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traídos por la abundancia de oro, los
primeros en pisar las playas de la costa del "ébano" fueron los
portugueses y tras ellos llegaron daneses, holandeses, alemanes,
británicos... que fueron sembrando las costa de castillos y fortalezas.
Por estos fantasmas del
pasado desfilaron durante más de 300 años miles de esclavos y
entre sus muros aún se pueden oír, las terribles y crueles
historias que allí acontecieron. La "madera de ébano", hombres y
mujeres cruelmente encadenados, se hacinaba en celdas húmedas y
estrechas esperando un destino tan incierto como desesperanzador.
Codiciosos
colonizadores fueron los primeros europeos que llegaron a Ghana ambicionando
tesoros y riquezas fáciles, pero los tiempos han cambiado y ahora Ghana
atrae a los aventureros por unos tesoros muy diferentes: la posibilidad de
acceder a un entorno único y en él, conocer y comprender mejor su
historia, explorar su pasado y vivir su presente.
CASTILLOS Y CADENAS
Entramos en Ghana a
través de una carretera escoltada por una espesa selva tropical. La
selva,con sus gigantescos árboles y su abundante vegetación,
parece impenetrable y envuelta en un misterio indescifrable. Al otro lado... el
mar, donde la arena y las rocas se combinan sin fin, y donde los acantilados
rocosos se van interrumpiendo con playas de arena fina. Pero no vamos a luchar
contra la naturaleza como ocurría antaño.
La realidad del hombre
del siglo XX es la ineludible burocracia. Aunque el paso por la aduana de Costa
de Marfil es rápido, en la de Ghana los trámites para comprobar
que todos los papeles están en regla se hacen muy lentos. El trato es
correcto y amable pero el tiempo que pasamos recorriendo todas las ventanillas,
incluso mostrando el Certificado Internacional de Vacunación -que hasta
ahora nadie nos había reclamado- nos impiden avanzar lo suficiente para
poder alcanzar el primer vestigio de la colonización de la Costa de los
Esclavos.
Está a punto de
ponerse el sol y es inútil continuar el viaje pues no podríamos
disfrutar de nuestro exuberante entorno. Aprovechando los últimos rayos
del sol decidimos montar nuestro campamento entre la espesa jungla que nos
rodea. Un pequeño claro en medio de los frondosos árboles y la
copiosa vegetación será nuestra morada esta noche y otras muchas.
A la mañana siguiente, una imagen muy diferente a la hallada en los
países africanos recorridos por el momento comienza a desfilar ante
nosotros y poco a poco empezamos a formar parte de ella.
Las imponentes
reliquias medievales diseminadas por sus playas son las que marcan la
singularidad de la costa ghaneana. A lo largo de los 400 km de su costa, los
portugueses, holandeses, daneses, franceses, alemanes y británicos -que
fueron los que finalmente colonizaron todo el territorio-, compitieron
duramente por hacerse con el control de esta rica zona en metales preciosos y
en la llamada "madera de ébano": los esclavos.
El comercio de esclavos
ya existía antes de la llegada de los europeos pues los grandes imperios
de Ghana, de Mali y de Songhay ya acostumbraban a convertir en esclavos a los
pueblos vencidos en las guerras. Cuando los europeos recalaron en sus playas se
descubrió el Nuevo Mundo poco después y desgraciadamente la
demanda de esclavos fuera del continente africano se disparó de tal modo
que fue el comienzo de la más amarga época de la historia
africana Cuando por fin en el siglo XIX acabaron las disputas por el control de
la costa entre las distintas potencias europeas y la esclavitud fue abolida,
Ghana contaban con 76 castillos y fortalezas, lo que supone una media de un
castillo de diferente o igual nacionalidad cada 6 km.
Una auténtica
muralla defensiva que aun podemos descubrir con los 15 ejemplos mejor
conservados que permanecen en excelente estado.
EL ORO DE LOS ASHANTI
Ghana, llamada
antaño la Costa de Oro, fue uno de los primeros territorios africanos
afectados por la colonización. Fueron atraídos por el mito del
oro de los Ashanti, un pueblo negro de Ghana que ostentaba gran riqueza gracias
a los yacimientos de este metal precioso. De elevada estatura, resistentes a la
fatiga de la sabana y famosos como despiadados guerreros, eran poseedores de
unos tesoros sobre los que se fabulaban no sólo en África, sino
en el mundo mediterráneo y en toda Europa.
Y ante la
atracción de tanta riqueza y grandeza llegaron los primeros barcos
portugueses en el s.XV, comenzando a construir fortalezas tan pronto como
comprobaron que el mito del oro Ashanti era cierto. Con uno de estos castillos
iniciaremos nuestro avance entre estas construcciones del pasado. A medio
camino entre la frontera de Costa de Marfil y Takoradi, descansa el poblado de
Axim al borde del mar, lugar elegido por los portugueses en 1516 para poner la
primera piedra del segundo fuerte más antiguo de cuantos jalonan la
costa.
Ignoramos el primer
cartel que nos indica el camino hacia Axim, pues las lluvias han inundado
totalmente la pista y con las pésimas cubiertas que calzamos no queremos
más "bromas" si avanzamos sin ver el fondo. Seguimos por la carretera y
un nuevo cartel nos dirige por un camino transitable. Mientras cruzamos el
pueblo vemos emerger de entre las cabañas prefabricadas de los
lugareños las antiguas casas coloniales que agonizan en ruinas. Sus
fachadas envejecidas son los rostros del pasado y sus grietas muestran la
decadencia en la que han sucumbido. La calle principal nos deposita en una
explanada para ofrecernos la posibilidad de entrar en la fortaleza, que se ha
salvado de la suerte que han corrido las antiguas mansiones.
Su exterior no
manifiesta la majestuosidad interior del castillo, donde sus salas, puentes y
atalayas aparecen ante nuestros asombrados ojos tal y como fueron concebidos
hace siglos. En sus almenas, los cañones se asoman desafiantes, como
centinelas en permanente vigía que todavía parecen querer
custodiar una fortificación deseada por todas las naciones europeas que
se disputaban el control de las riquezas de la zona. Absortos por las
deslumbrantes vistas hacia el mar, seguimos escudriñando el horizonte a
nuestro alrededor hasta distinguir la gran animación de su puerto de
pescadores. En lugares así es donde encontramos la esencia de Ghana y
deseamos mezclarnos entre sus gentes.
Los lugareños se
muestran afables y tranquilos, sin agobios por la extraña e inusual
presencia de extranjeros. Paseamos por la playa con naturalidad y tranquilidad
disfrutando de la conocida y legendaria amabilidad de los ghaneanos, que tras
una calurosa sonrisa siguen inmersos en la cotidianidad de sus labores. En la
orilla, los pescadores son pacientemente aguardados para comenzar a descargar
las piezas capturadas y repartirlas por los puestos ambulantes que se
despliegan en la playa. La exposición de pescados es soberbia, entre los
peces habituales se entremezclan los exóticos peces martillo, peces
espadas e incluso tiburones. Todo el mundo trabaja y los más
jóvenes limpian las piezas, las trocean, las salan o las venden... es el
cotidiano espectáculo de la vida del mar.
LOS AMOS DE LA COSTA
Con las imágenes
de la sosegada existencia pero febril actividad que se desarrolla a los pies de
la centenaria fortaleza, proseguimos nuestro avance recorriendo estos
vigías medievales que parecen aguardar paciente su turno a orillas del
mar. Cada enclave refleja una personalidad propia y si el fuerte de Axim
refleja la clásica concepción de un castillo, otros como el de
San Sebastián, con forma de barco que enfila hacia el mar, despunta por
su originalidad. O el fuerte de Princess Town, donde el salvaje océano,
el ejército de cocoteros que rodean el castillo, sus propias ruinas y el
camino escarpado para acceder a él, le confieren un aire solemne de
extrema austeridad y aislamiento.
A veces, como en el
fuerte de Metal Cross -un castillo elegante con puertas abovedadas flanqueadas
por columnas- la visita se realiza en un ambiente muy familiar. El bajo
presupuesto para el mantenimiento de estas joyas del pasado es tan ajustado que
el gobierno prefiere instalar una familia ghaneana que cuide de él a
cambio de alojamiento y una pequeña cuota sobre las entradas. A medida
que avanzamos por el fuerte no es raro encontrarnos un grupo de mujeres
tendiendo la ropa o preparando la comida, indiferentes a los intrusos que
invadimos su intimidad. El cabeza de familia nos recibe calurosamente y se
encarga de enseñarnos las estancias y de relatarnos las aterradoras
historias que allí se vivieron no hace tantos siglos.
La puesta de sol sobre
el océano Atlántico suaviza las espantosas historias que
aquí se sufrieron, y ahora, el sosiego que reina en sus playas y sus
escenas cotidianas muestran un apacible e intemporal ambiente. En su puerto,
donde antaño recalaban siniestros barcos para ser cargados de esclavos,
hoy en día atracan las embarcaciones familiares que traen el sustento
que les permitirá alimentarse y comerciar con los excedentes.
EL TRONO DEL ESPÍRITU
Pero no sólo
vamos a revivir el pasado colonizador a través de los fuertes y
castillos diseminados por la Costa de Oro como se le conocía entonces.
Vamos a dirigir nuestra mirada al norte y tratar de alcanzar la legendaria
capital de los ashanti: Kumasi. Cuando los ingleses dominaban el país,
la reina Victoria envió al gobernador Frederick Mitchell Hodgson para
someter a los ashanti, cometiendo la imprudencia de reclamar el trono sagrado
del rey con el fin de sentarse en él. Era el trono de oro poseedor del
"sunsun" -el espíritu- de la nación Ashanti y todo extranjero que
osase apoderarse de él sería maldito.
Todo ocurrió
hacia 1900 y este episodio acabó en una carnicería. Los ashanti
tomaron las armas y se enfrentaron a las tropas del gobernador mandadas por el
mayor británico Lord Baden Powell, que redujo Kumasi y sus palacios a un
montón de cenizas, venciendo la resistencia de los ashanti. Los ingleses
creyeron haber arrebatado al pueblo Ashanti el trono de oro y se lo llevaron al
Museo Británico, en Londres. Pero los ashanti, astutos y valientes,
incluso pudiendo perecer entre las llamas lo sustituyeron durante los
enfrentamientos por una réplica.
Cuando en el año
1924 volvió al país el rey ashanti, Primpeh I, que había
sido deportado por los ingleses a las Islas Seychelles, el trono
reapareció como por encantamiento ante los asombrados ojos de los
ingleses. Pero esta vez, los colonizadores se guardaron de reclamarlo pues una
nueva guerra podría estallar si lo intentaban. Este famoso trono de oro
existe todavía pero es imposible verlo, pues se halla en el interior del
Palacio Real Ashanti, en Kumasi. Como objeto sagrado ha sido venerado desde
siempre por los Ashanti y sólo lo muestran en las coronaciones de los
nuevos reyes.
Pero en Kumasi no todo
es historia, destaca el palacio Ashanti de Mauhiya -reconstruido tras ser
arrasado por los ingleses- y el magníficamente conservado fuerte
colonial inglés o el Centro Cultural donde las tradiciones
artísticas, danzas, conciertos... que representan los ancestrales
símbolos de la vida cultural ashanti siguen tan vivos como en el pasado.
Pero como ocurre en todas las grandes ciudades de África, el
espíritu cotidiano de sus gentes nos lo encontramos en su
espléndido mercado.
Todo cautiva a la
vista: utensilios de cocina esmaltados con motivos decorativos de violentos
colores; montañas de pimientos, tomates y todos los productos
agrícolas amontonados o diseminados a lo largo de la calle; ramos verdes
de hojas de bananeros que les sirven de asientos; cientos de líquidos y
especies desconocidas que cubren los suelos y en definitiva un sin fin de
sensaciones y olores que conforman un magnífico
espectáculo.
FORTALEZAS DE PODER
Con los colores y
aromas del mercado de la histórica capital ashanti, descendemos de nuevo
a la costa para disfrutar de color y la frescura que desprende
inconfundiblemente el mar. Frente a nosotros: Cape Coast, la capital de la
Costa de Oro, el enclave donde los navegantes lusitanos pusieron los pies por
primera vez abriendo la famosa vía marítima de las Indias
alrededor de África e iniciaron las primeras relaciones comerciales con
la población local, la etnia Fanti. Paseando por sus calles un halo de
nostalgia parece flotar en el ambiente.
Como en todas las
ciudades antiguas marcadas por su historia, el pasado parece querer imponerse
sobre el presente. Nuestro entorno intenta revivirlo a cada instante: viejas
residencias cuyo estilo recuerda las cabañas criollas, un
insólito palacio italiano, faros amurallados, viejos fuertes con
arcaicos cañones apuntando a un hipotético enemigo que ya nunca
vendrá o una sorprendente estatua de la reina Victoria en medio de una
gran plaza. Pero el más impactante edificio es su gigantesco castillo,
erigido con el esfuerzo y sudor de los ghaneanos esclavizados por los
holandeses a mediados del s.XVII.
Una
fortificación compleja y de hermoso diseño que es un
auténtico museo arquitectónico de la época colonial con
sus varias líneas de empalizadas, torreones, garitas colgadas sobre los
arrecifes, patios de armas, lujosos salones con vistas al océano... pero
con un siniestro subsuelo con cuevas abovedadas donde se hacinaban miles de
esclavos durante meses para ser embarcados posteriormente en barcos negreros.
Pero si el castillo de Cape Coast es el más grande de todos, el de
Elmina es el más bello y espectacular de todos cuantos jalonan la Costa
de los Esclavos. Fue el primer castillo construido por los portugueses en 1482
y recibió el nombre de San Jorge de Mina por su proximidad a las minas
del codiciado oro.
Elmina es un
pequeño pueblo pesquero repleto de vida y actividad al que se llega
avanzando por un camino flanqueado por palmeras paralelo al mar. Su fuerte,
orgulloso y desafiante, despunta resplandeciente sobre un promontorio rocoso
golpeado sin piedad por las olas. Bajo el sol, el castillo brilla con su blanco
deslumbrante adquiriendo el aspecto de un enorme espectro del pasado. Su
emplazamiento sobre una punta de lanza rocosa que se hendía en el mar le
envolvía permanentemente con vientos costeros, ofreciendo a los
ocupantes del fortín un clima más fresco y sano que el del
interior, donde los mosquitos podían transmitirles fácilmente la
malaria y otras enfermedades tropicales.
Pero como siempre, la
vida "sana" de los moradores europeos contrastaba con la vida
"subterránea" de los esclavos que eran hacinados en mazmorras. Pero al
pie de sus muros, la actividad que desarrollan los pescadores es un
espectáculo. Una escollera bordea el estrecho canal que conduce al
puerto y le defiende contra la furia del océano. Una a una, las barcas
desfilan lentamente por un pasillo rocoso para dirigirse hacia alta
mar.
Cada canoa se distingue
por su estandarte, ondeando en la proa, pero el color dominante es el de los
sombreros de los marinos, que eligen un color y una forma -cascos mineros,
gorros, sombreros con borde ondulado...- como distintivo de esa
tripulación. Se compite no sólo por la captura del pescado, sino
también por los trajes y la decoración de las piraguas. Es un
auténtico desfile, tras el cual se comenzará la prueba deportiva
del paso de la barrera, que incluso para los marinos más experimentados
resulta arriesgada.
Después de vivir
la magia de la vida cotidiana de los africanos de ayer y de hoy, de conocer y
sentir las historias de su tórrido pasado, nuestro viaje por Ghana
comienza a llegar a su fin. El paso por la capital, Accra, es rápido, no
queremos que el bullicio y la confusión típica de las capitales,
donde el desarrollo mal entendido enturbiaría la imagen más
apacible y auténtica que hemos vivido durante todo este tiempo. Tan
sólo algunos locales y las noches al borde del mar no pierden la esencia
africana, en las playas de la capital se puede pasear disfrutando de los ritmos
africanos en los numerosos bares que abren sus puertas a todo aquel que quiera
fundirse con las raíces de la música africana y la refrescante
brisa del mar.
En Ghana hemos vuelto a
revivir los fantasmas de antaño, pero precisamente con la serenidad de
que todo forma parte del ayer. Y al igual que otros ancestrales pueblos con una
fuerte historia, la herencia recibida parece pesar más fuerte que el
presente y los pequeños pueblos que viven a los pies de estas viejas
reliquias siguen conservando el recuerdo de una dominación no muy
lejana.
Pero la historia sigue
escribiéndose ...ahora dirigida por ellos mismos, por los descendientes
libres de la Costa del "Ébano", un litoral que nos encamina hacia la
última etapa de la Ruta de los Reinos Perdidos de África: Togo y
Benín, la cuna del Vudú.
DATOS
DE INTERÉS |