-¡Cuidado, que se nos viene encima! -Exclamo a Vicente.
-Ya lo veo, agárrate. -Me dice, mientras me aferro al asidero del todoterreno y el da un
volantazo que nos lleva al arcén de tierra. Se levanta una polvareda tremenda, el camión
pasa rozándonos como si no existiésemos y todos los vehículos que nos siguen
desaparecen en nuestra nube de polvo. Todos acabaron también en el arcén.
-No puedo acostumbrarme a estos sobresaltos. ¡Lo veo y no lo creo, es que pasan de todo!
-Clamo a Vicente, como si el pudiese hacer algo, cuando realmente no hay nada que hacer.
"Es así", las carreteras pakistaníes son así.
Si la carretera hacia Peshawar fue una pesadilla, ahora el recorrido
raya en el surrealismo total. Las especies de tramos de autovías que nos vamos
encontrando son como saltos al hiperespacio, donde hace un instante no había nada, de
repente aparece un camión fantasma echándonos de la carretera. En Pakistán, lo que
llaman "Highway" es una especie de autovía suicida. No entienden que una
autovía significa dos carriles para cada dirección, se interpreta como "dos
carreteras paralelas con doble dirección", cuando menos te lo esperas te aparece un
camión, tractor, coche, carro, bicicleta, moto, ... en dirección contraria, y
adelantando a otro vehículo que también viene en dirección contraria. Es decir, que
estamos en nuestro carril y no nos queda más remedio que "huir" por el arcén.
Eso sin contar la gran cantidad de animales sueltos que aparecen por cualquier lugar. Pero
hay que ser optimistas y estas "distracciones" impiden que nos amodorremos y
estemos atentos con los cinco sentidos a cualquier cambio, por nimio que sea.
-¿Crees que Mahmud habrá recibido nuestra carta? -Le pregunto a Vicente, deseosa de
hablar de otra cosa que no tenga nada que ver con la carretera.
-Yo creo que sí, siempre ha recibido todas nuestras cartas. No se va a perder justo la
que le mandamos desde el propio Pakistán. Hace dos meses que se la enviamos desde Hunza,
aunque la lleven en burro y a pata coja han tenido tiempo de sobra para entregarla. -Me
replica Vicente un tanto socarrón.
-Eso espero. Porque como no la haya recibido y nos vea aparecer por Fort Abbas ... se va a
creer que somos fantasmas. -Le replico mientras me río, sobre todo por la alegría del
cercano reencuentro.
Mahmud es el entrañable e inolvidable amigo que hicimos durante la
Ruta de Alejandro Magno (1992-93) cuando visitamos por primera vez el desierto de
Cholistán, en una aventura que no sabíamos ciertamente como iba a acabar porque tan solo
íbamos guiados por una simple frase de un libro: "En el desierto del Cholistán
existen una serie de castillos perdidos en lugares remotos, abandonados a su suerte desde
hace siglos", y proseguía hablando de la historia de este lugar. No nos hizo falta
más, nos dirigimos a Fort Abbas, comenzamos las indagaciones, conocimos a Faquir y él
nos presentó a Mahmud, con quien convivimos durante 15 días en el Cholistán, teniendo
la mejor experiencia humana de aquella expedición de siete meses. Con él seguimos
manteniendo correspondencia durante estos siete años que nos han mantenido separados y
ahora, más que nunca sentíamos la emoción y la impaciencia del reencuentro. La
incógnita es que no sabemos si se encontrará en Fort Abbas. Se fue a trabajar a Malasia
durante dos años y hace 10 meses que no sabemos nada de él pero según su última carta
ya tenía que haber regresado por estas fechas.
La carretera nacional desaparece, casi todo el tráfico desaparece y al
final la luz también desaparece. En la oscuridad vamos esquivando cabras, perros,
borregos, vacas, carros tirados por dromedarios, tractores cargados de cañas de azúcar o
algodón que sobresalen por los laterales como una vaca fondona en caminos hiperestrechos,
... Llegamos a Fort Abbas. La "Department Pakistan Store", donde conocimos a
Faquir ya no existe pero todo el mundo conoce a Faquir. Vamos primero a buscarle a él
porque Mahmud vive en un pueblo que no seríamos capaces de encontrar nosotros solos.
En tan solo 30 minutos nos reunimos con Faquir, un fuerte abrazo nos
rememora el que nos dimos el 16 de diciembre de 1.992, cuando nos despedimos de él sin
esperanzas de volver a vernos algún día. Hoy el abrazo tiene un significado mucho más
alegre. Nos estaba esperando porque Mahmud le había anunciado nuestra llegada. ¡Sí que
había regresado de Malasia! pero ... no estaba aquí. Habíamos llegado con once días de
retraso respecto a la fecha aproximada que le anunciábamos en la carta y se había pasado
... ¡los once días en Fort Abbas! ... dejando sus tierras y familia durante todo ese
tiempo. Justo hoy regresó a su pueblo para ver que tal iba todo. Ahora vive en unas
tierras nuevas que acaba de adquirir ... a 110 km. de Fort Abbas. Parece que el destino
quiere retrasar nuestro encuentro.
REENCUENTRO CON EL PASADO
Desde la última vez que vimos a Faquir los miembros de su familia han
aumentado de cuatro a siete y su pequeña casa solo está llena de camas. En su casa no
cabíamos pero en Pakistán la hospitalidad aflora al instante, nunca estás solo, siempre
hay alguien que te ofrece su hogar y cobijo. Ya era tarde, pero su hermano dispone de una
casa más espaciosa y nos recibe muy cariñosamente y por esa noche nos alojamos en su
vivienda.
A la mañana siguiente conocimos a su también amplia familia. Sus
hijos ya son mayores y de los siete, cinco de ellos son chicas que le piden
impacientemente a su padre que me acerque a su habitación para conocerme. Cuando las
mujeres pakistaníes me tienen delante, tras un respetuoso momento de presentación, me
convierten en su "muñeca". Comienzan a ofrecerme ropa para cambiarme, pulseras
para adornarme, maquillaje para arreglarme como ellas, peines y horquillas para peinarme,
esmalte para pintarme las uñas. Me siento realmente como una muñequita en manos de unas
niñas impacientes por estrenar un juguete nuevo. Es divertido, pero si dejara que me
hicieran todo lo que quieren no me reconocería ni mi madre.
Me rescata de la acelerada transformación la cuñada de todas ellas,
Saima, que acaba de incorporarse a la familia al casarse con el hermano mayor y ve como mi
cara de complacencia inicial se torna en confusión cuando intentan pintarme las uñas de
color naranja. Todo el completo set de maquillaje lo tienen reservado para las
celebraciones familiares, especialmente las bodas, que es cuando pueden maquillarse y
arreglarse sin mesura, pero creo que el aspecto que comenzaba a adoptar, para acto seguido
adentrarme en el desierto, no era el más adecuado y Saima lo comprendió enseguida.
Por fin llegó Mahmud, nos fundimos en un fuerte y emocionado abrazo.
La alegría era embriagadora. Siete años, muchas cartas y algunas llamadas telefónicas
pero la amistad a distancia ha podido con el paso del tiempo y de la vida. Se ha recortado
la barba pero el resto sigue igual: le encanta reír, las bromas y tiene un corazón que
no le cabe en el pecho.
Prácticamente nos secuestra y nos lleva al hogar donde vive su madre y
varias de sus hermanas, primas, ...casi todo mujeres, a muchas de ellas ya les conocíamos
de la otra vez. El resto de su gran familia está en su casa cerca de Chichawatni,
tendremos que esperar más de una semana para encontrarnos con ellos. Cenamos juntos,
charlamos de mil cosas. Su inglés ha mejorado muchísimo desde la última vez (sus dos
años trabajando en Malasia se notan). Cuando le conocimos, Arusa -su primera hija-,
acababa de nacer, ahora ya tiene tres hijos (el último con tan solo dos meses, Hamzha)
pero ha decidido que es el número ideal para una familia. Con el dinero que ahorró en
Malasia se ha comprado tierras de cultivo en la zona de Chichawatni y por ese motivo parte
de su familia se ha trasladado a ese lugar.
El sistema musulmán familiar responsabiliza a los varones que trabajan
no solo a cuidar de su familia inmediata (mujer e hijos) sino de sus padres, hermanos y
hermanas solteras, tíos, primos, sobrinos, ... y Mahmud en estos momentos tiene bajo su
cargo a más de 30 personas. Pero para él no son una carga, sino todo lo contrario se
siente feliz con toda su gran familia alrededor, es una cuestión de honor y deber.
Fue una velada estupenda, por fin juntos y por fin de nuevo en acción,
como en el pasado. Nos emociona a todos volver a recorrer aquellos lugares que descubrimos
por primera vez por un desierto muy peculiar y desconocido.
Pero la noche nos deparaba una sorpresa. Mahmud se fue a dormir y
nosotros nos pusimos a trabajar con el ordenador. A las doce y media de la noche oímos un
motor pero no le dimos mayor importancia hasta que al poco llamaron a la puerta. Nos
extrañó porque hacía dos horas que todo el mundo se había acostado. Recogimos un poco
el equipo y lo cubrimos con una manta porque no sabíamos quién podía ser. Abrimos y era
Mahmud con una cara de sueño que no podía con ella.
-Lamento molestaros pero tenéis que venir un momento conmigo. -Me dice.
-¿Adónde? -Le pregunta Vicente extrañado.
-Es Faquir, está en mi casa. -Le contesta.
-¿Faquir ha venido a estas horas a vernos? -Vicente no salía de su asombro. Mahmud
comienza a recuperar un poco el habla porque cuando le abrimos la puerta se deslumbró con
la luz de nuestra habitación y casi balbuceaba, se notaba que le habían despertado
cuando estaba profundamente dormido.
-Bueno, no es solo Faquir, hay unos militares del Servicio de Inteligencia que quieren
hablar con vosotros. -Con esta explicación ya lo entendimos todo, no hacía falta decir
más. Seguimos a Mahmud hasta su habitación, él estaba instalado en un pequeño anexo a
la granja familiar y que era prácticamente una mini-casa independiente con puerta directa
al exterior.
Por lo visto, nuestra presencia en Fort Abbas había despertado el
recelo del Servicio de Inteligencia y querían saber todo sobre los
"extranjeros" que estaban por un área fronteriza tan sensible. A esta zona no
vienen los extranjeros y nuestra presencia fue la "comidilla" del pueblo ...
hasta que llegó a oídos del Servicio de Inteligencia Pakistaní.
En la habitación de Mahmud estaba Faquir y tres hombres más, uno de
ellos era el conductor pero los otros dos eran militares de paisano. Faquir nos los
presentó y con gran amabilidad chequearon los pasaportes y el visado pakistaní. Nos iban
preguntando sobre nuestro origen, profesiones, los países que habíamos cruzado hasta
ahora, cuanto tiempo llevábamos en Pakistán, si pensábamos seguir hacia la India (su
eterno enemigo), ... Les dijimos la verdad en todo, incluso en nuestras intenciones de ir
a la India cuando terminásemos la ruta de Pakistán. No merecía la pena mentir, todo el
mundo sabe que la India es el "plato fuerte" de Asia, posee impresionantes
restos culturales, arquitectónicos, infinidad de etnias insólitas, etc. Y además,
nuestro pasaporte tenía el visado indio de múltiples entradas, y con validez para un
año. Las explicaciones saciaron su curiosidad pero nos dijeron que no íbamos a poder
recorrer el desierto del Cholistán porque no es un área de libre circulación. Eso no
nos hizo ni pizca de gracia.
Callados hasta ese momento, intervienen Faquir y Mahmud. Alegan que
responden por nosotros, que nos conocen desde hace más de siete años, que ya hemos
recorrido con anterioridad el Cholistán y que nuestro único interés es cultural. Les
enseñan los reportajes que publicamos sobre el Cholistán en España y Francia para
demostrarles la verdad de nuestras palabras. Insisten en que Mahmud estará todo el tiempo
con nosotros y que no entraremos en zonas militares. Mahmud se conoce muy bien la zona
porque durante siete años, él mismo fue Ranger de Vigilancia de Frontera en el
Cholistán, él sabe por donde no hay que meterse. Volvemos a insistir en que el único
objetivo de adentrarnos en el desierto era la exploración de los castillos medievales.
Los militares parecen dudar pero no se pronuncian, nos piden los pasaportes para
chequearlos en la central y mañana nos dirán si es posible o no adentrarnos en esta
frontera de arena, tienen que consultarlo con el comandante del sector. Lo de esperar a
mañana nos parece correcto pero Vicente les explica que no nos separamos de los
pasaportes, ofreciéndole la alternativa de llevarse fotocopias del pasaporte y del visado
pakistaní. Hablan entre ellos, chequean que las fotocopias correspondan en todo con el
original y tras hablar de nuevo con Faquir, nos dicen que de acuerdo. Así acaba la
velada. Nos despedimos de todos y los militares se disculpan por su intempestiva hora de
"visita".
Cuando volvemos al cuarto, recogemos todo y decidimos desmontar en
piezas el teléfono Inmarsat Ibérica. Si por cualquier motivo las cosas se complican
mañana y deciden retirarnos los pasaportes para retenernos mientras piden comprobaciones
-que a veces tardan días-, por lo menos podríamos hacer llamadas a la embajada y a
España para informar de nuestra situación. El teléfono es vital para este tipo de
circunstancias y como los teléfonos de satélite directo no son habituales, casi nadie
reconoce las piezas cuando se desmonta. Con nuestro "paracaídas" a buen
recaudo, nos vamos a dormir.
CENTINELAS DEL DESIERTO
Siete de la mañana. Mahmud llama a nuestra puerta. Desayunamos todos
juntos y a las ocho de la mañana ya estamos en el edificio de la Inteligencia Militar de
Fort Abbas. Nos estaban esperando. Habían realizado todas las comprobaciones durante la
noche y el comandante ... nos autorizaba a adentrarnos en el desierto. ¡Qué rapidez!
Vicente y yo ya nos veíamos todo el día contestando preguntas a los militares, haciendo
papeles, pidiendo permisos, ... Hablan con Mahmud y le recuerdan que le responsabilizan a
él de que nuestra ruta sea únicamente cultural, de ir únicamente a los castillos para
realizar los informes y que bajo ningún concepto podremos hacer excursiones "por
libre" en el desierto. Todos estamos de acuerdo y nos comprometemos a ello. Por fin
podemos iniciar la ruta por el desierto y nos dirigimos a Mirghar.
Muchos recuerdos del pasado vienen a la memoria de todos, no lo decimos
en voz alta pero nuestro regocijo nos delata.
El fuerte de Mirghar es uno de los vivos y sólidos testigos de la
amplia red de fortificaciones que el sultán Mahmud Ghaznavi durante el s.X levantó por
el apartado pero estratégico desierto de Cholistán, que es el nombre que adquiere el
gran desierto de Thar en su prolongación por Pakistán desde la India.
Este sultán partió de Afganistán empuñando la espada del islamismo
sobre la milenaria cultura hinduista. Temido guerrero que no se detenía ante nada, fue el
que inició la campaña de conquistas hacia el subcontinente indio. Partiendo de Kabul
como rey de Afganistán tomó el Punjab y Multan, arrebatando esta zona al rajá hindú
que la gobernaba. Su camino de conquista fue sabiamente elegido, la frontera estaba muy
vigilada pero nadie dada importancia defensiva al desierto del Cholistán ¿qué loco
enviaría sus ejércitos por ese mar de arenas? Pues Mahmud Ghaznavi, que eligió ese
camino y, tras reducir las escasas guarniciones existentes, entró de lleno en las tierras
hindúes. Reconstruyó todos los fuertes dañados durante las conquistas y levantó otros
nuevos para preservar todo lo que había conseguido a su paso y para que nadie más
utilizase su estrategia. No quería dejar la retaguardia al descubierto y esta amplia red
de castillos le aseguraba tener a buen cubierto las espaldas en su avance hacia el
Rajastán (el estado indio que hace frontera en la actualidad con el desierto del
Cholistán pakistaní en la provincia del Punjab).
El firme que pisamos es duro, nuestro todo terreno avanza rápido y con
facilidad. Esta primera parte es casi un paseo. El día está claro, despejado, con un sol
radiante pero cada vez que nos adentramos en algún desierto se nos viene a la memoria el
infierno de calor que pasamos en los desiertos norteafricanos del pasado verano. No
obstante, el Cholistán no se queda a la zaga, y en pleno verano puede alcanzar
temperaturas entre los 55ºy los 60º C. ¡Pero estamos en invierno! ¡Nada que temer!
Pero en esta zona del mundo se produce un fenómeno diferente. Mientras
el desierto ralo, seco y duro intenta acorralarnos vemos a lo lejos innumerables
plantaciones. Es el resultado del trabajo de sus habitantes, que han desarrollado desde
tiempos inmemoriales un sistema de canalización, perfeccionado durante el Imperio
Británico, y que les permite gozar de ricos cultivos. Es increíble comprobar desde lo
alto de uno de los bastiones del fuerte Mirghar como los campos de un verde intenso rompen
y vencen la tiranía impuesta por la tierra seca del desierto. Campos de algodón, de
arroz, mostaza, cañas de azúcar, naranjos, manzanos... el hombre, con la complicidad del
agua, ha ganado la batalla a la esterilidad desértica. Todo brota como un milagro en
medio de impasible aridez que le rodea vigilante, acechante... como esperando el momento
para vengarse del ser humano que ha permitido crear vida allí donde se extiende su reino.
La tierra castigada por el sol desprende una titubeante bruma en el
horizonte. Por él se desdibujan formas extrañas, como si continuasen vagando por el
infinito los espectros del pasado, aquellas tropas que finalmente abandonaron sus
estratégicos emplazamientos para nunca más volver.
El fuerte de Jamgarh se encuentra a escasos kilómetros. Las huellas
del abandono que presenta están más marcadas que en su vecino Mirghar. En su interior el
suelo se abre por la sequedad, a su alrededor todo se marchita sin contemplaciones.
Angustiosamente, sus antiguos pozos nos abren sus fauces vacías para mostrarnos los vagos
recuerdos de un pasado lleno de vigor. Es una tierra que agoniza, que intenta llorar pero
no tiene agua para formar lágrimas, gime con ayuda del viento y se retuerce bajo el sol.
Todo parece sucumbir a nuestro alrededor.
Al día siguiente, llegamos al fuerte de Marot, gigantesco pero ...
devorado por el viento, las arenas y el olvido. Del palacete del castillo, originariamente
de siete pisos, tan sólo quedan las ruinas de dos de ellos en pie, las demás
construcciones también están en lamentable estado y están condenadas a esfumarse en
breve por la ira de los elementos y el despiadado paso del tiempo.
Con el fuerte de Mogegarh comienza la verdadera batalla con el
desierto. Para alcanzar este fuerte debemos adentrarnos más profundamente en el vacío,
alternando arena con tramos de tôle ondulée (superficie dura pero muy rugosa como una
chapa ondulada), luego vamos esquivando grietas y pasando por una tortura de montículos,
auténticas trampas con las que se corre el peligro de volcar, avanzamos muy lento. Por el
camino encontramos esporádicos pozos de agua donde rebaños de borregos y dromedarios
languidecen bajo el sol del mediodía mientras sus cuidadores les apremian para que beban
del preciado líquido.
El camino era duro pero no nos desviamos ni un ápice de la ruta. A los
lejos, desdibujado por la confluencia entre el sol y la arena, brota la silueta del
ansiado castillo, tras varias horas de travesía desolada. Una patrulla militar nos da el
alto y nos pide la documentación que nos identifique, la frontera con la India está
apenas a 15 km.
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Ruta de los Castillos
Perdidos. (Ampliación en link)

La conducción en Pakistán es un juego peligroso. Da lo mismo que se trate de una
carretera nacional muy ancha o una vía estrecha sin apenas tráfico ... siempre hay
accidentes. A veces uno se pregunta, al ver un accidente como el de esta foto, cómo es
posible que dos vehículos se den de frente en una solitaria carretera que cruza en línea
recta el desierto.

El transporte del pasado y del presente se encuentran en las rutas del Cholistán.

Mientras el desierto ralo,
seco y duro intenta acorralarnos vemos innumerables plantaciones. Es el resultado del
trabajo de sus habitantes, que han desarrollado desde tiempos inmemoriales un sistema de
pozos y canalizaciones que les permite gozar de ricos cultivos. Campos de un verde intenso
rompen y vencen la tiranía impuesta por la tierra seca del desierto. Campos de algodón,
de arroz, mostaza, cañas de azúcar, naranjos, manzanos... el hombre, con la complicidad
del agua, ha ganado la batalla a la esterilidad desértica. Todo brota como un milagro en
medio de impasible aridez que le rodea vigilante, acechante... como esperando el momento
para vengarse del ser humano que ha permitido crear vida allí donde se extiende su reino.

Rostros del Cholistán.

Emergiendo de la nada y
completamente abandonado, el fuerte Mirghar aun conserva sus murallas y torres, que se
alzan orgullosas desafiando el embate del tiempo y la erosión. Es el primero de los
Castillos Perdidos del Cholistán que alcanzamos y extendemos la bandera 138 de "The
Explorers Club" de Nueva York. Son banderas que se confían a sus miembros cuando una
expedición realiza rutas inéditas y colabora a la divulgación de áreas desconocidas
del planeta. Hemos conseguido la tercera meta marcada, la bandera nos acompañará toda la
ruta y será entregada en mano en su sede de Nueva York justo antes de embarcarnos hacia
España y dar por finalizada la expedición... allá por el año 2.001... o 2.002 ... si
todo sale bien y logramos concluir satisfactoriamente esta vuelta terrestre al mundo.
(Más fotos en link).

El fuerte de Jamgarh se
encuentra a escasos kilómetros de Mirgarh. Los cultivos han desaparecido, a su alrededor
todo se marchita sin contemplaciones, sin agua ... el desierto devora todo a su paso.
Angustiosamente, sus antiguos pozos nos abren sus fauces vacías para mostrarnos los vagos
recuerdos de un pasado lleno de vigor.

Desde las almenas de Mirgarh
veíamos los campos de cultivo, fruto de la victoria del hombre sobre la esterilidad, pero
desde las almenas del fuerte de Jamgarh ... tan solo vemos ... una tierra que agoniza, que
intenta llorar pero no tiene agua para formar lágrimas, gime con ayuda del viento y se
retuerce bajo el sol. Todo parece sucumbir a nuestro alrededor.

Durante el recorrido del Cholistán, unas
veces acampamos y otras Mahmud nos llevaba a la granja de algún familiar o amigo donde
podíamos descansar y trabajar. Una simbiosis muy curiosa, donde la tecnología punta se
desplegaba en lugares remotos, en medio de animalitos que pedían "cariñitos".

Vida en el desierto. Las
habitaciones son multiuso, durante el día son saloncitos y durante la noche son
dormitorios, los servicios están muy, muy alejados de las viviendas y las cocinas (en la
foto) son al aire libre, en una esquina del patio.

Los hombres del desierto del
Cholistán se identifican con sus monturas, son casi parte de ellos mismos. La relación
entre el nómada y su dromedario les crea un sentimiento de interdependencia en el que
ambos son conscientes que no sobrevivirían sin el otro.

Las hijas del desierto.

Por el camino a Mogegarh
encontramos esporádicos pozos de agua donde rebaños de dromedarios languidecen bajo el
sol del mediodía mientras sus cuidadores les apremian para que beban del preciado
líquido.

Llegada al fuerte de Mogegarh,
otro gigante que se desvanece, descarnado por el aliento de los vendavales.
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