De
nuevo el camino al aeropuerto está vacío, no en vano son las tres de la madrugada, ni
nos hemos acostado, hemos preferido quedarnos charlando las últimas horas que estaríamos
juntos. Recorremos los últimos kilómetros hacia el aeropuerto Indira Gandhi en silencio.
En nuestras mentes, los nervios de la despedida se entremezclan con las sensaciones y
emociones vividas en la estrecha convivencia de las pasadas semanas por el Rajastán. En
nuestros cuerpos, el cansancio de las pocas horas dormidas ayer y la vigilia de hoy se
agolpa con el intenso trabajo de los días anteriores a la partida.
Son las cinco de la mañana, la megafonía de los altavoces interrumpe
nuestra conversación en el hall del aeropuerto.
-Este es el mío. Está en hora -se está anunciando el embarque de un
vuelo a Oriente Medio. Es la ruta inversa a la venida, primer aterrizaje en Oriente Medio,
luego escala técnica en Centroeuropa y finalmente, toma de tierra en Madrid. Allí le
estarán esperando unos amigos, su mujer y sus cuatro hijos, todo un comité de recepción
que le dará su más cariñosa bienvenida.
Nos damos la mano. Nos damos un fortísimo abrazo. Las miradas
intercambian nuestros mejores deseos y mucha suerte, no hacen falta palabras. Cruza el
arco de seguridad del aeropuerto y desaparece en el tumulto de los pasajeros que se
dirigen a sus respectivas salas de embarque. Las próximas noticias... a través del
e-mail, ese cordón umbilical que nos mantiene comunicados con todos los rincones del
mundo.
Una aeronave intenta alcanzar las estrellas, un todo terreno aparca en
un gran jardín en el corazón de Delhi. Hemos regresado al camping, nos acostamos para
dormir unas pocas horas.
NUEVOS AMANECERES
Es un día extraño, de esos en que uno se siente raro. Nos dedicamos a
ordenar todo el material y a reorganizar nuestro equipaje, todo estaba manga por hombro.
Los dos últimos días fueron de trabajo intenso: minutamos horas y horas de imágenes
grabadas en vídeo durante los últimos seis meses, la grabadora HP no paró de trabajar
haciendo varias copias en CD ROM de las miles de fotos digitales e informes, embalamos
decenas de carretes de diapositivas, los nuevos carretes AGFA que trajo José Enrique
ocupan el lugar de los ya emulsionados, nuevos libros y planos tienen que reubicarse donde
antes estaba la documentación de las etapas anteriores, la impresora portátil Olivetti
va imprimiendo documentos y poderes que José Enrique se tenía que llevar firmados,
cartas e instrucciones para nuestra muy querida, imprescindible y "sufridora"
amiga Reyes sobre lo que debe hacer con todo este material, ... su vital labor en la
logística de la RUTA DE LOS IMPERIOS la ha convertido en un miembro más de la
expedición. Todo ello y nuestros mejores deseos y agradecimientos a todos los que se
desviven desde España por ayudarnos ... han partido en un ave de metal que emigra hacia
poniente.
Dos semanas más estuvimos en Delhi y los amaneceres se suceden sobre
el río Yamuna, ajenos a lo que pasa en su orilla derecha. Allí están asentadas Delhi y
Nueva Delhi, unidas geográficamente pero individualizadas por la función social y
política, formando una única e individual aglomeración de dos caras que darán lugar a
la capital de la India.
La antigua Delhi, varias veces dominada por invasores musulmanes -ya
fuesen turcos o afganos- y dos veces imperial por voluntad de los Grandes Mogoles, goza de
mucha más tradición musulmana que hindú. Esa herencia imperial es uno de los mayores
atractivos de Delhi y nos ofrece una ciudad amurallada del s. XVII, con sus callejones
estrechos, el gran Fuerte Rojo, la hermosísima Mezquita Jami, templos, minaretes y todo
tipo de exóticos bazares. Entre todo ello se mueve un gentío formado por obreros,
funcionarios, mujeres con sus saris de seda, hippies trasnochados, turistas o desheredados
que buscan aquí su última oportunidad, la de su supervivencia.
El camino que conduce hacia la Mezquita del Viernes no puede ser más
elocuente. Está repleto de puestecillos de subsistencia que se reproducen sin cesar
paralelos a un canal de agua que solo contiene basura y hedor. Chiringuitos humeantes y
grasientos con comida rápida india a los pies de la escalinata, pobres mendigando a los
fieles y los visitantes que se acercan al sagrado lugar, hombres mutilados de nacimiento,
sin brazos y sin piernas, sólo la cabeza unida al tronco bajo una sombrilla que le
protege del sol... es un espectáculo amargo. Una realidad tan tangible como la horrible
valla de uralita (urinario público en su amplia extensión) que sigue tangente los
históricos muros del corpulento Fuerte Rojo, el Lal Quila.
Junto a ella, Nueva Delhi, la otra cara de la capital de la India. La
conocimos principalmente de tanto ir y venir a la embajada de España. En nuestra primera
visita, el Consejero de la Embajada, Emilio Vilanova, nos acoge en la legación como se
recibe a un amigo. Nos invita a cenar en su casa, nos presenta a su encantadora mujer
-Isabel-, nos reímos intercambiando anécdotas mutuas por países "extraños" y
nos ofrece la ayuda de la embajada en lo que pudiesen colaborar con la RUTA DE LOS
IMPERIOS. Así conocimos a sus compañeras de trabajo: Alicia, Isabel y Rita, que también
como amigas, atienden y solucionan todas nuestras consultas y envíos hacia España de
documentos de última hora. Gracias a su ayuda, terminamos el trabajo que nos quedaba
"pendiente" ya que cuando partamos de Delhi ... estaremos durante meses sin
pasar por ninguna embajada española.
Cada vez que nos abren la verja de la embajada, entramos en la gran
avenida arbolada Shajahan. La Moderna Delhi, en hora punta, funciona como un colosal
acelerador de partículas donde los átomos han sido sustituidos por una alocada
circulación de automóviles. Edificios de estilo colonial se alternan con edificios
modernos y los restaurantes, night-clubs, despachos, oficinas y "boutiques" se
alternan con las cestas de los vendedores ambulantes que ofrecen guayabas, manzanas del
Himalaya, mango, frascos de sustancias "mágicas", recuerdos para turistas o
cualquier producto que pueda ser susceptible de ser vendido.
BALADA DE AMOR
Corre el año 1.648, el gran emperador mogol Shah Jahan ve como se
apaga su aura del "Rey del Mundo". Las lágrimas que empeñan sus ojos apenas le
permiten distinguir la figura difuminada de su último deseo. Desde su forzosa residencia,
confinado en el también espectacular Fuerte Rojo de Agra, contempla inconsolable la
última morada de su adorada esposa Mumtaz Mahal. Como un espectro inalcanzable observa el
colosal mausoleo de resplandeciente mármol blanco que mandó erigir a orillas del río
Yamuna ... el Taj Mahal.
Diecisiete años estuvo casado con su amada y se le rompió el corazón
cuando falleció al dar a luz a su decimocuarto hijo en 1629. Trastornado por su muerte
quiso rendirle una última prueba de su pasión, pero su locura de amor le costó los
últimos años de su vida en reclusión. Sha Jahan tenía intención de construir un
segundo Taj -su propio mausoleo- hecho en mármol negro, un negativo del blanco Taj de
Mumtaz Mahal, justo enfrente, en la otra orilla del Yamuna. Su hijo, Aurangzeb, cansado de
los cuantiosos gastos arquitectónicos llevados a cabo por el monarca en Lahore, Delhi,
Agra y otras ciudades, decidió derrocarle y el segundo mausoleo nunca se erigió. El
ex-emperador quedó recluido para el resto de sus días en el Fuerte de Agra. Finalmente
sus cuerpos acabaron uno junto a otro en un edificio que durante siglos ha simbolizado el
amor eterno.
Han pasado más de tres siglos, corre el año 2.000. Repetimos la cola
que hicimos con José Enrique hace unas semanas, el objetivo con él era el Rajastán pero
hicimos una escapada rápida desde Delhi para que no se fuese de la India sin ver el Taj
Mahal. De nuevo, tras una larga cola de cientos de personas y ser cacheados por la guardia
de seguridad del mausoleo, conseguimos entrar al archifamoso enclave. El encanto del
precioso mausoleo nos seduce no solo sabedores de su romántica historia también es
innegable su indiscutible imponente presencia. El cambio de matices del mármol que
recubre su paredes no pasa desapercibido al espectador que a medida que transcurre el día
puede observar como la luz del sol le transforma el rostro a la inmortal obra.
Pero la contaminación que sufre la ciudad de Agra está poniendo en
peligro a esta maravilla arquitectónica y que sus "inmortales" días comiencen
a estar contados. Son varias las medidas que se han tomado para protegerle pero la
realidad que evoluciona a su alrededor (fábricas que han contaminado el río Yamuna,
altísima contaminación atmosférica) deja serias dudas sobre la efectividad de tales
medidas adoptadas. El sol del crepúsculo se ha vuelto lóbrego por la
espesa capa de nubes unidas a la de la devastadora contaminación, malos tiempos para la
exhibición de la belleza.
Pero el esplendor y leyendas del Imperio Mogol tienen más
manifestaciones en las cercanías de Agra.
Año 973 de la Hégira, 1568 de la era cristiana. El emperador Akbar
realiza una peregrinación a Sikri, atormentado por la ausencia de un heredero varón vino
a consultar al santo sufí Shaik Salim Chishti. Se marchó feliz cuando oyó de la boca
del piadoso asceta que le nacerían tres varones. Y efectivamente, al año nació el
príncipe Salim, futuro Jahangir. Tres años después de su primer encuentro con el Sheik
volvió a visitarle y decidió construir ahí la capital imperial, acaba de nacer
Fatehpur. Hoy en día, los fieles siguen peregrinando y haciendo colas para pedir
descendencia ante la tumba de este santo. Yo no entré "por si acaso", que
todavía quedan dos años de ruta.
Deambulamos por Fatehpur Sikri, una extraña y costosa fantasía
arquitectónica realizada por el emperador Akbar. Extraña, porque resulta la síntesis de
estilos muy variados, indo-musulman, hindú, elementos de los vihara (monasterios)
budistas, e incluso detalles influenciados por el arte de Europa occidental. Costosa,
porque este enclave, hoy una ciudad fantasma, se creó con todos los fastos que requería
la nueva capital del Imperio Mogol, aunque tan solo lo fue durante 10 años. Ante esta
opulencia imperial y de juegos estilísticos, no podemos evitar pensar que los que la
diseñaron, incluyendo al mismo emperador, tuvieron que divertirse mucho imaginándose
todas esas formas arquitectónicas de un barroquismo que a veces aturde.
EL ÚLTIMO SACRIFICIO
"La cabeza no para de gotear sangre. El guerrero rajput tiene en
una mano, enredados entre sus dedos, los intensos cabellos negros de la cabeza de su
esposa, en la otra la espada con la que cortó su cuello. La misma espada con la que
luchará hasta que su vida se esfume como la de su fiel y desdichada esposa. Se cuelga del
cuello la cabeza decapitada y se lanza hacia el combate final". Los trágicos y
desgarradores finales de la historia rajput escriben una nueva leyenda entre las murallas
del fuerte de Gwalior. El sultán de Delhi conquista este enclave rajput en 1.232 ... no
queda nadie con vida después de la batalla. Y una vez más, la "jauhar" se ha
cumplido, el gran pozo todavía humea con los restos de las mujeres de los guerreros que
se han autoinmolado en sacrificio colectivo antes que caer en manos de su enemigo. De
nuevo el conquistador se encuentra con esa pasional y salvaje intransigencia del
particular sentido del honor rajput.
Nos envuelve una atmósfera gris y húmeda. El viento arrecia y por fin
estalla la tormenta. Un intenso aguacero era lo que menos falta nos hacía para conducir
por la India. Los accidentes se manifiestan a lo largo del camino hacia Gwalior en sus
versiones más dantescas. El demonio va sobre ruedas en la India. En un e-mail a nuestro
apreciado Víctor de Islamabad se lo explicamos muy explícitamente: "... conducir
por aquí, es como practicar la ruleta rusa. El tambor tiene 5 espacios vacíos ... y una
bala. Ya hemos tenido dos gatillazos sin bala ... confiemos que no salga el tiro la
próxima vez." Eso es, confiemos, confiemos, ... Pero logramos alcanzar el último
bastión de los guerreros rajpures de la Edad Media.
La tormenta vespertina caída ayer nos despeja todo el horizonte de
nubes y la enorme fortaleza de Gwalior se distingue perfectamente silueteada sobre la
colina que corona la ciudad... pero antes hay que llegar a ella. Esta ciudad, como todas,
sigue invadida por esos gremlins malignos reencarnados en máquina: los rickshaws. Y
mientras vamos esquivando estas insensatas cuadrillas motorizadas, sin olvidar las
imprevisibles apariciones de las eternas vacas errantes con sus vacías miradas, nos vamos
acercando al estrecho camino que asciende hacia el fuerte.
Por las paredes rocosas que flanquean la angosta ascensión, los
jainistas -y posteriormente los budistas- se dedicaron hace 500 años a penetrar en las
rocas para moldearle imponentes esculturas. Y como si la roca cobrara vida nos sorprenden
esos ojos de piedra que nos vigilan en cada recodo del sendero que avanza en lento
peregrinar hacia el cielo.
-Mira a tu derecha -me dice Vicente para que detenga el coche. Miro y
quedo maravillada. Mi imaginación vuela. Es un gigante convertido en roca por el
sortilegio de una hechicera alocada. Es Adinath, el primer Jina jainista, el que nos
observa desde su ventana de piedra y nos hace sentir minúsculos con sus más de 17 metros
de altura.
Una curva sigue a otra curva, una puerta a otra puerta. Los muros se
van abriendo y el interior del fuerte nos va despejando la llegada hacia la perla de este
complejo: el Palacio Pintado (Chit Mandir), una obra de arte refinada bajo el reinado del
rajá Man Sing. Su fachada de azulejos resplandecientes en tonos verdes, azules y amarillo
se combinan para dar forma a elefantes, tigres, pavos reales o patos. El mármol, la
piedra y los mosaicos juegan con una premeditada combinación en el interior, donde sus
únicos habitantes son legiones de murciélagos que compiten por colgarse de la mejor
estalactita de piedra de los suntuosos techos del palacio.
Hacia los elegantes y profusamente esculpidos templos de Sas (la
suegra) y de Bahu (la nuera) nos topamos con unos adolescentes de uniforme jugando al
cricket. En el interior del fuerte se encuentran las instalaciones de un complejo
educativo. No podían elegir un enclave más privilegiado para estudiar la historia al
tiempo que practican un deporte heredado de otros colonizadores que pasaron por su tierra
no hace mucho, los británicos.
Mausoleos, palacios, templos profusamente decorados con esculturas
talladas salpican el espacio que se extiende entre las paredes fortificadas del antiguo
enclave arrebatado por los mogoles a los orgulloso guerreros rajpures. La pira funeraria
de su interior recuerda la diabólica inmolación de las mujeres rajputs.
ORGULLO DE MUJER
"El Imperio Británico se asienta en la India. Promulgan una ley
por la cual si un rajá muere sin dejar un heredero varón se adueñaran del principado
bajo su protección. En 1853 muere el rajá de Jhansi sin dejar descendencia. Su esposa,
la rani, no está de acuerdo con está ley. Años después, en 1857, estalla un motín de
levantamiento contra el poder británico que se extiende por casi toda la India y la rani
aprovecha para ponerse a la cabeza del de Jhansi. Aunque consigue vencer a los británicos
las luchas internas entre las fuerzas rebeldes debilitan su presión y en un último
intento de defender lo que le pertenece por derecho, se lanza a un último combate en
Gwalior. Vestida de hombre y a lomos de su caballo, la rani de Jhansi, luchó hombro con
hombro junto a sus hombres hasta que murió con la espada en la mano en el campo de
batalla. Eran otros tiempos, eran otros valores". Cada piedra de Gwalior puede hablar
de leyendas con carácter propio.
Hemos recorrido más de cien kilómetros rumbo sur, hacia el reborde
septentrional de la llanura del Deccán. Estamos en una isla, la aguas del río Betwa
-afluente del Yamuna- nos rodean, como rodean desde hace siglos al complejo palaciego de
Orchha, nos hallamos en el corazón de otra capital perdida, en otro enclave repleto de
leyendas. Orchha ha postergado en su memoria las luchas y disputas territoriales para
convertirse en un pacífico lugar inolvidable, en un sueño intemporal. Aquí la
población sigue con su vida como si los forasteros que nos paseamos por sus calles en
busca de su pasado no existiésemos, como si fuéramos ... lo que realmente somos, unos
extraños de paso que hoy llegan y mañana se marchan, alguien por quién no merece la
pena cambiar las costumbres. Continúan con su vida sin agobiar ni importunar al viajero
que se pierde entre los muros de los suntuosos palacios de Raha Mahal o Jahangir Mahal,
con sus pinturas murales que recrean escenas de la mitología de Krishna.
A los pies de los contrafuertes palaciegos montamos nuestro campamento.
Sobre sus muros recibimos los primeros rayos del sol y desde uno de los balcones de sus
palacios, vislumbramos el marchito -pero todavía espectacular- recuerdo del prodigioso
edén que el río Betwa creó en sus dominios. Oteamos desde sus miradores lo que luego
recorreremos a pie. Vislumbramos los templos de Chaturbhuj y de Ram Raja en el centro del
pueblo y siguiendo con la vista un sendero de casi dos kilómetros detenemos los ojos en
lo alto de un promontorio, un santuario nos llama poderosamente la atención. Es el templo
de Laksmi Narayan, donde pinturas sobre la vida de dioses hindúes se entremezclan con
escenas de batallas con los británicos. Seguimos avanzando por senderos de leyendas.
De nuevo el río, y por él surgen los personajes más inesperados.
Aparece un sadhu, un místico que en su búsqueda espiritual se desplaza como un alma en
pena. Con sus ropajes amarillo azafrán se sienta sobre una de las rocas de la orilla y
entona una oración. Nos quedamos contemplándole y oyendo sus incesantes cánticos. Hemos
visto muchos sadhus pero ninguno así, hemos oído muchos cánticos pero ninguno así.
Tiene el pelo recogido en un moño, un barba enmarañada y la cara pintada del mismo
amarillo que el de sus ropajes. Bendiciendo a viajeros autóctonos o foráneos obtiene la
ayuda necesaria para comer y dormir. No pide más pues han abandonado todo lo material.
Hoy es martes, tenemos que conectar el teléfono satélite, todos los
martes y jueves, de 10 a 10.15 de la mañana hora local española, orientamos la
parabólica de nuestro Inmarsat Ibérica y establecemos conexión. Si hubiese algo urgente
que notificarnos, es el momento en que se puede enlazar con nosotros, aunque estemos en el
lugar más remoto e inaccesible de nuestra ruta. Nos paramos bajo la sombra de un árbol,
colocamos el teléfono sobre el capó de nuestro todo terreno, enlazamos con el satélite
y vuelve aparecer el sadhu. Ahora somos nosotros los contemplados, el mundo al revés, el
cazador "cazado". Ha visto muchos coches pero ninguno así, ha visto muchos
teléfonos pero ninguno así. Se llama Gautam, nos entendemos por señas.
Aprovechábamos el alto forzoso de 15 minutos para picotear un poco, le
ofrecemos agua y compartimos las galletas. Nos sonríe, lo acepta y cuando acaba se sube a
la rama de uno de los árboles que nos rodea. Parece un druida ahí encaramado. Escucha el
ruido del claxon de un autobús que cruza a todo tren el estrecho puente del río Betwa.
Pega un brinco desde su rama, detiene al autobús, se acerca a las ventanillas y bendice a
los pasajeros. Le dan algunas rupias. El conductor se impacienta y vuelve a tocar el pito
irritantemente para seguir su camino. Gautam también sigue el suyo.
EL IMPERIO DE LA PIEDRA
Así es la historia indostánica, una sucesión de imperios y creencias
que se entremezclan en un asombroso cóctel, un territorio donde puedes encontrar la más
variada y diferente profusión de credos y costumbres. Si el sadhu de Orchha nos
proporcionó una pincelada del folklore hinduista, será el emperador Ashoka el que nos
permita citarnos con el budismo en Sanchi.
El emperador Ashoka es un viejo conocido con el que nos citamos en
Pakistán. En el vecino país conocimos los revolucionarios edictos que promulgó cuando,
horrorizado por sus propias guerras, se convirtió al budismo. Y fue ese mismo emperador
el que introdujo esta creencia en tan apartado lugar en la India.
Por la mañana temprano el calor no aprieta demasiado ... todavía.
Estamos solos cuando nos situamos frente a las toranas de la gran estupa. Son un imponente
legado, espectaculares puertas de entrada que dan acceso a los santuarios budistas. Una
auténtica "Biblia" ilustrada sobre las diversas reencarnaciones de Buda, muchas
veces en un animal. El trabajo realizado a conciencia en la piedra vuelve a dejarnos
impresionados, las miniaturas no parecen hechas por escultores sino por cirujanos. Allí
están también las "yaksha", voluptuosas féminas, que escoltan uno de los más
valiosos emblemas budistas: la Rueda de la Ley.
Escuchamos un murmullo y pasos sobre el suelo de piedra que empieza a
calentarse por el sol que hoy va a ser guerrero. Comenzamos a girar en el sentido de las
agujas del reloj por la gran estupa hasta que nos unimos a un grupo de budistas. Han
llegado desde Sri Lanka para visitar todos aquellos lugares que en la India conservan la
fe que ellos profesan. Mujeres, hombres, niños y monjes con sus inconfundibles túnicas
naranjas y rojas siguen girando alrededor de la estupa mientras rezan. El emplazamiento
deja de ser un muestrario de arte milenario para cobrar vida con sus auténticos fieles,
que no lo observan como arte e historia sino con respeto y devoción.
El bochorno ya es insoportable, es el primer día de "gran
calor" que tenemos este año. Las gotas de sudor que resbalan descontroladas por la
frente y por la espalda son el indicativo de una presencia que nos va acompañar desde
ahora en adelante en nuestro camino hacia Hyderabad, hacia Goa, hacia Kerala ... hacia el
sur ... hacia el tórrido sur.

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Ruta por India central.
(Ampliación en link).

Los dos últimos días con José Enrique en Delhi fueron de trabajo intenso en el camping,
los ordenadores no se apagaban hasta el momento de acostarnos. También se minutaron horas
y horas de imágenes grabadas en vídeo durante los últimos seis meses, la grabadora HP
no paró de trabajar haciendo varias copias en CD ROM de las miles de fotos digitales e
informes, embalamos decenas de carretes de diapositivas, la impresora portátil Olivetti
va imprimiendo documentos y poderes que José Enrique se tenía que llevar firmados,
cartas e instrucciones para nuestra muy querida, imprescindible y "sufridora"
amiga Reyes sobre lo que debe hacer con todo este material, ... Todo ello y nuestros
mejores deseos y agradecimientos a todos los que se desviven desde España por ayudarnos
... iba a partir en un ave de metal que emigraría hacia poniente.

Balada de Amor. El Taj Mahal fue construido por el emperador mogol Shah Jahan, que
trastornado por la muerte de su amada esposa quiso rendirle una última prueba de su
pasión construyéndole este espectacular mausoleo a orillas del Yamuna. Pero su locura de
amor le costó los últimos años de su vida en reclusión. Su hijo, Aurangzeb, acabó con
las costosas excentricidades de su padre, lo destronó y lo confinó de por vida en el
Fuerte Rojo de Agra, frente al colosal mausoleo que mandó erigir y que ahora se levantaba
ante él como un espectro inalcanzable, reflejo de su inconsolable pena ...y tragedia.
El encanto del precioso mausoleo seduce no solo por su romántica historia sino por su
indiscutible, fastuosa e imponente presencia ... que lo ha convertido en el símbolo de la
India. (Más fotos en link)

Pero la belleza del Imperio Mogol tiene más manifestaciones en las cercanías de Agra.
Llegamos a Fatehpur Sikri, una extraña y costosa fantasía arquitectónica realizada por
el emperador Akbar. Extraña, porque resulta la síntesis de estilos muy variados; costosa
porque este enclave, hoy una ciudad fantasma, se creó con todos los fastos que requería
la nueva capital del Imperio Mogol, aunque tan solo lo fue durante 10 años. En la foto,
la entrada a la Gran Mezquita de Sikri. (Más fotos en link)

El demonio va sobre ruedas en la India. La deidad hindú Durga Debi, en el cuadro del
suelo, no protegió a este camión y acabó en un terrible accidente ... como acaban
cientos de camiones diariamente en la India. En un e-mail a nuestro apreciado Víctor de
Islamabad se lo explicamos muy explícitamente: "... conducir por aquí, es como
practicar la ruleta rusa. El tambor tiene 5 espacios vacíos ... y una bala. Ya hemos
tenido dos gatillazos sin bala ... confiemos que no salga el tiro la próxima vez."
Eso es, confiemos, confiemos, ...

Y como si la roca cobrara vida nos sorprenden esos ojos de piedra que nos vigilan en cada
recodo del sendero que avanza en lento peregrinar ascendente hacia la fortaleza de
Gwalior. "Mira a tu derecha", me dice Vicente para que detenga el coche. Miro y
quedo maravillada. Mi imaginación vuela. Es un gigante convertido en roca por el
sortilegio de una hechicera alocada. Es Adinath, el primer Jina jainista, el que nos
observa desde su ventana de piedra y nos hace sentir minúsculos con sus más de 17 metros
de altura. (Detalle en link)

Por las paredes rocosas que flanquean la angosta ascensión a la acrópolis de Gwalior,
los jainistas -y posteriormente los budistas- se dedicaron hace 500 años a penetrar en
las rocas para moldearle imponentes esculturas. Hoy en día siguen siendo visitadas por
los fieles, que las adornan con guirnaldas de flores como muestra de veneración.
(Detalles en link)

Una curva sigue a otra curva, una puerta a otra puerta. Los muros se van abriendo y el
interior del fuerte nos va despejando la llegada hacia la perla de este complejo: el
Palacio Pintado (Chit Mandir), una obra de arte refinada bajo el reinado del rajá Man
Sing. (Detalles en link)

Los amiguitos indios de Batman. En el interior de todos los palacios deshabitados ...
moran legiones de murciélagos que compiten, a empujones, por colgarse de la mejor
estalactita de piedra de los suntuosos techos del palacio. Hay que moverse con sigilo, el
vuelo simultáneo de cientos de estas "criaturillas de la noche" provocaría un
cuerpo a tierra inmediato en esa sala.

A los pies de los contrafuertes palaciegos de Orchha montamos nuestro campamento. Sobre
sus muros recibimos los primeros rayos del sol y desde uno de los balcones de sus
palacios, vislumbramos el marchito -pero espectacular- recuerdo del prodigioso edén que
el río Betwa creó en sus dominios. Oteamos desde sus miradores los templos de Chaturbhuj
(en la foto) y de Ram Raja en el centro del pueblo. Orchha ha postergado en su memoria las
luchas y disputas territoriales medievales para convertirse en un pacífico lugar
inolvidable, en un sueño intemporal. (Detalles en link)

Siguiendo un sendero de casi dos kilómetros, en lo alto de un promontorio, llegamos el
templo de Laksmi Narayan, donde pinturas sobre la vida de dioses hindúes se entremezclan
con escenas de batallas en Orchha contra los británicos. Seguimos avanzando por senderos
de leyendas. (Detalles en link).

De nuevo el río Betwa, y por él sugen los personajes más inesperados. Aparece un sadhu,
un místico que en su búsqueda espiritual se desplaza como un alma en pena. Con sus
ropajes amarillo azafrán se sienta sobre una de las rocas de la orilla y entona una
oración. Nos quedamos contemplándole y oyendo sus incesantes cánticos. Hemos visto
muchos sadhus pero ninguno así, hemos oído muchos cánticos pero ninguno así. (Detalle
en link).

Hoy es martes, tenemos que conectar el teléfono satélite, todos los martes y jueves, de
10 a 10.15 de la mañana hora local española, orientamos la parabólica de nuestro
Inmarsat Ibérica y establecemos conexión. Si hubiese algo urgente que notificarnos, es
el momento en que se puede enlazar con nosotros, aunque estemos en el lugar más remoto e
inaccesible de nuestra ruta. Nos paramos bajo la sombra de un árbol, colocamos el
teléfono sobre el capó de nuestro todo terreno, enlazamos con el satélite y vuelve
aparecer el sadhu. Ahora somos nosotros los contemplados, el mundo al revés, el cazador
"cazado". Ha visto muchos coches pero ninguno así, ha visto muchos teléfonos
pero ninguno así. Se llama Gautam, nos entendemos por señas.

Escuchamos un murmullo y pasos sobre el suelo de piedra que empieza a calentarse por el
sol que hoy va a ser guerrero. Comenzamos a girar en el sentido de las agujas del reloj
por la estupa hasta que nos unimos a un grupo de budistas. Han llegado desde Sri Lanka
para visitar todos aquellos lugares que en la India conservan la fe que ellos profesan. El
emplazamiento deja de ser un muestrario de arte milenario para cobrar vida con sus
auténticos fieles, que no lo observan como arte e historia sino con respeto y devoción.

Estamos frente a las toranas de la gran estupa. Son un imponente legado, espectaculares
puertas de entrada que dan acceso a los santuarios budistas. Una auténtica
"Biblia" ilustrada sobre las diversas reencarnaciones de Buda, muchas veces en
un animal. El trabajo realizado a conciencia en la piedra vuelve a dejarnos impresionados,
las miniaturas no parecen hechas por escultores sino por cirujanos. (Detalle en link)
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