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auritania, con su rostro mojado por el mar y su espalda
agrietada por el desierto, se nos desvela como una encrucijada de culturas que
la hace carecer de unidad étnica y donde el choque entre dos mundos es
innegable.
Son sociedades
entremezcladas y a las vez enfrentadas históricamente, donde el
único argumento que las concilia es el Islam, religión que
profesa la gran mayoría de su población. Los antiguos pobladores
de Mauritania son en su mayoría de descendencia árabe-bereber
llamados "maures" (moros) y de ahí proviene el nombre del país.
Siempre ha sido un pueblo de larga tradición nómada y ese
principio de libertad le impedía asentarse en la costa para aprovechar
uno de los mejores bancos de pesca del mundo.
En esa costa,
desdeñada por los señores de las arenas, se iban asentando
tímidamente pueblos negro-africanos que encontraron mediante la pesca en
frágiles embarcaciones un buen medio de subsistencia y comercio. Pero de
entre todos estos pueblos, el más misterioso y fascinante ha sido desde
siempre el de los imraguens, de la zona de Mouâmghâr, que logran
fantásticas capturas gracias a una curiosa compenetración con los
delfines.
Estos pescadores
golpean fuertemente el agua con todo tipo de objetos contundentes para que los
delfines, sus imprescindibles cómplices, acerquen los bancos de peces a
la costa y sean fácilmente cercados y capturados por los imraguens. Su
entorno es insuperable, se hallan en el Parque Nacional de Argüin, uno de
los paraísos ornitológicos más importantes del mundo. En
las épocas migratorias se dan cita millares de aves de Europa, Asia y de
la propia África. Sus aguas son muy ricas en moluscos y peces, que unido
a la soledad del desierto y a los cientos de islotes y acantilado de asombrosas
formas, le convierten en el lugar idóneo para que auténticas
nubes de flamencos, espátulas, pelícanos, cormoranes y otras
muchas especies nidifiquen en el lugar.
Su exploración
no es sencilla, se realiza a través de un itinerario que combina
peligrosamente tierra y mar. El mar porque la mitad de la ruta se realiza por
la playa y hay que conocer muy bien el horario de las mareas para evitar quedar
atrapado por las aguas oceánicas. Y la tierra, porque hay que orientarse
sin ningún tipo de balizas a través de un inmenso erg arenoso de
dunas. El mar parece haberse aliado con la tierra para proteger a sus ilustres
y multitudinarios visitantes de los cielos.
Nouadhibou marca el
inicio norte de este rico litoral pero es a su vez la más clara muestra
de la fealdad e impersonalidad que marca a las ciudades mauritanas. Es la
segunda ciudad más importante de Mauritania pero tan sólo su gran
extensión y el mayor número de bancos y oficinas la distinguen de
cualquier otra. Su gran relevancia es debida a que es el "corazón
pesquero" de su riqueza marítima y puerto de embarque de la segunda gran
riqueza de Mauritania: el hierro.
Las entrañas de
la tierra han permitido que hasta el ingrato desierto colabore en el
frágil sostenimiento económico de este país. Este tesoro
se encuentra atrapado en las arenas del norte, en Zouerat, donde una gigantesca
montaña de hierro es fuente de riqueza... y la mayor cúspide de
toda Mauritania. Los 915 m de altitud de la Kedia d'Idfil no tienen rival en
este llano país. Ese gigante de metal mantiene viva la única
línea de ferrocarril que subsiste entre las estériles tierra
mauritanas. Convoyes de más de 2 kilómetros y medio de largo
serpentean pesadamente por las arenas del Sáhara, una sobrecogedora
visión que lo trasforma en el tren más largo del
mundo.
En
ningún otro lugar del planeta se han de enganchar hasta 5 locomotoras
para poder arrastrar los más de 300 vagones de hierro que pueden tener
algunos envíos. Su preciada mercancía es descargada donde el
desierto vierte sus arenas en las frías aguas del océano, el
puerto de Nouadhibou, para desde allí exportarlo al resto del
mundo.
EL REINO DE LAS ARENAS
Si llegar por tierra a
Nouadhibou desde el norte es complicado, el salir de este enclave reviste
todavía más dificultad. Ni una carretera, ni una simple pista
comunica esta insípida ciudad portuaria con cualquier otro punto
geográfico de Mauritania. Son cientos de kilómetros de
implacables arenas las que provocan este aislamiento terrestre.
El infinito tren de
hierro ofrece la posibilidad de enganchar una plataforma donde encaramar
nuestro vehículo, pero los trámites y la instalación nos
retrasarían varios días. El tiempo, que poco valor tiene para los
hombres del desierto, es el peor enemigo de los viajeros impacientes por
recorrer nuevos parajes. Nuestro deseo de conocer y explorar, sin más
retrasos que los imprescindibles, nos conduce a la única alternativa:
cruzar el desierto por nosotros mismos hasta lograr llegar al "País de
la Piedra", el Adrar.
Dejando atrás
Nouadhibou, ya hemos superado los interminables obstáculos
burocráticos que impone el ser humano, a partir de ahora nos
enfrentaríamos con los obstáculos que impone la naturaleza.
Salimos temprano por la mañana porque es cuando las arenas del voraz
desierto se encuentran apelmazadas y duras, facilitando el tránsito por
el agreste terreno que tenemos que recorrer.
Pero a medida que el
sol calienta se vuelve más ligera y las dificultades comienzan a surgir.
La arena parece querer tragarse nuestros vehículos y hace cuanto puede
para atraparnos. Cuando por fin logra inmmovilizarnos y las ruedas giran sin
agarre en la arena suelta es cuando llega el momento de obtener la
colaboración de nuestras inseparables compañeras de viaje: las
planchas de arena y las palas. Con mucha paciencia, esfuerzo y tiempo, vamos
avanzando inexorablemente por un entorno que parece maldecir la presencia de
seres humanos en sus dominios.
Nuestro rumbo es
totalmente al este hasta Choum, pero el Sáhara no permite la
línea recta. Hemos de ir sorteando los obstáculos y desviarnos
del trazado inicial para tratar de volver a él cuando se pueda. Seguir
unas rodadas erróneas puede llevar al más intrépido a
decenas de kilómetros del lugar donde desearía estar. No es
difícil que ocurra y nosotros no vamos a ser una
excepción.
Un frente de dunas que
debemos dejar al sur según nuestra cartografía, aparece
desafiante cortándonos el paso. Chequeamos posición con el GPS y
las coordenadas delatan un desvío de nuestra ruta que nos sitúa
20 km más al sur del supuesto itinerario que debemos seguir. Parece una
distancia corta en el mapa pero no así al volante, cuando durante casi
una hora hay que bordear altivas dunas, atravesar lagunas de fech-fech (arena
muy blanda) o cruzar pedregales con rocas afiladas como cuchillos.
Existe una
máxima entre los aventureros que dice así: "cualquier
situación mala siempre puede empeorar". Por eso, cuando uno de nuestros
compañeros revienta una rueda al cruzar el pedregal todos nos detenemos
con abnegación para poder cambiar la malograda rueda. Las lagunas de
arena, bordear dunas, errar en la ruta, la rueda reventada... consiguen que en
un día tan solo nos hallásemos a 200 km de
Nouadhibou.
Pero los rayos del sol,
sofocantes y castigadores, comienzan a perder vigor, la noche se encuentra al
acecho y antes de que la confusión que provoca la oscuridad nos rodee
montamos el campamento cerca de un viejo árbol seco y espinoso que se
halla en medio de la nada. La agitación y la intensidad con la que hemos
vivido este día parece serenarse. Con el ocaso un viento comienza a
soplar sin descanso y envuelve nuestro campamento, para recordarnos que el
desierto sigue esperando ahí fuera a pesar de que la noche nos impida
apreciar nuestro entorno.
Pero tras el alba, una
intensa luz irrumpe impaciente mostrándonos el infinito que nos rodea y
nos hace sentir insignificantes. Ese infinito que se pierde ante nuestros ojos
es el camino al que debemos enfrentarnos en las próximas horas y una vez
más, reaccionamos ante la realidad para emprender nuestro camino. El
horizonte, llano y ocre de estas yermas tierras a veces se rompe con las
características manchas oscuras de las jaimas de los nómadas, un
pueblo que se resiste a romper con su tradicional pasado. Su filosofía
les ha enseñado que ésta es la forma ideal de vida y sólo
así se sienten hombres libres y nobles, sin yugo alguno que les
oprima.
La paz reina en los
campamentos nómadas, saborean el té al amparo de la reconfortante
sombra que proporcionan sus legendarias tiendas pardas, fruto de la paciencia
de las mujeres que la han tejido con lana de borregos oscuros y pelo de
camellos. Estos hogares, elaborados por manos expertas y protectoras, les
proporciona impermeabilidad ante la lluvia y la arena. Incluso cuando los
vientos soplan sin descanso las jaimas resisten imperturbables, sus moradores
las hacen descender casi a ras del suelo y las sellan recubriendo los bordes
con la abundante arena que les asedia.
Es la única
estrategia que les permite combatir y protegerse contra los embistes de las
despiadadas tormentas saharianas. Pero el hogar errante del nómada
contrasta con los escasos y angustiantes pueblos que se dispersan por esta
complicada geografía.
A Tmeimichat hemos
llegado por un pista fácil pero resulta difícil digerir lo que
allí vislumbramos: trozos de adobe, chapas, bidones de metal oxidados,
travesaños, raíles de vías, son los componentes de las
endémicas viviendas que desparramadas por doquier nos quieren hacer
creer que aquello es un pueblo. Intentando asimilar estas desconsoladoras
imágenes un sonido familiar, pero ajeno al desierto, desvía
nuestra atención. En la lejanía divisamos un diminuto punto que
se convierte en el asombroso desfile de la solitaria e interminable serpiente
de hierro que repta por el desierto.
El ferrocarril
más largo del mundo transporta tan sólo el metal de Zouerat, pero
para los habitantes de estos pequeños poblados diseminados es un
rápido medio de transporte. Agazapados sobre el cargamento se encaraman
o saltan del tren cuando este transcurre junto a sus aldeas. Sobre él
los aldeanos también transportan sus sorprendidos rebaños de
cabra, balando sin cesar ante su original e inestable modo de transporte. Pero
el erg arenoso que se despliega tras abandonar Tmemichat nos ofrece un hermoso
avance entre formas esculpidas por el viento, campos de arena horadadas por
cráteres, dunas en media luna, olas de arena furiosa que quieren escalar
acantilados...
El horizonte es una
sábana ocre torturada por sus propios pliegues, donde una tenebrosa
muralla oscura emerge sin pudor para anunciarnos que el Adrar ya no es un
sueño tan lejano.
LA CAPITAL DEL NOMADISMO
Tras tanta belleza, la
entrada a Choum produce un impacto desolador, es un villorrio donde se
apiñan unas casuchas que dan la impresión que no podrán
soportar la próxima tormenta de arena. Aun así, es un oasis que
nos permite repostar agua a voluntad y combustible a un precio abusivo. Al
tomar rumbo sur hacia Atar dejamos atrás las resplandecientes dunas
anaranjadas y con nuestro avance somos testigos de la mutación del
entorno en una infinita llanura desgarrada por sombrías
cornisas.
El paisaje ha cambiado
pero nos cautiva de igual modo, nuestros asombrados ojos van disfrutando cada
instante recorrido. Es un avance sin prisas y con deseos de apreciar cada matiz
de las formas y brillantes tonos que el sol arranca al árido y solitario
desierto. En un escondido rincón de las montañas que empiezan a
aparecer, en Azougui, Abdallah Ibn Yasim se ocultó en el s. X con un
grupo de fieles para crear una orden monástica, islámica y
guerrera. Su poder y su dominio se extendieron desde Senegal a España.
Fueron conocidos como los almorávides, estableciendo los límites
de su imperio religioso en nuestro país. Y en nuestro país fueron
finalmente vencidos por un "rimi", un infiel.
Las leyendas del Adrar
cuentan como este temido pero admirado infiel, ya muerto pero a lomos de su
corcel, consiguió la victoria de los cristianos. Hasta la
tradición oral de estas remotas montañas mantienen vivas las
hazañas del Cid Campeador. Si resulta fascinante recordar las leyendas
del pasado aun resulta más apasionante recorrer los espectaculares
lugares donde se fraguaron hace cientos de años. Un paisaje como la piel
de un leopardo, donde las manchas oscuras se alternan con los claros, las
arenas blancas, amarillas y anaranjadas del desierto contrastan con los colores
oscuros de los acantilados del Adrar.
A nuestro alrededor
podemos divisar las cornisas que rompen el horizonte, nos cruzamos con
rebaños de camellos conducidos por sus vigilantes protectores y
atravesamos poblados de adobe, cargados de la hospitalidad que se convierte en
su mejor carta de presentación. Nos movemos entre macizos
montañosos con escarpadas gargantas que se abren en planicies o en
profundas cañones con pequeños gueltas que no dejan de
sorprendernos. La aparición de Atar frente a nosotros nos hace sentir
como ante una ciudad fantasma. Es mediodía, cuando el despiadado sol
castiga sin contemplaciones y ni un alma se digna a recorrer sus polvorientas y
tórridas calles. La soledad, los pequeños remolinos de arena y
los arbustos rodando por doquier le confieren un aspecto fantasmal.
Pero
contradictoriamente a la imagen que presenta la ciudad, Atar es el centro del
mayor mercado nómada del Norte de Mauritania. En él se pueden
encontrar de todo, desde las brillantemente coloreadas sillas de montar hasta
sus inseparables bolsas de aguas "girbas", que siempre ha de llevar encima todo
buen nómada que se precie. La tradición nómada del pueblo
mauritano en tan sólo una generación ha visto como se va
volviendo cada vez más sedentaria. Pero ellos no pierden la
ocasión de volver a sus orígenes cada vez que se presenta la
ocasión, lo llevan en su sangre. De este modo, a partir del mes de
julio, cuando llega la "guetna" -recolección de dátiles- en los
oasis del Adrar, la población de todo el país parece movilizarse.
Llegan a pie, a lomos de sus camellos, en camiones, en automóviles o
avión.
Miles de mauritanos,
sedentarios o nómadas, se reencuentran en Atar para celebrar un festival
cultural y folclórico, recordar su pasado, exponer su artesanía,
realizar carreras de camellos y al mismo tiempo es la ocasión para que
numerosas familias celebren matrimonios. Desgraciadamente, en la época
que pasamos por Atar, a principios de noviembre, no es posible este encuentro
con las vivencias y costumbres del pasado, experiencias que hubiesen sido
tremendamente sugestivas en contraste con la desidia que encontramos por esta
época. Por este motivo preferimos seguir nuestro camino hacia la ciudad
santa de Chinguetti.
EL PAÍS DE LAS ROCAS
Los lugareños
nos indican el itinerario a seguir pero las lluvias han producido un
auténtico cataclismo por la pista que surca las pétreas cornisas
del Adrar. La ruta que escala estos gigantes rocosos aparece cuarteada, plagada
de inmensas rocas sueltas, con escalones, grandes grietas y aristas cortantes
como navajas, que ponen a prueba nuestros vehículos ... y nuestra
paciencia, para no dejar allí mismo parte de los bajos de los
todoterrenos. Incluso cuando alcanzamos alguna planicie nos vemos torturados
por tremendas "tôle ondulée", un firme rugoso formado por
infinitas ondas con desniveles de hasta 10 centímetros que nos hacen
sentir en una batidora.
Chinguetti parece
haberse aliado con los elementos y haber sembrado de obstáculos su
camino, como tratando de impedir que los infieles se acerquen a ella. Pero
aunque el terreno es infernal, el entorno con sus paredes rocosas retorcidas
amenazando sobre nuestras cabezas es soberbio. Las montañas del Adrar en
el centro del territorio mauritano, constituyen una gran isla montañosa
en medio de un mar de arena. Aquí fue donde el hombre se refugió
desde la prehistoria. Descubrió grandes lagos y ríos que
corrían copiosamente repletos de ese líquido tan preciado, que
ahora encuentra su recuerdo en los esporádicos pozos y los gastados
oueds.
Es aquí donde
una remota civilización creó sus primeras armas y sus primeras
herramientas, dominó el fuego, domesticó animales y
después en los albores de la historia, inventó la agricultura. En
estos altos acantilados, las grandes caravanas transaharianas hacían
etapa en su ir y venir de Marruecos y Mali, proporcionando a la zona una gran
prosperidad y convirtiéndola en un verdadero puerto en medio del
desierto.
LA CIUDAD SANTA
Pero al final del
camino, como un espejismo en un mar de dunas aparece la séptima ciudad
santa del islam: Chinguetti. Esta antigua y bella ciudad fue construida al
borde de un gigantesco oued en pleno corazón del Adrar, pero hoy en
día es acechada por gigantescas dunas que amenazan con sepultarla para
siempre. El antiguo lecho del río está completamente seco, se ha
trasformado en un auténtico río de arena que sus habitantes
atraviesan, como en un viaje por el tiempo, para ir de la ciudad nueva a la
ciudad vieja.
Consagrada al estudio
del Islam, fue la capital de los moros y algunas de sus viejas casas de piedra,
las que aun no han sido devoradas por las dunas, datan del s. XIII, cuando fue
fundada la ciudad. Por aquellos tiempos, peregrinos de todo el país se
reunían aquí para formar caravanas que se dirigían
cargadas de fe y desbordante entusiasmo a la Meca. Un viaje que a veces les
llevaba varios años, pero que gracias a su inquebrantable
devoción por el santo lugar les servía de empuje para alcanzar su
objetivo. Su biblioteca, todavía a salvo de la arena que ya invade las
calles y casas, aloja el mayor tesoro de la histórica y santa ciudad,
los valiosos manuscritos que son admirados en el mundo entero.
Es la herencia de
siglos pasados, cuando numerosas bibliotecas, escuelas y universidades
coránicas fueron fundadas aquí consiguiendo una sobresaliente
reputación. La ciudad llegó a contar con once mezquitas, pero hoy
en día, después de varios siglos sólo una permanece en
pie. Construida en el s. XVI domina toda la ciudad antigua, constituyendo el
monumento más emblemático de todo el país. De elegante
empaque destaca sobre todo su minarete, que según la tradición
fue rematado con huevos de avestruz.
Constituye el ejemplo
más sobresaliente de una arquitectura genial que inexorablemente van
devorando las temibles pero bellas dunas que acorralan la ciudad. Pero el agua
de antaño, aunque no discurra por la superficie hoy en día, no ha
desaparecido y a través de pozos artesanos dan vida a auténticos
vergeles. Su resplandeciente verde parece querer esconderse entre los
pequeños valles que forman las dunas, pero siempre hay alguna palmera
que emerge invitando al viajero a refrescarse con sus cristalinas aguas y
reconfortarse con su acogedora sombra.
Son los edenes del
desierto, huertos donde siempre somos recibidos con los brazos abiertos por sus
moradores. Pequeños paraísos donde se nos invita a comer y se nos
inicia en la ceremonia del té mauritano, los tres tés de la vida
que van endulzándose en cada nueva preparación. Una ceremonia de
amistad y hospitalidad que hacen inolvidables los encuentros humanos por estas
enigmáticas tierras.
VIAJE AL ORIGEN DEL MUNDO
Pero al este de Chinguetti, encajado entre grandes
ergs se halla otra pequeña perla del desierto: Ouadane. Otro
próspero centro caravanero, que conoció siglos de gran esplendor
en el comercio de la sal y del oro. Pero ni siquiera su gloriosa historia la ha
salvado de convertirse en otra ciudad fantasma del Sáhara que pronto
desaparecerá. El voraz desierto conquista una media de 8 a 10
kilómetros al año en Mauritania y llegará un momento en el
que el esfuerzo humano ya no pueda contener las arenas.
Duro testigo de
excepción de la agonía de Ouadane es el Guelb er Richat, el
cráter más grande del mundo que con sus 38 kilómetros de
diámetro y un perímetro de roca amurallada será lo
único que resista el embiste de las olas del desierto. Llegó el
momento de descender de nuevo hacia Atar, pero no avanzaremos por la misma ruta
que durante la ascensión, optaremos por la antigua ruta caravanera que
cruza por el paso de Amorgar. Prácticamente abandonada y 50
kilómetros más larga que la nueva pista nos muestra que las
últimas lluvias han tenido idénticos efectos demoledores en ambos
caminos.
De nuevo gigantescas
rocas sueltas, grietas y enormes escalones que hemos de allanar con nuestro
propio esfuerzo a base de amontonar rocas para crear una rampa. Pero la
coronación del paso de Amorgar nos deleita con sobrecogedoras vistas
sobre espectaculares cañones y profundas "wadis" -lechos de antiguos
ríos- que tras rasgar la roca se pierden en el infinito. Como
único símbolo de vida más reciente, un pequeño
fuerte destaca sobre una inmensa e inhóspita llanura pétrea, es
Fort Sagane.
Pero las ruinas de este
viejo fuerte de la Legión Francesa no forman parte de la Historia, son
los restos de un fuerte construido hace poco más de una década
para filmar la película francesa "Fort Sagane" y es obvio con tan
sólo lanzar una mirada a nuestro alrededor que gozaron de un decorado
excepcional. No obstante, su fiel reproducción y su estado ruinoso,
fruto del paso natural del tiempo, le confiere una aspecto muy romántico
al lugar. Es sin duda un privilegio el poder acceder a la llanura por el paso
de Amorgar, que con las luces y las sombras del desierto, revelan la singular
belleza del paraje en todo su esplendor.
En este desierto rocoso
que hace milenios conoció una gran riqueza de agua, climas y
temperaturas benignas, los elementos se desencadenaron negativamente. La vida
fue apagándose lentamente por la implacable acción del calor
tórrido del día y las heladas imprevistas de las noches, el
viento, las lluvias breves y furiosas y la acción incesante de la
erosión provocada por millones y millones de granos de arena devorando
todo un ecosistema. La erosión ha partido y resquebrajado, forjado y
modelado las rocas, siguiendo los planos de la resistencia, excavándolas
donde nada ofrecía reparo.
Y entre estas rocas
milenarias, como un tesoro de incalculable valor, se esconden reveladoras
pinturas y gravados rupestres con las imágenes de los animales que
felizmente disfrutaron de las prodigiosas y fértiles tierras de
antaño: gacelas, elefantes, jirafas, antílopes,
hipopótamos, etc. Por estos parajes avanzamos entre los lechos de los
ríos escoltados por espectaculares cañones que flanquean el
camino. Al final de este apasionante recorrido por la historia del mundo la
pista nos deposita de nuevo en Atar.
EL LUGAR DE LOS VIENTOS
De las cornisas
montañosas del mar de arena sahariano nos dirigimos a la costa
atlántica por un camino que se supone sin problemas. Vana
ilusión. Desde Atar a Akjout el camino es una pista rugosa de
"tôle ondulée" y es más cómodo improvisar una ruta
paralela que seguir el trazado de la "nacional". En Akjout el mapa indica que
comienza el asfalto y en efecto, la carretera fue asfaltada... hace muchos
años. Casi tantos como los que lleva abandonada a su suerte y que la
hace más similar a un campo lunar que a una carretera.
Y para evitar que el
infernal asfalto trasforme en un pesadilla nuestro viaje a Nouakchott nos vemos
de nuevo obligados a conducir campo a través por las pistas del desierto
que nos rodea. La cercanía de Nouakchott la van marcando las numerosas
jaimas que se levantan en las lindes de la "carretera nacional". Y es que una
buena parte de los mauritanos, antiguos nómadas, guardan nostalgia de su
condición de antaño. Hacia el mes de octubre o noviembre, se
asientan con sus tiendas en los alrededores de la ciudad y como antaño,
toda la familia vive bajo la tienda, disponiendo durante varias semanas del
entorno que vivieron sus antepasados.
Durante el día
gozan del cautivador horizonte de dunas, que sólo la gente del desierto
sabe realmente disfrutar, y durante la noche sus tiendas descansan bajo uno de
los más bellos cielos estrellados del Trópico de Cáncer.
Pero esto no impide que el cabeza de familia, cada mañana, salga de su
tienda en dirección a la ciudad para ir a trabajar a su oficina y vuelva
al campamento al final del día. Este apego a su cultura tradicional es
posible encontrarlo entremezclado en su joven capital, donde se reconcilian la
modernidad con la tradición. Como tratando de evitar rendirse ante el
progreso refuerzan sus raíces plantando jaimas en los patios de sus
casas o bien a la entrada.
Mauritania fue
gobernada por los franceses desde St-Louis, pero cuando obtuvieron la
independencia, St-Louis acabó en la zona senegalesa dejando a Mauritania
sin su mayor ciudad. Así pues, se creó en 1960 una nueva ciudad
que habría de ser su capital, situándose 200 km al norte de la
frontera senegalesa, cerca del océano... y a muchos días de
camino del Sáhara. Y así nació el "Lugar de los Vientos",
traducción de Nouakchott,un lugar que a pesar de ser azotado por las
tormentas de arena y los fuertes vientos marinos, fue elegido como la capital
del país.
Sobre un viejo
asentamiento militar la ciudad ha ido creciendo, pensada para 200.000
habitantes... ya cuenta con más de 650.000 habitantes. Pero lo peor es
que siguen llegando refugiados de otras zonas del país, huyendo de las
arenas del Sáhara que han invadido sus poblados. El desierto es
implacable en su avance y como un ser vivo al que se le ha querido dar de lado
y se siente herido, engulle con sus dunas en movimiento todo lo que encuentra a
su paso. La ciudad es totalmente impersonal y carece de atractivo alguno, tan
sólo la Gran Mezquita -donada por Arabia Saudita- y la Mezquita del
Viernes -donada por Marruecos- son las únicas expresiones
artísticas que podemos encontrar en la capital, aunque su
condición de "donadas por" reflejan el estado económico del
país.
A nivel humano, un
paseo por los mercados nos permite mezclarnos en la vida cotidiana, llena de
actividad pero sin demasiados agobios. Moderna en concepción y
tradicional por sus moradores, sigue siendo asediada por el desierto
circundante, cuyo deseo por avanzar queda patente en sus polvorientas calles.
En su periferia, a modo de empalizada, muros y pilares reflejan los denodados
esfuerzos por frenarlo e impedir que les devore. Pero allí donde se
combinan los paisajes del desierto y el mar se vive otro magnífico
espectáculo.
En las playas de
Nouakchott, la playa de los pescadores, un mundo de color y febril actividad se
dan cita todos los atardeceres. A diferencia de Nouadhibou la presencia del
África Negra es incuestionable y todas las tardes, cuando se acerca el
ocaso, la playa es un hervidero de gente y nos envuelve una desbordante
agitación. Es el momento en que las grandes piraguas tradicionales
retornan a la playa con las capturas del día y han de superar las
fuertes corrientes de la orilla para atracar en la playa.
Es la última
prueba de una dura jornada. Deberán vencer a las olas que agitan a sus
embarcaciones como una pluma y las pueden hacer volcar perdiendo el fruto de su
trabajo. En la orilla, un enjambre de hombres y jóvenes fornidos
arrastran, centímetro a centímetro, las pesadas embarcaciones con
la ayuda de unos rodillos y mucho esfuerzo al compás de canciones
rítmicas que ellos mismos entonan. Entonces empiezan a descargar el
pescado en cajas llenas de doradas, meros, lenguados, atunes, langostas... La
pila de pescados es impresionantes y nos revela cuan generosa es la mar cuando
nos muestra su lado más benévolo.
Todo este pescado es
repartido entre las familias de los pescadores. Decenas de mujeres, vestidas
con los tradicionales bubúes negro-africanos de vivos y brillantes
colores, esperan impacientemente que les entreguen la mercancía para
venderla a los clientes venidos de la ciudad. Mientras tanto los chavalines
más jóvenes van y vienen rápidamente con bandejas para
limpiar el pescado. Les cortan la cabezas, los abren, los lavan en el mar y los
disponen en caballetes para secarlos al sol. El olor a pescado lo inunda todo
pero la frenética actividad no cesa hasta que los últimos rayos
del sol son engullidos por el horizonte.
Poco a poco retorna la
calma, el silencio nos permite volver a oír la brisa deslizándose
por la orilla y todo el mundo desaparece con rumbo a sus hogares, donde
celebrarán que el mar sigue siendo generoso y que hoy no se ha cobrado
ninguna víctima.
EL ÚLTIMO OASIS
Pero lejos, muy lejos
de la capital costera se halla Oualata, la "Orilla de la Eternidad", como la
denominaban poéticamente los antiguos viajeros. Los 1.100
kilómetros de asfalto de la "Carretera de la Esperanza" facilitan a los
vehículos el llegar a Nema pero como en un último gesto de
coquetería, Oualata no permite que el asfalto la una al "mundo
civilizado" y obliga a todo viajero que la quiera disfrutar a recorrer
más de 100 kilómetros a través de blandas arenas y
afiladas rocas.
Es un último
esfuerzo que se ve recompensado cuando sobre las cornisas azotadas por las
arenas aparecen las casas de adobe con tonos pastel de ocres, amarillos,
pardos... un camafeo refinado de colores que desvelan la gran belleza de esta
antigua villa caravanera del siglo VII. Original e intrincada encrucijada, que
se ve todavía más hermosamente ataviada cuando sus propias
fachadas e interiores se hallan embellecidos con pinturas decorativas,
espectaculares murales geométricos que juegan con colores intensos como
el rojo o el índigo que se entremezclan con los diseños arabescos
blancos que adornan sus puertas y ventanas.
Aquí se
reunían las grandes caravanas que provenían de África del
Norte cargadas de sal, cobre, perlas, alfombras... y se cruzaban con las
caravanas provenientes del "País de los Negros", cargadas de oro,
ébano, marfil y caucho. Y Oualata era el último oasis de esta
gran ruta comercial en su camino hacia Tombuctu, caravanas que se desplazaron
por el ingrato pero hermoso desierto que les rodea. Un último soplo de
vida antes de enfrentarse a una ruta incierta e inquietante. Es el contraste
del misterio y la belleza.
Pero Mauritania es
así, una combinación de tradición, historia, arenas y mar.
Un país duro que choca fuertemente con la cultura occidental pero que
cautiva a medida que nos vemos atrapados en sus redes, en su herencia
ancestral, en sus misterios... Un país esculpido por el desierto y el
Islam que deja siempre una profunda huella en el alma de los viajeros abiertos
a nuevas experiencias. Pero la expedición no ha hecho más que
comenzar, al llegar a su frontera sur estamos a las puertas del África
Negra, tan sólo nos queda cruzar el río Senegal.
DATOS
DE INTERÉS
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