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Tras las Huellas de la Reina de Saba
Autores: Vicente Plédel,
Marián Ocaña y Javier Jayme. Editado por Grupo Gráfico
GSF. Prohibida la reproducción total o parcial.
Copyright © 2.003
Grupo Gráfico GSF - PANGEA Expediciones.
CAPÍTULO I
UNA
LEYENDA PARA SOÑAR
Hace casi tres mil años el mundo contó
entre los vivos con una mujer legendaria. Sobre ella se han urdido infinidad de
fábulas, historias que han llegado hasta nosotros infiltradas de
fantasías acerca de su belleza seductora y de su origen misterioso. Las
diversas tradiciones, de común acuerdo, hablan de la reina de un vasto
imperio que se extendía por el sur de Arabia y por la orilla africana
del mar Rojo, sobre las tierras que hoy conforman Eritrea, Yibuti, Somalia y
Etiopía. Aseguran que aquella mujer extraordinaria habitaba en un
palacio deslumbrante, con profusión de oro y sirvientes. En sus
alrededores crecían plantas cargadas de frutos exuberantes y flores de
aromas delicados; y era tal su abundancia que muchos son los convencidos de que
allí habría estado el mismísimo jardín del
Edén, el hogar feliz de Adán y Eva, los bíblicos padres
del género humano.
Pero ¿quién es, en definitiva
-o quien fue, mejor dicho-, este personaje etéreo, esta soberana de un
pasado remoto cuyo embrujo sobrevive al tiempo y que enamora la memoria
colectiva de las gentes? ¿Cómo se llamaba? ¿De
dónde procedía? ¿Cuál era el color de su piel?
¿Qué sabemos, realmente, sobre su vida, sus luchas y ambiciones?
Cuando, despojándonos del ropaje de
las leyendas, nos lanzamos a bucear en el mar de la verdad desnuda, comprobamos
que las aguas permanecen turbias y que amplias zonas de oscuridad abisal se
ciernen en torno a su femenina andadura por este mundo. La historia oficial,
todavía hoy, continúa envolviéndola en velos de silencio y
nos hurta sin pudor alguno su secreto tres veces milenario, impregnado con
largueza de esencias bíblicas y perfumes de las mil y una noches.
Tal vez, sin embargo, esto no tenga mayor
importancia. Tal vez lo que de verdad cuente sea precisamente lo contrario:
mantener viva la incertidumbre, no poner trabas a la imaginación, para
que podamos seguir alimentando con ella nuestros sueños. Algún
día -nadie sabe si próximo o lejano- los historiadores, los
arqueólogos, los filólogos o todos ellos reunidos sacarán
a la luz los datos reveladores; conoceremos, por fin, los protagonistas, sus
acciones y sus pasiones; sabremos cómo ocurrió todo, dónde
y porqué ocurrió; y, cuando eso suceda, la rígida y
aséptica realidad sustituirá nuestras quimeras, las leyendas se
vaciarán de sentido y su encanto se habrá ido para siempre de
nuestras manos.
Mientras tanto, volvamos a nuestra personal
historia. O a nuestro sueño, que viene a significar lo mismo; ese
sueño arrullado por brisas añejas, a ratos apacibles, a veces
inquietantes, con presencia de mujer y ausencias del saber. Su nombre nebuloso,
su incierto rostro, el reflejo ignorado de su piel, ¿no son, acaso, el
prístino manantial de nuestras fantasías? Lo innominado, todo
aquello que desconocemos, se alza frente a nosotros con su perenne
desafío. Hasta el instante en que nos decidimos a bautizarlo, le
inventamos un nombre y, al hacerlo, empezamos a conjurar su poder. En ese
momento crucial, el misterio adquiere familiaridad y, a partir de entonces, de
alguna manera, su esencia nos pertenece.
Eso es precisamente lo que se preguntaba,
con erudito apasionamiento, un André Malraux viajero, en aquella
ocasión, por tierras del Yemen: "¿En qué se sustenta su
leyenda? ¿A quién le pertenece?". Podríamos responder, sin
abandonar nuestro onírico contexto, que a todos en general y a cada uno
en particular; el ensueño y la ilusión, siempre al margen de
especulaciones científicas, se reparten por igual y nadie tiene su
exclusiva.
Nosotros, seducidos -como Malraux- por la
alegoría yemenita del personaje que nos ocupa, hemos acudido
también a la vieja Sana'a, ansiosos por reconocer sus huellas. Hemos
vagabundeado entre la multitud ruidosa y hormigueante de la ciudad, por sus
mercados al aire libre y por el laberinto de sus callejas abismadas, tan
ávidas de luz como nosotros de escuchar de labios populares los relatos
sobre sus extintas glorias. Luego, siempre con nuestra insatisfecha curiosidad
a remolque, hemos viajado hacia oriente, a través de las ásperas
regiones del Hadramaut, donde los pastores montañeses han compartido
generosamente con nosotros su miel, su leche de camella y el calor de sus
hogueras al ponerse el sol. Hemos acampado en el desierto, junto a las ruinas
solitarias de la que dicen que fue capital de sus dominios; allí,
semienterradas en la arena, las milenarias piedras ven pasar los días,
indiferentes, y aguardan las noches para colmarlas de presagios y maquillar con
briosos resplandores de luna su decrépito semblante.
Nos hemos topado, sí, de bruces con
el mito y hemos desterrado nuestra duda. No sólo en el Yemen, sino en
toda Arabia, tierra de fabuladores innatos, las gentes han hecho suya la figura
imprecisa y esquiva de aquella mujer singular y su nombre -el nombre que
allí le adjudican- corre de boca en boca como si se tratara de un
personaje vivo, como si el tiempo no hubiese interpuesto su distancia
insalvable. Ella es Bilqis, soberana de Marib -la prodigiosa ciudad-oasis de
los antiguos- y su tez era blanca, de tersura inigualable y exenta de
máculas, a despecho del ardiente sol del desierto, ese mismo desierto
que nunca renunció a su amenaza y que, andando los siglos,
acabaría por recuperar lo que una vez fue suyo, tal como delatan hoy
esas pilastras carcomidas por la intemperie, restos desamparados de la otrora
floreciente y orgullosa Marib.
Pero los cuentos árabes sobre la
reina Bilqis no agotan su misterio ni, consecuentemente, nuestros
sueños. Al otro lado del mar Rojo, en Etiopía, sobreviven remotas
tradiciones que la reclaman con fuerza como sujeto propio. Y hemos querido, del
mismo modo, ser testigos de esa realidad. En Lalibela, villa santa de los
cristianos ortodoxos, los narradores de leyendas invaden las calles al morir la
tarde. Su presencia, consuetudinaria, es aplaudida por un público capaz
de permanecer durante horas escuchando, encandilado, su algarabía
demoledora, ininteligible para nosotros. Para todo africano verdadero, los
mitos de sus ancestros constituyen su auténtica historia, su
sabiduría genuina y aun su vida entera.
¿Hablan los modernos juglares de
Lalibela de nuestra protagonista? ¿Relatan con regularidad sus amores
voluptuosos o los hechos extraordinarios que jalonaron su existencia? No nos
cabe duda de que sí, aunque no hayamos sabido interpretarlos. Tampoco
esto último nos ha causado excesivo quebranto. Porque, en ausencia de
poemas recitados, su imagen y su nombre se proyectan por todos los rincones del
país. Aquí y allá, empresas, hoteles, locales de bebidas
-y también las mujeres- tienen a gala y grandísima arrogancia
llamarse como ella. En las célebres iglesias excavadas de Lalibela,
enormes pinturas murales narran, en apretadas viñetas, trozos escogidos
de leyendas vernáculas sobre su persona. En las altiplanicies de Gondar,
cuna de imperios de corte medieval, hemos asistido al "Timkat", la fiesta
mayor, multitudinaria e íntima a la vez, de los cristianos
etíopes: devoción, fuerza, colorido y tintineo de sistros y
campanillas para rescatar del olvido tiempos periclitados, epopeyas que la
incluyen y sombras que la aluden. Ella es Makeda, soberana de Axum
-quizá la civilización más avanzada de su tiempo- y sus
facciones, negras como el ébano, estaban delineadas con la sublime
perfección de lo divino, para asombro y disfrute de todos los mortales.
Tradición árabe,
tradición etíope. Bilqis, la reina blanca de Marib, Makeda, la
reina negra de Axum. Un único misterio, dos maneras de nombrarlo, de
comenzar a apoderarnos de su entraña. Tiempo tendremos de volver a gozar
de su compañía, de poner los medios que están a nuestro
alcance para delimitar su ficción o su verdad. Pero será en otra
ocasión; ahora es todavía el momento de los sueños.
¿Y Occidente? ¿Cuál es
nuestra propuesta? ¿Acaso tenemos alguna? Ciertamente que sí.
Aunque los lugares sean ajenos a nuestra circunstancia, no hemos permanecido al
margen de su leyenda, por lo menos desde un punto de vista histórico. A
fin de cuentas, nos desenvolvemos dentro del ámbito cristiano y no hay
que olvidar que la Biblia es el primer documento escrito que da fe de su
existencia.
Pero una cosa es la realidad y otra la
imaginación. El árabe juega con sus mitos al apólogo, a la
fábula oriental. El africano -lo hemos dicho ya- hace de ellos su vida y
con ellos su historia. Nosotros, herederos del patrimonio cultural griego,
imbuidos de lógica y de racionalismo, ni siquiera hemos sentido
necesidad de asignarle nombre propio; la conocemos, sencillamente, en
referencia a su función real.
A la hora del ensueño, sin embargo,
no establecemos diferencias y suscribimos el pensamiento completo de Malraux:
"¿En qué se apoya su leyenda? ¿A quién le
pertenece? Pocas son las mujeres que tienen cabida en la Biblia; y ella viene
de lo desconocido, con sus enigmas y su risa que han atravesado las edades".
Ella es
Sí, lector, acertaste
desde el principio. Ella es la reina de Saba.
Lo que sigue es el relato de la
exploración que realizamos por Yemen, Yibuti y Etiopía, inspirada
precisamente en su paso remoto y legendario por aquella parte del mundo.
Hasta aquí la hemos soñado,
hemos dejado volar nuestra fantasía y recortado su imagen con patrones
hechos a nuestro antojo y medida.
¿Cómo fue nuestro encuentro
efectivo con la reina de Saba o, en su defecto, nuestra primera experiencia con
su universo verídico?
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