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El cielo turquesa sobre
nuestras cabezas, la dorada Jaisalmer a nuestros pies, las murallas de la
"Sunar Qila" -fortaleza de oro- delante de nosotros y las
azafranadas arenas del infinito desierto del Thar a nuestras espaldas ...
desde la terraza superior del histórico Narayan Niwas Palace nos dejamos
llevar por la imaginación y los sentimientos. Ha amanecido en la capital de
las arenas.
Que extraña villa, parece que seguimos durmiendo
y que estamos dentro de uno de esos sueños de aventuras orientales. Si no
fuera por el turismo, este pueblo ámbar sería un enclave olvidado en medio de
las arenas del Thar, en uno de los confines más desdeñados de la hermética
frontera indo-pakistaní. Las casas que rodean el fuerte parecen una gasa que
flota a su alrededor, como un vestido que se ha quedado demasiado holgado
como consecuencia de algún infortunio.
Jaisalmer perdió su papel de "puerto del desierto" hace tiempo, en
el mismo instante en que la India y Pakistán se separaron e iniciaron su
primera guerra y todas las rutas comerciales quedaron definitivamente
cortadas. Un puerto en un mar de arena que no se puede surcar ... se
transforma en un espectro condenado a volatilizarse en la nada. Pero era una
villa hermosa, muy hermosa, demasiado hermosa ... eso la salvó justo a
tiempo.
La historia de su salvación es tan contradictoria como la historia de la
propia humanidad. India hace su primera prueba atómica en el desierto del
Thar, cerca de Pokaran, 110 km. al este de Jaisalmer. Utilizan Jaisalmer como
lugar de alojamiento de las autoridades y de la Primera Ministra de la
nación, Indira Gandhi. La ciudad es un espíritu sin vida, queda muy poca
gente, el viento se come la piedra de los hogares que antaño rebosaban vida,
los escasos pozos están siendo sepultados por las arenas, las lujosísimas
havelis están selladas y abandonadas porque ya no hay comercio, el fuerte se
desmorona, pero ... su gallarda prestancia sigue intacta.
Indira Gandhi queda impresionada y crea un departamento para la recuperación
y salvación de Jaisalmer. Quien iba a pensar que la más terrorífica arma
creada por el hombre iba a suponer la salvación de una joya irremplazable a
punto de desvanecerse para siempre. Pero así de paradójica es la humanidad,
tan sumida en el anhelo de la destrucción masiva como en el afán por
preservar lo hermoso. Nunca vimos tan clara la rivalidad del bien y el mal,
el antagonismo del cielo y el infierno, la contraposición del Yin y el Yan,
... como en el corazón de estas arenas.
LA CAPITAL DE LAS
ARENAS
Perderse por el laberinto de callejuelas de Jaisalmer producen un placer
difícilmente descriptible. Tampoco podemos, ni debemos, olvidar la presencia constante
de las vacas, algunas con muy mal genio, en su intento de cornearte a
empujones cuando se obstinan en pasar por donde tu te has parado, provocando
una sensación desconcertante (tanto o más que sus elocuentes y oloríficos
rastros). Pero elevamos la vista por encima de la contundente cotidianidad
para dejar paso a la seductora historia que ha quedado tallada en sus piedras
de arenisca. Las majestuosas mansiones (havelis) de los prósperos mercaderes
y de los ricos marwaris (miembros de las grandes castas de Baniya) que antaño
habitaron en la ciudad, siguen siendo un testimonio vivo de la grandeza de
otra época que fue apagándose con el ocaso de las rutas caravaneras.
Estas suntuosas mansiones familiares lucen balcones, baldaquinos, ventanas,
miradores, escalinatas, arquerías, ... de piedra repujada hasta detalles
inverosímiles. Y celosías, muchas celosías en las fachadas, había que
salvaguardar el honor de sus mujeres.
Nos vamos dejando llevar por el gentío, hablamos con los lugareños, nos
paramos en los comercios, nos dejamos maravillar por su arquitectura,...¿Pero
como es posible? Ya está ahí la puesta de sol.
Quizás sea cierto que en este lugar nadie es consciente que el tiempo pasa.
Las murallas que rodean al fuerte son iluminadas al atardecer, las luces
titubeantes de la ciudad que a sus pies se extienden brotan como traviesas
luciérnagas en la noche. Pero también nos recuerdan las llamas de las piras
funerarias a las que debían lanzarse las mujeres y los hijos de los rajput
para cumplir el jauhar, uno de los legendarios -y terribles- códigos de honor
y de caballería rajput. No se podían doblegar ni ante un enemigo obviamente
superior. Cuando llegaba el momento del enfrentamiento "final" se
ataviaban con túnicas de color azafrán, se afeitaban la cabeza y los clanes
guerreros rajpures se dirigían al galope a una muerte segura. Su orgullo, el
honor, su intocable independencia, estaban por encima de todo, incluso de la
muerte. Los hombres perecían en el campo de batalla y las mujeres y los hijos
de los guerreros consumaban el jauhar en una vasta hoguera creada en un gran
pozo de la fortaleza.
La historia transcurre y sus marajás fueron negociando alianzas cuando el
Imperio Británico alcanzó el subcontinente indio. Las excentricidades
ocuparon el lugar de los viejos códigos medievales, dilapidándose auténticas
fortunas. Cuando Indira Gandhi suprimió sus privilegios, muchos marajás
transformaron sus palacios y castillos en hoteles de lujo y poder así
garantizar su supervivencia. Y francamente, desde un punto de vista puramente
placentero, es un gusto que hay que darse al menos una vez en la vida y
comprobar esa frase extraída de la sabiduría popular "vive como un
marajá".
ENCUENTROS EN LA
CIUDAD DORADA
Bajamos al jardín del Narayan Niwas Palace, nos sentamos y vamos pasando al
disco duro del ordenador las fotos digitales del día de hoy. Recordamos
que en este preciso lugar, conocimos hace unos años a un infatigable viajero,
al periodista Jesús Torquemada y a su mujer Flor.
Fue "el principio de una larga amistad" y nos sigue fielmente desde
su programa radiofónico de viajes "La Brújula", incluso conectando
con la expedición a través del teléfono satélite. Marián se medio incorpora
con cara de asombro, buena fisonomista y siempre atenta a lo que pasa a nuestro
alrededor ... piensa en voz alta.... "yo diría que ese señor que acaba
de entrar al patio es Fernández Sánchez Dragó". Nos volvemos José
Enrique y yo al unísono y efectivamente, es él, uno de los más ilustres
viajeros de España (74 países en su haber), galardonado escritor, periodista,
corresponsal, filólogo,... José Enrique le saluda efusivamente, Fernando nos
devuelve el saludo muy afectuoso, como si nos conociera de toda la vida, y se
sienta con nosotros. No pierde nunca la sonrisa. Los encuentros fortuitos
entre viajeros en los lugares más recónditos del mundo crean una sana
espontaneidad de cariño y camaradería. Hablamos de los motivos que a ambos
nos ha vuelto a acercar a este mágico lugar. Acabamos cenando juntos y nos
divertimos intercambiando mil historias de viajes y aventuras por los cinco
continentes, entre sorbo y sorbo de un aromático "masala tea". Una
marioneta rajput pende sobre un hilo junto a otras compañeras que pendulean
por la estancia donde nuestras risas y nuestras palabras no cesan.
Compartimos tres días en la Ciudad Dorada. Realmente Jaisalmer es un lugar
mágico. Pero también conocemos a muchos personajes anónimos para todos
mientras deambulamos por las calles de Ciudad de Oro durante los días que
allí permanecimos. Así conocimos a Santos, una preciosa rajput de ojos
avellana, que siempre va allí donde tiene la posibilidad de obtener unas
cuantas rupias vendiendo collares, pulseras y tobilleras de cascabeles, las
mismas que han usado ellas y sus ancestros femeninos desde hace varias
generaciones. Siempre con su pequeño Ganesh en brazos, a sus 18 años ya es su
segundo hijo, el mayor ha cumplido los tres años ... Al final acabamos siendo
casi íntimos. José Enrique es un virtuoso de la guitarra y no se puede
resistir a arrancarle unas notas a la sitara que el marido de Santos toca sin
cesar. El sonido es profundo, como un gemido lastimero que penetra hasta el
alma. Le indica como colocar los dedos y como arañar con la varilla las
cuerdas del quejumbroso instrumento.
Las telas de los puestos que asoman por el camino al fuerte hondean con mil
colores, bordados y espejos, al igual que lo hace el estandarte del marajá
desde lo más alto del palacio Raj Mahal, donde vivió y gobernó a la
"Ciudad Dorada", como es invocada en las antiguas crónicas. Y en
cada ocaso la ciudad sigue honrando a su sobrenombre y nos permite contemplar
los preciosos brillos dorados que el sol de poniente arranca a los muros de
arenisca.
Y un poco más allá de esta grandiosa obra que ha creado el hombre se
encuentra la nada, el desierto del Thar. Después de mucho tiempo, nuestro
Montero vuelve a probar las dunas pero ... la frontera está demasiado cerca.
No se goza de libertad absoluta pero sí de la suficiente para acceder a
algunos de los pueblos rajput en la ruta hacia Sam Dunes. En nuestro avance
nos topamos con diminutos cultivos de mijo, muchachos recogiendo bayas o
chicos pastoreando rebaños de ovejas o cabras. Las campanillas que ponen los
cabreros en su ganado transforman ese tintineo en la música del silencioso desierto.
Hay muchos dromedarios en Sam Dunes, pero ahora dejan mil huellas
transportando a los viajeros que desean contemplar la puesta de sol entre las
dunas. Ya no cargan oro, seda o especias, transportan los sueños de aquellos
visitantes que por una tarde se quieren sentir Aladinos o Sherezades.
Pero antes de abandonar el Thar, descinchamos los bidones y vaciamos el
contenido de los dos últimos en el depósito. Será el último repostado en el
desierto durante mucho tiempo, es un acción repleta de significado ... nos
surge la pregunta, ¿cuándo volveremos a utilizar los bidones de emergencia?
Seguramente dentro de muchos, muchísimos meses, quizás más de un año. Tal vez
sea en ... ¿Australia?
Colocamos de nuevo los bidones en la baca y los estibamos cuidadosamente,
casi con ternura, como cuando guardamos en el armario el preciado abrigo que
nos ha dado calor durante el largo invierno ... pero que con la llegada de la
primavera ha dejado de ser necesario ... hasta que el frío regrese con el
siguiente invierno. Ese día lo desdoblaremos cuidadosamente y le volveremos a
dar la bienvenida a nuestra vida.
Última comprobación, intento mover los bidones ... no se desplazan ni un
milímetro. Sí, los hemos cinchado firmemente, nos sacudimos la rubia arena
del Thar, ... quizás la próxima vez que repitamos esta operación nos
tendremos que sacudir la arena púrpura de Queensland.
LA CIUDAD DE LA
AURORA
El resplandor dorado de Jaisalmer se disipa en la bruma del ayer cuando nos
dirigimos hacia Udaipur. Recorremos más de 500 km pero antes de entrar en
Udaipur arribamos al templo jainista de Ranakpur. La luz del atardecer incide
en su fachada. En su interior, el detalle del trabajo en el mármol es
espléndido. Las 1.444 columnas que sostienen este fastuoso templo no son una
igual a la otra. Nos empleamos a conciencia y de las columnas que estudiamos
a fondo siempre hay algún detalle que la distingue de las otras.
La llegada a Udaipur fue dura, de noche y a
través de 90 km. de una estrecha y zigzagueante carretera de montaña. Pero la
recompensa fue dulce, nos instalamos en el Lake Pichola Hotel, en la
mismísima orilla del grandioso lago del mismo nombre. Se trata de una antigua
villa palaciega transformada en un exquisito hotel de espectaculares vistas
con el encanto del sabor de la India romántica. Las luces que iluminan el
Palacio de la Ciudad le confiere el encanto de un palacio de las Noches de
Oriente. De nuevo la magia se conjuga en su máxima expresión.
Y el Rajastán se convierte en sinónimo de hechizo de luna. Por la mañana,
desde su terraza al borde del plácido lago, contemplamos maravillados las
vistas sobre el templo Jagdish y el Palacio de la Ciudad. Pero lo que de
verdad nos cautiva la vista es el espectáculo de los ghats (escalinatas de
piedra que desembocan en el agua), donde las mujeres de la ciudad emprenden
la vigorosa tarea de lavar la ropa a golpe de garrote, mientras otras se
bañan sin ningún fingido pudor.
Las callejuelas por las que esquivamos las vacas, las abundantes y sagradas
vacas, y por donde las bicicletas nos esquivan a nosotros nos conducen a la
zona real. El Palacio de la Ciudad te obliga a elevar la vista hasta lo más
alto, jactándose de su gallardo encanto. De nuevo, las vistas sobre la ciudad
y sus lagos y la suntuosidad de las estancias impregna el ambiente de la
fragancia de otra época. Udaipur, la "Ciudad de la Aurora", es
"regia", no "guerrera", no tiene una poderosa ciudadela
que evoque el pasado brutal y opulento de los clanes rajputs.
Aquí, el agua, la tierra y el cielo se combinan para crear un verdadero
paraíso Tiene los más refinados y exquisitos palacios, a orillas -y dentro-
de lagos esmeraldas y turquesas, engarzados en el centro de una guirnalda de
jardines del Edén. En este valle, damasquinado entre las altas colinas de las
montañas Arawali, se encuentra lo que muchos consideran la ciudad más
romántica del Rajastán. Regresamos a nuestro refugio del lago Pichola y a
través de las arquerías polilobuladas del gran salón disfrutamos del
espectáculo de luces con el que el sol juega, cada atardecer, sobre la
fachada del Palacio de la Ciudad. Y de nuevo la vista se nos va hacia el ghat
que esta mañana nos ofrecía un retazo del cotidiano espectáculo de la ciudad.
Ahora nos muestra como el escenario se va vaciando, las mujeres se repliegan con
los barreños de ropa acoplados sobre sus cabezas. Andan muy erguidas, el peso
es grande, una costumbre que aunque condena su espina dorsal de por vida les
permite andar con más clase que las más envidiadas modelos de alta costura.
Todo Rajastán está repleto de fortalezas en altos riscos, palacios exóticos
que parecen sacados de un cuento de hadas y fascinantes relatos de la
caballería y el heroísmo medieval. Pero no sólo vemos la arquitectura,
estamos conviviendo con la historia. La fortaleza de Chittorgarh compendia lo
más trágico del profundo ideal romántico de la caballería rajput. Tres veces
en su larga vida, Chittorgarh fue saqueada por un enemigo más potente y en
cada ocasión, el fin tuvo lugar a la usanza rajput del "jauhar"
ante un destino irreversible. Tres veces los hombres se engalanaron con sus
túnicas de color azafrán, abandonando el fuerte para lanzarse a un combate de
muerte segura. Tres veces las mujeres y los niños se inmolaron en una enorme
pira funeraria. El honor era siempre más importante que la muerte. La última
jauhar data del siglo XVI cuando el emperador mogol Akbar tomó la ciudad,
8.000 guerreros salieron cabalgando hacia la muerte.
Ahora, sus templos y estancias solo son recorridas por inquietos y pícaros
monos lémures ansiosos por conseguir comida. La torre de la Victoria
conmemora un triunfo guerrero del siglo XV, el del marajá Kumbha, y una época
que ha cuajado la memoria de leyendas medievales de honor y orgullo.
Chittorgarh queda anclada en lo alto de la colina como así ha quedado anclado
su glorioso pasado medieval. Desde esta empalizada decimos adiós al Rajastán,
un estado repleto de lujo, bellezas y leyendas. ¿Adiós? Mejor le decimos
"hasta la vista", porque aunque no volvamos físicamente ... siempre
permanecerá en nuestras mentes y regresaremos a su recuerdo siempre que lo
añoremos.

Dedicamos las crónicas
del Rajastán a nuestro querido amigo José Enrique Simó, agradeciéndole la
gran labor que está realizando para la Ruta de los Imperios y por haberse
reunido con nosotros durante una etapa tan significativa y convertirla en un
recuerdo imborrable.
HOTELES CON ENCANTO DEL
RAJASTÁN

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Ruta por el Rajastán. (Ampliación de mapa en
link)

La fortaleza de Jaisalmer, emplazada en pleno
desierto del Thar, parece sacada de "Las mil y una noches", y
podremos trasladarnos fácilmente con la imaginación a la Edad Media. Esta
ciudad mágica, incomparablemente romántica y totalmente intacta, ha recibido
la denominación de la "Ciudad Dorada" debido a los tonos que el sol
poniente arranca de sus murallas de piedra. (Más fotos en link)

La seductora historia ha quedado tallada en sus
piedras de arenisca. Las majestuosas mansiones (havelis) de los prósperos
mercaderes y de los ricos marwaris (miembros de las grandes castas de Baniya)
que antaño habitaron en la ciudad, siguen siendo un testimonio vivo de la
grandeza de otra época que fue apagándose con el ocaso de las rutas
caravaneras.

Las suntuosas havelis lucen balcones,
baldaquinos, ventanas, miradores, escalinatas, arquerías, ... de piedra
repujada hasta detalles inverosímiles. Y celosías, muchas celosías en las
fachadas, había que salvaguardar el honor de sus mujeres.
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Bajamos al jardín del Narayan Niwas Palace, nos
sentamos y vamos pasando al disco duro del ordenador las fotos digitales del
día de hoy. Marián se medio incorpora con cara de asombro, buena fisonomista
y siempre atenta a lo que pasa a nuestro alrededor ... piensa en voz alta....
"yo diría que ese señor que acaba de entrar al patio es Fernández
Sánchez Dragó". Y efectivamente era él. Le saludamos efusivamente, es un
encuentro realmente inesperado. Fernando nos devuelve el saludo muy
afectuoso, como si nos conociera de toda la vida, y se sienta con nosotros.
No pierde nunca la sonrisa. Los encuentros fortuitos entre viajeros en los
lugares más recónditos del mundo crean una sana espontaneidad de cariño y
camaradería. Hablamos de los motivos que a ambos nos ha vuelto a acercar a
este mágico lugar. Acabamos cenando juntos y nos divertimos intercambiando
mil historias de viajes y aventuras por los cinco continentes, entre sorbo y
sorbo de un aromático "masala tea".

Pero también conocemos muchos personajes
anónimos para todos mientras deambulamos por las calles de la Ciudad de Oro.
Así conocimos a Santos, una preciosa rajput de ojos avellana, que siempre va
allí donde tiene la posibilidad de obtener unas cuantas rupias vendiendo
collares, pulseras y tobilleras de cascabeles, las mismas que han usado ellas
y sus ancestros femeninos desde hace varias generaciones. Siempre con su
pequeño Ganesh en brazos, a sus 18 años ya es el segundo hijo que tiene, el
mayor ha cumplido los tres años ... (Mujeres rajput en link)

Vida en el desierto del Thar. Mujer rajput con
su hijo en uno de los pueblos que brotan allí donde se encuentra un pozo de
agua. La elegancia, el arte y la hermosa decoración de sus casas mediante
pinturas es una de las señas de identidad del Rajastán, y que nos la
encontraremos hasta en los más recónditos pueblos perdidos. (Más fotos en
link)

El "monstruo" del desierto ... una
pavorosa tormenta de arena. Esta foto, cedida por el hotel Narayán Niwas
Palace, fue tomada por un soldado durante unas maniobras en el desierto del
Rajastán. Hemos vivido muchas tormentas de arena en el desierto pero nunca
como la que refleja esa imagen, eran de las que se van levantando poco a poco
hasta convertirse en una pesadilla imposible de olvidar. Pero ver esa foto es
algo nuevo, es un muro de arena que avanza inexorable ... como una gigantesca
ola terrestre que arrolla todo a su paso. Tiene que ser espeluznante ver algo
así dirigiéndose hacia nosotros.

Y un poco más allá de Jaisalmer, esa grandiosa
obra que ha creado el hombre, se encuentra la nada, el desierto del Thar.
Después de mucho tiempo, nuestro Montero vuelve a probar las dunas pero ...
la frontera está demasiado cerca. No se goza de libertad absoluta pero sí de
la suficiente para acceder a algunos de los pueblos rajput en la ruta hacia
Sam Dunes y tener inolvidables encuentros en el "gran vacío".

Es hora de regresar, hemos vaciado el contenido
de los dos últimos bidones en el depósito. Será el último repostado en el
desierto durante mucho tiempo, es un acción repleta de significado ... quizás
la próxima vez que necesitemos los bidones sea en ... Australia, dentro
muchos, muchísimos meses, quizás más de un año. Cuando terminamos de cincharlos,
nos sacudimos la rubia arena del Thar, ... seguramente la próxima vez que
repitamos esta operación nos tendremos que sacudir la arena púrpura de
Queensland.

Hemos llegado a Udaipur, la "Ciudad de la
Aurora". A través de las arquerías polilobuladas del gran salón del
hotel Lake Pichola disfrutamos del espectáculo de luces con el que el sol
juega, cada atardecer, sobre la fachada del Palacio de la Ciudad. En esta
ciudad, el agua, la tierra y el cielo se combinan para crear un verdadero
paraíso Tiene los más refinados y exquisitos palacios, a orillas -y dentro-
de lagos esmeraldas y turquesas, engarzados en el centro de una guirnalda de
jardines del Edén. En este valle, damasquinado entre las altas colinas de las
montañas Arawali, se encuentra lo que muchos consideran la ciudad más romántica
del Rajastán. (Más fotos en link)

Muchachas del Rajastán. (Ver link)

Surcamos la puerta Laksman, una de las siete
puertas que durante un zigzagueante kilómetro protegían el impresionante
fuerte de Chittorgarh. Pero no es un simple paseo por la arquitectura,
estamos conviviendo con la historia. La fortaleza de Chittorgarh compendia lo
más trágico del profundo ideal romántico de la caballería rajput. Tres veces
en su larga vida, Chittorgarh fue saqueada por un enemigo más potente y en
cada ocasión, el fin tuvo lugar a la usanza rajput del "jauhar"
ante un destino irreversible. Tres veces los hombres se engalanaron con sus
túnicas de color azafrán, abandonando el fuerte para lanzarse a un combate de
muerte segura. Tres veces las mujeres y los niños se inmolaron en una enorme
pira funeraria. El honor era siempre más importante que la muerte.

Ahora, los templos y estancias del fuerte de
Chittorgarh hace mucho que no oyen el sonido de las armas y son recorridas
por inquietos y pícaros monos lémures ansiosos por conseguir comida. La torre
de la Victoria, en la foto, conmemora un triunfo guerrero del siglo XV, el del
marajá Kumbha, y una época que ha cuajado la memoria de leyendas medievales
de honor y orgullo. Chittorgarh queda anclada en lo alto de la colina como
así ha quedado anclado su glorioso pasado medieval. Desde esta empalizada
decimos adiós al Rajastán, un estado repleto de lujo, bellezas y leyendas.
¿Adiós? Mejor le decimos "hasta la vista", porque aunque no
volvamos físicamente ... siempre permanecerá en nuestras mentes y
regresaremos a su recuerdo siempre que lo añoremos.
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