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 a entrada a Mali la realizamos al anochecer, la
electricidad en el pueblo fronterizo de Kidira "brilla por su ausencia" y
sólo se dispone de linternas y quinqués. La corrupción del
puesto de policía nos refleja lo que nos va a suceder en el resto del
país y tras cobrarnos recargos inventados sobre la marcha, debemos
rellenar un montón de papeles, entregar fotos y someternos a un
espectacular registro en busca de "cosillas" que les pudiesen servir.
Afortunadamente es de noche y no es lo mismo registrar con una linterna que a
la luz del día. Así que después de una hora de curiosear
logramos que no se queden con nada, a pesar de su insistencia.
Tras esta experiencia
decidimos alejarnos del pueblo y montar el campamento en la soledad del sahel,
a mitad de camino entre Kidira y Kayes, con el eterno hilo musical de lejanos
tam-tam. A la ciudad de Kayes, a unos 100 km de la frontera, se llega por una
pista en buenas condiciones y en ella se encuentran uno de los mercados
más pintorescos que conocimos durante nuestra estancia en Mali. La
mayoría de los puestos son regentados por mujeres que junto con sus
variadas mercancías componen escenas llenas de colorido y belleza. Sus
originales peinados y vestidos multicolores junto a sus puestos de verduras,
frutas, pescado seco o fresco, ropas y puestos de buñuelos provoca un
gran bullicio.
Los borregos corretean
por doquier comiendo lo que encuentran por las calles y un sin fin de escenas
similares componen la actividad cotidiana. Después de adquirir algunas
provisiones buscamos un tranquilo y apacible lugar para acampar pues nuestro
compañero de viaje, José Antonio, continua encontrándose
mal y necesita un buen descanso.
Ponemos rumbo hacia los
rápidos de Felou y en un tranquilo recodo, con los rápidos a
pocos metros, nos asentamos durante dos días para esperar su
recuperación. El lugar es encantador, pequeñas cascadas son
nuestro telón de fondo y en los remansos, donde podíamos
bañarnos, están las canoas de los pescadores amarradas a las
rocas. Pero en Mali la naturaleza y la tradición africana se va
alternando con la historia más reciente y cerca del lugar se encuentra
el pueblo de Medine. En ese enclave se encontraba el acuartelamiento
francés encargado de custodiar ese tramo del río Senegal.
Todavía se
conservan los edificios de dicha guarnición: salas de oficiales,
enfermería, torre de vigilancia, estación de ferrocarril,
cementerio... Estos antiguos edificios casi en ruinas albergan hoy en
día el colegio del pueblo y sus paredes, pintadas de negro, cumplen la
función de pizarra.
Una chiquillería
con el día libre nos acompaña todo el camino
convirtiéndose en nuestros improvisados guías, ningún
secreto de la zona quedaría sin desvelar.Continuamos explorando los
márgenes del río y damos con pequeñas aldeas donde
después de presentarnos al jefe, alguno de sus hijos nos acompaña
para enseñarnos sus casas, sus enseres, sus familias y su modo de vida.
Aldea tras aldea se repite la misma escena y se disfruta de idéntica
hospitalidad. Pero nuestro compañero empeora por momentos por lo cual
decidimos volver a Kayes para que sea tratado por un médico.
Éste le
diagnóstica disentería amébica y unos medicamentos que en
teoría deben de aliviar su dolor hasta llegar a Bamako. El problema es
que Kayes se encuentra en medio de la nada y hay que recorrer 600 km de
horrorosas pistas sahelianas. Incluso salir de Kayes es complicado ya que hace
más de 8 meses el puente que permite cruzar al otro lado del río
Senegal ha dejado de existir y en su lugar una barcaza de dudosa estabilidad,
nos cruza a la otra orilla.
LAS SORPRESAS DEL SAHEL
A partir de este punto
existen dos posibilidades para continuar nuestro camino. Una de ellas, la
corta, consiste en seguir el curso del río Senegal y el Bakoye para
pasar junto a una serie de bellas cascadas que jalonan toda una accidentada
pero muy atractiva zona. Pero lamentablemente, las lluvias caídas
durante el verano han dejado la zona completamente inundada y es imposible
avanzar debido al barro y al desbordamiento del río. Así que
optamos por la segunda opción, vía Nioro, es 300 km más
larga y se trata de una infecta pista de boquetes, tramos de "tôle
ondulée" y piedras que nos obligan a avanzar lentamente ... pero por lo
menos no se encontraba inundada.
Aunque en África
nada es fácil y la policía de Kayes nos invita a tomar
"precauciones" a la hora de acampar. Por la zona fronteriza suelen aparecer
esporádicamente los "rebeldes", como ellos denominan a los tuaregs del
norte, que a veces realizan incursiones por la zona. Pero aun con todo
preferimos acampar al aire libre que quedarnos en un pueblo como Nioro donde
los aduaneros querrían registrarnos de nuevo para quedarse con parte de
nuestras cosas. A la tortura de avanzar por este territorio no queremos unir el
factor "aduanero". A partir de Diema la pista degenera totalmente y está
repleta de surcos y zanjas producidos por las rodadas de los camiones que
abastecen a los pequeños poblados.
Nuestras cubiertas no
dan el resultado esperado y los primeros pinchazos nos hacen sentir
todavía más inseguros en esta ruta. En ocasiones las rodadas son
tan profundas que no tocamos con las ruedas el suelo y preferimos conducir
nuestro Montero a través de la maleza, piedras y riachuelos embarrados o
lo que hiciese falta. Al final, como siempre que se avanza por maleza, aparece
la zanja intempestiva... en la que caemos. Por fortuna la lenta velocidad a la
que vamos sólo permite que una de las ruedas se introduzca en la zanja
pero su opuesta diagonalmente queda en el aire.
Gracias al cabestrante
y a un pobre árbol, que incluso seco y muerto nos presta una gran ayuda,
logramos salir de allí. En ocasiones pasamos junto a
pequeñísimos poblados en los que apenas se ve a nadie, ya que los
hombres están en el campo y las mujeres encerradas en casa. Algún
que otro chiquillo corretea por las calles detrás de alguna cabra o con
otros compañeros de juegos.
Pero necesitaremos dos
días para salir de esta pista. Cuando por fin alcanzamos la ruta
principal que nos lleva hasta Bamako, no lo podíamos creer. No
está asfaltada pero al menos el avance es más rápido y
aunque está amenizada con una suave chapa ondulada y hay que sortear
algún que otro socavón pero no existe comparación con el
infierno de días pasados. Es en Bamako donde nuestro compañero
ingresa 5 días en un hospital. Allí le realizan una serie de
análisis para confirmarle lo que ya conocía e informarle de la
presencia de otros nuevos parásitos. Su aventura, desgraciadamente, ha
finalizado, así pues se ven obligados a seguir directos a Costa de
Marfil y desde Abidjan vuelven a España.
Nuestra ruta hasta el
País Somba en Benín, se desarrollará a partir de Bamako en
solitario. África es así, se sabe cuando se sale pero nunca
sabemos cuando se llega... ni cómo.
ANTIGUAS CIVILIZACIONES
Son varios los grupos
étnicos que conviven en Mali pero son los Bambaras los que se hayan
concentrados en el área de Bamako. Es el grupo más numeroso y son
los que ocupan importantes y altos cargos en el gobierno.
Después de los
Bambaras, el grupo más destacado es el de los tuaregs, conocidos como
"los hombres azules del desierto". Están concentrados en el norte, en el
área circundante a Tombuctu, se sienten superiores a los negros y por
ello siempre ha existido conflicto entre ambos grupos. Sobre todo desde 1990,
cuando los tuaregs encabezaron una rebelión que esta causando graves
problemas al gobierno. Debido a este motivo en la actualidad es imposible
acceder a la zona de Tombuctu, pues la violencia se ha recrudecido, alcanza la
zona de Gao y se extiende por todo el Norte del país.
Tampoco es posible
remontar el Níger en barco, privándonos de una fascinante
experiencia en esta zona del mundo. Cuando es posible navegar son cuatro los
días que se tardan en recorrer Mopti-Tombuctu. Si se quiere se puede
parar en las ciudades más importantes de la cuenca, además de
conocer distintas aldeas de bozos, somonos y peuls entre otros.
LA VENECIA DE MALI
Pero siguiendo el curso
del Níger hacia el este podemos disfrutar de otra de las maravillas de
este turbulento país que aún conserva el encanto de
antaño, cuando era una de las encrucijadas caravaneras más
importante de Áfica.
Se trata de
Djenné, una de las ciudades más antiguas y míticas del
Oeste de África y que poco a cambiado a lo largo de los siglos.
Constituye el conjunto más perfecto y homogéneo de la
arquitectura sudanesa medieval, con perfiles de torres y pináculos que
se recortan en el cielo y realizado con adobe y troncos de palmera, cuyos
extremos sobresalen por sus muros. Estilo ideado por el musulmán andaluz
Es-Saheli a quien trajo desde La Meca el Emperador Kankan Mussa. En medio de
este legado arquitectónico del pasado emerge la espectacular mezquita,
que como un faro altivo se ha convertido en la estrella de la ciudad y es
considerada una de la joyas del arte mundial.
Para acceder a esta
encantadora ciudad es necesario embarcar de nuevo nuestro Montero en otra
imprevisible barcaza que nos cruzará por las aguas del río Bani,
afluente del Níger. Esto es debido a que la ciudad está
construida sobre un pequeño montículo, que en época de
lluvias queda cercada por las aguas, razón por la cual se le ha llamado
la "Venecia del Níger". Es un placer pasear por el laberinto de sus
estrechas calles, donde apenas penetra el sol y la temperatura es más
fresca. Se pueden admirar todavía preciosos portales abovedados con
pequeñas columnas o ventanas con marcos de madera pintados de verde y
con un cuarterón central de madera calada de color rojo.
Las casas pueden ser de
un sólo piso o de varios. En el piso superior vivían los amos, en
el piso intermedio los esclavos y la planta baja se dedicaba a los almacenes o
a los talleres de artesanos. Tras quedarnos un día extra en
Djenné, pues un camión se ha quedado bloqueado en la barcaza,
llegamos a la ciudad de Mopti, donde por enésima vez tenemos que pasar
un registro y rellenar formularios. Situada en la confluencia de los
ríos Níger y Bani está construida a partir de tres islas
unidas por diques de relleno. Esta ciudad portuaria es el principal lugar de
reunión y de intercambios entre productos tropicales y sahelianos, lo
que fomenta la concentración de una población abigarrada y dispar
que da a todo el conjunto un marcado exotismo.
El río es la
vida de Mopti y disfrutar de un tranquilo paseo en alguna piragua artesanal nos
conduce hasta algún poblado bozo de pescadores donde se puede admirar
una artesanía propia y utensilios ancestrales empleados en la pesca y en
el hogar. El barrio que se halla al pie de la impresionante mezquita del mismo
estilo que la de Djenné, es un suburbio que impresiona por la
sobrecogedora pobreza y condiciones inhumanas en las que viven cientos de
familias en diminutos habitáculos sin agua corriente, sin electricidad,
sin la más básica higiene, donde familias supernumerosas se
amontonan. El espectáculo es estremecedor pues más que vivir lo
que tratan es de sobrevivir al desafortunado destino que les ha
tocado.
Quizás por este
motivo se aferran con más fuerza que otros a su religión,
representada por su bella mezquita, que es digna rival de la de Djenné y
que recuerda otros tiempos más gloriosos para esta pobre gente. Es
aquí donde podemos observar sin quedarnos impasibles la extrema realidad
de uno de los cinco países más pobres del mundo: Mali. Pero el
verdadero corazón de la ciudad es su puerto y su mercado que supone un
punto de encuentro de los distintos grupos étnicos que pueblan el delta
interior del río entre las que se encuentran los dogones, los songais,
los peuls, los sorko y los bozos favoreciendo una importante mezcla cultural y
económica.
Mientras esperamos el
embarque la intensa actividad que se vive en la orilla del río es
constante: los pastores lavan frenéticamente a sus cabras a fondo,
incluso los dientes; las mujeres se bañan casi desnudas en el río
con toda naturalidad; los pasajeros bajan y suben sin cesar de las canoas
abarrotadas que les transportan a un lado y otro del río; los puestos
ambulantes venden de todo con señoras que llevan a sus hijos colgados a
la espalda, dormidos y ajenos a toda la actividad que brota a su alrededor.
Pero Mali no sólo nos ofrece las llanuras del Sahel y el fértil
valle del Níger con ciudades medievales también nos deleita con
enclaves místicos y llenos de misterio como las montañas de
Bandiagara.
EL PAÍS DOGÓN
A pesar de todos los
contactos que mantuvieron con los diversos pueblos que fueron encontrando en su
peregrinar y de los intentos de conversión al Islam, la
civilización animista de los dogones siguió fiel a su
tradición y se convirtió es una de las más originales y
complejas de África. Presionado por estos pueblos se vio recluido en los
agrestes parajes de la falla de Bandiagara. Aquí construyeron sus chozas
cilíndricas y estilizadas con techo de paja que materialmente
están pegadas a las paredes de la falla. Escalonándose unas a
otras en forma de terraza, forman un conjunto de belleza particular. En las
cuevas abiertas en las partes altas de las paredes rocosas, que en otro tiempo
habitaron los Pigmeos, tienen ahora los Dogones sus cementerios y lugares
sagrados donde guardan máscaras y estatuillas rituales.
Todo lo que les rodea o
lo que construyen con sus propias manos pasa a simbolizar el proceso de la
creación del mundo y poner en marcha las fuerzas mágicas que
rigen el universo. Fue el francés Marcel Griaule quien descubrió
en 1933 a este atrayente pueblo en una expedición etnográfica. En
su libro "Dieu d'eau" ("Dios de agua") cuenta de la forma más bella todo
lo que queramos saber de este misterioso pueblo. Alrededor de 300.000 personas
constituyen esta tribu conservando una de las culturas más fascinantes
de África. Posen su propia lengua y su propia religión animista y
aunque el 35% de la población dogón se convirtió al islam
muchas formas y costumbres animistas siguen arraigadas.
Shanga es una de las
ciudades dogones más accesible para visitar a través de un pista
pedregosa, el resto de los poblados sólo es posible visitarlos a
través de excursiones a pie y con acampadas para no tener que volver
cada noche al punto de partida. Pero una condición indispensable es que
debemos ir acompañados de un guía que nos presente a los
habitantes según las costumbres de este pueblo, nos explique toda su
simbología y así evitar la torpeza o imprudencia que por
desconocimiento se pueden cometer.
En cualquier caso hay
que ser consciente de que se penetra en una zona muy importante desde el punto
de vista arqueológico, religioso e histórico. Pues nos hallamos
ante una de las civilizaciones más antiguas y mejor preservadas de la
antigua África Negra. Este es uno de nuestros últimos recorridos
antes de continuar nuestro camino hacia las nuevas sorpresas que aún nos
reserva el África Negra con un país desconocido para Occidente:
Burkina Faso.
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