismo, en la cima del asombroso cañón que ha engendrado el río Indo en Ladakh.
Cuando mirábamos por la ventana posterior de la tienda daba la impresión de que
estábamos flotando. Por la mañana, otro rebaño -¿quizás el mismo?- de minúsculas
cabritillas ladakhis hacen acto de presencia y se instala junto al campamento. Estamos en
el cielo. El largo y tortuoso camino que hemos recorrido son las venas de Ladakh, mañana
llegaremos a su corazón. El ya ha llegado al nuestro.
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