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 unque la frontera parece despejada y todo parece
indicar que vamos a pasar rápido... las apariencias nos
engañan.
Oficialmente la
frontera entre Ghana y Togo están cerradas, nunca ha existido una
relación demasiado cordial entre estos países vecinos desde la
Independencia y la creación artificial de sus estados. Durante
más de dos horas nos vemos inmersos en un maremagnum de papeleos y
casetas aduaneras junto a un ayudante espontáneo para llegar a la
conclusión de que hace falta un "salvoconducto" del que nunca nadie nos
ha hablado hasta ahora, ni siquiera en la Embajada.
Las contradicciones africanas no dejan de sorprendernos
pues para obtener el salvoconducto Vicente tiene que cruzar la frontera sin
él, gracias a otro "salvoconducto" que si le permite ir a Lomé
por unas horas. Ir en taxi hasta el Ministerio del Interior de Togo y tras tres
horas de espera obtenerlo, de esta forma ya puede regresar a la aduana para
entregar el nuevo salvoconducto "ministerial". Yo mientras tanto me encuentro junto al Montero viendo
desfilar a mi alrededor todo un rosario de "mordidas" para que el paso
fronterizo no represente un obstáculo. Los "contra" son puestos por los
aduaneros con una imaginación muy perspicaz pero los "pro" son
rápidas y ágiles "propinas" que viajan en un visto y no visto de
un bolsillo a otro. Varias horas de esta repetitiva y ajada actividad... y por
fin aparece Vicente con el salvoconducto que nos permitirá cruzar a
Togo... pero antes dos horas más de paseos por las casetas
aduaneras.Finalmente pisamos Togo, el país pasillo como se apoda a esta
pequeña ex-colonia alemana, uno de los países más
pequeños de África. Como su nombre indica en lengua ewé -"borde del
mar"-, circulamos bordeando el mar y una extensión enorme de cocoteros
nos flanquean a medida que avanzamos por el cordón litoral. En este
punto del planeta conviven una variedad de pueblos extremadamente rica y en su
mercado, centro neurálgico de Lomé es donde se dan cita
representantes de su variado y numeroso mundo étnico. Un mercado pleno
de colorido y que varía a cada paso según la naturaleza de los
productos, todo lo que está expuesto está a la venta.
Pero nos parece más intrigante y
mágico el poder acceder a otro mercado con una mercancía muy
singular que no siempre es fácil de encontrar. En el mercado de fetiches
de Akodessewa nos dejamos inundar por las escalofriantes imágenes que
allí se exponen. Los más variados y sorprendentes entes forman
parte de un mágico y complejo universo fetichista que se extienden a
nuestros pies: cráneos de todo tipo de animales, desde pequeñas
ranas, pájaros y monos hasta las voluminosas cabezas de
hipopótamos, pasando por la piel de puercoespines, huesos de todo tipo
de animales y dientes de jabalí entre otros muchos extraños
objetos que sirven como amuletos.
No
menos sorprendente resulta pasar a la trastienda de los tenderetes y ver como
ante un altar vudú repleto de símbolos se realizan una serie de
rogativas para conseguir desde las más simples soluciones a un dolor de
cabeza hasta conseguir que el marido recupere cierta fuerza varonil perdida. La
variedad de los amuletos y fetiches resulta infinita, realmente sería
inagotable las vivencias que se podrían experimentar sumergidos en este
intrincado e insólito universo paralelo.
FUSIÓN DEL ESPÍRITU Y ARTE
Nos alejamos del
singular e inusual mercado de fetiches todavía con las imágenes
frescas en nuestra mente y nos encontramos entre los tenderetes del mercado de
artesanía. Para el arte no existen fronteras e igual podemos encontrar
una máscara bambara junto a un busto fulani o entre figuras de la
fertilidad ashanti, todos los estilos que representan a tantas y tantas etnias
se dan cita en este apacible mercado. El
arte y las religiones se entremezclan y es difícil encontrar los
límites entre el uno y el otro. Ambos están íntimamente
ligados pues el artista puro cuando crea una obra no sólo trata de
plasmar el aspecto físico de las cosas sino la "fuerza vital" que en
ellas se esconden y que activa a través de los espíritus. Las
almas de los antepasados poseen una forma especial de fuerza vital y el objeto
artístico ha de perpetuar al ancestro y asegurar la protección
del clan. Cuidado a la hora de adquirir una de las múltiples
máscaras que configuran su amplio y variado espectro de representaciones
benignas o ... malignas. Hay que asegurarse de cual es su significado
exacto.
Nos refrescamos de nuevo con
la brisa del mar paseando por las playas de una costa que tan sólo
cuenta con poco más de 50 km acotados por los países vecinos de
Ghana y Benín. Recorrer la playa tiene el valor añadido cuando
observamos la vuelta de los pescadores al caer la tarde, el espectáculo
es admirable pero no lo es tanto cuando algunos aprovechados pescadores tratan
de "autoregalarse" nuestro equipo de fotografía a base de sujetarnos y
zarandearnos sin contemplaciones para arrancarnos todo lo que llevamos a la
vista.
Unos gritos bien potentes llama
la atención de otros lugareños que se acerca al lugar y piden
explicaciones a los que nos tienen inmovilizados en el suelo, hechos una bola
para proteger nuestro preciado material fotográfico. Una pelea verbal
entre los dos grupos de pescadores, el abandono del lugar por parte de los
"aprovechados" y las disculpas en nombre de todos los "honrados" es el final de
este malogrado paseo costero. Este aislado incidente será la
única mancha negra en un territorio repleto de experiencias positivas,
unas experiencias que siguen apareciendo a medida que nos adentramos tierra
adentro, donde conviven más de 40 grupos étnicos distribuidos por
su mosaico ambiental.
La carretera que
seguimos desde Lomé hacia Kpalimé, al suroeste, se desliza entre
palmeras y mangos bordeando el macizo de Agu, donde se encuentra el monte
Baumann, que con sus 1020 m de altura se convierte en el techo del país.
Seguimos atravesando grandes plantaciones esta vez de café y cacao y por
el camino empezamos a cruzarnos con decenas de mujeres y niños cargados
con los más variados objetos, una imagen inconfundible del continente
negro y señal inequívoca de que un mercado se esta desplegando en
el pueblo.
Efectivamente, coincidimos
con el día del mercado en Kpalimé, una mañana de
sábado no demasiado calurosa, donde todos comienzan a montar sus
sencillos tenderetes. Nada parece imposible de transportar sobre sus cabezas:
vasijas de hasta medio metro de diámetro, troncos de madera, bandejas
repletas de frutas tropicales, cestas de huevos, canastos de mimbre... todo es
porteado con una maestría y habilidad impecable. Bien es cierto que es
posible ver a niños con poco más de 6 ó 7 años
cargar enormes paquetes sobre sus pequeñas cabecitas con lo cual no es
de extrañar que la practica adquirida se refleje en la destreza y
naturalidad de los adultos.
Dejamos
atrás Kpalimé con un mercado que ve crecer su bullicio por
segundos y tratamos de enlazar con la carretera principal. Literalmente se
trata de la espina dorsal del país que lo cruza de norte a sur. Pero
alcanzarla supone atravesar una infernal y polvorienta pista de tan sólo
60 km pero que con tantos obstáculos naturales ocasionados por las
lluvias resulta infinita... interminable... casi imposible. Esto nos obliga a
ir muy lentos porque entre la maleza y los cambios bruscos del terreno se
convierte en una pista llena de sorpresas imprevisibles y peligrosas. Lo
único grato del camino es la pequeña aldea que encontramos por un
sendero paralelo al pavoroso camino. En ellas las mujeres, desnudas de cintura
para arriba, se encuentran junto a unas grandes ollas preparando la comida y al
mismo tiempo que cocinan dan el pecho a sus hijos que se agarran con
afán a sus madres mientras el resto de la prole corretea por todos los
sitios y ahora hacia nosotros después de romper con el recelo y la
sorpresa inicial.
Los hombres se
muestran muy amables y nos acompañan mientras estiramos las piernas y
nos interesamos por su humilde aldea. Nos despedimos de nuestros inesperados
amigos porque llega la hora de continuar nuestro camino, o mejor dicho nuestro
martirio por la sangrante pista. Como oyendo nuestras plegarias por fin aparece
el asfalto y aparecemos en Notsé, lo cual nos indica que estamos en el
camino correcto hacia el norte. El asfalto no se queda atrás con unos
enormes socavones pero no tiene comparación con la espantosa pista que
dejamos tras nosotros.
HOGARES DE TRADICIÓN
Hacia Atakmé gozamos de bellos paisajes
ente colinas y gargantas, al norte comenzamos a ascender por la falla de
Alédjo, una zanja natural en la ladera de una montaña, con una
carretera sinuosa y bordeada de rocas percibiendo las cumbres de los montes
Tojo. Al llegar a Kara, situada en una llanura a la que se llega con cierta
dificultad, nos sumergimos de nuevo en los dominios de una nueva étnia,
la de los Kabré. Sus pobladores están considerados como los
mejores agricultores de África pues han transformado el paisaje
montañoso en una serie de cultivos en terrazas sembradas de productos
alimenticios como el sorgo, el mijo y árboles
frutales.
Gran parte de los
Kabré viven en "sukalas" semejantes a las de los Lobi de Burkina Faso,
pero que ellos le imprimen una forma más ovalada y
característica. Recorriendo las pequeñas aldeas del país
Kabré como Kétao, Landa Tchawinka y Farende conocemos a unos
jóvenes que inmediatamente nos invitan a conocer su hogar y a su
familia. Una armoniosa melodía
se oye a medida que nos acercamos al hogar, nos sorprende al comprobar que unas
simples piedras de diferente tamaño y grosor son las causantes, junto a
la destreza del intérprete, de producir ese agradable y rítmico
sonido musical. Nos lo enseñan todo, desde el gallinero (donde las
gallinas ni sospechan que pronto serán empleadas no sólo como
manjar sino como sacrificio para los espíritus), el granero y el espacio
reservado al fetiche, que aún presenta sobre su rostro las huellas
sanguinolientas del último sacrificio. Aunque muchos practican la
religión cristiana o alguna de sus variantes, se presenta un sincretismo
entre la tradición ancestral y las creencias religiosas llegadas con la
colonización.
La mejor manera
de captar su sencilla pero ancestral forma de vida, sus costumbres y folclore
es compartir esos momentos que ellos mismos nos ofrecen de forma natural.
Prácticamente ha oscurecido y nos ofrecen compartir el ocaso del
día con ellos. A la mañana siguiente nos despedimos con ganas de
haber permanecido más tiempo descubriéndonos mutuamente pero el
tiempo no se detiene y nuestros próximos desconocidos no están
muy lejos. Como en el resto de los países africanos que hemos recorrido
sus moradores tienen una especial fusión con el entorno donde se
mueven.
La tierra, el agua, el fuego,
los árboles, los animales todos juegan un papel significativo es los
acontecimientos que rigen su existencia. A través de todos ellos se
manifiestan los espíritus que les proporciona esa fuerza vital que da
vida a todo lo que les rodea. Y los espectros lo trasmiten intensamente al
hombre que es capaz de captar esa fuerza, la puede dirigir, neutralizar o
explotar. Realmente es revelador introducirse en su mundo y poder participar de
sus actividades cotidianas.
SIN FRONTERAS
Y no muy
lejos de los Kabré se encuentran los Tamberma. Su nombre significa
"albañiles hábiles" el valle que lleva su nombre, el "Valle de
Tamberma", está sembrado de complejas viviendas-granja, las "tata",
semejantes a pequeños castillos construidos con barro y paja. Pero los
Somba son la fascinación de esta zona. Una frontera artificial creada
para configurar estos dos países les separa de sus parientes Tamberma
pero sus costumbres y formas son muy similares.
Los Somba, "la gente que camina desnuda", son uno de los
pueblos más antiguos del continente que ha conservado intactas sus
características gracias al aislamiento de que han disfrutado por vivir
en la región montañosa, en la meseta de Atakora. Sus viviendas,
prácticamente idénticas a la de los Tamberma togoleses,
representan el aspecto de rústicos castillos con sus típicas
torretas y murallas.
La
construcción de una "sukala" es una actividad bastante laboriosa que da
trabajo a todos: los hombres plantan los pilares de madera bien estacionada y
las mujeres amasan la arcilla con la que se construirán las paredes de
las cabañas circulares y de los gruesos muros que, uniendo las chozas
entre sí cerrarán el conjunto confiriéndole el aspecto de
una fortaleza.
Cerca de la vivienda
hay siempre un fetiche, testimonio de las creencias fetichistas de los
somba. A
estas representaciones se atribuyen poderes mágicos y protección
en innumerables aspectos de la vida cotidiana. A la derecha de la entrada en la
vivienda, hay un altar dedicado a los antepasados muertos, con los cuales los
somba viven en permanente comunión espiritual. Estas viviendas se
levantan en medio de sus propios campos de cultivo lo que les permite
mantenerse a buena distancia de sus vecinos.
Esta costumbre pone de manifiesto su individualismo y
desconfianza, así mismo cada jefe de familia goza de gran
autonomía dentro de la comunidad, cuyas decisiones no está
obligado a respetar.
CUNA DE IMPERIOS
El norte y el sur de Benín nunca han gozado de
buenas relaciones. En el sur se han desarrollado los grandes reinos como el
poderoso reino de Abomey que consiguieron someter a los campesinos y pastores
pobres del norte, construyendo un "Estado negrero" agresivo que tomaba
prisioneros a los vencidos para venderlos como esclavos a los europeos.
Después de la abolición de la esclavitud el reino de Abomey
permaneció vinculado al comercio colonial y el desequilibrio entre el
norte y el sur se acentuó todavía más, con intereses y
cultura muy diferentes que ha continuado hasta hoy en
día.
En Natitingou, capital del
pueblo somba, nos ponemos en marcha para comenzar a descender hacia el sur.
Hasta Beterou la pista es buena sin demasiados altibajos pero de Beterou a
Tchaourou recorremos un infierno de 60 km de pista hiper-estrecha y destrozada
por las lluvias. Al reunirnos con el asfalto nos empezamos a cruzar con las
máquinas asfaltadoras lo cual indica que en un futuro se
conseguirá unir con una carretera asfaltada el norte y el
sur.
Llegamos a Abomey al anochecer,
dando con nuestros doloridos cuerpos, castigados por las horribles pistas que
hemos recorrido durante esta jornada, en Chez Monique un encantador y agradable
rincón, reputado entre todos los viajeros, donde vive la propia familia
que lo regenta envolviéndole una atmósfera muy acogedora y
familiar. Abomey es la ciudad que el pueblo Fon eligió como capital del
gran reino de Dahomey, de entre los reyes que dirigieron al pueblo Fon destaca
uno, Roi Glelé. Llegó a contar con más de 800 esposas,
1.000 esclavas para atenderle exclusivamente a él y un ejército
de 6.000 amazonas que le servían de guardaespaldas pues consideraban que
las mujeres no eran tan traicioneras como los hombres.
MAGIA Y RITOS Las religiones tradicionales animistas-fetichistas son las
más practicadas en Togo y Benín. Incluso practicando la
religión católica o musulmana las costumbres tradicionales son
imposibles de desterrar en países tan supersticiosos como son los
africanos. Pero de los fastuosos tesoros y palacios del reino de Dahomey y de
sus rituales fetichistas nos dirigirnos a la costa donde descubrimos a pocos
kilómetros del dinámico puerto de Cotonou, en la Laguna de
Nokoué, la aldea de pescadores de Ganvié.
Pero lo que marca la originalidad y distingue a este
poblado de los demás es su configuración, convirtiéndolo
es uno de los rincones más seductores y pintorescos del Africa
Occidental. Sus casas están construidas sobre palafitos, altos y
robustos palos clavados en el agua y columnas de madera que, en ocasiones, se
levantan a más de tres metros sobre el nivel del
agua.
Huyeron del norte donde les
enfrentó una guerra contra los Fon, la Laguna de Nokoué en el sur
era el sitio perfecto para protegerse contra los Fon y los reinos Dahomey los
cuales poseían ciertas costumbres religiosas que les prohibían
aventurarse dentro del agua, argumento perfecto para mantenerlos alejados y
vivir en paz.
En toda la zona costera
que recorre Togo y Benín sus habitantes son asiduos practicantes de los
ritos vudúes que suponen una mezcolanza de sus antiguas tradiciones y
las religiones impuestas en los años colonizadores. El vudú
practicado en Brasil, en Haití tiene su origen en los esclavos
capturados por toda la Costa del Golfo de Guinea y las representaciones que
podemos presenciar a un lado y otro del Atlántico guardan una estrecha
relación. Ellos distinguen entre la magia blanca y la magia negra pero
esta última está totalmente prohibida a los
extraños.
La puesta en escena
de la ceremonia de magia negra tiene como objetivo perjudicar a un enemigo para
matarle o convertirle en un "zombi" doblegado a la voluntad del brujo. Basta
una foto o una prenda para que los alfileres clavados en la desdichada
víctima produzcan el efecto tan malignamente ansiado. Pero los "blancos"
solo podemos presenciar la magia blanca aunque su puesta en escena resulta tan
escalofriante que no queremos pensar como serán los de la magia
negra.
Los fetiches rodeando la
estancia, los hombres tocando los tam-tam y las mujeres danzando al son de los
ritmos desgarrantes configuran una escena llena de fuerza, donde no falta el
sacrificio ritual de gallinas a los espíritus. El ritmo de la
música y los movimientos trepidantes de las mujeres se acentúan
hasta llevar a algunas de ellas al trance. Esta ceremonias pueden continuar
durante toda una noche y nos confiesan que a veces pueden acabar en
orgías. Las gallinas sacrificadas, una vez cocinadas, servirán de
cena entre los asistentes y por último todos serán bendecidos. La
entrega y el frenesí que destilan por todos sus poros es verdaderamente
impresionante y la firme convicción de que están realmente en
contacto con los espíritus transmisores de toda la fuerza y
energía deseada es fascinante.
Las manifestaciones y las sensaciones que transmite el
Africa Negra son auténticamente inolvidables. Su color, su sabor, su
ritmo y su magia no pueden por menos que seducir los sentidos e irrumpir con
fuerza en los más hondo de nosotros.
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