Tras  las  Huellas  de  la  Reina  de  Saba

Autores: Vicente Plédel, Marián Ocaña y Javier Jayme.
Editado por Grupo Gráfico GSF.
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PRÓLOGO

DE

FERNANDO  SÁNCHEZ  DRAGÓ

El viaje es el arte del encuentro

     Y no sólo el viaje: también lo es la vida... Con ello no descubro nada, porque vida y viaje, viaje y vida, son términos análogos, consanguíneos, sinónimos, paralelos. Quien nace, quiéralo o no, emprende un viaje cuya última estación (o acaso penúltima) será la muerte. Y, de igual modo, quien viaja, sépalo o no, vive, fenómeno éste que no siempre se produce (o, por lo menos, no se produce de manera automática) cuando los pies permanecen enfundados en las zapatillas de andar por casa.

     El mundo está lleno de muertos, y todos son sedentarios. Lo sé, lo sé: también existe la posibilidad de emprender el famoso viaje interior. No seré yo, ciertamente, quien lo niegue. Es más: para nada sirve la aventura exterior cuya procesión no va también por dentro, pero eso es otra historia de la que aquí no voy a ocuparme. Ya lo hice en la menos mala de mis novelas: El camino del corazón.

     Me encontré con Marián y Vicente, protagonistas y autores, esto último junto a Javier Jayme, del libro al que estas líneas quieren servir de prólogo, en uno de los lugares más hermosos de la tierra: Jaisalmer. Y si digo, lector, su nombre e, inclusive, no oculto que se encuentra en el desierto que separa el centro de la India del sur de Paquistán, es porque a éstas alturas ya da lo mismo: los turistas han caído sobre el citado enclave como lo que son -fieras depredadoras, aves carroñeras, borregos baladores- y no queda en él lugar alguno en el que no resuenen los chasquidos de las cámaras y los baksheesh, baksheesh! de los arrapiezos que confunden la felicidad con la prosperidad y la prosperidad con la posesión de un bolígrafo. Sic transit la gloria de Vasco Gama, de Camoens, de Francisco Javier, del capitán Burton, de Rudyard Kipling...

     De modo que no descubro nada ni doy ideas a nadie ni profano ningún secreto si digo dónde queda -a bulto, sólo a bulto- el paraje del globo en el que mis pasos se cruzaron por primera vez con las huellas de los neumáticos del prodigioso Mitsubishi en el que Marián y Vicente, acompañados a veces por José Enrique Simó (que viene a ser algo así como su procónsul en la tierra firme y dique seco de las Españas. No hay vanguardia sin retaguardia), están dando la vuelta al mundo, y no precisamente en ochenta días, lo que sólo sería una estupidez más de esas que figuran en el Guiness y que tanto asombran a los papanatas, sino en más de tres años, como debe ser. El viaje genera adicción. Quien de verdad, con el alma, lo emprende ni vuelve a ser el mismo ni echa ya nunca pie a tierra.

     Y si hablo, para empezar, del coche y no, como a primera vista resultaría más lógico, de sus ocupantes es porque no fue, inicialmente, con éstos con los que me topé, sino con su vehículo -prodigioso. Ya lo dije- y, sobre todo, con la matrícula de Madrid que en su morro y en su culo campeaba.

     Salía yo del hotel en el que un par de noches antes había buscado alojamiento con la intención de dejarme caer por la plaza central de la fortaleza para tomar en cualquiera de sus tascucios una taza de té hervida en leche con clavo y cardamomo cuando, como decía, me di de narices con un todo terreno matriculado en la capital de España -vade retro, toquemos madera- y equipado con la perfección técnica que los trogloditas impenitentes, como lo es este servidor de nadie, atribuimos, en principio, y hasta que la dura realidad no venga a demostrarnos lo contrario, a las poderosas e inescrutables culturas alienígenas.

     Pero no, aquello no era un ovni ni tampoco, menos aún, como en segunda instancia supuse, un nuevo, sofisticado y ladino modelo de misil (o, quizá, de sputnik) lanzado al tuntún por el Pentágono con la sana intención de joder (o de terminar de joder) al Tercer Mundo. Lo supe, y salí de mi error, en seguida, apenas un par de minutos después, cuando los legítimos propietarios -o, mejor, depositarios, pues tendrán que devolverlo, me parece, al término de su aventura- del vehículo de marras aparecieron junto a mí, inquietos, supongo, por mi actitud de espía a sueldo de Juanjo Benítez o de Sadam Hussein, y descubrieron que el supuesto y avieso soplón al que colgaban tamaño sambenito era el inofensivo quídam, y empedernido viajero, que en este momento se dirige por escrito, lector, a usted.

     A usted, y a cuantas personas hayan tenido el olfato, la intuición, la sensibilidad, el buen gusto y el acierto de comprar este libro. Mi felicitación a todos.

     Y así empezó mi amistad, porque amistad es lo que hoy me lleva a empuñar la pluma con Vicente, con Marián y con José Enrique. Lo dicho: el viaje es el arte del encuentro.

     Del último de ellos, que es abogado y vive en Valladolid, ya mencioné el apellido. De sus compañeros, que son ceutíes y protagonistas a tiempo completo (horrible anglicismo) del viaje en cuyo relato estás a punto, lector, de adentrarte, no lo diré, porque supone que sus respectivas gracias y datos de identidad figurarán nítida y señeramente en el frontispicio, el lomo, la solapa y la contraportada de esta veraz, firme, solvente y entretenidísima crónica escrita a tres manos, a tres corazones y a tres cerebros en pos y al hilo de las inciertas huellas dejadas por ese fabuloso y nebuloso personaje, siempre a mitad de camino entre Dios y el Diablo, que fue la salomónica reina de Saba.

     Vale decir: el Yemen, Yibuti, y Etiopía que desempeñan la parte del león en este libro.

     No sólo, pues, lugares míticos en la historia de la aventura y en la aventura de la historia, sino además, en los parajes citados, verdadera descensio ad inferos y audaz exploración de una geografía en la que el viajero, forzosamente, y tanto si le gusta como si no, cumple a machamartillo con lo que estipulaba el implacable y conminatorio mandamiento de Baudelaire: ¡Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo!

     Su colega Rimbaud, de hecho, también anduvo por allí, y lo pagó caro.

     Nada concreto voy a decir sobre las excelencias, que son muchas, de este libro de impagable lectura que yo devoré de un tirón yendo de Soria a Salamanca y viniendo de Salamanca a Soria, y no voy a hacerlo porque donde las cosas están -dijo, y dijo bien, don José Ortega- sobra contarlas, pero sí me gustaría dejar sincera (no sólo amistosa) constancia de que esta obra de andar y ver me ha sorprendido muy gratamente, lo que a oídos de buen entendedor significa que no esperaba encontrar en ella tantas virtudes literarias como he encontrado. Se puede ser, simultáneamente, un magnífico viajero o aventurero y un pésimo escritor que al término de su aventura, o de su viaje, no acierte a contar como el mester de juglaría exige los casos y las cosas que le han sucedido y en los que se han visto envueltos. Conozco a no pocas gentes que se van -sirva el ejemplo- a Tombuctú y al volver hablan de ello como si hubiesen estado en la taberna de la esquina y conozco también a gentes que se van a la taberna de la esquina y, al regresar a casa y contarlo, parece como si vinieran de Tombuctú.

     Marián y Vicente, Vicente y Marián, militan, por suerte para ellos y para todos, en el segundo grupo, pero con una variante que también los adscribe al primero: no se han ido a la taberna de la esquina, sino al Yemen, a Yibuti, a Etiopía, a ....

     Para quienes siguen el camino del corazón todo el mundo es Tombuctú.

Fernando Sánchez Dragó

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