|
 osta de Marfil no ha sido nunca cuna de grandes
reinos ni imperios como Mali o Burkina Faso. Ni tampoco las etnias que conviven
en sus tierras son autóctonas, sino que proceden de sus países
vecinos.
Éste es el caso
de los senufos, que provenientes del sur de Mali, se establecieron sin
necesidad de combatir en la sabana que ocupa todo el norte de la actual Costa
de Marfil y que antaño la cubría una selva inhabitada que
convirtieron en su bosque sagrado.
EL PAÍS SENUFO
Abandonamos Burkina Faso con los vivos recuerdos del
País Lobi, vivencias e imágenes difíciles de borrar pero
con el deseo y la ilusión de conocer un nuevo universo. Nuestra
intención inmediata es llegar hasta el corazón del País
Senufo para poder redescubrir una nueva comunidad cargada de tradiciones y
ritos tan nuevos para nosotros como tan antiguos para sus herederos, que con el
paso de los siglos aun mantienen vivas sus costumbres. Y sin más
dilación cruzamos la frontera que no nos retuvo más de lo
imprescindible.
Con un trato correcto,
un simple chequeo de los pasaportes y documentos del Mitsubishi Montero y un
caluroso "bienvenue" pisamos un nuevo país. Las mezquitas de estilo
sudanés siguen acompañándonos en los márgenes de la
carretera pero cada vez resulta más difícil vislumbrarlas. La
población elige los bosques para establecerse y los poblados quedan
camuflados.
En el horizonte empieza
a distinguirse el perfil de gigantescos árboles que antes conformaban
una intrincada jungla pero que hoy en día son unos esporádicos
retazos de vegetación ancestral. Nos situamos en Korhogo, capital del
país Senufo, un lugar idóneo para comenzar a penetrar en una
dimensión de reposada y experimentada tradición. Los senufos,
asentados en esta zona desde hace más de siete siglos desarrollan una
vida tranquila y apacible. Sus trabajos artesanales son reconocidos en toda
África Occidental y cada poblado desarrolla con gran maestría una
única y propia especialidad.
Su calidad y
tradición en la ejecución se manifiesta en cada trazo y
tejedores, herreros, pintores, ebanistas, ceramistas... cautivan a los
viajeros, africanos u occidentales, que observan su elaboración y el
brillante resultado final del genuino e inconfundible talento
africano.
"PORO", SOCIEDAD SECRETA
Los senufos, que han
logrado conservar una organización basada en la igualdad y en la
autonomía de cada comunidad, no sintieron la necesidad de organizarse en
reinos, ni de tener un soberano poseedor del poder. Esto evitó la
ambición personal o las lamentables guerras de conquistas por la
sucesión. Su concepción del mundo y de la educación
está dispensada por el "Poro", sociedad iniciatica secreta que
constituye la base de su sabiduría y de su estabilidad milenaria
proporcionándoles una enseñanza global.
Nos explican que cada
aldea senufa cuenta con un "bosque sagrado", vestigios del gran bosque que
antaño cubría completamente Costa de Marfil. Es en este bosque
donde se realiza la iniciación en las regiones animistas, es decir, a
los jóvenes se les permite entrar en los misterios y tradiciones del
grupo que no deben revelar jamás a los no iniciados. Tienen que
demostrar una serie de virtudes consideradas fundamentales: perder algo de
individualidad en beneficio de la comunidad, tener discreción,
valentía, ser sinceros, resistencia física y moral, el control de
sí mismos, etc.
Pero conviviendo con
ellos durante días, conversando sobre sus costumbres y tradiciones que
ellos mismos nos relatan, comprobamos como los más jóvenes poco a
poco, desgraciadamente, son más reticentes a la hora de aceptar las
imposiciones del Poro. Pues los más viejos tienen la ventaja de que
gracias al Poro los jóvenes están obligados a realizar durante
siete años un auténtico servicio cívico en beneficio de lo
ancianos, consistente en asegurar a éstos un trabajo que ya les es
imposible de ejecutar.
ALDEAS DE
TRADICIÓN
Por una artería
de la carretera que conduce al oeste del país llegamos al pueblo de
Waraniéné. Como en casi todos los pueblos, el barrio de los
artesanos se halla a la entrada. El panorama es espectacular, decenas de
hombres hilan con unas rústicas máquinas sin apartar la vista de
su trabajo, mientras las mujeres cosen y bordan las telas, resultado de la
producción masculina. La presencia de extraños a su alrededor,
observando como ejecutan su delicado trabajo, no les inmuta en absoluto.
Finalmente, en los cordeles dispuestos para ello, se exponen los trabajos
acabados: vestidos o bubus, manteles, camisas, muñecas.
La novedad en este
singular mercado textil es que el regateo no existe, las tarifas están
impuestas por la cooperativa y no hay lugar para un tira y afloja de precios.
Más allá de Waraniéné, a través de pistas
cada vez más deterioradas, aparece el poblado de Koni, la "aldea del
metal". Los herreros al igual que los artesanos de Waraniéné
disponen de una cooperativa. Inalterable desde hace siglos, de un pozo que en
ocasiones llega hasta los 20 m de profundidad, se extrae el mineral que se
funde en hornos, semejantes a cabañas, dotado de un agujero por donde
sale el humo. Al cabo de 2 semanas el hiero fundido se lleva a las forjas donde
se trabaja con ayuda de fuelles rudimentarios y se da la forma definitiva a los
objetos de labranza y para el hogar.
Las pistas son como una
madeja de lana donde todas se van entrelazando, pero poco a poco los poblados
senufos van emergiendo en los márgenes de la sabana y nos desvelan sus
especialidades artesanales. Fakaha, poseedora de las telas decoradas más
reputadas de Costa de Marfil; Katia, de hilanderos; Takpalakaha, con sus finos
alfareros;... Ver sus exposiciones es como visitar un museo y su modo de
trabajar como un paseo por el pasado.
LA CASA DE LOS
FETICHES
Pero el poblado
más impactante por su arquitectura y grado de conservación es
Niofouin, donde la histórica arquitectura senufa se halla completamente
intacta. Sus hogares construidos en barro y con techumbre de paja, al igual que
los graneros de mijo análogos, han conservado su tradicional forma
redonda y forman pequeños recintos familiares al unir sus
pequeños hogares mediante muros del mismo material. De pronto el tiempo
parece haber retrocedido aún más.
El único
síntoma del contacto con los extranjeros es su obsesiva ansiedad por
pedir y pedir sin cesar "cadeau" (regalos) a los intrusos que simplemente
queremos conocer su forma de vida. Pero ya conocemos el procedimiento para
visitar el lugar sin problemas, hemos de dirigirnos al jefe del poblado, el
señor de más edad, y pedirle autorización para recorrer la
aldea. Tras un pequeño donativo el anciano nos asigna un jovencito de
unos 12 años que nos conducirá por las calles de
Niofouin.
Después de
recorrer una senda de graneros de mijo desembocamos en la plaza sobre la cual
giran los actos oficiales, el gran motor de la vida tribal, donde se halla la
protagonista de la vida animista: la casa-fetiche. La sobrecogedora
cabaña circular de gigantesca techumbre escalonada está
recubierta en todo su perímetro con bajorrelieves que simbolizan
reptiles u otros animales temidos, seres humanos con alguna enfermedad y
representaciones de demonios a los que deben vencer. De sus paredes aparecen
colgados decenas de collares y cráneos de perros o pequeños
animales domésticos que fueron sacrificados para pedir algún tipo
de bien social o individual.
Casi adyacente, como si
se tratase de la sombra de la casa-fetiche, se encuentra el segundo gran
edificio "social" de los senufos: el "tribunal" -"la casa de las reuniones"-,
donde el consejo de ancianos se reúne para tomar decisiones. A pesar del
poder del jefe, el más venerable anciano, existe un tribunal para evitar
que se exceda en sus funciones o cometa imprudencias. Al final de nuestro
recorrido nos vemos literalmente rodeados por más de medio centenar de
entusiasmados niños, pero nuestro simpático amigo consigue
apaciguarlos y nos despedimos agradecidos de esta bella aldea.
El País Senufo
nos mostró que su forma de ser y de vivir responde a unas tradiciones
arraigadas desde hace muchos siglos que les han evitado enfrentarse entre ellos
mismos y a conservar su integridad en beneficio de la comunidad, confiamos que
la "modernidad" y la desidia no acaben con ellas.
LA CIUDAD DE LAS DIECIOCHO
MONTAÑAS
Pero desde las pistas
del País Senufo hasta las pistas montañosas de Man podemos
disfrutar de un magnífico asfalto que tras dejar atrás la moderna
e impersonal zona de Odienné nos hace cruzar la tierra de los pueblos
Maous. Aldeas como Godofumo, Silacoro y Zala representan unos de los pocos
ejemplos casi perfectos de pueblos tradicionales, con cabañas redondas
de barro y techumbre de paja, donde las mujeres siguen luciendo un
característico peinado consistente en una caracola de su propio pelo que
cubre la oreja.
La naturaleza sigue
sufriendo la metamorfosis propia de este gran continente, la sabana arbustiva
va desapareciendo y la jungla nos extiende su verde alfombra hasta llegar a la
zona montañosa de Man. La ciudad de Man no tiene ningún
interés, sin forma, sin estilo, con la habitual mezcolanza de las
ciudades con pretensiones occidentales. Pero está ubicada en el
más bello lugar de la zona, en medio de exuberantes verdes colinas,
rodeado de dieciocho montañas de formas extraordinariamente diversas.
Son los alrededores de Man los que hace que merezca la pena haber ido con
nuestro Montero hasta casi la frontera de Guinea.
Fuera del asfalto
-¡y nunca en la época de lluvias!- disfrutaremos de pueblos
dispersos por la selva o de aldeas encaramadas a auténticas atalayas
rocosas. El avance siempre es lento por el desastroso estado de las pistas, en
la jungla los surcos de las torrenciales aguas a veces nos obligan a rellenar
zanjas con tierra o a cavar para transformar un escalón en rampa. Y en
las montañas, el transporte manual de piedras suplía a la pala
para poder hacer transitable algunas zonas donde era evidente que pocas veces
son cruzadas por vehículos a motor. Tan sólo la
preocupación de no rajar las pésimas ruedas que calzamos nos
impide la plena concentración en nuestro maravilloso entorno.
EL VATICANO DE
ÁFRICA
Deseosos de
reencontrarnos de nuevo con el mar, en el Golfo de Guinea, hemos de cruzar la
impersonal y joven capital del país, Yamousoukro. Antes de entrar en la
ciudad, desgarrando el verde tapiz esmeralda que forma la vegetación,
emerge una gigantesca cúpula gris. Es la coronación de la
Basílica de Notre Dame de la Paix, hermana en dimensión y
diseño a la de San Pedro de Roma. Después de las mezquitas
sudanesas y de las casas-fetiches animistas es desconcertante observar este
monumental edificio.
Completamente solitaria
en medio de una infinita llanura verde, sólo está abierta al
público tres días a la semana durante unas pocas horas. Es
difícil imaginar congregados a los 300.000 feligreses que puede albergar
entre sus muros. Seguimos avanzando por la ciudad y los árboles
desaparecen, como elementos malditos parecen desterrados en los alrededores de
la joven capital. Construida a partir de 1960, sobre la antigua aldea que vio
nacer al presidente Houphouët-Boigny, no es más que una vasta
planicie de cemento sin árboles que regalen su generosa y reconfortante
sombra mientras paseamos por sus largos y anchos bulevares.
LA CIUDAD DE LA LAGUNA
La carretera que nos despide de Yamousoukro y
nos conduce a la costa también nos hace sentir en el s. XX y su red de
comunicaciones son otro detalle que nos revela que el desarrollo y riqueza de
Costa de Marfil es superior al de sus países vecinos. Sesenta
kilómetros sobre el perfecto asfalto de la nacional y 120 km de moderna
autopista que surca una frondísima jungla nos lleva hasta el Golfo de
Guinea.
Y entramos en Abidjan,
la ciudad nos recibe con un calor que se acentúa por la desagradable
humedad que caracteriza a la costa, no en vano la humedad y los mosquitos que
tuvimos que soportar las pasadas noches en nuestra acampadas nocturnas en la
selva, no eran más que un preludio de la pesadez de la atmósfera
de este húmedo clima atlántico ecuatorial. La laguna de Abidjan
no se vio conectada con el océano hasta que en 1951 los franceses
abrieron el canal de Vridi, proporcionando a la ciudad un excelente puerto que
le permitió desarrollarse y que transformó aquella tranquila
aldea del pasado en una rica y superpoblada capital.
Esta ciudad gigantesca
no es fácil de conocer y a veces resulta exasperante por su afán
de parecerse al mundo occidental, pero a pesar de tantos rascacielos conserva
un profundo carácter africano. Pues sus modernas zonas de rascacielos se
alternan con barrios y mercados populares. Pero huimos del bullicio de la gran
ciudad y acampamos en el pequeño camping "Copa-Cabana" a las afueras de
la ciudad, al borde mismo del Golfo de Guinea, donde la pesada humedad del
ambiente queda aliviada con la brisa marina. Se encuentra ubicado en la
carretera hacia Grand Bassam, el último rincón del país
que visitaremos antes de partir para Ghana.
PASADO
COLONIAL
Como un comité
de bienvenida a las puertas de Grand Bassam, dos infinitas hileras de
tenderetes de una gigantesca y completa exposición de artesanía
africana se extienden a ambos lados de la carretera durante más de un
kilómetro. Tras la visita a este "museo" al aire libre vamos
directamente a la estrecha franja de tierra entre la laguna y el océano,
ahora llamada "casco viejo" y donde establecieron su capital los primeros
colonizadores franceses. Pero dos epidemias sucesivas de fiebre amarilla,
allá por el año 1899, provocó la huida de los franceses
hacia Bingerville.
La posterior
construcción de un puerto la llenó de nuevo de vida,
erigiéndose elegantes y grandes edificios por todas partes. Pero esta
edad dorada concluyó finalmente en 1931 cuando los franceses
construyeron otro muelle en Abidjan.
Hoy en día la
mayoría de la gente vive en la Nueva Bassam, ubicada en el continente y
sin ningún interés. Es en el antiguo barrio francés donde
nos encontramos numerosas mansiones de estilo colonial, todas ellas impregnadas
de un amargo y melancólico encanto. Tan sólo el Palacio del
Gobernador y el Ayuntamiento han sido restaurados.El elegante edificio de
Correos, la Aduana, los ornamentados almacenes y las numerosas mansiones de dos
pisos con refinadas terrazas desfilan antes nuestros ojos pero en un lamentable
estado de abandono y deterioro.
La voraz e insaciable
vegetación costera puede aquí dar rienda suelta a sus instintos y
engullir sin piedad los edificios que antaño eran el orgullo del
África Occidental colonial. Parece que los legítimos
dueños de estas tierras han cedido su venganza al inexorable paso del
tiempo que será el que borre, al menos físicamente, un
capítulo de la historia que nunca desearon interpretar.
En Costa de Marfil
hemos tenido la oportunidad de viajar desde las tierras del norte del
país con los ritos y tradiciones más genuinas del pueblo senufo
hasta el pasado colonial en el sur, condenado al olvido a orillas del mar. Un
largo y cálido paseo por la historia de las civilizaciones que en
África tiene muy distintas facetas, a veces trae desarrollo pero otras
tristeza y desolación, como en el caso de nuestra siguiente etapa:
Ghana, la Costa de los Esclavos.
DATOS
DE INTERÉS |