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 esde los acantilados de Bandiagara, en Mali, descendemos por
una accidentada pista que nos permite abordar el norte de un nuevo país
que constituye un rincón olvidado de África: Burkina Faso. Estas
tierras septentrionales son la zona más marginal y castigada del
territorio, donde viven los pueblos de pastores nómadas. Un lugar en el
cual las estepas y arenas están todavía dominadas por los tuaregs
y los peuls. Una tierra árida e ingrata, como rechazando a los escasos
visitantes que cruzan esta zona, es el entorno de la pista por la que vamos
adentrándonos en Burkina.
LOS ERRANTES DEL SAHEL
Ante tanta acritud y
polvo es el calor humano de los minúsculos pueblos que vamos encontrando
los que nos devuelven a la realidad de esta hospitalaria África.
Diminutas aldeas con pobladores efusivos dan la bienvenida en sus humildes
viviendas a todo viajero que se digne en mostrar interés por su cultura
y decida compartir unos momentos bajo su techo. Pero el impacto humano
más sorprendente de toda aventura es siempre el más inesperado,
en esta ocasión fueron los nómadas.
Aquellos pueblos sin
tierra, que huyen de las poblaciones y se alejan de las rutas principales. Son
como pueblos fantasmas que se desplazan en silencio y siguiendo rumbos
misteriosos. Quizás el azar o el hecho de ir improvisando nuestra ruta
por los lugares más inhabituales y solitarios provoca este encuentro con
los más característicos nómadas del sahel: los peuls.
Altos, delgados, con nariz aguileña y labios delgados se dice que
descienden de una mezcla de negros, etíopes y árabes. Un pueblo
errante que comenzó el nomadismo en la noche de los tiempos y aunque
algunos grupos se hicieron sedentarios y se convirtieron al Islam, la
mayoría continuaron con el nomadismo y fieles a la filosofía
peul.
Esta filosofía
les conduce a exaltar la belleza de los grandes espacios para continuar con la
trashumancia en sus caravanas. El cuerpo humano es para ellos objeto de
expresión artística y resaltan la belleza con todo tipo de
adornos. Los hombres llevan colgados al cuello un amuleto del que nunca se
separan pues les sirve de protección y colgados de su cinto lucen
enormes espadas. Pero son las mujeres las más hermosamente ataviadas.
Entre sus mantos negros destacan sus brillantes joyas, ya sean abalorios,
largos pendientes de oro, aros plateados en sus tobillos o las monedas de plata
cosidas a los pañuelos negros que enmarcan sus finos rostros.
Los nómadas
peuls, dedicados al pastoreo itinerante, son capaces de reconocer cada unos de
sus animales entre un rebaño de más de 300 vacas, sin
ningún tipo de marca previa. Sus enseres van a lomos de sus animales y
las calabazas anaranjadas destacan sobre todo lo demás, es en el mundo
de la vida doméstica donde la calabaza es un comodín que se usa
para elaborar todo tipo de instrumentos: cuencos, cucharones, cantimploras,
vasos.... Acogedores a la par que tímidos, son unos anfitriones
extraordinarios que demuestran el poco contacto con los extranjeros blancos.
Las sonrisas amistosas y la enorme curiosidad de los unos hacia los otros son
suficientes para pasar una inolvidable velada.
LOS FETICHES PROTECTORES
Pero llegó la
hora de abandonar las desnudas estepas del sahel del norte y de dirigirnos
hacia la capital. Las polvorientas pistas van quedando atrás y volvemos
a probar la suavidad del asfalto al enlazar con la columna vertebral del
país: la carretera Ouagadougou-Bobo Dioualaso. La capital, Ouagadougou,
es de concepción moderna, como ocurre con la mayoría de las
capitales africanas, su nombre en cambio rememora uno de los reino Mossi
fundados hacia el siglo XII.
Pero los Mossi no son
un simple recuerdo, sigue siendo el presente constituyendo el principal y
más numeroso grupo étnico de Burkina. En la Edad Media fundaron
un poderoso imperio feudal y gracias a su potente armada y a la sofisticada
organización de sus reinos, los Mossi han resistido las agresiones de
los grandes imperios africanos y han perpetuado sus tradiciones y sus
dinastías hasta la época actual. Hoy en día sigue
existiendo el emperador del reino Mossi que reside en Ouagadougou, "Moro Naba",
el rey del mundo, rodeado de sus pajes, ministros y cortesanos. Animistas con
un rígido sistema jerárquico, conservan todavía sus
estructuras tradicionales y, a través de sus jefes, ejercen una poderosa
influencia sobre la vida del país mediante audiencias rodeadas de una
gran ceremonia.
Aunque sus privilegios
y poderes fueron reducidos desde la colonización francesa hasta hoy,
siguen ostentando una gran autoridad espiritual en todo el país. Pero
del bullicio que encierra toda capital nos ponemos de nuevo en marcha y
siguiendo la espina dorsal del país continuamos por la carretera que nos
conduce a Bobo-Dioulaso. La segunda ciudad más importante de Burkina se
encuentra en la zona más húmeda y verde del territorio pero con
unas tierras insuficientemente fértiles e incapaces de alimentar a toda
la población. Una situación que empeora cuando la sequía y
las inundaciones se van alternando año tras año.
En Burkina las
dificultades son superadas por la población y siguen mostrando un rostro
afable y tranquilo. Todo visitante se deleita en las charlas con los
autóctonos mientras recorre el casco antiguo surcado por un agonizante
río, su gran mezquita y sobre todo su impactante mercado. El bullicio de
enloquecidos comerciantes, compradores y mercancías, son el oleaje que
nos arrastra de un lugar a otro en este océano de tiendas. Es el gran
motor de la ciudad, el corazón que da vida a una ciudad
erróneamente considerada "de paso" por los escasos visitantes. Incluso
durante la noche se respira un ambiente muy festivo por las terrazas donde se
puede disfrutar de la música y bailes tradicionales, lugares con un
genuino sabor africano.
Junto a esta cautivante
gran urbe un rosario de pequeños pueblos nos devuelve a la vida
ancestral de las civilizaciones perdidas. Pueblos como Borodougou o la
vigilante Koro, que escondida entre las rocas de la cima de una loma es la
centinela de estas tierras. Sus arcaicos hogares pertenecen a la etnia
predominante de esta zona del país, los bobos. Sus chozas se camuflan
entre las piedras graníticas despedazadas por la erosión. Los
distintos fetiches con los que nos vamos topando nos revela su religión
animista, pasado y presente de muchos lugares de África. Son los centros
de la vida sacra del poblado y los restos de la última ceremonia, sangre
y plumas de las gallinas sacrificadas, son el testimonio directo de la
supervivencia de estos ritos en demanda de protección a las fuerzas
espirituales del más allá.
LOS REYES DE LA LAGUNA
Tras más de un
mes de desierto, sahel, marismas y montañas rocosas vamos a tener un
nuevo encuentro con la naturaleza africana: la jungla. Nuestros mapas
señalan la "Laguna de los Hipopótamos" a tan sólo 70 km de
Bobo. Toda la ruta atraviesa pistas y el final del itinerario es muy incierto,
puesto que la estrecha línea que define la pista desaparece
repentinamente antes de llegar al objetivo. Pero de una forma u otra estamos
dispuestos a alcanzar nuestra meta, ya averiguaríamos el modo a medida
que nos acercásemos. Durante 40 km seguimos una pista en buenas
condiciones pero al llegar al pueblo de Satari cambiamos el rumbo y nos
adentramos en una pista muy deteriorada por la época de
lluvias.
A lo largo de 30 km
avanzamos muy lentamente mientras intentamos sortear las zanjas y rodear las
charcas que todavía perduran. Nos rodea una espesa jungla que apenas
deja pasar los rayos del sol, es un túnel de vegetación hendido
por la accidentada pista por la que avanzamos... hasta que se sumerge
definitivamente en las marismas, es el final del camino terrestre. Cuatro
cabañas que apenas se sostienen en pie y un puñado de canoas nos
muestran que tan sólo los pescadores de la laguna están
interesados en esta agresiva zona del país. Son ellos los que se brindan
a llevarnos en sus frágiles canoas hasta donde se encuentran los
hipopótamos.
El inicio del viaje es
lo más duro puesto que se trata de jungla inundada con un fondo cenagoso
y desde la propia canoa hay que ir apartando las ramas con las manos. Pero por
fin salimos de la frondosa vegetación y por la laguna avanzamos entre
nenúfares y plantas acuáticas que flotan sobre las aguas. A
nuestro alrededor la jungla forma una gran corona que encierra a la laguna.
Durante casi una hora buscamos la manada de hipopótamos hasta que por
fin, a los lejos, vimos sus pequeñas y peculiares orejas asomar entre
las aguas. Dándose un tranquilo baño nos miran con curiosidad,
aunque están acostumbrados a la presencia del hombre, debemos acercarnos
con precaución y sigilo pues son muy desconfiados y cuando se sienten
amenazados o molestos atacan sin contemplaciones.
Pueden llegar a ser muy
peligrosos volcando las embarcaciones y triturando entre sus poderosas
mandíbulas a los ocupantes. Por eso los pescadores, a pesar de estar
habituados a navegar junto a ellos, son muy precavidos pues en numerosas
ocasiones han podido ver como de un bocado parten una canoa en dos. Por
increíble que parezca, en África, el hipopótamo es el
animal que más muertes humanas ha causado. Por el momento sólo se
limitan a sumergirse para arrancar las plantas del fondo y de nuevo emerger a
la superficie. Cuando bostezan podemos comprobar en su amplia extensión
el espectacular tamaño de sus bocas con caninos e incisivos muy
desarrollados, a pesar de ser esencialmente vegetarianos.
EL PAIS LOBI
De nuevo en
Bobo-Dioulaso abordamos nuestro principal objetivo en Burkina: conocer el
país Lobi, una de las etnias más antiguas de la zona que
conservan sus más puras tradiciones y costumbres ancestrales. Desde
Bobo, rumbo este, avanzamos hacia Diébougou. La carretera desaparece a
los pocos kilómetros para dar paso a una pista en buen estado que nos
permite avanzar rápidamente dejando tras nosotros una nube de polvo
rojizo que es posible divisar en muchos kilómetros. Por ella llegamos al
corazón del País Lobi y aunque el firme ya está degradado
lo más largo del camino se ha recorrido en buenas
condiciones.
Los lobi, desde hace
mucho tiempo, viven replegados sobre sí mismos tras la amarga
experiencia de ser expulsados de sus tierras por otra etnia. Cuando se
asentaron por esta zona, para que no se volviese a repetir la anterior
situación, fortificaron sus nuevos hogares creando un estilo muy
peculiar. Sus construcciones reciben el nombre de "sukala" y son semejantes a
una mini-fortaleza con paredes de barro, techo haciendo terrazas y sólo
una abertura para penetrar en el interior. Esto les ha permitido guardar
celosamente sus costumbres, tradiciones y la singular concepción que se
hacen del mundo. No forman un poblado unido, sino que las "sukalas" distan
bastante una de otras, levantadas en medio de sus propios campos el vecino
más cercano se encuentra a unos cientos de metros, probable influencia
de su tradición guerrera.
Nos acercamos a varias
casas-fuerte y al vernos llegar, las mujeres y los niños se esconden
rápidamente. No hay hombres pues durante las horas de sol se encuentran
trabajando en el campo. Superada la timidez del primer momento comienzan a
acercarse y se muestran muy acogedores. Rápidamente nos invitan a
conocer mejor su granja y el interior de sus viviendas. Incluso las
casas-fuerte más grandes parecen pequeñas ante las familias tan
numerosas. Pero por pequeñas que éstas sean, siempre hay una sala
repleta de fetiches que al igual que las que ponen en la entrada de sus casas,
son los protectores de sus hogares, los encargados de ahuyentar a los malos
espíritus.
África
histórica y África mística, un recorrido que nos desvela a
Burkina Faso, no como un país de paso, sino como un país estable
y con entidad propia que nos cautivó. Su posición
estratégica lo transforma en una excelente etapa y nos sitúa a
las puertas del país Senufo en Costa de Marfil, nuestro siguiente
objetivo en esta ruta de los Reinos Perdidos de África.
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