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Ulises casi queda atrapado
para siempre en la isla de los lotófagos. Tardó mucho en recuperar el sentido
de su misión, en volver a pensar en su amada Penélope y en su reino en Ítaca.
El tiempo seguía pasando mientras él intentaba sustraer a su tripulación de
la peor de las tentaciones: los efectos que produce la felicidad permanente.
La felicidad, ... palabra mágica, un estado que todo el mundo ansía alcanzar.
Ésa y no otra era la esencia de la isla de los comedores de Loto, una flor
cuyos efectos embriagaban en una profunda y absoluta sensación de bienestar,
atrapándoles, haciéndoles olvidar los objetivos y el destino. Todo indica que
la isla de Djerba era ese lugar mágico relatado en la Odisea. Nosotros
buscamos esa flor encantada, no para olvidar, sí para descansar. No la
encontrábamos ... ¿existe esa flor?, nos preguntábamos. Todo parecía indicar
que no pero ... ¿entonces porqué llevábamos tantos días aquí, sin ganas de
partir? ¡Por fin lo comprendimos! La propia Isla de Djerba era la mitológica
flor de Loto, era ella la que destilaba esas embriagadoras sensaciones que te
provocaban el olvido y te retenían sin remisión.
Es
increíble que un lugar tan tremendamente turístico pueda provocar esa
sensación. La isla no es un paraíso, posee muy buenas playas pero su belleza
paisajística es modesta. ¿Qué emana? Es su mundo paralelo, el que se mueve
fuera de los complejos vacacionales, la esencia sigue viva en los pequeños
pueblos (cuando logramos escapar de los vendedores de recuerdos) y en Houmt
Souk, la capital de la histórica ínsula. En nuestro caravanserai, en un
rincón encantador en su antigua medina, vamos haciendo nuevos amigos, que
como peregrinos de la antigüedad, buscan cobijo, paz y descanso. Tunecinos y
extranjeros hacen un alto en su camino en este albergue. Así conocimos a
Adel, un encantador cantautor tunecino; Nicolas, un joven francés de origen
griego que llegó por casualidad a la isla; Graciela y sus padres Leda y
Osvaldo, una simpática familia argentina que nos ofreció la original
oportunidad de probar (por primera vez para nosotros) el tradicional mate...
la conversación, las risas, el intercambio de historias, beber el agua pura
de lluvia que extraíamos de su pozo, la sombra refrescante de sus vetustas
paredes, los paseos por su vieja medina, la compra diaria en el zoco, la
subasta del pescado en la lonja... sinceramente te olvidas de todo...
...Pero por fin hemos
roto el hechizo, hemos de continuar nuestro errante camino y sin mirar atrás,
por miedo a quedar de nuevo hechizados, hemos dicho adiós a la isla encantada
y cruzando la vieja calzada romana, el cordón umbilical que la une al
continente, ponemos rumbo a Libia.
LA GRAN
DESCONOCIDA
Nuestra tercera entrada en Libia nos permite, por experiencias anteriores,
agilizar los trámites habituales antes de entrar en este desconocido país,
del cual llegan a Europa noticias caducas de otros tiempos. En la ciudad de
Ben Guerdane, a tan sólo 33 km. de la frontera, comienza el desfile de
cambistas del mercado negro ofreciendo sus servicios. Con abultados fajos de
billetes ondeando al aire van apareciendo cada vez con más frecuencia hasta
casi la misma frontera, ofreciendo un cambio 4 veces superior al oficial.
Por
fin alcanzamos la frontera. En el momento de cruzar éramos los únicos
extranjeros, así que los tramites fueron rápidos. Mientras Vicente tramitaba
el papeleo del coche, yo departía con dos aduaneros que me preguntaban
insistentemente si transportábamos alcohol -que no teníamos, pues su consumo
está drásticamente prohibido y penado-. Tras las preguntas de rutina, con un
excelente y amable trato y sin tan siquiera hacernos abrir el coche, ...
entramos en Libia, esa gran desconocida.
Las primeras imágenes al entrar siempre acongojan, los pueblos y ciudades
tienen una estética que da pavor y la conservación del medio ambiente no es
su fuerte. Pero sabemos que alberga tesoros únicos en su género y enseguida
el viajero se da cuenta del carácter hospitalario y encantador de pueblo
libio, cada saludo de "Salam alekum" (la paz sea contigo) va seguido
de una franca sonrisa y un apretón de manos si te paras a charlar un
instante. Un instante, porque lamentablemente es muy difícil encontrar
población que hable otro idioma que no sea el árabe.
LA NOVIA BLANCA
DEL MEDITERRÁNEO
Para
los árabes es Tarabulus, nosotros la conocemos como Trípoli, en la antigüedad
fue la "novia blanca del Mediterráneo". Esta capital norteafricana
reúne los ingredientes justos que hay que saber buscar para realmente poder
apreciarla. Si nos alejamos del intenso tráfico, que circula a velocidades de
vértigo con bruscos frenazos o violentos acelerones, y sorteamos con
habilidad los coches de la Green Square entraremos al zoco de al-Mushir. El
bullicio del mercado resulta más sugestivo que el de la circulación. En los
estrechos callejones y galerías vamos descubriendo a los joyeros
(principalmente de oro), los sastres, las tejedoras de alfombras (ya muy
pocas) y a los artesanos del cobre trabajando con cinceles o a mazazo limpio
... también están los cafetines donde se fuma "chicha" - la popular
pipa árabe de agua y tabaco-, antiguas "funduk" -pensiones- turcas
con sus patios arqueados (y en lamentable estado) y los hamman -baños- donde
hombres y mujeres alternan los días de apertura para no coincidir. Hoy les
toca a los hombres. Seguimos avanzando y llegamos a la Torre del Reloj
(reliquia otomana del siglo pasado), el arco de Marco Aurelio y cruzamos la
puerta de Bab Draghut junto a la mezquita del mismo nombre, llamada así por
un famoso corsario que campeó a sus anchas por esta costa. Al otro lado de la
puerta ... el mar, que con sus insinuantes olas parece invitarnos a seguir
recorriendo su costa y sus tesoros.
ROMA EN ÁFRICA
Los
carteles que señalizan las ciudades y sus distancias tan sólo aparecen en
árabe. Los números los hemos aprendido, pero es evidente que el idioma no.
Así que en función de la distancia imaginamos el nombre de la ciudad.
El
Imperio Romano se extendió poderosamente al oeste y este de Roma pero su
vital presencia en el África Mediterránea dejó especialmente huellas tan
admirables e importantes como Sabrata y Leptis Magna, al oeste y este de la
capital magrebí. En la provincia de Tripolitania, estas dos bellas ciudades
romanas-africanas brillan con luz propia.
El
teatro de Sabrata, con sus 108 columnas de mármol donde no hay ninguna igual
a la otra y los bajorrelieves de la escena, son excepcionales. Pero la ciudad
romana posee otras relevantes reliquias entre templos, basílicas, foro,
mercado y baños que se extienden imperturbables a orillas del mar. Ese mar
que probablemente encierre celosamente bajo sus aguas más de un tesoro
arqueológico que si pudiéramos escudriñar nos revelarían sorpresas
inestimables.
Pero
la estrella indiscutible que atestigua la presencia romana en África es la
ciudad de Leptis Magna. Su benefactor, el emperador Septimus Severo, la
embelleció y le dotó de la importancia que para él merecía su ciudad natal.
Pasear por las ruinas tan extraordinariamente bien restauradas y conservadas,
donde tus pasos son los únicos compañeros de camino, es un privilegio único.
Tus pisadas retumbando en la piedra, las olas de un mar, que a tan solo unos
pocos metros golpea la orilla de la playa, y la impresionante visión hacia
ese intenso mar Mediterráneo desde el magnífico teatro, son instantes de
auténtico disfrute y admiración hacia este preciado legado histórico aún en
pie.
Pero
las imágenes de las cristalinas y refrescantes aguas mediterráneas se van a
disipar como si se tratasen de un escurridizo espejismo a medida que nos
dirigimos al sur por un paisaje mucho más árido y un ambiente intensamente
más caluroso. No debemos olvidar que las tres cuartas partes de Libia son
desierto puro y duro.
Las
montañas de Nafusa, hacia el sur de la capital, es la vía intermedia que nos
adentra kilómetro a kilómetro en el Sahara. En la capital del jebel Nafusa,
Nalut, a unos 250 km. de Trípoli y muy cerca de la frontera con Túnez, nos
situamos en el principal núcleo del pueblo bereber, los autóctonos habitantes
del territorio libio donde aun se conservan vivas las tradiciones y lengua
bereber.
Su
granero fortificado en lo alto de la colina, sigue dominando la planicie que
a sus pies se extiende ampliamente. El pueblo bereber no se amedrentó con las
sucesivas conquistas que su legitima tierra vivió y durante mucho tiempo
trajo en jaque a fenicios, cartagineses, griegos, romanos, árabes o
italianos.
La
casualidad quiso que fuese el día del mercado semanal de Nalut, y de nuevo el
carácter afable libio se deja traslucir y nos paseamos y curioseamos a
nuestras anchas. Seguimos el fluir de compradores entre los estrechos
pasillos que quedan entre los puestos al aire libre de frutas, verduras,
ropa, cacharros de cocina y todo tipo de mercancías. Hay un gentío inmenso,
es evidente que han venido compradores de toda la zona. Lo que también es
evidente es que las mujeres apenas se dejan ver por la ciudad, y mucho menos
por el mercado donde la compra es realizada exclusivamente por el género
masculino. Hay una excepción, las vendedoras de especias que son mujeres
bereberes, el resto sólo hombres y más hombres.
DESOLACIÓN Y
SOLEDAD
El
entorno que nos rodea a medida que avanzamos hacia el sur es cada vez más
yermo y el calor supera los 45ºC. Ni una mísera sombra, matas de rastrojos y
el contorno silueteado de algunos dromedarios sobre la tierra seca, son los
únicos suspiros de vida que divisamos en esta vasta aridez, donde las
montañas de Nafusa han quedado atrás.
Son las tres de la tarde, queremos parar a descansar un rato pero necesitamos
una sombra, detenerse al sol nos iba a dejar en peor estado del que
estábamos. Doy conversación a Vicente para ayudarle a superar el sopor que
produce conducir en estas condiciones. La claridad es cegadora y los
cristales de su lado están ardiendo.
Por
fin divisamos una sombra, es la carcasa calcinada de un camión volcado que se
retuerce bajo el sol. Decidimos parar para beber un poco y reposar de las
largas horas de conducción. La desolación es atronadora, y el silencio tan
sólo es roto por molestos insectos (que no entiendo como sobreviven en estas
tierras). Vicente se tumba a la sombra de la plataforma del camión y se queda
dormido al instante. La extraña escena de descanso entre la chatarra
abandonada me resulta curiosa y decido grabarla. Al poco de iniciar la
grabación descubro otro esquivo ser vivo agazapado en la parte delantera del
camión. ¡Un escorpión!. Su color verde destaca sobre la tierra seca y rala.
El ruido le sacó de su letargo e inició una rápida carrera encumbrando como
un estandarte su incisivo y envenenado aguijón. Se dirigía velozmente a la
posición donde Vicente reposaba a la sombra. Voz de alarma.
-¡Vicente, despierta,
aquí hay escorpiones!
-¿Qué pasa? ¿Por qué
gritas?. - Respondió mientras se incorporaba y trataba de salir de su
aturdimiento.
-Hay escorpiones, sal de
ahí ahora mismo. - Por el brinco que dio, ahora sí que estaba segura que me
había entendido y que ya estaba despejado porque al instante recogió la
esterilla y la sacudió fuertemente.
- Ahí no hay nada, está
aquí. Le estoy siguiendo con el vídeo. - Vicente se unió a mí y pudo
comprobar que no era broma. Llegó justo a tiempo para verle esconderse bajo
la cabina del camión.
- Bueno, a mí ya se me ha
ido el sopor. Si tu quieres echar una cabezadita puedes aprovechar esta
sombra tan estupenda. A mí no me importa esperar ... en el coche. - Añadió
con una sonrisa sarcástica mientras me ayudaba a recoger el equipo de vídeo.
Le devolví la "sonrisa" y nos alejamos sin mirar atrás el malogrado
lugar.
Nos acercamos al oasis de Ghadames. Seguimos rumbo
suroeste por el mismo suelo duro y compacto, por la misma atmósfera ardiente
y densa. El retrovisor nos refleja el polvoriento camino que vamos dejando
tras nosotros por el efecto que producen nuestros neumáticos sobre el reseco
terreno. No podemos escapar del abrasivo sol pero, ¡afortunadamente!, sí que
escapamos de quedar atrapados en las lagunas de arena que van apareciendo.
Tampoco pinchamos a pesar de las puntiagudas piedras, lo cual supone otro
alivio ante dos de los enemigos de los dominios del desierto.
Vicente me saca de mi letargo y señala con la mano hacia delante.
- Mira, salvo que el
calor y la sed nos jueguen una mala pasada con un espejismo ... creo que
tenemos delante la corona de arbustos que señala la presencia del lago que
andábamos buscando.
En efecto, alcanzamos la orilla del oasis Mzezem. Sus
azuladas aguas salinas permiten un refrescante baño, por ello la población de
Ghadames suele acudir para escapar del sofocante sopor que padecen durante
los meses de más calor, pero durante el árido camino de vuelta probablemente
pierdan el alivio conseguido. En la orilla se mueven unos peces diminutos,
¡hay vida! Adoro el desierto... pero es verano, lo odio.
LA PERLA DEL
DESIERTO
Ghadames, dos de la tarde, 48º a la sombra, y esta vez, por fortuna si hay
sombra. ¡Y estamos en junio! ¿Qué temperaturas tendrán en julio y agosto?
Preferimos no pensar en ello. No hay un alma en las calles, ni en los
restaurantes, ni cafetines... parece la escena de "El día después".
La ciudad no está dormida, cuando una ciudad se duerme siempre queda una
brizna de vida, ya sea en forma de minúscula brisa, un gato que pasea, un
pájaro en una rama, una cara en una ventana, ... pero aquí no se mueve nada,
es una ciudad muerta, sin aliento. Cuesta respirar, el aire es denso, seco,
parece que el tiempo se ha detenido en ese segundo. Y es que a medida que
bajas al sur la vida se ralentiza, da la impresión que todo se desarrolla a
cámara lenta. Entre las 2 y las 5 de la tarde es cuando la ciudad se
paraliza. Cualquier movimiento supone sudar y sudar, cualquier actividad
requiere diez veces más de esfuerzo... pero hay un lugar donde la sombra
realmente proporciona frescor y alivio. Y hacia allí nos dirigimos.
Dejamos atrás la fea Ghadames moderna y pasamos el arco de la entrada a un
nivel inferior a la línea de carretera. La vieja medina de Ghadames "La
perla del desierto", es Patrimonio de la Humanidad. Encrucijada de
caravanas que comerciaban con lucrativos productos como animales salvajes,
oro, marfil y ¡esclavos!, son muchos los que por sus angostos pasillos
deambularon: africanos, árabes, bereberes y tuaregs, que han dejado sus
huellas en esta ecléctica ciudad del desierto.
Los
romanos y bizantinos también conquistaron esta estratégica plaza y el primer
europeo que traspasó sus puertas fue Alexander Gordon Laing en 1824 en su
camino a Tumbuctu. Lo que más sorprendió al osado explorador fue la concordia
y hospitalidad entre la que vivía su gente. Actitud que podemos constatar
conservan a través de los siglos. Realmente acogedores, los ghadameses nos
han tratado como reza su leyenda, especialmente dos risueños lugareños que
regentan el cafetín-restaurante Sadhun. Su local se encuentra muy cerca de la
entrada a la medina. Mohamed y Salah nos cuidaron como auténticos amigos los
días que estuvimos con ellos, frecuentando su sencillo pero acogedor
establecimiento. Música local mientras comíamos, un postre de sandia fresca
regalo de la casa, un vaso de agua fría si nos veían sofocados mientras
escribíamos el diario de viaje bajo su ventilador de techo ... sus sinceros
gestos de amabilidad eran constantes.
Nos
perdemos por los callejones estrechos y oscuros de la medina, donde las
puertas de troncos de palma sellan las tradicionales viviendas del pasado.
Por fin un soplo de aire fresco. Los habitantes del desierto tuvieron que
ingeniar mecanismos de construcción que creasen sombras y corrientes de aire
que les permitiesen sobrellevar su estancia en estas rudas latitudes.
Levantaron la ciudad con adobe, encalándolas e imprimiéndole dibujos
geométricos de vivos colores rojo y verde que salpican esporádicamente
algunas paredes.
En la puerta de una de las mezquitas de la vieja medina esperan algunos
ancianos para entrar a la oración: "salam alekum", les saludamos,
"alekum salam", responden al unísono mientras nos alejamos por el
laberinto de oscuras callejuelas.
En una
encrucijada encontramos un caño por donde brota agua del oasis, estamos
asfixiados ... ¿será potable? Un hombre llega y realiza sus abluciones y acto
seguido bebe. Es potable, no hay duda. Nos refrescamos y bebemos cuando se
marcha a rezar.
Desde
Ghadames nos encontramos a 8 km. de la frontera con Argelia hacia el oeste y
a 22km de la frontera con Túnez, hacia el norte. Pero nuestra próxima etapa
se adentra aún más al sur, nuestro objetivo alcanzar la ciudad tuareg de
Ghat, tras recorrer cientos y cientos kilómetros de desierto. Si el verano
aquí es como el infierno ... ¿Qué será aquello? ¡Y tenemos que cruzar frentes
de dunas!

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"Ruta
por Libia"

"Roto
el hechizo, partimos de la isla de Djerba."

"La
imagen de Gadafi está omnipresente por todo el país."

"El
fastuoso Imperio Romano en África también dejó una soberbia herencia en
Libia, como el espectacular teatro de Sabratha."

"La
puerta Bab Draghut, la más famosa entrada a la antigua medina de Trípoli.
Llamada así como "homenaje" al corsario del mismo nombre."

"Leptis
Magna, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es otra de las
espectaculares sorpresas que ofrece este desconocido país. En la foto, su
mercado, uno de los más importantes puertos de comercio del Imperio Romano en
los tiempos del emperador Septimus Severo. Los bajorrelieves reflejan las naves
de la época."

"Nalut,
capital bereber de las montañas de Nafusa, posee un increíble ksar, un
granero fortificado de más de 300 años de antigüedad.."

"Cargando
de combustible todos los bidones (100 litros extra) para realizar la travesía
del desierto."

"Las
carcasas de los vehículos que no lograron llegar a su meta siempre sobrecoge
a los que seguimos su misma ruta."

"El
maná del desierto ... las islas del Sahara: los oasis. Frescor y descanso
bien merecidos y ... la ruta es correcta."

"Los
mercados del sur indican que están provistos de carne de camello ... colgando
sus cabezas decapitadas a la entrada."

"Ghadames,
"La Perla del Desierto", encrucijada de caravanas ... nos deleita
con una increíble medina que ha llegado casi intacta a nuestros días."
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