Llegamos al Terai, la lluvia desaparece, los
desprendimientos son una lejana pesadilla que se disipa en el pensamiento para ser
reemplazadas por la humedad y el calor de los 400 metros sobre el nivel del mar en el que
nos situamos.
Las curvas de la montaña han sido
sustituidas por las rectas que van mostrándonos los campos de arroz y mujeres que
contonean sus caderas mientras mantienen en equilibrio la pesada carga que transportan
sobre sus cabezas. El cuentakilómetros refleja eficientemente el rodaje que el Montero se
está zampando entre pecho y espalda. Queremos alcanzar la frontera de Mahendranagar para
mañana entrar de nuevo en la India.
La noche no nos sorprende. La esperábamos
desde que los rojizos reflejos del sol de poniente nos tiñeron de escarlata los estratos
del horizonte. El tráfico ha desaparecido, las rayas de la carretera son las
hipnotizantes guías que nos mantienen el rumbo que hemos fijado pero pronto se ven
desafiadas por un espectáculo soberbio que nos acompaña durante kilómetros. Los
árboles que escoltan nuestro paso por el Terai se encienden y apagan con miles de
trémulas lucecitas. Un apabullante despliegue de miles y miles de luciérnagas que no
dejan de lanzar el erótico mensaje que sus compañeras sabrán captar indiscutiblemente.
Una orgía de guirnaldas intermitentes envuelve sin descanso los árboles, que durante
decenas de kilómetros no ven descansar el ardor de estos insólitos insectos
fluorescentes. Nos vemos abrumados por la chispeante fiesta que, a ras de la tierra, hace
una envidiable competencia de explosión luminosa al caleidoscopio que forman las
estrellas sobre nuestras cabezas. Nos detenemos en el parque nacional Bardia, apenas
cenamos, el calor de la llanura corta el apetito. Subimos la escalera de la tienda para
dormir pero antes de entrar, una última mirada a las olas de este océano de luminarias
alternas. Nuestra acampada de hoy nos sumerge en un sueño de decoración y ambiente
navideño ... en pleno verano.
¿NO HAY NADIE AQUÍ?
Llegamos sobre las doce de la mañana a la
frontera de la India, a Bambasa, tras nosotros quedaba la aduana nepalí que había
cumplido diligentemente las imprescindibles comprobaciones de rigor sin más consecuencia.
Welcome to India, reza un cartel.
-¿No hay nadie aquí? -pregunto en voz alta
ante la soledad de la barrera que corta el paso. Sale un muchacho de la caseta, es el
"chico para todo" que tienen todas las aduanas. Ellos traen las bebidas y
comidas a los funcionarios, hacen los recados, ... organizan a la gente, dan turnos,
reparten los formularios específicos a cada viajero, ordenan los equipajes, ... y son la
mano derecha de varios despachos. Deben de cobrar en "propinillas" pero son
ellos los que saben donde está cada papel, clasifican las carpetas, incluso ayudan a los
propios funcionarios a cumplimentar y elegir el documento que requiere cada ocasión. Los
funcionarios van y vienen por cada puesto pero ellos siempre están ahí, aprenden
rápido, lo saben todo, se convierten en imprescindibles. Demasiadas veces nos da la
impresión de que son ellos los que hacen todo el trabajo y que su eficacia es lo que
camufla la ineptitud de muchos funcionarios que deben de haber sacado la plaza por ser
"pariente de alguien".
-¿Quieren entrar en India? -Nos pregunta el
muchacho.
-Sí, ¿donde está el puesto de
inmigración?
-No hay nadie ahora, lo siento, los
policías se han ido a comer ... ¡pero vuelven en diez minutos! -replica rápido.
-Bien, esperaremos.
Los diez minutos se convierten en treinta,
en una hora, en hora y media, ...
-¿Pero donde están los aduaneros? -Le
pregunto de nuevo al muchacho.
-Tenían que haber vuelto ... no
entiendo...en cinco minutos están aquí -nos dice para salir del paso.
-¡Pero si es una frontera abierta las 24
horas! ¡Si tienen ahí hasta un cartel que lo pone! -le replico mientras señalo el
cartel. Es evidente que ya doy muestras de impaciencia e irritación pero no merece la
pena pasar de ahí. El muchacho no tiene la culpa de nada.
-Pero la cierran para comer -prosigue.
-¿Está abierta para las 24 horas pero la
cierran durante horas a la hora de comer y cenar? -le digo sarcásticamente. El muchacho
pone una sonrisa de compromiso.
Los diez minutos ya se han convertido en dos
horas. Dos horas tragando polvo y..."sapos" en una infecta aduana que se cocía
bajo el sol en su cenit. Parecía haber sido devastada por unas inundaciones y que ahora
el fuego del cielo quemaba la tierra provocando una irrespirable polvareda. Cada vez que
llegaba un autobús o un carro-taxi tirado por caballos, impacientes viajeros se bajaban
para tratar inútilmente de cruzar la frontera pero se encontraban con la barrera
infranqueable de la ineptitud. Welcome to India! Dos horas y cinco minutos, treinta
personas cociéndose sobre un suelo transformado en sartén. Me dirijo de nuevo al
muchacho.
-¿Por fin regresaron los policías de
inmigración?
-No, todavía no.
-Bien, vamos a levantar nosotros mismos la
barrera y vamos a cruzar la frontera. Ya verás que rápido aparecen los de inmigración
en cuanto se monte un disturbio. -El muchacho abre grande los ojos porque nota en el tono
de que somos capaces.
-No pueden hacer eso, tienen que hacer los
papeles.
-Queremos hacer los papeles pero no hay
nadie. Nos vamos. -Seguimos forzando la situación para provocar alguna reacción.
-Esperen cinco minutos. Vamos a mandar a
alguien a buscarles. Cinco minutos nada más. -El muchacho corre, habla con un hombre que
acto seguido se sube a una motocicleta y parte en dirección desconocida. El muchacho
regresa. "Cinco minutos nada más", nos vuelve a repetir.
Los diez minutos ya se han convertido en dos
horas y quince minutos. El muchacho nos señala un grupo de hombres que vienen paseándose
tranquilamente hacia nosotros. "Son ellos", nos dice. ¡Estaban a menos de cinco
minutos a pie de donde nos hallábamos nosotros! "¿No se les podía haber ido a
buscar antes?", le preguntamos al muchacho. No contesta, tampoco insistimos, es una
pregunta de desahogo, seguramente el no está para nada en la holgazanería de sus jefes.
Igual el mensaje de "hay gente esperando para cruzar la frontera" hubiese
provocado la ira de los funcionarios hacia él por haber sido molestados por esa
"nimiedad" pero el mensaje de "unos extranjeros llevan esperando más de
dos horas y han dicho que si no aparece nadie levantan la barrera y se van" ...
seguramente lo considerarían como un mensaje "correcto".
Llegan a nuestra altura, se deshacen en mil
perdones por su tardanza y sin más le piden al chico unos tés y se ponen a cumplimentar
los formularios. El muchacho les explica como va el orden del grupo de gente apelotonada
en la puerta y les insiste en que fuimos los primeros en llegar. Antes de que se vaya, le
damos la mano y nos despedimos del joven para que comprenda que nuestro enfado no va con
él. Nos sonríe amistosamente, nos dice "sorry" y se marcha a realizar los
encargos.
No nos apetece una dialéctica sobre el
cartel de "24 hours open", estamos cansados, sudorosos, hartos de beber agua
caliente para paliar la deshidratación. Tan solo queríamos salir de ahí y cada palabra
que emitiésemos iba a retrasar ese momento. Mejor economizar las energías para
canalizarlas hacia los centenares de kilómetros que teníamos que realizar hoy. En diez
minutos se terminaron los trámites de inmigración y de aduana.
Pasamos la barrera y debemos cruzar una
presa que contó con el "talento" de unos ingenieros bastantes limitados. El
puente, construido recientemente, sólo tenía un carril y había turnos para que
alternativamente fuéramos pasando los de un lado y el otro. Como siempre, aparecen el
señor "caos" y la señora "confusión", que llevan de su mano a su
hija "pérdida de tiempo" y a su hijo pequeño "tasa de 35 rupias".
Una familia muy unida que no pararemos de encontrarnos cada vez que queramos cruzar un
paso a nivel, puente o presa.
Fue un día realmente nefasto. Primero la
aduana y luego todas las indicaciones que nos daban los lugareños eran erróneas. Idas y
venidas sin sentidos, carreteras que eran un callejón sin salida, zigzag por comarcales y
nacionales repletas de camiones a la deriva. El cansancio físico era tremendo pero el
desgaste moral nos deja peor. Una de esas indicaciones hasta nos hizo avanzar por una
infecta pista de boquetes y cruzar ríos descarrilados que acabaron en un parque natural
por donde estaba prohibido seguir sin "permiso gubernativo". Esto supuso volver
a rehacer la pesadilla de pista para acabar en la casilla de salida. Un decrépito hotel
de Kotdwara, junto a la estación de ferrocarril, fue el único alojamiento que
encontramos así que preferimos dormir en nuestra tienda, aparcando en una gasolinera de
carretera. Estaba agotado, desde que cruzamos el paso de aduana llevaba encima más de 500
kilómetros por una madeja enredada que parecía no acabar nunca pero ... ¡por fin acabó
el maldito día!
REPOSO DE GUERREROS
Varios cientos de kilómetros más, unas
cuantas carcasas de camiones en la cuneta, diez volantazos para evitar colisión con
vehículos que adelantaban indebidamente, innumerables frenazos y desvíos rápidos ante
animales que aparecían de súbito en la calzada y ... vislumbramos nuestra meta sobre
nuestras cabezas. Las curvas van de nuevo abriéndonos paso por un entorno donde los pinos
tapizan las colinas y un oleaje de ondulaciones esmeraldas nos rodean hasta llegar a
Shimla, estación de verano desde donde los virreyes ingleses gobernaban la India durante
los meses de calor desde 1865.
Debido a la crítica y peligrosa situación
que se vive en Cachemira, los turistas indios han sustituido Srinagar -su capital- por
Shimla, un destino familiar mucho más seguro y pacífico. El aire puro de la sierra y las
excursiones a las montañas de los alrededores a pie o en caballo la han plagado de
hoteles y montones de familias indias acuden a disfrutar de sus atributos naturales.
La ciudad, aferrada a la falda de una de las
colinas, está enteramente rodeada de una frondosa vegetación que evoca a ciertas zonas
montañosas de Europa, en muchos momentos las colinas y bosques era idénticos a los
alrededores de Navacerrada o la sierra de Guadarrama. Lo que marca la diferencia son sus
iglesias, las esporádicas mansiones coloniales - ahora edificios administrativos- y el
denominador común de las ciudades indias: caos, chiringuitos de fritangas, puestos
ambulantes por doquier, aglomeraciones de gente que se ponen a charlar en medio de la
calzada, pitidos infernales provocados por los atascos en las estrechas vías de
circulación de la ciudad, ... sólo se puede escapar de esta anarquía ascendiendo por un
tranquilo camino hacia la Prospect Hill, montaña situada a 2.150 m. o a la colina de
Jakko Hill a 2.455 m., donde podemos observar los eternos picos nevados del Himalaya ...
¡Himalaya!, seguimos soñando con él tras el recato del que hizo gala en Nepal,
enmascarado la mayor parte del tiempo tras ese púdico velo de nubes monzónicas. Hemos
llegado hasta aquí para sentir de nuevo su abrazo.
El valle de Kulu, lugar de paso entre la
India y el Tíbet, es el guardián de las cimas, un pasillo que nos desliza por un
serpenteante camino que orienta nuestros pasos hasta Manali. Llegamos hasta ella siguiendo
el curso del río Beas, cuyas aguas bailan frenéticamente alrededor de rocas tatuadas con
oraciones budistas. La mayoría de la población es hinduista pero estas piedras
testimonian la religión de las altas cumbres y la presencia de una comunidad que se
convirtió en el punto de mira de los ambiciosos chinos. De nuevo nos encontramos con este
pacífico pueblo exiliado, que tuvo que abandonar su tierra natal para refugiarse en
países vecinos, donde su libertad y sus vidas no corriesen peligro. Muchos budistas del
Tibet se hallan refugiados en Manali y han erigido sus propias gompas, viven felices con
la hospitalidad que les ha brindado la India pero en sus corazones anida la nostalgia de
sentirse un pueblo sin patria, añorando la tierra de sus antepasados y que muchos de
ellos pisaron cuando eran más jóvenes o donde jugaban durante su infancia.
Los alrededores muestran la prodigiosa vida
que se desarrolla por las montañas que les circundan. En los valles o en terrazas,
extensos campos labrados proporcionan abundantes cosechas de arroz pero son los manzanos,
con sus deliciosos frutos, los que dan fama a la zona. Las mujeres visten con llamativos
colores rojos, rosas, naranjas sobre los vibrantes campos verdes de los arrozales. Al
tiempo, los hombres azuzan a los bueyes que aran sus tierras. Sus casas, a dos aguas con
techos de pizarra, dejan escapar fumarolas de humo por las chimeneas y frente a ellas las
más ancianas limpian el grano que cae en cascada desde las cestas que elevan sobre sus
cabezas.
Dejamos Manali una tarde, cuando faltaban
pocas horas para la puesta de sol. Nos dirigimos un poco hacia el sur, para alcanzar un
lugar muy especial que nos permita despedir con honores a los rododendros, pinos, cedros,
arrozales, manzanos, ...
Una corona de almenas se perfila en el
cielo, son el estandarte de Naggar y anuncian a los viajeros que la ascensión está a
punto de concluir. La fortaleza, erigida en un nido de águilas, era el centinela del
valle y residencia del rajá hasta mediados del siglo XVII. Abandonada y expoliada, fue
restaurada hace unos años, recuperando el esplendor arrebatado por el tiempo. La madera,
que de nuevo le da cuerpo, cruje bajo nuestros pies, gimiendo por el recuerdo de épocas
pasadas. Sentados en el balcón, el arrebatador panorama nos reconforta tras las duras
jornadas de ruta. ¡Que hermosa recompensa a la vista y el espíritu!
Los 1.809 metros de altura generan una
temperatura deliciosa. El castillo tiene un componente romántico indescriptible y ha sido
transformado en pequeño hotel, con la gran suerte de tener habitaciones sencillas
realmente económicas. ¿Qué mejor lugar que este para estar varios días, reponernos de
la ruta y estudiar la nueva etapa?
-Mira, aquí está Leh y aquí está Naggar,
justo debajo de Manali. Son unos 500 kilómetros hasta Leh. He marcado la ruta a seguir
porque la pista que viene marcada en el mapa es incorrecta. He ido encontrando los lugares
de los que habla el libro y los he señalado en el mapa. Aquí están todos los pasos que
tenemos que ir pasando -Marián no oculta su entusiasmo y lo tiene todo estudiado al
detalle. Me va mostrando toda la ruta, yo voy siguiendo su dedo en el mapa y atendiendo a
sus explicaciones. Vamos bebiendo a sorbos cortos el té al cardamomo que hemos pedido,
está muy caliente todavía. Bajo su dedo van desfilando minúsculos pueblos, valles,
ríos, y pasos de montaña de 3.900 metros de altura, de 4.900 metros, de 5.000 metros y
finalmente uno de ¡5.328 metros!, "el paso de Taglang-La", me dice. Y cuando su
dedo se para ... hemos llegado a Leh. Miro a Marián, me sonríe.
-Qué alturas, ¿verdad? -le digo mientras
le devuelvo la sonrisa y le cojo la mano cuyo dedo acaba de hacer un fantástico viaje-.
Entonces, el lápiz es la verdadera ruta que tenemos que seguir, ¿verdad?
-Sí, lo que marca el mapa tiene que ser una
pista antiquísima que posiblemente sea intransitable para vehículos. La nueva ruta ha
sido habilitada por el ejército hace unos años y no figura en esta cartografía. Es una
antigua ruta caravanera. Tiene que ser una ruta increíble, ¡qué ganas tengo de empezar
a hacerla!
Ir por fin a Ladakh. Estamos realmente
entusiasmados. Es una cita pendiente desde 1.992, cuando no pudimos adentrarnos en esas
tierras porque la única vía era a través de Srinagar y Cachemira ... una ruta cerrada a
los extranjeros debido a la escalada de terrorismo salvaje que separatistas musulmanes
iniciaron en 1.990. Alentados por Pakistán, el movimiento separatista hizo correr ríos
de sangre por todo este estado y el gobierno indio lo cerró. Incluso hoy en día hay
muertos a diario ... el cómputo en los últimos 10 años asciende a 30.000 víctimas
mortales. Algo realmente escalofriante.
Pero Ladakh no es Cachemira, reina la paz y
tan solo tiene 140.000 habitantes, en su mayoría budistas que se mantienen al margen de
la sangrienta "guerra" que padece su vecina. Sus paisajes de montañas
infranqueables, su fascinante historia, las casas y pueblos de arquitectura tibetana, su
pacífica y entrañable población, sus antiquísimos monasterios budistas encaramados a
altos riscos, las estupas que aparecen por las pistas y senderos, ... la han convertido en
un pequeño Tíbet, un Tíbet más real que el propio Tíbet puesto que aquí no ha
sufrido el sometimiento, la represión y las masacres que el ejército chino ha realizado
al otro lado de la frontera.
En el 92 tan solo había una entrada a
Ladakh, por la entonces cerrada Cachemira, pero por motivos militares se habilitó unos
años más tarde una antigua pista caravanera en desuso para que los convoyes militares
pudiesen acceder a Ladakh por una vía que no pueda ser "castigada" por la
artillería pakistaní y los atentados terroristas. Los informes de esa ruta son claros:
como mínimo dos o tres días de viaje para realizar los 500 kilómetros que separan Leh
de Manali, precipicios, avalanchas, cuatro pasos de montaña -dos de ellos superan los ...
¡5.000 m. de altura!-, pero todo inmerso en paisajes de ensueño. Todo el mundo nos
advierte sobre el mal de altura, durante varios días se vivirá y nos moveremos a más de
4.500 m. sobre el nivel del mar sin la posibilidad de alcanzar una cota más baja,
muchísimos viajeros han tenido problemas de vómitos, perdidas de conciencia, intensos
dolores de cabeza, ... A pesar de todo, sentimos una atracción irrefrenable por
adentrarnos en Ladakh y realizar esa nueva ruta, tan solo abierta durante los cuatro meses
más calurosos del año. Luego, la nieve y el frío expulsa a los humanos de estos
dominios.
-El té ya está bien, no quema -me dice
Marián tras dar otro pequeño sorbo para comprobarlo. Devuelve la vista a la taza y da un
trago más largo. Bebo a mi vez y miro a mi alrededor.
-¡Qué lugar tan increíble! Vamos a estar
unos días tranquilos, visitaremos los alrededores, compraremos provisiones, llenaremos
todos los bidones de agua y prepararemos el coche. Tenemos que salir en perfecto estado,
nunca hemos subido tan alto, más vale tomárselo con calma. -Pero Marián ya no me
escucha, lo sabe de sobra y está contemplando como los últimos brillos del río Beas son
engullidos por la oscuridad. En un movimiento instintivo, ambos levantamos la cabeza a la
vez, buscamos los brillos de la noche. Miles de bombillitas a una distancia infinita se
han adueñado del cielo. Se nos cruza un pequeño hilillo de humo que parte de la taza de
té que sostengo en mi mano. En unos días, estaremos más cerca de las estrellas de lo
que jamás hemos estado nunca, pienso en voz alta. Se termina el día, se termina el té.
La noche es perfecta.